Revista LUGARES Nro. 90
Pág. 54 - 58
Por: Soledad Gil
Fotos: Nacho Calonge
REVISTA LUGARES
BARITU
Yunga. Bosque nuboso. Selva montana. Ceja de selva. Rainforest. Nuboselva. Una permanente nube blanca que se ciñe sobre la línea verde que divide el cielo de la tierra, y la vuelve imprecisa, húmeda, llena de vida. La del Baritú no es la única, pero es una de las selvas más intocadas, más aún que las de sus vecinos parques, Calilegua y el Rey, en Jujuy y Salta, respectivamente.
Llegar no es fácil. Imposible en verano, cuando las lluvias arrasan literalmente con los caminos; difícil de abril a noviembre, cuando bajan más calmas las aguas del Bermejo. El río aporta el 75% de los sedimentos que ingresan en la cuenca del Plata y afecta directamente las condiciones de navegabilidad de los cursos que fluyen aguas abajo. El Pescado, Iruya, Lipeo y Porongal son algunos de los que pasan dentro o cerca del Parque. El primero, cristalino en invierno, es un torrente turbio después de la primavera: arrastra animales, rocas, árboles gigantescos; una catarata en posición horizontal, una fuerza impensable que deja secuelas en la naturaleza.
Todo esto sucede en Salta. Así de árida y norteña como la imagina, también ocurre un gran mundo verde, y no sólo de yunga, sino de caña, citrus y bananos que fueron acorralando pavas de monte, tucanes, agutís, antas, pecaríes, corzuelas, venados, monos caí, yaguaretés, y hasta el mítico ukumar, el oso de anteojos cuya presencia en nuestro territorio nunca fue confirmada, si bien la leyenda de que rapta mujeres circula como si lo hubiese sido.
El primero en contarnos de él fue nuestro guía, Federico Norte. ¿A quién si no íbamos a llamar para aventurarnos en el Baritú? Fede hacía rato que nos hablaba del Parque, pero nunca habíamos logrado hacer coincidir un viaje en la época correcta. Cuando empezó el frío, nos mandó un mail recordándonos que los helechos gigantes estaban ahí, esperándonos, y así nos largamos. Pasó a buscarnos a las seis de la mañana por el Hotel del Virrey, impecable hotel boutique de seis habitaciones, y partimos rumbo a Orán.
Más adelante, en la frontera de Aguas Blancas nos esperaba nuestra primera anfitriona, Graciela Ortiz, para conducirnos al Portal del Baritú.
Está haciendo sus primeras armas en el arte de recibir y la encontramos casi tan excitada como nosotros cuando nos enteramos de que íbamos a cruzar el Bermejo en la embarcación más común del lugar: la goma. Cuando la ruta 19 estaba en buen estado, Graciela tenía acceso a su finca de Candado Chico por el lado argentino, pero hace temporadas que es fija que el camino se deshace con las lluvias y a ella no le queda más remedio que entrar por Bolivia. Los materiales para las tres cabañas que construyó para recibir pescadores y turistas que se interesan por la yunga -el ecosistema es el mismo que en el Baritú- fueron pasadas en goma, de modo que imaginen la cancha que tienen los capitanes de esos barcos.
En las 5.600 hectáreas del Portal del Baritú, el padre de Graciela supo tener unas 50 ha de café, hasta que el cultivo perdió precio y lo dejó. Los cafetales todavía crecen protegidos por los cedros y otros ejemplares de la selva. Esos senderos que se multiplican y pierden dentro del campo son uno de los mayores atractivos del lugar, donde no hay lujos pero sí una naturaleza profusa y excesiva, que hace buenas migas con la amabilidad de Graciela y su mano para la cocina.
Para seguir hacia el Baritú, al día siguiente, volvimos a cruzar el Bermejo con nuestro "gondoliero" boliviano y avanzamos por la ruta que circula paralela al río por ese país, hasta que encontramos el puente de La Mamora, inaugurado recién en 2001. Antes, los habitantes de El Condado, Los Toldos, El Lipeo y Baritú quedaban aislados unos 6 meses por año, con cada crecida del Bermejo. Ahora al menos demoran cuatro horas en llegar a Orán pero pueden salir...
Todo resultaba una sorpresa. Hasta la cara de la gente, de tez mucho más blanca que la de la puna. "Son chapacos, tienen que ver con el tipo de los tarijeños" nos explicó el médico, Franco Garcés. El y su mujer, la bioquímica Nora Deaño, son propietarios de las únicas dos cabañas de Los Toldos, el pueblo más importante de la región. "Los toldeños eran bolivianos hasta la década del '40, cuando esta zona fue cambiada a Bolivia por San José de Pocitos". Más tarde nos enteramos de que Bussi -cuando estaba al frente de Gendarmería en tiempos del gobierno militar- fundó el pueblo como punto estratégico de frontera. Como sea, por el frío que hace a 1.600 metros, por lo aislado, las construcciones sin adobe y los rasgos de la gente, el Baritú ya nos había dejado atónitos mucho antes de haber puesto un pie en él.
Para acercarnos un poco más fuimos a buscar al guardaparques Fernando Dobrotinich, que es quien más conoce las 72.400 hectáreas del Parque, y a cada poblador de los que viven cerca o dentro de él. La gente lo llama "el parquero" y entre ambas partes se entienden: "yo no les voy a impedir que tengan sus animales si no tienen con qué comer, pero ellos aprendieron que no pueden cazar un venado o un tigre para vender la piel". Sin embargo, en nueve años en el Baritú, Fernando vio sólo huellas y nunca uno de verdad.
De todas maneras, sabe que no puede largarse solo a explorar la zona y por eso aprovecha la presencia de grupos de visitantes para organizar las "Transbaritú", expediciones informales que recorren una buena porción del Parque, en cinco o hasta diez días. Pero ojo que no son para cualquiera. Para hacerlo, es preciso llevar suero antiofídico (hay yarará y cascabel), cargar mochila con un mínimo de 15 kilos entre víveres, carpa y equipo, estar dispuesto a sacarse las garrapatas cada día y circular por el lecho de los ríos helados, tanta es la abundancia de la selva que no hay machete que aguante avanzar por tierra.
Para nosotros será otra vez. Esta vez nos limitamos a enteramos de todo eso, de que los habitantes en el Lipeo se han hecho evangelistas y dejaron la bebida, mientras que los de Baritú no; que los tejidos de las mujeres de la zona eran de colores fuertes hasta que hace pocos años gente de Salta les explicó que los marrones "nogaleados" parecían más artesanales y por ende comerciales; y de que hay aguas termales a meras dos horas de el Lipeo.
Como apenas pudimos cruzar el río y no llegamos al caserío de Baritú (si así estaban los caminos en la estación seca, no me imagino lo que serán en verano), decidimos conocer las termas. El sendero es bastante fácil y conduce hasta las siete piletas donde corre el agua cristalina y bien calentita. Ahí, sobre el río Cayotal improvisamos un picnic mientras Fernando nos contaba cómo en agosto vienen desde Tarija los bolivianos a bañarse por prescripción médica. "Llegan con el abuelo, los chicos, los pollos -porque no pueden traer comida para tantos días-; hay que verlos trepar a los mayores; así se instalan y degüellan ahí mismito, usando el agua termal", nos contó, como si se inspirara en García Márquez, pero no. Es en plena yunga salteña, donde las nubes envuelven la selva y la mantienen oculta, protegiéndola, como en el cono del silencio.