Revista LUGARES Nro. 37
Pág. 80 - 87
Por: Rossana Acquasanta
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
CORDOBESES

Desde Córdoba ciudad, hay que tomar dirección a Alta Gracia. El camino, una vez fuera de la capital, se hace espacio campestre por una ruta asfaltada. Montado en la poderosa 4x4 de Federico, el equipo de LUGARES rumbeó hacia un destino de memoria centroeuropea. A la distancia una cresta de cerros dibujaba el horizonte. Pasada Alta Gracia y sin abandonar la ruta, el paisaje comienza a ascender. Bajo las acacias se despereza un remanso de agua clara, dibuja un remolino y se vuelca piedras abajo eon ganas de hacerse río. El dique Los Molinos queda atrás; más se sube y más se empeña el entorno en una flora de algarrobos, chañares, espinillos, piquillín, talas y hasta algo de tabaquillo. Así se va revelando el Valle de Calamuchita.
Después de haber recorrido prácticamente 80 kilómetros, la seguidilla de carteles ilustrados con seres rubicundos y letras de reminiscencias góticas que anuncian hospedaje, wurst con chucrut y espumas de cerveza, confirman la proximidad de un mundo diferente. Es imposible seguir de largo, ignorar el fenómeno de la trasculturación centroeuropea que se -esto al amparo de las Sierras Chicas.

Para muchos, la historia de este enclave arrancó con el hundimiento del Graf Spee, el acorazado alemán que en el 39 bombardearon barcos ingleses y fue acorralado frente a Montevideo. El capitán del Graf Spee pidió asilo para su tripulación y cabildeo va, cabildeo viene entre los gobiernos de ambas orillas del Plata, la cuestión es que un grupo de hombres fue concentrado en Capilla Vieja, cerca de la actual VGB, mientras el comando mayor recibió confinamiento en la isla Martín García. Los demás, dicen, se desperdigaron por cl país con predilección hacia Bariloche. El capitán por su parte se hundió con el acorazado de bolsillo, de cuyo romántico -esto queda un resta de obra muerta que aflora en el puerto de Montevideo cuando hay marea baja.
Una posta localizada a 40 km fue la simiente de la villa. Despuntaron las primeras casitas con emigrantes alemanes, húngaros, austríacos y suizos que llegaron alrededor de 1929 a 1930 y se nuclearon en la llamada Villa El Sauce. Las tierras se las habían comprado a Pablo Heintze y Jorge Kaphun, primeros colonizadores oficiales de la zona. En 1938, El Sauce y El Mirador se unificaron en Villa Calamuchita. Después aparecieron los muchachos del Graf Spec, que solían dejarse caer seguido por la comarca, a la que llamaban El Bajo, y colaboraron en la construcción de los caminos. Terminada la guerra, muchos de los confinados se negaren a volver. Los agravios de 1943 contra la bandera originaron un lío mayúsculo, así que el intendente, ni corto ni perezoso, impuso a la villa el nombre del creador de la gloriosa enseña de la patria nuestra.
Grande es el arco de madera que ribetea el ingreso a Villa General Belgrano. A los lados se ordenan las casas bajas con sus jardincitos, vallas de madera, flores por aquí, matas de grataeus por allá, árboles por todas partes, carteles en las esquinas con efecto de tronco desgajado y sus letras regordetas, las calles bien trazadas que recorren una topografía tendiente a ondularse, el arroyo El Sauce que fluye a la derecha del camino y cuyos recovecos inspiran a celebrar un picnic. Bienvenidos a la tierra encantada.

