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A SAN JUAN DE CHATA


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Revista LUGARES Nro. 81
Pág. 36 - 47
Por: Rosana Acquasanta
Fotos: Carolina Aldao

REVISTA LUGARES

A SAN JUAN DE CHATA


A San Juan Lo voy a decir con todas las letras: para ver si valía la pena organizar la trashumancia primero lo llamé al santo de Gabriel Ferrari, gerente de Relaciones Institucionales de Ford. Tengo una chata que por áhi te sirve, dijo. O seaaa..., balbuceé (¿con qué me vas a arreglar?, pensé). O sea -remarcó- una Ranger Limited doble tracción... Es muy gauchita la chata. ¿A eso vos le llamás chata? Sí, chata... ¡Pero para mí es un balazo! Enseguida la llamé a Carolina para decirle con qué contábamos (¡qué bueno, una chata! fue su comentario), pero me abstuve de dar detalles de mi conversación anterior: está claro que los fierros no son mi especialidad ni para hacer pinta.

Salimos por la ruta 8, la más linda, a mi juicio, de las rutas bonaerenses, con esas arboledas que van tapando la visión del campo cultivado ad infinitum o descubriéndolo en toda su chatura.

Habíamos largado a las tres de la tarde, con buen tiempo y medio tanque de gasoil, así que al rato de andar hicimos el primer stop para aprovisionarnos como si fuera la última vez, sin perdonar galletitas, caramelos, ni chocolatines... De paso llenamos el tanque.

Llegamos de noche a Río Cuarto y a la mañana siguiente, con un magro desayuno entre pecho y espalda, enfilamos hacia Achiras bajo un cielo plácido de nubes escasas. A la entrada del pueblo, un indio sobre un túmulo de piedra otea un horizonte en el que hace mucho los malones no levantan polvareda.Quines-San Luis Seguimos a La Punilla, y entramos a la provincia de San Luis para enfilar al norte, flanqueando la Sierra de Comechingones, nuestra escolta hasta Merlo, donde no paramos.

Después de Santa Rosa de Conlara, en el cruce del río ídem con la ruta 23, sorteamos la carretera asfaltada, pasamos un arroyo sin nombre con un malogrado cartel rojo que dice "A Quines", para meternos en la Quebrada de Cautana. La tupida vegetación y el campo ralo se fueron alternando hasta que el camino se hizo más difícil; pasando el Establecimiento La Colmena, Caro puso la alta adelantándose a lo que siguió, monte y más monte de talas, molles, chañares, espinillos...

En El Chañar hay viviendas humildes, una escuela, un caserón superpoblado de niños que van asomándose a nuestro paso, animales domésticos, un santuario del Gaucho Gil. Estábamos quebrada adentro. Pasó alguien a caballo, entre el pasto y las piedras ramoneaban chanchos pelirrojos...

El camino fue perdiendo su identidad de huella para hacerse ripioso pero cómodo. Llegamos a una bifurcación y tomamos a la izquierda dirección a El Talita (ojo, no está indicado, sí lo está para quien viene en sentido contrario). Aquí se acabaron los 45 km de tierra y retomamos el asfalto.

La Difunta Correa A Quines la cruzamos para llegar a la ruta y apuntar al norte. Pasando Cuatro Esquinas (un rancho y poco más) entramos a La Rioja, y enseguida la tierra colorada se hizo ver. Devoramos Ulapes, Chepes, y para cuando mordimos suelo sanjuanino, la noche iba arrimándose. Pasamos Bermejo, pero en Difunta Correa clavamos los frenos (aramos dijo el mosquito...), porque es imposible seguir de largo de este enclave inverosímil de la fe popular. A los 30 km, entramos a la ciudad.

San Juan tiene su orgullo de haber sido patria del gran Sarmiento y a ese orgullo no hay que faltarle. Hay que ir por lo tanto hasta su casa natal, recorrerla, imaginarse a doña Paula en su telar bajo la higuera a la que siguen manteniendo en pie, apuntalada como el Cid en sus últimas batallas. Patio de la Casa Museo de Sarmiento A un par de cuadras, frente a la plaza Laprida arbolada de plátanos, sobre Alem, está la Escuela Normal Superior Sarmiento, un sólido y grandioso edificio que ocupa buena parte de la manzana, declarado Monumento Histórico Nacional. No pudimos entrar al convento de los dominicos, un adobe que resistió los embates fatales del terremoto de 1944, igual que la casa de Sarmiento, de la que es casi vecina, porque estaba en obras. Cambiamos programa para ir derecho al museo arqueológico de Las Lajas, una provechosa decisión.

Al día siguiente nos dejamos caer por la muy sanjuanina bodega Graffigna, previa reserva. Fue una grata experiencia que culminó con escapada a los viñedos que tienen en Pocito, en las cercanías de la ciudad. A tiro de piedra de las viñas descubrimos un campo de lavanda en el que nos distrajimos más de lo que habíamos imaginado. Su dueña es una dignísima hija de su provincia en la que el espíritu de Sarmiento parece haber encarnado: a sus emprendimientos de aprovechar los efectos benéficos de esa hierba aromática, añade el del Centro del Desarrollo para el Potencial Humano, un proyecto preescolar para la etapa anterior al jardín de infantes, que ella busca desarrollar con chicos de esa zona rural, gratuitamente.

