Revista LUGARES Nro. 77
Pág. 74 - 79
Texto: Julia Caprara
Fotos: Claudia Cebrián
REVISTA LUGARES
CAPILLA DEL SEÑOR
Mili González revuelve su café mientras conversamos sobre los aconteceres pasados y presentes de Capilla del Señor. Mili se llama Miriam y es periodista y miembro de Pro Memoria, una asociación vecinal que difunde el valor cultural e histórico de su pueblo.
Estamos en La Fusta, bar tradicional y punto de encuentro obligado de locales al que tampoco son ajenos los visitantes. Y entre sorbo y sorbo, me cuenta cosas. "En el semáforo podés encontrarte con una 4x4 último modelo y un gaucho a caballo, pero el pulso del pueblo se mantiene intacto", comenta.
En efecto, el flujo turístico no parece haber modificado el ritmo tranqui de la gente que se fue acostumbrando a ver caras nuevas. A través de la mirada de Mili verifico por ejemplo que los residentes tienen la costumbre de estar sentados en la vereda, que la siesta es ceremonia inamovible como lo es la manía de los hombres por silbar; que todos saludan a todos y que lo más común es desconocer el nombre de las calles: la clave está en la identidad de las familias, cuyos apellidos están directamente asociados al lugar donde residen. Tanto es así, que en algunas chapas figura la numeración junto al apellido.
Pero lo realmente impactante en Capilla del Señor no son estos sanos hábitos pueblerinos, sino la voluntad de su gente por mantener una tradición oral en lo que a sus orígenes atañe. "De la historia en realidad no hay mucho escrito, ya que se ha perdido casi todo el archivo municipal; salvo un libro del historiador local Miguel Hángel (sí, con hache) González, y algunos testimonios que se guardan en la iglesia, no hay más. Casi todo se fue transmitiendo verbalmente", dice Miriam. Y acá estamos las dos, en el bar insignia de Capilla, ella haciendo el ejercicio de una digna memoriosa y yo tomando nota, porque la verdad, mi memoria no da para tanto.
Todo comienza en 1580, cuando Juan de Garay hace el reparto de las tierras de lo que es hoy el partido Exaltación de la Cruz. Unos veinte años más tarde entra en escena Don Francisco Casco de Mendoza, que decide establecerse con su familia en estos dominios. Al morir su hijo Mayoriano, Casco de Mendoza levanta un oratorio y en 1735 el templo es erigido como vice Parroquia. La fecha de fundación es el 14 de septiembre, día del Señor de la Exaltación de la Cruz. Comienza el loteo en torno a la nueva iglesia a mediados de 1750, y de esta movida arranca la verdadera historia de un pueblo que surge alrededor de la capilla del Señor.
"Llegó gente de todas partes -añade Mili- y hacia el 1800 aparecieron los primeros irlandeses, que se instalaron frente a la plaza principal". El asentamiento se explica porque algunos de los prisioneros de las invasiones inglesas fueron trasladados hasta aquí, hecho del que dan fe en el cementerio las bóvedas de los colonos con leyendas en inglés y en castellano. Apellidos como Gaynor, Lennon, Dillon, Mc Guire y Kid, son los más comunes.
Después hubo una ola de inmigrantes sirios libaneses, quienes se aquerenciaron y crearon el Club Honor y Patria, una entidad que aún hoy mantiene su carácter de centro social. A fines del siglo XIX cayeron los vascos y abrieron tambos. Tampoco faltaron africanos en este potpourrí étnico, esclavos liberados que acá encontraron su lugar en el mundo; las mujeres trabajaron de mucamas y los hombres en el campo, hasta mediados del 1900. Ahora bien, si el viajero alucina con encontrar por acá un pub irlandés o algún paisano de color, está frito: esto es apenas un recuerdo.
En este agradable paraje pampeano prevalece una fisonomía arquitectónica propia de la década del '30, ausente de edificios de envergadura pero rica en esa expresión de esquinas en ochava. Sus pobladores insisten, con buena dosis de humildad, en que no hubo hechos relevantes en su historia y sin embargo algunas batallas se libraron en la zona, como la de Cañada de la Cruz, cuando las tropas de Estanislao López tomaron prisionero a French.
Sólo 85 km separan a Capilla de Buenos Aires, pero la sensación es de que está lejísimos. El tiempo juega a quedarse quieto simplemente porque así lo decidió la voluntad de sus habitantes, virtud que les ha otorgado, en 1994, la chapa de patrimonio histórico. Limitado por una decena de calles que parecen recortarse entre postales para concluir donde empieza la verde llanura, acá no existen visitas guiadas para el visitante. Lo indicado en estas circunstancias es acercarse a la Casa de la Cultura y retirar un folleto que ilumine sus pasos.
Las calles Mitre, Belgrano, Alem, 25 de Mayo, Carlos Pellegrini, Urcelay, Moreno y la ruta 193 son los límites del trayecto principal.
En las partes más alejadas del centro, hay casas que son casi ruinas coloniales, donde el ladrillo a la vista es una constante de fisonomía chata y alargada. Las estaciones de ferrocarril -Urquiza y Mitre- forman verdaderas huellas centenarias junto a la Escuela Bernardino Rivadavia, fundada en 1821 y que ostenta el orgullo de ser la primera escuela pública de la provincia de Buenos Aires. En la misma cuadra está el Museo del Periodismo, creado en 1976 en homenaje al maestro Manuel Cruz, quien en 1871 fundó y editó el primer periódico de la provincia, El Monitor de la Campaña, que tuvo corresponsales en cada uno de los 36 pueblos cercanos a los que el diario llegaba. Qué tal. También sobre Rivadavia se abre la plaza San Martín y frente a ella se levantan el Palacio Municipal y la iglesia de la Exaltación de la Cruz (de 1886), con altares y reliquias de la época. Entre las calles Casco, Irigoyen y Urcelay está El Mirador, una construcción de 1862 que antiguamente funcionó como hotel y casino, en el que se alojaron figuras notables como Sarmiento y Carlos Tejedor.
Capilla del Señor es un pueblo chico de espíritu grande. Tuvo su hijo ilustre que fue el Almirante Julián Irízar, comandante de la Corbeta Uruguay, responsable de haber rescatado en la Antártida (1903) a los expedicionarios suecos encabezados por Otto Nordenskjold, que iban a bordo del Antarctic. Pero el personaje inolvidable de los capilleros no es un prócer de épicas imposibles sino el ciego Marcial Montalvo, más conocido como el Negro Felipe, quien a pesar de su ceguera tocaba todos los instrumentos que se le ponían a tiro -piano, clarinete, violín, órgano- y hasta tuvo su propia orquesta que se llamaba El Fogonazo. Llegó a ser director de la Orquesta Municipal y su reputación de músico polifacético quedó para siempre legitimada. Partió de este mundo a mediados de 1900. Qué bueno hubiese sido conocerlo, gastar un rato aquí, en La Fusta, para enriquecer la charla jugosa que sostengo con Mili y el eterno café.