Los primeros colonos se habían dedicado a cultivar y a criar ganado, pero apichonados por las malas cosechas que tuvieron que soportar varias tetnporadas seguidas, decidieron cambiar de rubro. Solían recibir a la parentela y amigos que venían de visita desde Europa y no había casa que no estuviese equipada al menos con una habitación para huéspedes. Y alguno siempre se iba quedando. Para cuando se quisieron acordar, la comunidad modelito Hansel y Gretel Mezcla con Heidi ya había fraguado. De campesinos se convirtieron en empresarios del turismo.
Edelweiss fue el primer hotel. Y la onda casitas se inauguró hace diez años con las Cabañas del Valle. Si algo no falta en la villa es alojamiento. Cuando no son weekends largos -además de la temporada estival, semana santa y vacaciones de inviemo-es alguna fiesta de las que el calendario local está repleto; la cuestión es que aquí siempre parece haber motivos para venir a distraerse.
Julio A. Roca es la calle céntrica, una línea de escaparates que sólo se interrumpe en las esquinas. Boutiques con souvenirs, incluyendo gourmanderías locales muy tentadoras (escabeches de vizcacha, embutidos germanos, quesos, mermeladas), y cómo no, una oferta de restaurantes "típicos". Las chuletas ahumadas, la chucrut con las muchas variables de wurst, el goulasch mit spatzle, el apfelstrudel, el leverwurst con pepinillos y la cracovia a los aperitivos, las salchichas frankfurt con ensalada de papas, la carne con salsa oscura de hongos, en fin, esas cosas sabrosonas y llenas de calorías, copan el rol protagónico en las mesas- Para despuntar el vicio nacional también hay alguna que otra parrilla, pero la gracia en este lugar es comer centroeurupeísmos y tomar cerveza. El corazón de la villa se recorre con tranquilidad y en poco tiempo, incluida vuelta'el perro a la plaza José Hernández. Luego se impone pispear en los secretos de este curioso enclave; apunten visita al Museo del Carruaje, un dechado de eclecticismos espléndidos en lo que a coches de época concierne.

En días despejados practique el saludable ejercicio de trepar al cerro El Mirador. Allí mismo verá la quebrada de la Zarzamora y si avanza un poco más, se topará con el Pozo Verde, una olla natural que se
guarda en medio de una variedad de botánicas autóctonas. Pájaros tampoco faltan en las alturas, entretenimiento que suelen capitalizar los cultores del birdwatching.
A la salida de VGB hay un club hípico en la estancia La Chacra; enseñan a montar y alquilan caballos para salir al galope por los alrededores, que son muy bonitos.
Yendo hacia Atos Pampa y luego de pasar el arroyo Los Molles, unos 2 kilómetros más adelante, aparece el Cristo Grande, talla que conmueve aún a los incrédulos. La cruz es de madera de lapacho, emplazada sobra una base rocosa, y sostiene a un insólito Jesús de algarrobo: la cabeza erguida, los ojos abiertos, los pies separados con sendos clavos.
En verano las horas transcurren a orillas de Los Reartes, el río más próximo a VGB (6 km), que hace las dichas de locales y visitantes. Es transparente y tiene playas de arena, privilegio sin igual.
La proximidad de la sierra y los caminos que por ella se entrometen llevando a otros muchos encantos naturales, son propicios para cabalgar, hacer trekking y travesías múltiples. Desde que
el morocho y argentino Marcos Díaz ocupa el cargo de director de la Oficina de Turismo, esta comarca alpina de las sierras cordobesas muestra bríos renovados con todo, para todos.
Hacia La Cumbrecita
Un paisaje desolado de tierras bravas se despeja ante el viajero. Recién con el río San Miguel, oasis explayado en riberas arenosas, se reanima la visión del valle.
Atos Pampa: un silencio de tres casas sumidas en un perfume denso de violetas y la penumbra de los árboles. A la vera de la ruta se multiplican los grataeus en sus rojos y naranjas. Después de la curva donde los carteles indican dirección a Villa Alpina, La Cumbrecita y otros enclaves más, una pequeña iglesia recuerda que pese a la soledad, no hay desamparo.

Pasar del otro lado del puente que se extiende sobre el Río del Medio, es entrar a la pequeña comunidad de memoria germana.
La rúa principal que no está alfaltada ni empedrada ni su trazo responde al diseño premeditado de un urbanista, sólo acompaña los altibajos del terreno hasta que del otro lado de una loma serrana, se topa con el Wildbach-arroyo salvaje- y eso es todo. Fin del camino sinuoso. A los lados unas pocas calles que son senderos se abren según fueron pintando las circunstancias, a medida que la gente se hizo pueblo.
Señorita voluntariosa y sonrisa amplia da la bienvenida desde la caseta de la Dirección de Turismo y provee información orientadora. Se ven lugareños de a caballo metidos en sus ponchos que relojean como al descuido, y ocasionales peatones que no parecen ir a ninguna parte pero otean al que llega o se va con cordial indiferencia, y en segundos, el foráneo que se dejó caer en la tranquilidad de La Cumbrecita quedó fichado.
Era 1934 cuando Helmut Cabjolsky compró un campo de 500 hectáreas en el actual cerro Cumbrecita, allí se instaló con su familia, ama de llaves y empleados de campo, e inició la construcción de su casa. Un año después quedó lista la residencia que don Helmut imaginó de veraneo, para que amigos y familia pudieran llegar hasta allí y tener donde albergarse. En poco tiempo la casa comenzó a funcionar como hostería.

