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Revista LUGARES Nro. 91
Pág. 77 - 84
Por: Ana Schlimovich
REVISTA LUGARES
DE BONITA A...
Sao Miguel das Missoes
Partimos hacia La Bonita. Las chacras se cuentan por decenas. A medida que avanzamos hacia el sureste, nos sorprende la gente de ojos transparentes y cabello rubio. Muchos hablan español arrastrando el acento acuoso que les dejó el portugués. Sus padres llegaron de Brasil pero sus abuelos viajaron desde Europa, y explican el sentir nacional con la metáfora del fútbol, cuando se declaran, incondicionalmente, hinchas argentinos. Los rozados -terreno que se desmontó para agricultura- se entremezclan con la capoera, algo así como un embrión de selva que devuelve la esperanza del verde completo.
La primera parte del camino no presenta inconvenientes y la hacemos a puro asfalto. Bajamos por la ruta 14 desde San Pedro y al llegar a San Vicente tomamos la ruta 13 que nos lleva hasta El Soberbio. Aquí empieza la aventura. Lo más indicado es dejar el vehículo en el pueblo y tomar, por un costo adicional, el transporte que envían desde La Bonita. Son casi 40 km de una tierra que resbala como chocolate derretido y tiene huellas profundas. Sin embargo, el trayecto es para comérselo con los ojos. Las casitas de madera, pintadas con colores intensos, aparecen aquí y allí. También están los secaderos de tabaco que esperan, listos, la época de cosecha. El aire trae el perfume alimonado de la citronela y el cedrón. De tanto en tanto, nos cruzamos con un carro polaco tirado por una junta de bueyes. La Bonita surgió de la imaginación de su dueño, Franco Martini, quien llegó desde Buenos Aires y no descansó hasta encontrar el sitio perfecto para su proyecto. Y aquí está, 60 hectáreas con cascada propia: un paraíso para dar rienda suelta al romanticismo.
A las tres cabañas originales se sumó una cuarta con una vista privilegiada sobre la caída de agua. Todas poseen el encanto de balconear sobre la selva, y tienen una galería donde sólo se escucha el sonido del río. Los interiores están signados por la calidez de la madera y una estética que no conoce de objetos superfluos. Cada uno de los muebles está realizado siguiendo las formas de los troncos y ramas, por eso el diseño tiene la cualidad del fuera de serie: ninguno se repite.
En invierno las noches son frías, nos dormimos mirando las llamas de la estufa a leña que, de tanto atizarlas, amenazan con avanzar demasiado.
Por la mañana el rocío nos despierta tintineando sobre el techo. Desayunamos en la casa grande, una fiesta de pan casero, dulces y queso ricota. Gladys y Altamiro son nuestros anfitriones en ausencia de Franco, y lo hacen de maravillas.
Aquí, la propuesta es disfrutar sin mucho plan. Bajar hasta la cascada que está escondida entre los árboles, tomar sol y nadar un rato. Para gastar energías hay varios senderos que permiten trepar en grande. Eso sí, a la hora de comer todos regresan religiosamente; resulta que Gladys cocina delicioso, combinando con gracia la sabiduría de la cocina casera y campesina.
Inolvidables sus ravioles gigantes, tan suaves que se devoran sin culpa.
La vida cotidiana tiene aquí su atractivo, lo comprobamos cuando Altamiro nos lleva hasta la chacra de su familia. Nos conduce con orgullo, mezclando palabras en portugués, mientras se empeña en explicar la diferencia entre el guiso y la feijoada. Los Hirt están organizados como una industriosa comunidad. Valdemar, el hermano, es carpintero; quedamos encantadas con unas sillas de incienso que resultan muy originales, con el respaldo trenzado en güembé, una fibra que se cosecha cuando la luna está en cuarto creciente. Después llegamos hasta el ahumadero de don José Alfredo, el padre, y lo encontramos preparando charque. Está cortando la carne bien finito para dejarla en sal un buen tiempo, después se cocinará en una especie de galpón sin cerramiento, durante largas horas. Un tanto sui generis. Don José tiene sangre alemana y brasileña, pero desde muy chico vive en Argentina. Fue hachero, jangadero en la zona de Moconá y después granjero.
