Revista LUGARES Nro. 38
Pág. 84 - 95
Por: Soledad Gil
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
CAMINO A LAS NUBES
Almuerzo y plato fuerte
Después de pasar por Gobernador Solá, en Puerta de Tastil nos despedimos del tren, cuyas vías se alejan de la RN 51, y vuelven a encontrarse en el Abra de Muñano, la estación anterior a San Antonio de los Cobres. El siguiente pueblo fue El Alfarcito, con su iglesita fondeada por montañas. Luego vino Santa Rosa de Tastil, su pequeño museo y las ruinas de los indios tastil unos metros más adelante, compuestas por cientos de cistas custodiadas por cardones, en lo alto de los cerros que dominan la quebrada. Ya se asomaban las cumbres del Nevado del Acay de 5.950 m y del San Miguel, a 5.750 m, mientras se adivinaban los picos del volcán Tuzgle de 5.400 m y del Quewar, de 6.400 m. Federico Norte los subió a ambos, y también al Chañi en solitario, y nos contó que en la cima del Quewar hay unas ruinas incas muy poco conocidas. Como para menos...
Llegamos a San Antonio, antigua capital de la Gobernación de los Andes, antes que el tren. Como en la fábula del conejo y la tortuga, nos sentamos a almorzar en el Inti Huasi, un plato de pollo con arroz, otro de sopa y un postre -en ese orden- por $4. Nuestro guía sabía lo que hacía, y no nos íbamos a perder la maravilla. A eso de la una y media partimos hacia el viaducto. (Si va en auto, alternativa posible, más vale siga a alguno de los expertos para encontrar el camino).
A las dos, cada uno de nosotros estaba bien instalado en su puesto: Federico Quintana, haciendo caso omiso de la altura, subió pasito a pasito hasta el viaducto y terminó cruzándolo a pie cuando el tren se fue. Un valiente, bien pagado por su valentía. Federico Norte decidió regalarse la vista desde el medio del cerro, mirando al tren pasar por la línea entre el cielo y la tierra. Yo, a mucha honra, me quedé abajo (que a esas alturas no es tan abajo). Alguien tenía que registrar la óptica desde tierra.
Cuando escuchamos el primer silbido, alistamos nuestras cámaras. Puedo decirles que desde mi puesto, la desproporción es alarmante. El tren vuela en cámara lenta. Los pasajeros saludan en idiomas incomprensibles y el puente cruje apenas, como para que no olviden su protagonismo.
Imposible. Se vuelve inevitable pensar en los obreros que dejaron la vida en el intento de unir un cerro con el otro por el aire. Sus cementerios están desperdigados a lo largo de las largas vías. Ochenta perecieron congelados en el invierno de 1931, cuando los sorprendió una tormenta de nieve que duró un mes. Hubo un ingeniero que se suicidó cuando por un grave error de cálculo en el diseño de uno de los túneles, las cuadrillas que cavaban simultáneamente desde ambos lados, jamás llegaron a encontrarse. O peor aún, cuando el maquinista encargado de inaugurar el viaducto se negó a hacerlo aduciendo que la estructura de 1.731.000 kilos no soportaría el peso del tren. Lo cierto es que cuando la locomotora de vapor y el vagón cargado con 30 mil litros de agua empezaron a cruzar, el viaducto cedió unos 30 cm, obligando a nivelar los extremos nuevamente.
La ruta de la sal.

Enseguida volvimos a San Antonio, adonde el tren se detiene de regreso durante una media hora. Llegamos antes que él, en nuestra ya clásica pugna conejo vs. tortuga. Nos invadieron los niños moneda-caramelo.
Desde la estación se ve completa la desértica cavidad en la que se levanta San Antonio, con su novísima iglesia, su flamante escuela y los obradores de las minas, gasoductos, y alguna que otra salvadora industria de la zona. Cuando el tren llegó, fue hora de entonar el Salve e izar la bandera entre corderitos,llamas y guanacos. Suficiente para que a los más sensibles se nos piantara un lagrimón.

