Revista LUGARES Nro. 75
Pág. 82 - 87
Por: Rosana Acquasanta
Fotos: Flavio De Mitri
REVISTA LUGARES
COLONIA RURAL
Es la otra cara de la escapada convencional que cientos de porteños consuman los fines de semana. Es puro campo que se despereza a 26 km de Colonia, el de los caseríos que despuntaron como al descuido y los caminos que van hilvanando sembrados y pastizales entre esa ciudad y Artilleros, en la ruta a Montevideo. Y es allí donde, después de dejar atrás los poblados ribereños de Riachuelo, El Ensueño y Santa Ana, se descubre Casa de la Bahía. Un lugar en el mundo. Destino rural en el que la tierra termina por ondularse en médanos para desvanecerse sobre un río inverosímil al que Solís mentó mar dulce, única conclusión geográfica.
Para adentrarnos en los territorios del departamento de Colonia, primero sorteamos el charco por aire. Lo hicimos en un avioncito así de mínimo, ideal para los que aman volar sin perderse el espectáculo de lo que ocurre abajo, incluido el movimiento de las olas. Lástima que dure tan poco: antes de que uno termine de acomodarse, ya se completó el cruce en un brinco de escasos 20 minutos.
Después, en el aeropuerto internacional Laguna de los Patos nos encontramos con Irene Raskovsky, ama y señora de Casa de la Bahía. Su "chacra marítima", retiro sin igual a un kilómetro de la costa, está concebida a la medida de los que buscan desaparecer por unos días con el único fin de matarse descansando, distraerse en plácidos merodeos y gratificar el paladar con bondades de una cocina casera sustentada en productos locales que son un lujo: pescados que se capturan a tiro de la playa, hortalizas de la huerta propia, frutas de quintas vecinas, carnes a años luz del cuco transgénico, lácteos genuinos, en fin, esas riquezas que el campo prodiga.
Irene es una argentina de 48 años, alta, de módales serenos y una sonrisa franca que le brota del alma. Diseñó la casa mirando al río y a los atardeceres, que acá pintan el horizonte de agua con rojos dignos del lejano Oriente. Ausente de firuletes, tan simple como la misma campiña que la rodea, el resultado de su emprendimiento es ese sosiego de espacios intensamente abiertos, luminosos, techos muy altos y una holgada galería a la que dan las cuatro habitaciones.
La piedra, el ladrillo, la madera de eucaliptus y un puñado de objetos bien dispuestos, componen el estilo que Irene imprimió a su refugio privado, tan agradable de vivir.
Cuando llegamos, nos estaban esperando con una pequeña sorpresa gourmet: la delicadeza de unos buñuelos de flores de zapallo -recién cosechadas- y un virtuoso escabeche de patí. Dos perfecciones para dar envidia a cualquier chef de nueva generación.
En las proximidades de la chacra está el balneario de Artilleros, un conjunto de 150 casas de veraneo repartidas en diez manzanas, la mayoría perteneciente a los habitantes de Tarariras, un pueblo seco, como dicen por acá, porque está lejos del río y no tiene árboles. El balneario cuenta con servicios sanitarios y parrillas en la playa. Sobre la ruta, el Parador Copes es sede de gran bailongo gran los viernes y sábados. Si desde aquí uno sigue rumbo al este, llega a Juan Lacaze, importante enclave costero.
Si en cambio desanda camino a Colonia, primero aparece Santa Ana, a tres kilómetros de Artilleros, núcleo de unas 250 familias en una zona muy forestada y que fue inventado para argentinos. El proyecto Santa Ana se desarrolló durante la época de Perón; se armó el pueblito quitando médanos y plantando eucaliptus sobre todo y se parceló. Su playa es espléndida.
También lo es la del balneario siguiente, El Ensueño, sombreado de añosas arboledas. Acá la costa es algo escarpada y la ancha franja de arena está llena de crustáceos que van dejando sus cáscaras entre marea y marea. Luego viene Riachuelo, que se divide en tres sectores bien definidos: el embarcadero, la parte que da sobre la RI con el "comercio casero" -o sea, el almacén de ramos generales, la panadería y el carpintero- y el glorioso pueblo de Riachuelo, que nada más es una calle -una- donde se desparraman apenas 30 casas, cuyos fondos dan al arroyo homónimo.
Antes de volver a Buenos Aires y tras almorzar panes caseros, tomates y pascualina "de quinta", nos fuimos a la playa, a la que se accede desde la propiedad de Irene. Llegamos al cruce de la cañada que jalona un ceibal salvaje, trepamos médanos y del otro lado se reveló el tupido juncal que precede al agua dulce y clara. A la izquierda y a la distancia detectamos la punta de la Bahía Artilleros, lugar temido por los veleristas cuando buscan arrimarse a esa costa de restingas de piedra que reverberan bajo la transparencia del río. No hay más. La duna suave bajo los pies, garzas, caracolas, si acaso una culebra al sol. Y la plenitud del falso mar, esa inmensidad que dejó perplejo a Solís y a los argentinos embelesa.