En casa de los Hirt se amasa el pan y se fabrica el queso, también se crían animales y se cultiva maíz, arroz y mandioca. Y, como si esto fuera poco, tienen un trapiche tracción a sangre (de buey) para darse el gusto del dulce de caña propio. De regreso pasamos por el alambique de don Orestes que se dedica a fabricar esencias y tiene una expresión de duende pegada en el rostro. A partir de septiembre empieza el trabajo fuerte; para entonces los 15 hijos de la familia ayudarán en la recolección de citronela y menta que deberá procesarse.
La última cita del día es con el cacique Alejandro. Vamos por un camino imposible a bordo de la Land Rover que conduce Altamiro. Cae la tarde, y por suerte llegamos antes que la luz desaparezca para charlar un rato con Alejandro. Con paciencia, él nos muestra la aldea, los cultivos y además responde, una a una, todas nuestras preguntas.
Camino de las misiones
La Bonita es un buen punto de partida para conocer los saltos del Moconá, pero como LUGARES había estado el año anterior, nos propusimos otro objetivo: seguir la ruta de la Compañía de Jesús en Brasil.
Rumbeamos hacia El Soberbio. En minutos y balsa mediante, estamos en el país vecino. La idea es llegar hasta Sáo Miguel das Missóes en el estado de Rio Grande do Sul, donde se encuentran las ruinas jesuíticas mejor conservadas del país.
El paisaje cambia radicalmente, la selva desaparece y da lugar a campos de prolijísimos sembrados. Es la pampa brasileña, la tierra más rica y productiva. El camino ondulado nos conduce hasta Sáo Miguel. Una vez más me quedo pasmada ante la historia de estos religiosos que lograron casi un imperio de la nada. Fundaron 30 pueblos en los alrededores de los ríos Paraná y Uruguay, tierras que hoy se reparten entre Brasil, Paraguay y la mesopotamia argentina. Sáo Miguel es parte de esa saga. Al llegar nos sorprende la imponente fachada de la antigua iglesia. Aún conserva el carácter majestuoso que concibió Joáo Batista Prímoli, cuando la diseñó en 1745.
Entramos por la que fue la nave central, bordeada de enormes arcos laterales. La piedra roja es más roja en contraste con el verde, y el silencio es intenso. Una música sacra invade el lugar, nada más apropiado para continuar el recorrido. Nos dejamos llevar, avanzamos por el resto de las construcciones tratando de imaginar el modelo de vida que compartieron jesuitas y guaraníes. Vale la pena darse una vuelta por el museo de Sáo Miguel en el que se reúnen tallas y objetos de aquellos años. Anochece y nos quedamos al show de luz y sonido para completar la historia; el espectáculo, además de bueno, es emocionante.
A la mañana siguiente partimos rumbo Argentina. Hacemos un alto en Sáo Lourenço la maleza y el tiempo han hecho estragos, sólo quedan algunos restos dispersos de la antigua reducción. Nos detenemos por puro rigor histórico; su fundación fue resultado de la división de Santa María La Mayor, un pueblo que veríamos más adelante. El último punto de nuestra ruta en Brasil nos obliga a un pequeño desvío. Los restos del antiguo Sáo Nicolau quedaron atrapados en el pueblo moderno; en la plaza central pueden verse algunos rastros jesuitas. Nos llama la atención encontrar un piso que suponemos original, confundido con el trazado de los jardines y canteros.
Cruzamos por Puerto Javier hacia la Argentina en dirección a Santa María La Mayor. Tomamos la ruta que conduce a Itacaruaré y que ahora está asfaltada. Llegamos al atardecer pero con tiempo para dar una vuelta. El sitio es bello, aunque no tiene la grandiosidad de Sáo Miguel o San Ignacio. En su tiempo fue un pueblo jesuítico importante con estancias dedicadas a la cría de ganado. Antes de regresar a Posadas, hacemos las últimas fotos y caminamos entre las paredes derruidas, saboreando unas naranjas silvestres que crecen allí, quién sabe desde cuándo.
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