Revista LUGARES Nro. 59
Pág. 93-103
Por: Rosana Acquasanta
REVISTA LUGARES
DE SALTA AL ESTE DE LA QUIACA
Siempre resulta placentero volver a caminar por la capital salteña, a espiarla tras el adobe histórico que aún sobrevive y a admirar el lustre de su estirpe. Esta vez recalamos de entrada en El Solar de la Plaza, residencia de los Patrón Costas convertida en flamante petit hotel. A la remodelación de la casa original se suma un edificio de seis pisos en la parte posterior del solar; el arquitecto Mariano Beccar Varela diseñó el proyecto y Delia Tedín decoró con depurado buen gusto.
No bien desensillamos en lo que sería nuestro "hogar" por un día y medio, nos fuimos directo a la plaza 9 de Julio. A pasos está el local de Horacio Bertero, eximio orfebre en platería oriundo de San Antonio de Areco y radicado hace años en Salta. Ver los resultados relumbrantes de sus trabajos es reafirmar el sentido de la estética tan particular del barroco americano, de la perfección técnica y la recreación personal de ese ideal de belleza. Bertero tiene sus pasiones que no sólo se miden en habilidades de platero; ávido lector, conversador encendido y adicto al movimiento perpetuo.
En cuanto supo nuestros planes (remontar la quebrada), nos propuso escapada tierra muy adentro y bien arriba. Iruya. La tentación quedó echada: nos encontraríamos dos días más tarde en Tilcara. En un auto de Rent a Truck y con todas las pilas, Julie y yo salimos de Salta. No resistimos la tentación de acercarnos hasta San Lorenzo, "suburbio" de élite a 17 km de la ciudad. Esta urbe surgió como refugio veraniego de las buenas familias salteñas, que, con el tiempo muchas transformaron en lugar para vivir.
Es el caso de Inés Ortiz de Cárdenas, dueña de Arnaga, finca que aparece camino a Lesser y junto al río de donde se acarrearon las piedras para construir la casa. Hasta allá fuimos con la idea de un hola y adiós, pero el despliegue de cordialidad de nuestra anfitriona nos atrapó horas.
Tomamos la carretera a Jujuy por el camino viejo; es más largo pero más lindo también. La ruta 9 se convirtió en nuestra huella. Más allá de Vaquero, la selva reafirmó su identidad desbordante. Orquídeas y bromelias se apretujaban en los troncos de todos los árboles posibles. Ya en tierra jujeña y tras haber dejado atrás Yala, el paisaje se volvió mineral. Camino polvoriento y cerros verdosos, rojizos y amarillos.
Por momentos nada dejó de ser amarillo: pastos, árboles desnudos, el lecho seco del Río Grande, serranías, aire, bruma. Cuando llegamos a un paraje llamado Huajra, los farallones se nos aparecieron erizados de cardones y mostraron descarnadamente las paredes erosionadas en canalones verticales. "La puerta de la quebrada", sentenció Julie. Pasamos Volcán y ya nos arrimábamos a Tumbaya cuando la tarde declinaba, esparciendo su sombra formidable a los dos mil y pico de metros de altura.
Pasamos Maimará y a tiro de piedra aparecería Tilcara. Desde la ruta, enseguida divisamos el pucará reconstituido pespunteado de cardones. Entramos a Tilcara y derechito enfilamos al Villar del Ala. Adrián García del Río, amo y señor, nos recibió con su acostumbrada gentileza. Nos instalamos en las habitaciones del subsuelo, las más divertidas, en las que la piedra domina paredes, piso, todo.
Después nos fuimos a comer al Bar del Centro, antigua casa toda pintada de blanco. En el fondo del salón copaba la escena un piano de cola, nada menos que un Steinway. Nos alucinamos. Mucho más cuando, en medio de la comida, apareció un grupo de jóvenes con instrumentos musicales y, dirigidos por Susana Moreaú "la dueña" de casa, comenzaron a cantar. Maravillas. Voces celestiales que nos erizaron de emoción.
No podíamos creer que eso estuviera pasando ahí, en ese lugar. Resulta que Susana -argentina licenciada en musicología en la UCA, con especialidad en renacentismo y barroco- hace 15 años está radicada con su familia en Tilcara; empezó haciendo talleres con Música Esperanza, el apoyo de Fundación Air France y la Unesco, para desarrollar programas de integración con chicos latinoamericanos; esta disciplina los lleva a reunirse dos veces al año y trabajan en música andina. Como las subvenciones son muy difíciles de conseguir, el restaurante ayuda a solventar gastos.
La mañana siguiente arrancó con preparativos de cabalgata. El plan era salir con rumbo sureste-este para llegar a Casa Colorada, lugar soñado en las alturas a dos horas y media de Tilcara. La pequeña caravana al mando del propio Adrián partió del Villar del Ala a las nueve, bajo un cielo despejado a rabiar. Todo salió perfecto. A la fascinación por los encantos naturales que iban revelándose a cada tranco -alturas de vértigo, desfiladeros, cardones al por mayor, vestigios de terrazas indígenas en Alfarcillo- le siguió asado de fábula.
