Revista LUGARES Nro. 85
Pág. 30 - 37
Por: Rossana Acquasanta
Informe: Julia Caprara
Fotos: Alejandro Peral
REVISTA LUGARES
ARGENTINA Y EL MAR
Todo empezó hace más de un siglo y dos décadas, a 404 km de Buenos Aires, La pasión por la costa se había desatado gracias a aquellos primeros porteños que se animaron a cubrir, en diligencia, los 150 km que separaban Mar del Plata de Maipú, la localidad más próxima a la que el ferrocarril arrimaba.
Entonces los ricos y cultores del europeísmo ilustrado erigían su propio modelo de Biarritz -meca de la frivolidad- con la invención de Mar del Plata. Hotelazo y casino; mansiones y palacetes, rambla y balneario de película. Buena vida sin restricciones a la que no lograron opacar el mal temperamento de la mar océano, ni la frialdad de sus aguas ni las incertidumbres climáticas. La ciudad creció y se definió marplatense en un sucesivo recambio generacional arrogándose la condición de feliz: colmó la gran ilusión de muchos argentinos que soñaron la casa propia en el lugar soñado de las vacaciones.
Lo que siguió fue más de lo mismo, con sus matices y diferencias; basta con moverse de San Clemente a Miramar para corroborarlo. Hasta Mar de Ajó, el rosario de balnearios cobró identidad con un público muy familiar apegado a un orden sin pretensiones que lo lleva de la playa al departamento y viceversa. La movida en cambio, se estableció de Pinamar para abajo, con la excepción histórica de Ostende.
Fue en 1913 que, casi a la altura de Madariaga, un grupo de belgas tuvo el delirio de crear otro destino exclusivo. Construyeron dos hoteles, trazaron calles y una avenida que llegaba a un balneario de trazado circular, muy europeo, plantaron un muelle largo largo mar adentro, y llamaron Ostende al enclave. Pero la arena, librada al designio de las ventoleras, engulló las edificaciones y por último, con un gran temporal las olas se llevaron por delante el muelle como si hubiese sido hecho con palitos de escoba.
Los belgas dijeron au revoir y pegaron la vuelta, y así fue que Ostende quedó congelada como una estampa del azoramiento; añares hubieron de pasar antes de que rescataran al viejo hotel de su tumba movediza. Para cuando esto ocurrió, don Carlos Gesell -pionero en forestar dunashacía rato que había ensayado con éxito la fijación de los médanos. El ejemplo cundió; nacieron Pinamar, Cariló y todo lo demás, anche Mar de las Pampas, el último grito en destinos atlánticos con carácter "salvaje".
Los enclaves de la costa, en su mayoría, hace rato trascendieron su carácter meramente estival, realidad que nada más subraya lo dicho: al argentino le encanta su mar tremendo y los días de ocio plagados de variabilidad climática que lo obligan a pasar del traje de baño a la cogotera en menos de una hora. Por eso no importa cuántos veranos pueda distraerse yendo de aquí para allá. A la corta, a la larga, la mirada vuelve a enfocar esa gravidez que dibuja el litoral bonaersense y todo recobra sentido: el arena adunado, la conclusión terrestre de restingas en la que naufragaron tantos barcos, los acantilados, la planicie pampeana derivando en una inmensidad de nada y faro, una ría mayúscula precediendo médanos y pinares, el viento ensortijado en las caracolas vacías y los tamariscos, las olas altivas.
Hace 60 años, Pinamar se inauguraba con balneario y la apertura del Hotel Playas, todo un símbolo que mantiene intacta su inmaculada figura. El constante renuevo la resguarda pero en esencia es el mismo hotel: los espacios holgados, la gran barra, el buen servicio de las mucamas dignamente empilchadas de mucamas, la pérgola, la pileta no climatizada.
El Playas es el Playas. Y después están todos los demás: Arenas, Reviens, Algeciras, Del Bosque, y el reciente Ramada, estos dos últimos con servicio de spa. La novedad es La Playa, flamante parador en el límite con Montecarlo pasando Sport Beach-una zona casi desértica-, atendido por los participantes de un reality show.
