Revista LUGARES Nro. 35
Pág. 102 - 105
Texto y Fotos: Carolina Aldao
REVISTA LUGARES
ARUAL
Fue a fines del siglo pasado, cuando todavía la región de Tres Arroyos se resistía a los ataques del cacique Calfucurá, que el español Santamarina compró grandes extensiones de tierra. Años más tarde, una de sus nietas se casaría con Carlos del Solar Dorrego. Este argentino de alma educado en Inglaterra, viajó al sudeste de la provincia de Buenos Aires donde un paisaje de ríos, cascadas, praderas y amaneceres de fábula, lo iba a cautivar para siempre. Compró tierras en las márgenes del río Quequén Salado y desafiando a un clima y suelo casi patagónicos, logró convertir el páramo en vergel. Ezcurra, Botrich y Thays, reconocidos parquistas de su época, le dieron forma y vida al parque de la estancia.

Primero fue una sencilla casa de estilo inglés levantada sobre la ribera sur del río Quequén Salado, a 15 km del mar. Años más tarde, al agrandarse la familia hubo que edificar una nueva morada, más amplia y de diseño también inglés pero más moderno. Hoy es el actual casco de la estancia donde su nieto Arsenio Martínez de Campos y su mujer María reciben a huéspedes y turistas.
Un fin de semana en esos parajes depara momentos magníficos. Por empezar se duerme demasiado bien en Arual. Esa mezcla de fresco aire marítimo con el canto de tantos pájaros y las comodísimas camas, dificulta la acción de levantarse. Pero el desayuno espera en el comedor con otras tentaciones: el dulce de leche y la sabrosa manteca, todo elaborado a partir de la leche que producen las vacas jersey del mismo campo.
A las diez de la mañana los caballos aguardaban en el palenque para comenzar el día; después de andar al tranco cuatro kilómetros bordeando el río, llegamos a una pequeña cascada a la cual descendimos por una huella de hacienda. ¡Ningún hidromasaje o jacuzzi es tan efectivo y natural como el chorro de esta caída de agua!
Luego de un gran almuerzo, el jeep y las cañas estaban disponibles para dirigirnos al mar.
Tras andar por un firme camino de tosca aparecieron los médanos, un pequeño pueblo de pescadores llamado Marisol, y enseguida el ancho y largo inconmensurables de las playas que a todos sorprende. Aquello es como un gran desierto impregnado de mar, extraña imagen que inspiró a los cartógrafos franceses de antaño a bautizar esa franja costera Pays du Diable. País del Diablo.
En el sube y baja por las lomas arenosas con el jeep, llegamos a la desembocadura del río Quequén Salado. Aquí la geografía cambia abruptamente y pasa de los altos barrancos río arriba a un típico curso fluvial de llanura. El lugar es idóneo para pescar lenguados y para los que quieren aprender windsurf.
Entre la pesca, remojones y baños de sol, la tarde voló. Había que volver a la estancia para no faltar a la cita con el té. Entrada la tarde, se armó un disputado partido de crocket mientras se organizaba un asado criollo a la vera del río con una luna casi llena.

Al día siguiente partimos en canoas río abajo. Navegar al ras del agua a través del cañadón con paredes que se levantan hasta 15 metros, tiene mucha magia. A medida que avanzábamos estos paredones se achicaban hasta convertirse en quebradas. Patos maiceros y overos, cisnes de cuello negro, coscorobas y algún macá nos acompañaban en la travesía.
Luego de una hora de remo y de atar las canoas a una piedra, subimos una barranca y anduvimos algunos metros. Un ruido turbulento anunciaba la gran cascada que se esconde en una curva del río. El panorama nos dejó encantados; la caída del agua tiene una altura de 4 metros, formando diferentes saltos a lo ancho. Pudimos haber bajado y zambullirnos, pero preferimos quedarnos tirados en el pasto contemplando la escena mientras tomábamos unos amargos. Este paisaje merece que se le dediquen varias horas y eso fue lo que hicimos. Con lo cual no nos dio el tiempo para hacer la caminata hasta la cascada de la Cueva del Tigre, ni para seguir el curso del río en canoa hacia su desembocadura en el mar, programa que demanda entre cuatro y cinco horas. Al atardecer disfrutamos del parque y sus varias posibilidades. Se ató el coche a caballo; algunos prefirieron caminar, otros leer en la galerín. Quedó para otra noche el fogón en el mar.