Revista LUGARES Nro. 100
Pág. 95 - 103
Por: Josefina Pasman
REVISTA LUGARES
COLONIA
-"¿Caminaron la Calle de los Suspiros tres veces?"
Su nombre es Clemente, un hombre de 82 años que se embarca entre el aluvión de guías turísticos para contar otra historia de Colonia, la popular, la misteriosa, "la que ellos no saben". Y mientras los guías cuentan la historia de una ciudad en pugna, Clemente deambula por sus calles con una boina, un video y un álbum de fotos para vender.
-"Si la caminan tres veces pueden conseguir novio, o cualquier cosa que deseen. Y si dan tres pasos para atrás, la persona que ustedes quieren que desaparezca, desaparece, nada de gualichos ni nada".
Existen dos Colonias, la Colonia turística, por ponerle un nombre, y la Colonia que habla a través de su gente.
La primera es la que se ve en sus calles, en los faroles, en el desnivel del empedrado. La de los museos -el Municipal y el del Azulejo, los más interesantes-, la de los fríos cañones y floridas santa ritas, la amurallada. La de nostálgicas tejas y reiterados arcos.
A esa Colonia llegamos. Tocamos puerto y tras haber dejado nuestros bolsos en la Posada del Ángel, partimos en busca de algún lugar donde almorzar. Las calles estaban llenas: 890 almas ocupaban Colonia ese día. Y sentadas allí en Don Pedro, en una mesita al sol frente a la plaza, escuchamos un ritmo que reconocíamos como candombe. La música se encarnaba en la sonrisa de la gente al ver cómo un grupo de cuatro músicos se acercaba cruzando el Portón de Campo.
Antes de ingresar a la ciudad vieja, justo al lado de la Puerta de la Ciudadela, se encuentra un centro turístico en donde pueden darle un mapa de la ciudad que incluye la oferta hotelera; la gastronómica va en folletería suelta. La consigna es recorrerla en bicicleta, en moto, en carrito de golf, incluso en carruajes de época -siglo XIX-, pero no hay como caminarla y descubrir a pie sus detalles más íntimos. Las ganas de salir a "patear" eran tan grandes que olvidamos por completo el cambiar plata. Pero esto no constituyó ningún problema puesto que no hubo lugar en donde no aceptaran pesos argentinos.
Así empezó nuestro viaje. Redescubríamos aquellos viejos senderos por los que Kiki y yo habíamos alguna vez andado, pero con otra perspectiva. Queríamos saber más, queríamos averiguar qué es 10 "que ellos no saben". Pero primero comenzamos por recorrer Colonia como lo hacen todos. Subidas en la camioneta de la Secretaría de Turismo, con Gustavo al volante y entretenidas con los cuentos de Carlos, nuestro guía, nos dirigimos hacia el Real de San Carlos para entrar en contacto con aquel sueño, el de un complejo turístico con la Plaza de Toros, el Frontón y el Hotel Casino. Si Mihanovich supiera que su idea no fracasó, sino que fue adelantada para su tiempo... Hoy, grandes hoteles como el Colony Kempinski - y próximamente el Sheraton- suplantan al gran hotel-casino. Allí se puede alquilar un caballo para recorrer la zona; las distancias son más largas que en la ciudad vieja como para caminarlas sin terminar extenuado.
Pasamos por la Capilla San Benito para visitar al milagroso Santo Negro, y retornamos hacia el Bastión del Carmen. Atardecía, pero fue gracias a esos últimos rayos de sol que pudimos ver uno de los grandes secretos que esconde Colonia. Cuando visite el bastión, puede acercarse a la orilla y bajar esas pequeñas y poco llamativas escaleras, caminar tras la oscuridad y ver cómo esos arcos portugueses subterráneos se convierten en grandes círculos por el reflejo del agua, agua que entró sin pedir permiso y sin quererlo mejoró la acústica de lo que hoy es un muy lindo teatro y está en funcionamiento. Pinceladas color naranja dibujaban formas amorfas en las velas de los barcos y una luz hipnotizaba nuestra mirada, clavándola en el horizonte. El ruido había desaparecido y un nuevo protagonista entraba en escena. Fueron ellos, los faroles, los que guiaron nuestra vuelta a la posada.
Una escapada a sus alrededores
Descubrimos que Colonia no es sólo unas cuantas cuadras enmarcadas por una muralla en ruinas.
