Revista LUGARES Nro. 91
Pág. 62 - 67
Por: Ana Schlimovich
REVISTA LUGARES
CATARATAS del IGUAZU
Dejamos atrás Posadas y tomamos la ruta 12 que nos lleva directo a Puerto Iguazú. Sin embargo, en Jardín América nos desviamos por la 7 rumbo a Aristóbulo del Valle.
El camino transcurre entre campos sembrados de té con una prolijidad geométrica; también hay tabaco, yerba mate y bananos.
Nos detenemos en casi todos los puestos improvisados por los indígenas a orillas de la ruta. Debajo de un par de cañas y unas hojas de palmera pindó, encontramos collares de semillas, tallas de animales en madera y canastos. Algunos ofrecen también plantas tropicales y, por supuesto, orquídeas. Con trato amable y pidiendo permiso, tomamos un par de fotos; no es que les agrade pero si tiene el detalle, de comprar algo, en una de esas dicen que sí...
En Aristóbulo nos esperan Daniela Olivera y Liliana Gerber. Hace un año comenzaron con Misiones Creativa, un emprendimiento que busca remozar los diseños de la artesanía local y aplicarlos a objetos decorativos actuales, siempre basados en las técnicas ancestrales. Trabajan con los artesanos de la zona, pero las aldeas guaraníes de los alrededores fueron el gran desafío, y hoy son sus principales proveedores. Ellas son las encargadas de acercarles esos elementos, desde el marco para un espejo hasta las bases para mesas minimalistas que se revestirán en tacuara y güembé.
Desandamos el camino y volvemos a la ruta 12 con la brújula puesta hacia el norte y sin escalas.
Parque Nacional Iguazú
Las cataratas me maravillan una vez más. Parada frente a la sucesión de saltos que se dejan caer desde 80 metros de altura, imagino a Alvar Nuñez Cabeza de Vaca; lo veo llegar un día de 1541 y quedar pasmado con la panorámica que le descubría la selva misionera. Vuelvo en el tiempo y compruebo que la foresta semi pavimentada y los miles de turistas que acarrean filmadoras, largavistas y máquinas digitales, aún no pueden arrasar con su encanto.
Una vez más nos alojamos en el Sheraton, el único sitio para despertar y dormirse con la imagen de la Garganta del Diablo detrás de los vidrios de la habitación. Está ubicado en el corazón del Parque Nacional Iguazú y es el mejor apostadero: todo lo importante está a unos pasos, uno sale y en segundos está inmerso en el paisaje de las cataratas.
Los cuartos son comodísimos y la piscina, enmarcada por la selva, invita a un merecido descanso y una zambullida después de las caminatas. Vale la pena hacer un alto en el restaurante que hace gala de una carta con variantes regionales, localismos difíciles de encontrar en otra parte.
Consejo: anímese y pruebe.
Planeamos la estadía a toda aventura, la geografía se presta. Para ello, sólo hay como seguir el programa que propone Jungle Explorer. Partimos temprano por el sendero Yacartiá que actúa como preámbulo de la selva: palo santo, palmitos, ficus y cientos de bromelias y orquídeas colgadas de los árboles que esperan florecer. En Puerto Macuco nos embarcamos en un gomón semirrígido y recorremos el río Iguazú; lo mejor llega hacia el final cuando la embarcación se bambolea sobre los rápidos del río. Pero eso no es todo. El plato fuerte de la travesía comienza en el Cañón de la Garganta del Diablo cuando nos aproximamos una y otra vez a los diferentes saltos y probamos esta "ducha" de lujo generada por toneladas de agua blanca. Terminamos tiritando y lo único que queremos es un retazo de tierra firme y despejada para secarnos al sol. Lo encontramos en la playita de la isla San Martín, bote mediante.
Nos desparramamos sobre una rocas y juntamos fuerzas para recorrer los senderos de la isla que nos regalan una vista diferente de las cataratas. Desde allí se pueden imaginar diferentes destinos, pero a mí el único que se me ocurre es la Garganta del Diablo. Caminamos por el circuito inferior hasta la estación Cataratas y nos subimos al trencito que nos lleva hasta el inicio de la pasarela. La cruzamos apartando mariposas. Nuestra preferida es la 88, una especie que exhibe esta curiosa caligrafía natural cada vez que pliega las alas. Al final llegamos hasta esa gran olla de agua hirviendo con un arco iris perpetuo. Allí, cada uno se dedica a su ritual: sacar fotos, conectarse con el más allá ayudado por efecto relajante de las aguas o simplemente dejarse empapar feliz, hasta los tuétanos.
Para regresar elegimos el delta del río Iguazú. Unas balsas inflables realizan un recorrido sin sobresaltos que permite apreciar la selva desde el agua, sin emociones violentas.
Si le queda tiempo, haga el esfuerzo de reservar medio día para cruzar el puente Tancredo Neves y echar una mirada desde el lado brasileño. Como asegura el refrán popular, nuestros vecinos tienen un buen anfiteatro para mirar el espectáculo. Ahora que el cambio con el real esta 1 a 1, es un buen momento. Eso sí, para las actividades no hay precio que mejore al argentino. De regreso, haga una visita al parque Das Aves y curiosee artesanías en las "lojas" del camino, hay muchas chucherías pero con dedicación es posible encontrar lindos souvenirs.