Dunas y bosque generan aquí su propia dinámica con propuestas de safaris, bajadas en sandboard por los empinados médanos y cabalgatas que conducen a la quietud de los senderos agrestes. El golf echó las raíces de una tradición que ya justifica dos canchas; la más antigua (1946) tiene 9 hoyos y es para aficionados sin handicap, mientras que la de 18 hoyos convoca a profesionales y figuras relevantes nacionales e internacionales.
Pinamar tiene sus habitués y por lo tanto sus contraseñas. En el centro, un típico punto de encuentro es el café Innsbruck. En la playa los balnearios más concurridos a la hora de comer son La Gamba -es el del Ramada- con su oferta de pescados, Viejo Lobo y El Dorado. Abundantes y sabrosos, los platos de Tante siguen fieles a su estirpe alemana, igual que la pastelería, casera por supuesto. Un novísimo es Dutch man, el bar del holandés Michiel Westera y Verónica, su mujer argentina; hay schorma (pollo con comino, curry y salsa de ajo) y el placer de las milanesas de cerdo -pork schnitzel- para acompañar con cervezas de origen. Por la noche, bandas en vivo de jazz, funk y blues.
El arte tiene su cuartel en la galería Altera -colorido edificio diseñado por el arquitecto Clorindo Testa-, inaugurada en el '97. Por su parte, el gran centro comercial -que arranca en la unión de las avenidas Bunge y Libertador- cuenta con nueva galería de 17 locales, cuyo estilo reproduce el impuesto por Cariló: onda alpina entre los médanos.
Ostende aparece a poco de salir por la avenida Libertador, rumbo al sur.
El Viejo Hotel Ostende, único sobreviviente de aquel drástico final, aparenta no ser nada del otro mundo. Sin embargo por dentro rezuma un encanto casi secular y, sobre todo, nada convencional. Los vitreaux serán una valiosa joyita de época, pero lo que más seduce son sus espacios laberínticos, absurdos, pasillos de nunca acabar y escaleras que a nada llevan. La magia de Ostende no se limita a la que emana de estas paredes; sin ir más lejos, su playa sigue desperezándose infinita y mórbida entre la espuma del mar y las dunas, vacía de muchedumbres, ideal para que los infantes se descontrolen a sus anchas con la venia despreocupada de los papis. Y todos, chochos de la vida.
Valeria del Mar es la próxima parada y también es más pachorrienta. Claro que llega la noche y uno se pregunta de dónde salió tanta gente y por qué hacen cola. La respuesta es Enrico, el ristorante que el Fabiani homónimo tiene sobre la playa; es el segundo que abre después del que tiene en Massa Carrara, en la Toscana. De éste nada se sabe; del de acá está claro que tiene su onda y comer se come bárbaro. Mesa tradicional de Valeria es la de Il Comendatore, el reducto de Benito Durante, un ex Titanes en el Ring que hace más de 40 años se instaló en estos pagos; el hombre terminó haciéndose más famoso por sus pastas y mariscos que por las piñas patadas capuelas piquetes de ojos y llaves estranguladoras que aplicaba en el cuadrilátero.
Cariló se materializa en cuestión de minutos. Otro enclave al que situó alto un público excluyente y de pocas pulgas, socialmente hablando. El pinar inmarcesible, la soledad de las "mansiones" veraniegas que salpicaban el arenal forestado y una playa que no parecía necesitar a nadie que la pisara, ya fueron. Se fue poblando el sosiego sin calles con un brote de aparts, hosterías, casas, casitas, hordas de jóvenes y hoy Cariló es lo que vemos: un lugar de veraneo a full con un híper activo centro comercial, que no para de crecer, con ese estilo bizarro mezcla de Heidi con Hansel and Grettel, y en el que es posible comprar desde artesanías en madera hasta los austríacos abrigos Loden.