Tomamos la ruta 1 y escapamos. Esta vez nuestra curiosidad nos llevaba kilómetros afuera. Comenzamos por las playas más preciadas, las de Ferrando, y de allí a la cantera en donde nos encontramos con un grupo de buzos dispuestos a desaparecer bajo las aguas. Uno puede ir incluso sin equipo y tomar clases de buceo, o al menos tener un bautismo de inmersión.
Pero fue en la Bodega Bernardi en donde comenzó mi historia. Mientras Roberto y María Bernardi -cuarta generación- nos mostraban la bodega y etiquetaban las botellas, nos hicieron probar primero un vino elaborado con uva Tannat y después una grapa, especialidad de la casa. Dos nombres aparecieron: José "Perico" Carbajal y Chape. Ambos colonieses. El primero se encargó de pintar manualmente las etiquetas de algunas botellas coleccionables y el otro de confeccionar una botellita de cerámica para la grapa. Quise comprarla, deseaba poseer esa pequeña botella, pero no les quedaban más. Ya medio mareada y en ayunas, de pronto estaba en Riachuelo.
Si en Colonia se puede respirar el cese de la vorágine porteña, Riachuelo es su culminación. El día diáfano y la lejanía del verano nos permitieron apreciar el canal limpiamente; sólo algunos pocos veleros disfrutaban de esa quietud. Previo permiso de Prefectura, caminamos por el muelle y sus alrededores; hay banquitos hechos de tronco sobre los que sombrean las arboledas. Entre chillidos de cotorras y al tranquito, nos dirigimos hacia el sendero que nos conduciría a la cantera. Nunca había visto mariposas azules, y ahí estaban, posadas sobre los higos chumbos al borde del camino, pidiendo desesperadamente una foto.
Próxima parada: Santa Ana. Retomamos la ruta 1 y en escasos minutos estábamos allí. Playas vacías de arena blanca enmarcadas en eucaliptus sobre un cielo gris. Silencio, gaviotas y una garza Juan el Grande habitaban ese paréntesis del tiempo. Fuera de este breve lapso nos esperaba el ruido y el color en la Casa de los Pájaros. Nilo Calero, un hombre de mirada profunda, de cejas aladas y una humildad envidiable, se ha dedicado a coleccionar aves de todo tipo; 1.500 pájaros distintos -faisanes, loros australianos, papagayos del Brasil, pato mandarín del Japón v pavos reales entre muchos otros- competían por llamar la atención.
Alas, picos, cuellos y colas de diversas texturas y matices, todos distintos y sin embargo todos juntos. Si anda por la zona, no deje de pasar por allí y conocer esta espectacular colección que incluye un bravísimo mono capuchino, un par de maras patagónicas y un perro Pincher. No nos queríamos ir, hay algo de ese lugar que lo hace a uno sentirse un niño y despierta las ganas de superar la supuesta madurez y querer repetir "Hola" una y mil veces hasta que el loro lo repita. La vuelta, sin embargo, era necesaria.
Con la mirada perdida tras la ventanilla, recordaba cada rincón visitado y pensaba en cómo sería llevar una vida cuidando pájaros. Algo de esa idea me inquietaba... Y bajo esas extrañas conexiones que hace la mente, recordé la botellita de grapa; debo confesar: tenía un capricho.
"Tal vez haya quedado alguna de ellas en Naturalia", me había comentado uno de los hermanos Bernardi.
Al llegar, corrí bajo la lluvia con la esperanza de encontrar abierto aquel almacén de vinos y quesos, y de paso, evitarle a mi compañera de viaje un berrinche; pero no hubo caso, la cerámica debía esperar.
La Otra Colonia
A la mañana siguiente dejamos Posada del Ángel, después de abrazarnos con María, nuestra guía y consejera. Daba lástima irse de allí...
Colonia había dejado de ser una ciudad para visitar. Colonia era ahora su gente. Las calles, los mosaicos y las tejas se humanizaron. Los adoquines mojados brillaban y reflejaban en ellos una especie de aura que no había podido ver antes. Era lunes y muchas de las puertas estaban cerradas, ya no se escuchaba el candombe.
Colonia descansa.
Por primera vez el otoño se deja oír, las hojas caídas caminan sus calles, sus entretelones. A lo lejos está Clemente, en la puerta de la Iglesia Matriz en donde fue bautizado. Lo miro y siento mucha ternura. Dio gusto subir al faro y ver la ciudad desde esta nueva perspectiva. Abajo nos esperaba Chape. Ingresamos al Complejo Plaza Menor, una casa de piedra, arena y barro de más de 200 años. Hoy, ese ex-conventillo es un paseo de compras y en él se encuentra el Taller de Chape, el de la botella de grapa, un artesano coloniense que ha dedicado gran parte de su vida al arte de reconstruir e imitar la cerámica portuguesa. Entramos en un mundo de blancos, ocres y azules.
