Revista LUGARES Nro. 64
Pág. 56 - 61
Texto y Fotos: Soledad Gil
REVISTA LUGARES
CATARATAS
Uno nunca se baña dos veces en el mismo río. Las palabras de Heráclito se cumplen en Iguazú con la exageración que las cataratas saben tener: torrentes cuantiosos, selva inabarcable y tierra roja como no más. Los saltos se arrojan en incesante procesión y el agua no calla. No calla.
Cataratas es una leyenda de las que no defraudan. También es cierto que el calor aprieta, pero no serían lo mismo con otro clima. Tres días de humedad, trópicos poblados de palos rosas, lapachos, inciensos y petiribís, los boyeros y sus nidos colgantes cerca de donde hay gente, huyendo de su depredador, el tucán. ¡El tucán! Bastó verlo volar por sobre el salto Bosetti para sentir que el viaje había tenido su razón de ser. Yo nunca había estado y tenía la cabeza así de comentarios estilo "ah, no", "tenés que ir", "son bárbaras", o el más extendido "el lado argentino tiene la mejor parte y el brasileño la mejor vista". Para mí eran un enigma.
Las fotos no consiguen dimensión del tamaño, no vienen con sonido y el agua congelada en las imágenes suspende la sensación del efecto Heráclito. Aún de noche, cuando dejan de volar los vencejos -el ave símbolo del Parque Nacional-, el sol se oculta y ya no hay más arcoiris en las gotitas suspendidas en el aire, la Garganta del Diablo sigue siendo un abismo magnético y constante de toneladas de agua que no para. Mi morbosa curiosidad no pudo evitar la pregunta de ¿no hay gente que le dé por venir a suicidarse? Y no inquirí en vano. Parece que sí, y bastante.
Mucho más programa es reservarse un par de días en el Sheraton -único hotel con vista a las cataratas dentro del Parque Nacional- y dedicarse a contemplar la "nube" que se desprende de los saltos. Es una mancha blanca que emerge del vacío -falla geológica de más de 70 metros de alto, en realidad-, en la que cae el río Iguazú antes de reunirse con el Paraná y partir juntos rumbo al Río de la Plata, no al mar. Por eso, la terraza del hotel ofrece ubicación estratégica para reflexionar, tomar copetín o esperar el atardecer, y ni qué decir de secarse -o aprovechar que uno siempre regresa empapado para ducharse del todo- al concluir con los circuitos de pasarelas o la divertida excursión en gomón que se conoce como Aventura Náutica.
A propósito, es una de las excursiones más nuevas y agregó una dimensión a la cuestión pasiva de dejarse azorar por las cascadas. Se trata del encuentro más salvaje: desafiar los saltos en gomón, aproximarse hasta creer que el agua va a engullir el barco con gente y todo. Si va con intenciones de tomar fotos, olvídelo. Mejor lleve alguna protección extra a la mísera bolsita-impermeable que dan los organizadores: le aseguro que con una no alcanza para esos caudales.