Cuando el tren partió, decidimos dejar que ganara la carrera y volviera a Salta; nosotros partimos raudos hacia las Salinas Grandes. Son sólo 80 km, pero es preciso calcular como mínimo una hora y media de viaje. Los vale. El camino termina a los pies del manto blanco, sobre el que conviene no aventurarse más que en los propios zapatos. El cielo estaba cubierto y esperábamos el "incendio" por un hueco entre las nubes, mientras el sol caía con la maravillosa velocidad que tiene el atardecer. Estábamos por perder las esperanzas, conformándonos con la visión gris blanquecina del entorno, cuando de pronto el salar se tiñó de amarillo y las formas de la sal doraron la superficie entera. Enseguida, la temperatura se sumergió en los más bajos fondos de la noche y nos refugiamos en la camioneta a esperar la luna al compás del mate. Pero el agua se enfrió y la luna no salió. Regresamos a San Antonio. En la Hostería nos esperaba una ducha caliente y un buen plato de ravioles caseros con estofado. Dormimos como angelitos, con sueños a la altura de las circunstancias, es decir tan elevados, que nos parecieron divinos.
Un punto en el mapa.

A la mañana siguiente, tomamos la ruta provincial 129 que conduce hacia el Salar de Pocitos. Nuestro Norte, dijo Federico, estaba a 75 km, en Santa Rosa de los Pastos Grandes.
El nombre ejercía su efecto en nuestra curiosidad, que supo distraerse con lo que nos ofrecía la ventanilla: salinas, burros, guanacos, vicuñas, choiques y unos arroyos de deshielo semi congelados rodeados de pastos dorados y enérgicos que preanunciaban nuestro destino. Nos cruzamos con un paisano con burro tolero (léase burro que lleva tola, el arbusto utilizado como leña), un par de apachetas y un caserío lejano. Ningún otro indicio humano en todo el camino.
Santa Rosa es una aparición de adobe. Tiene escuela con 70 alumnos y puesto sanitario, pero nada le quita el aura de pueblo fantasma. Conocimos a Teófila Tolaba, a Robinson que acusaba cuatro años por afuera de la manga de su camiseta de Boca Juniors, y a Paolo. Les regalamos una LUGARES con notas sobre Egipto y Punta del Este, y creo que jamás olvidaré la cara de Teófila mientras hojeaba la revista y yo le hablaba de distancias transoceánicas.
Volvimos por Pocitos y Cauchari, el puesto de gendarmería que permanece cerrado desde que se habilitó el paso fronterizo de Sico, a 67 km de San Antonio y 225 km de Salta. Le dijimos bye bye a San Antonio y repetimos el camino de regreso hasta Las Cuevas. Ahí doblamos a la izquierda, pasamos por la estación Cachiñal y bajamos hasta la finca El Toro. Se trata de una finca privada en la que hay que pedir permiso para ingresar, a no ser que vaya con alguien autorizado, como nuestro guía. Tras unos pocos kilómetros, aparecen las lagunas con elenco estable de flamencos. Están tan bien tratados que difícilmente se asustan de la presencia humana, claro que a nadie se le ocurre molestar su rosada tranquilidad haciendo ruidos indignos del paisaje. Además de los flamencos, en las lagunas -cuatro en total-hay patos varios y toro uno, colocado como adrede para justificar el nombre de la finca.
Antes de empalmar nuevamente con la ruta, el camino atraviesa una quebrada asombrosa, habitada por cardones enormes y de siluetas totalmente irregulares. Los hay de un solo brazo que se alza derechito al cielo, y de seis, siete o hasta diez, todos retorcidos entre sí, en confuso y pinchudo abrazo. Bastante húmedo, tanto que circulamos por el propio lecho de varios incipientes ríos en más de un tramo, este circuito es intransitable durante enero y febrero.
Así, esquivando piedras y riachos, pasamos por San Bernardo de las Zorras, un pueblo diminuto, colgado debajo del trazado del tren. Para llegar, como no hay estación pues las vías están en pendiente, hay que avisarle al guarda la intención de descender en el túnel siete. Allí, el conductor aminora la marcha, y el pasajero baja con el tren en movimiento. A veces, desde la locomotora le piden que arroje arena sobre las vías, para que la máquina no patine y pueda recuperar velocidad.
Llegamos a la ruta nacional 51 de noche, a la altura de Puerta de Tastil. Habíamos perseguido al tren, al sol, a los flamencos y a los ríos por su propio curso. Volvimos a Salta deseosos de recuperar su ritmo, o de dormir, al menos, una siesta tan larga que durara hasta el día siguiente.