Don Helmut habrá sido el ideólogo de La Cumbrecita, pero Liesbeth Mehnert-su ama de llaves- es la que le dio gusto y renombre. Llegó acompañando a su amo y nunca más se fue. Con su marido levantó la casa que está del otro lado del Wildbach, la acomodó para recibir a los golosos de su época y los sedujo con dulzuras extraordinarias. Por décadas amasó delicias que supo componer con sabiduría y frutalidades estacionales. A sus 87 años Liesbeth cuenta proezas de aquellos tiempos y supervisa la ejecución de las tortas que ahora le toca en suerte preparar a su nuera, depositaria de esa riqueza familiar. Tortas de ricotta, de nuez, de manzanas, de chocolate, de nuez y ciruelas, son modelos que se siguen horneando al amor de la cocina de leña. Las empanaditas de frambuesa son de una perfección que dejaría con la boca abierta al mejor pastelero francés. Nadie que pase por su casa olvidará esos sabores.
Frau Liesbeth fue pastelera hacendosa después de haber echado por tierra una bellota de roble. Lo hizo en lo que ahora es el parque del hotel La Cumbrecita; la bellota brotó, el retoño creció y se convirtió en el árbol majestuoso que sombrea en la trastienda del hotel. Su actual propietario, Daniel Sofia, lo cuenta con orgullo. El hombre no es local sino un incorporado a la comunidad; está encantado de pertenecer a ese trozo de naturaleza que permanece a resguardo de contaminaciones y avances masivos del turismo. Para no perderle la pista al mundo se conecta a Internet y todos tan contentos. En el piano bar se suceden las tertulias, alguno desgrana una melodía en el teclado. Un águila dorada custodia, estática, la barra con las alas desplegadas. Mientras la noche se define claramente en lluvia o estrellas, y frío, el cansancio se disuelve en ese espacio al calor de la calefacción central con buena atención y mordisqueando, por ejemplo, tostados soberbios hechos de pan-pan. En el gran comedor de mucho ventanal no falta la chimenea ni la cabeza de un ciervo que mira fijo. Hay sala de lectura y video para los muy apegados a la caja tonta, pero tevé en la habitación, niet. A La Cumbrecita se viene a descansar, a prescindir de cualquier tic urbano. Para muchos no es fácil. Otros lo agradecen tanto que vuelven un año, y otro y otro. Los bungalows, la piscina en el gran parque, las canchas de tenis y paddle, los varios escapismos que el hotel ofrece sin abandonar la propiedad (distraerse en los senderos del parque jalonados de bancos, llegar hasta la cascada, perderse por el monte), justifican cualquier escapada a este refugio.

En La Cumbrecita, núcleo urbano y naturaleza están imbricados. La montaña y los árboles se meten por las ventanas, no hay forma de escaparle al canto del agua que corre por el río del Medio al que terminan tributando los arroyos cristalinos Almbach y Wildbach, donde también suelen nadar las truchas. El aire huele a aire. El viento hamaca copas de abedules, pinos y robles. Muy arriba hay que subir para dar con el autóctono tabaquillo, pariente del arrayán que fue prácticamente diezmado. Y en los claros se abren paso las retamas, la rosa mosqueta, las zarzas que dan moras y las increíbles digitalias, pasión de las abejas. Con la introspección otoñal brota de la tierra y en cantidad el prodigio de la Amanita muscaria, hongo soñado de los cuentos infantiles, rojo con pintitas blancas, que acá les da por desmesurarse. Un amor las amanitas, pero atención, porque por dentro son malvadas. Maestras de la duplicidad, las muscarias se miran y no se tocan.
La Cumbrecita es mansedumbre que salpica el faldeo oriental de las Sierras Grandes desde la cual se domina el Valle de Calamuchita. Su clima es bondadoso, goza de gran amplitud térmica (mucho sol durante el día, frío de tiritar por la noche) y son frecuentes las nevadas en invierno. Este año adelantaron la fecha cayendo a porrillo tupido en el cerro Los Linderos y el Champaquí. Hacia allí partió el equipo de LUGARES. Lo sorprendió un atardecer de fábula que encendió las montañas, mientras la 4x4 trazaba su huella en la espesa nieve. Voló un jote hacia la lontanza y la figura huidiza de un zorro se hizo ilusión en segundos. Visto y no visto. El regreso fue con noche cerrada y sin luna. Antes de decir buenas noches hubo parada en Zur Gloke, mesa generosa de germanidades que ofrece la casa con toda amabilidad y en raciones suculentas.