En el bosque ya no hay duendes ni cucos. Hay sí edificios enormes que se imponen en el paisaje, y todos pasan los dos pisos. De estreno inminente son Torrecillas y Puerto Pirata-dos complejos de departamentos que se alquilan con servicio "de cinco estrellas"- y Refugio del Bosque, un grupo de cabañas (12) equipadas, más pileta climatizada, hidromasaje, sauna, gimnasio y hasta servicio de sombrilla en la playa. Los habitués saben que Cozumel, Divisadero y Hemingway son los balnearios favoritos y en los que se puede almorzar en paz, desde pastas caseras hasta ensaladas tibias de langostinos.
Mar de las Pampas sí que es un flash. Hasta ayer nomás era un paréntesis de médanos boscosos a minutos de Villa Gesell, con un solo balneario y el juramento a sangre de sus muy escasos habitantes de que jamás Mar de las Pampas saldría del anonimato, jamás.
Pero las edificaciones crecen como hongos (con la consigna -por ahora- de que ninguna debe superar los tres pisos) y ya no hay argentino que no sepa de su existencia. Lanzado a una irresistible ascensión, el escondite ya tiene su centro comercial y cultural Sendas del Encuentro, espacio con el que llegó el neón de la pizzería Nativa y de la cervecería Green Port; y como aquí nadie está en babia, también inventaron las actividades culturales.
A despecho de los anacoretas, Mar de las Pampas crece. En Placeres del Bosque elaboran jabones, gel, aceites y esencias. Las cabañas Arco Iris, en la zona residencial, suman confort a la oferta hotelera existente; el bosque las envuelve y sus ambientes lo incorporan gracias a la reiteración del vidrio en paredes y techo. De la mano del chef Ezekiel López Batista, sigue vigente la personalidad gourmet de Gala; Anna no deja de amasar deliciosas pastas en Amorinda, las crépes de Blue tienen sus adeptos y el té en Viejos Tiempos es el rito recurrente.
La Gaviota
asoma justo antes de Mar Azul, cuando parecería que nada hay por descubrir. Por el momento sólo es un barrio este asentamiento en el que, por ejemplo, se puede hacer parada y fonda en el apart de los Alonso -Heiwa- con su restaurante nipón. La propia Jaqui, mujer de Claudio, se encarga de la cocina con espíritu de geisha, como auténtica japo que es.
Sólo a una pocas cuadras, Stella abre las puertas de una insólita granja que se asienta sobre un médano, para que todos los niños todos pasen y conozcan sus cabras, gallinas de Guinea, pavos, faisanes y decenas de otros animales domésticos.
Mar del Plata la gran ciudad atlántica, recibe a esos viajeros tuercas que parecen llegar sedientos de relax urbano. Será porque hasta Mar Chiquita, y a continuación Santa Clara del Mar, la costa es una parsimonia sin fin y sin balnearios.
En auto o en bondi quién no conoce La Feliz, quién no pateó alguna vez su arena en la Bristol, la playa argentina más antigua y también la más popular. Y si queda, alguien que nunca fue a Mar del Plata, sepa que el Piazza Café sigue siendo la mejor platea para esperar el amanecer frente a la mar océano, apostadero a meros metros de la Boston donde son impostergables la excelencia de sus medialunas y alfajores de elaboración propia; que el buen pescado hay que ir a comerlo a Viento en Popa; que la playa top está en el balneario La Reserva, oasis inesperado a pasos del viejo faro; que la mejor manera de ponerle buena cara al mal tiempo es irse a visitar sus museos y palacetes históricos: anote por ejemplo que en la antigua mansión de los Ortiz Basualdo -frente al buenísimo Museo del Mar- se atesora un art déco deslumbrante, fuera de serie, que diseñara y realizara Gustav Serrurier Bovy, un belga genial oriundo de Lieja.
Nada de esto excluye lo demás, es decir, el golf de Playa Grande, los pastoreos por la banquina, la peatonal, las salidas en bici y en barco, la pesca de altura, el parapente, el paracaidismo, el surf y los baños en el agua salada, por supuesto. Porque aunque hagan tiritar hasta poner las encías azules, el remojón hay que pegárselo igual.