Hablamos y bebimos café Oro Negro, de Puerto Rico, porque Mabel -que así se llama- aunque es de acá, vive allá. Y ahora divide su tiempo entre ambos mundos, tan distantes, tan distintos.

Cercanías de San Juan De nuevo en la chata, tomamos por la 40 al sur. Teníamos planeado llegar hasta Pedernal para conocer otro escenario de viñedos, en este caso en la finca El Tambo, que también provee de excelencias a la citada bodega. Hasta Media Agua transitamos por asfalto para luego pasar al ripio y a la tierra. Fuimos hilvanando caseríos en territorio huarpe en el que el adobe, una vez más, reafirma su identidad en esta provincia cuyana, ocre por definición. San Juan es tan profundamente bella en su naturaleza mineral como dura es en su apariencia. Porque en su gente nada más hay dulzura.

-Cuando puedo comprar harina hago pan y pongo el cartel, cuando no, lo saco. Sonríe sin dobleces Zulma, frente a la puerta de su casa en Pedernal, donde un cartel modesto anuncia el alimento bíblico y dulces caseros. Sostiene en sus manos una hogaza redonda y gorda, recién horneada, que por supuesto le compramos. A estas alturas la chata perdió toda dignidad; sumamos el pan de Zulma a una bolsa que contiene salamines, quesos, fruta y hasta alguna hortaliza.

La finca se distingue con su avenida de álamos majestuosos, un cinturón de cerros y la grandeza de la cordillera nevada, al fondo. Recorrimos ese mar quieto de viñas desnudas y en hileras interminables que crecen en espaldera por voluntad de los hombres. El marco es espléndido, inconmensurable. Nos inspiró al picnic. Y lo consumamos en un alto, sin viento, con el pan de Zulma.

Después bajamos a la realidad del largo camino que nos aguardaba en dirección oeste, para enlazar a su vez con la 412 e ir hacia el norte y unir Pedernal con Barreal antes de que el día expirara.

El tramo no existe para la cartografía, pero igual nos mandamos. Para qué teníamos la chata, si no. La montaña nos fue envolviendo en una soledad de valles inmensos y de cauces sedientos de ríos; en un camino que se achicaba a medida que trepaba hasta encajonarse en un abra muy estrecha por la que pasamos casi raspando. Había cada vez más nieve, y para cuando llegamos a Portezuelo (2.850 metros) el blanco tapizaba todo el paisaje cordillerano. Con la luz oblicua del atardecer iniciamos el descenso.

Unos 14 km antes de la 412, cubrimos el trayecto que nos separaba del observatorio astronómico El Leoncito; llegamos con la noche puesta, algo cansadas. Agradecimos el cálido recibimiento de su personal (y de la chimenea que ardía en el gran comedor). Fue increíble verlos trabajar en ese recinto, sagrado para nosotras. Al operador de telescopio, Roberto Jakowezyk, no logramos agotarle la paciencia. ¡Si hasta satisfizo nuestra fantasía de mirar el cielo a través de un tele auxiliar! Para el vil mortal, lo lógico es imaginar a estos sabios con el ojo pegado a un telescopio y no frente a una pantalla de computadora, observando la profundidad estelar. Bien.

¿Qué fue lo que vimos cuando insistimos en escrutar el cielo a lo Galileo? Aparentemente nada, pero sí que vimos; tres puntitos blancos en un sector y otros tantos en otro, estrellas que jamás se detectarán a simple vista, a 15 veces la distancia que separa nuestra mirada de la estrella más alejada que podemos apreciar. Luego de una saludable cena que compartimos con astrónomos y demás técnicos (durante la cual supimos que este observatorio depende de CONICET y funciona a través de un acuerdo con la Secretaría de Ciencia y Tecnología y las universidades nacionales de La Plata, Córdoba y San Juan), caímos fusiladas.

La mañana despuntó sin ruido. Un cartel en la casa advierte "silencio, astrónomo durmiendo". En puntas de pie abandonamos la vivienda de los científicos, desayunamos y dijimos adiós a toda esta gente encantadora. Pasamos por la Pampa del Leoncito, donde recordamos la razón de su nombre, un enigma que María Ester Aladro -jefa de operaciones y encargada de turismo del complejo astronómico- se había preocupado en resolvernos. "En 1570 se cedió por gracia real a García Hernández de Villanueva la Estancia El León sito en la otra banda del Tontal (...)", así fue que león sito, sin coma, se transformó en el diminutivo conocido.

Barreal, tranquila como agua de tanque, es un oasis de viñas y árboles frutales. Hicimos base en las cabañas de Ramón Ossa, todo un personaje, extrovertido y aventurero, que organiza interesantes cabalgatas de varios días. No nos daban los tiempos para montar a caballo, pero en cambio nos apuntamos encantadas a una travesía en 4x4 al cordón del Tontal ("gran altura" en huarpe), hasta los 4 mil metros. Nosotras pusimos la chata y Ramón Gerónimo, el otro guía de Barreal, su conocimiento de baqueano en este terreno.