Luego de hablar un rato, nos invitó a su taller en donde conocimos a Pablo, su hijo, que trabaja la cerámica desde los 13 años; también estaban Alicia y Alba, que lo ayudan en la tarea. Todas las calles de Colonia parecen habitar ese taller. La calidez de este hombre me hacía sentir como en casa. Si pasa por el taller, hable con él y quizás pueda de este modo conocer Colonia desde adentro, mate por medio. Y si tiene interés pregúntele por las clases, porque tiene el proyecto de armar clases de un día para turistas interesados en el trabajoso arte de la cerámica.
Colonia para saborear
Lo que alguna vez fue vivienda -al margen de la Casa de Nacarello, que se conserva como tal y se puede visitar hoy es un museo, un paseo de compras, una galería de arte, o una suma de restaurantes. Las ofertas son múltiples. La mejor cocina está en El Mesón de la Plaza, donde se puede comer casi de todo: pescado, carnes rojas, pastas... Pero recomiendo los romanitos del mesón, deliciosos bocados de papa en forma de ravioles, de aterciopelada textura.
Las mejores pizzas están en La Bodeguita, encantador lugar frente al río, perfectas para arrimarles buena cerveza fría y concluir con un postre de brownie. Santa Elena es otra variante a tener en cuenta. Destacable es su comida casera pero también su ubicación: justo en frente al Portón de Campo.
Las picadas, las minutas y el público joven convergen en La Veleta y en Colonia Rock; este último espacio es cita imperdible para cinéfilos, ambientado con cámaras y proyectores, piezas originales de antiguos cines uruguayos obtenidas en un remate.
El Colony Kempinski
A cinco minutos de la terminal del ferry y a 15 cuadras del casco histórico, el flamante super star de la hotelería uruguaya propone otro tipo de acercamiento a Colonia: conocerla sin renunciar al confort ni a las bondades del spa. Hotel y spa conviven bajo un mismo nombre, pero físicamente están separados y se vinculan por un túnel.
De la sencillez estilo colonial nos habíamos mudamos al lejano oriente del Kempinski, cuya arquitectura propone recorrerlo como un laberinto. "La idea es que los huéspedes se pierdan", nos dijeron al llegar; es la manera de ir descubriendo y disfrutar sus rincones, sus cuadros, sus mantras, sus cascadas. Bajo las reglas estrictas del Feng Shui, el hotel -inaugurado hace seis meses- integra los elementos piedra, tierra y agua en busca del equilibrio energético y la armonía. La decoración de las habitaciones -en total 68- está marcada por la impronta indonesia.
No deja de ser una sensación extraña esto de pasear por las calles empedradas de una ciudad rioplatense y al llegar la noche refugiarse en un ámbito privado donde el ratán, la gamuza y el laqueado son los factores estéticos dominantes.
La meta del disfrute absoluto y la de la restricción no parecen confundirse. La primera incluye la cocina -cuyas pautas trazó y legó el maestro Gato Dumas-, los cocktails en la biblioteca al atardecer, el spa y un servicio de shuttle hasta Colonia. La segunda propone recluirse y someterse a la férrea disciplina de consumir entre 700 y 900 calorías diarias, y al programa complementario de gimnasia y masajes reductores. Nosotras hicimos una combinación de ambos extremos y elegimos comer sin culpa, beneficiarnos de algunos masajes y del reiki... Así es que pasábamos del cansancio de la caminata diurna al sauna y a la pileta climatizada, nos regalábamos una excelente cena y adiós hasta mañana: de cabeza al comodísimo sommier.
El final de la historia
A regañadientes, caminábamos rumbo al puerto cuando una camioneta azul se nos acercó. Era Gustavo. "¿Conseguiste la grapa? (...) Tomá". Y saca del auto una pequeña botella, igual a la que me había enamorado, firmada en el dorso por el mismísimo Chape! La sonrisa no me cabía en la cara.
Todavía no sé si en esos días pudimos, Kiki y yo, descubrir lo que quiso decir Clemente con la ciudad "que ellos no saben". Sólo sé que Colonia, además de ser una estampa histórica a pocos minutos de Buenos Aires, y una escapada favorita de porteños, es la Colonia que, aún siendo ciudad, no perdió esa virtud uruguaya de comunicarse a través de su gente.
Mientras tanto, yo espero que se cumpla aquel deseo que pedí en la calle de los suspiros.... El de volver.