Fue un programón. Desde la 412 y luego de recorrer unos 8 km, tomamos un camino pedregoso que se mete en la quebrada del Arroyo Seco y va subiendo, entre arbustos de retamas y jarillares. Doña Juana VillaroelEl Tontal divide el Valle de Tulum (San Juan ciudad) del Valle de Calingasta, del departamento homónimo. Pasamos el cauce de un río, con la cordillera a nuestra izquierda y después del puesto de Cepeda, a full de álamos, bien arriba, a los 2.300 metros, paramos en el puesto de Hermes. El hombre estaba con toda su familia, patos y gallinas, los infaltables perros, y oh, sorpresa, su madre, doña Juana Villarroel -que tiene su puesto mucho más arriba, por el que se pasa en el camino al Tontal-, estaba con ellos. En el invierno siempre baja aquí, hace menos frío v no se queda sola. Juana es menuda, tiene 96 años y fuma sin parar. ¿A usted qué le gusta fumar?. ¡Ja ja ja! (Carcajadas de Juana). Todo, yo fumo todo. Pita y saca la ceniza del pucho con el dedo meñique, Juana. Pero el tabaco es lo que me gusta. ¿Y cuánto fuma? ¿Cuánto? ¡Qué se ió!

Restos de la antigua mina La siguiente parada fue en las minas de oro abandonadas, inglesas después de que los jesuitas se las vendieran a la Compañía de la Explotación. Hasta un pueblo creció a su alrededor (Villa Rickard, como se llamaba el director de la empresa) con 3 mil almas. Subimos adonde se recibían las piedras auríferas; una vez extraído el oro, lo mandaban a lomo de mula a Sorocayense y a Hilario para refinarlo. El que no le tema a las profundidades de la tierra, puede internarse en los socavones que conducen al corazón de la mina, silenciada desde 1870.

A medida que trepábamos la nieve aumentaba. Queríamos hacer cima para apreciar en toda su magnitud la prepotencia de los picos andinos, del Tupungato, el Cordón del Plata, la cordillera del Tigre y el Aconcagua en la retaguardia, el de los Penitentes, el Mercedario... Pero encontramos más nieve de lo previsto y a cien metros de la cumbre tuvimos que detener el motor.

Nieve en las sierras Ni a pata pudimos, la nieve casi nos tapaba. Lo lamentamos pero no nos deprimimos. Volvimos sobre nuestra huella y como Ramón se reveló un experto en hierbas salvajes, nos dedicamos a cosechar ramas de quincha malí (con pinta de romero, muy bueno para la acidez), ajenjo (para el mate y el dolor de estómago), junjo cordillerano para los baños de inmersión... La caja de la chata ya iba pipona de piedras, de ramos de lavanda que Mabel nos había dado en Pocito, de un barullo de camperas y chalecos, de comestibles, de equipo fotográfico, así que, una mancha más al tigre qué le hace, dijimos, y adentro.

A modo de postre incursionamos, guiadas siempre por Ramón, en las minas de bentonita que se explotan en las cercanías de Barreal. Otra visión de la tierra, multicolor en estos casos. Antes de abandonar Barreal compramos dulce de damasco y miel en el locutorio del pueblo, cargamos combustible y partimos una vez más. Ahora rumbo al norte, a Calingasta, recorrido espectacular flanqueado por sucesivas hileras de montañas tan antiguas como coloridas.

Echamos un vistazo a las minas de Hilario pero ni fotos hicimos porque el mal tiempo se cernía sobre nosotras. Con un breve merodeo por "el pueblo del cacique Calín", en el que Sarmiento buscó refugio en su exilio a Chile, concluimos el programa, para volver a bajar, esta vez por Tamberías, hacia Barreal y de allí al paso de Uspallata. Imperdible el regreso por ese poblado de calles anchas de tierra y casas de adobe casi mágicas, de gruesos tapiales semiderrumbados y un cierto vestigio de alguna gloria pretérita que delatan esas casonas de cierto estilo inglés. Pasamos Sorocayense, cruzamos un río, mientras el paisaje de los viejos plegamientos en franjas de intensos tonos volvió a reiterarse.

Con un gris aplastante fuimos camino a Uspallata. Se largó la lluvia y la lluvia floreció en nieve, compacta y persistente en los 90 y pico de km restantes hasta el paso fronterizo con Mendoza. Rancho de las hermanas Baquero No dijimos ni mu, seducidas por este adiós que nos regaló San Juan, epifanía de tierra ardiente y reseca de la que nos quedaba apenas un borroso recuerdo ocre. Hicimos noche en Maipú, en la finca de Grisi y Marcela Baquero, para después no detenernos hasta el sur de Córdoba. Aquí nos regalamos un merecido descanso en La Isabella, la estancia de Diana Thomas de Friz, a 45 km de Vicuña Mackenna. Grandiosa propiedad en la que experimentamos lo que tantos otros viajeros, que llegan hasta aquí de paso y después no quieren saber nada con irse. No pudimos tener mejor epílogo en nuestro largo itinerario de 3.800 kilómetros.



 

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