En pleno jolgorio asaderil llegó Horacio Bertero en su camioneta, y al rato partimos los tres hacia Iruya. Pasamos por La Posta de Hornillos, que fuera justamente eso en la ruta al Alto Perú. En el museo, ahora en plena restauración, está el catre en el que durmió Belgrano. Huacalera, más adelante, es un puñado breve de casas que recuerda, cartel mediante, que ése y no otro fue el "Lugar donde se llevó a cabo el descarne de los restos del general Juan Galo Lavalle"; justo detrás del mensaje se ve la capilla, escenario del operativo.
Seguimos de largo de Uquía y su iglesia -cerrada en ese momento- en la que cuelgan las pinturas de los ángeles arcabuceros, y hasta Humahuaca no paramos. Pero ni bajamos de la camioneta, ya que sufrimos en carne propia lo que unos turistas nos habían advertido en Tilcara: "En Humahuaca los chicos se te abalanzan pidiendo plata; dan ganas de irse antes de llegar". Y así fue nomás.
Nuestro viaje continuó por asfalto hasta el cartel de "Iturbe 6 km Iruya 53"; ahí dejamos la ruta y nos tiramos -a la derecha- por el camino de tierra. Cruzamos el lecho seco del Río Grande, y a partir de aquí, el rumbo tomado hacia el noreste no haría más que depararnos la belleza sin par de las montañas que parecían como tajeadas a hachazos. Inconmensurables, soberbias, ora semejaban tener la textura del terciopelo verde, ora parecían masas petrificadas de rojo carmín. Subimos, subimos, subimos y coqueamos, claro, para alejar los cucos de la migraña de altura. Al llegar al límite Salta-Jujuy, un cartel señalaba los cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Abajo, las laderas verdosas, atrás el contraste de los picos en brumas, y por delante, los 21 km que aún nos faltaban recorrer hasta Iruya.
Paredones como abismos colorados nos flanqueaban y abajo, la ancha huella fluvial vacía, hacia la que fuimos bajando poco a poco. Estábamos a dos mil y pico de metros cuando llegamos al lecho del río. Entonces Iruya apareció: un puñado de casitas abigarradas contra las rocas, la cúpula celeste de la iglesia. Punto y se acabó. Y después a remontar las empinadísimas calles estrechas hasta el hostal provincial.
Allí nos esperaba su administradora, Gloria Federico, una gloria de mujer por cierto, con quien dan ganas de enredarse a charlar horas. Sus ancestros por vía materna llegaron a Iruya alrededor de 1640, quienes, por merced real, recibieron unas siete mil hectáreas de monte. Ahí vivían en invierno y en verano se mudaban a Iruya. El brote original de este pueblo fue en realidad una comunidad indígena, llamada Pueblo Viejo por los españoles que allí iban llegando y donde, además, tenían una imagen de la Virgen del Rosario. Con el tiempo solicitaron a la corona un nuevo lugar para instalarse, más a resguardo de las hostilidades climáticas, y se decidió poblar el Yruyoc (lugar de irus: pastos duros). Ahí empezaron los problemas con la virgen que "se escapa y aparece en Yruyoc, la devuelven a Pueblo Viejo pero la virgen se vuelve a escapar". Así que se le erigió una iglesia -donde aún reside- y el lugar pasó a llamarse Iruyac.
A Gloria el apellido Federico le vino de su abuelo paterno Marrow Blágota Frederich Milatovich, yugoslavo montenegrino que viajaba, vía Buenos Aires, al Alto Perú. Pero en el trayecto se quedó varado en Iruya (era 1900), se enamoró de una india y ya no se movió del enclave a cuyos pies convergen los ríos Iruya o Calanzulí y Milmihuasi. Con las crecidas del verano el camino todavía hoy que da cortado y sólo con espíritu de mochilero se puede llegar hasta el pueblo. O sea, andando.
Esa noche al calor interior del hostal, Gloria se ocupó de que apreciáramos expresiones de la tierra misma: papines tamaño quinoto y color verde botella, oca (pequeño tubérculo alargado y gordito tipo oruga con un dulce sabor a batata), tamales de maíz blanco y sopa de papa verde en la que la carne seca del charqui imprimía su particular textura filamentosa.
Al otro día y antes de partir, visitamos la casa paterna de Gloria, que convirtió en el hostal Federico III.
Salir de Iruya puede llevar a desandar lo andado, o bien a meterse por un sendero nada obvio al que llaman "el camino viejo": por ahí fuimos. A escasos cinco kilómetros de la salida de Iruya, enfilamos derecho por el cauce del río, lo cruzamos y ahí frente a nosotros, en la pared de la montaña, vimos un tajo que resultó ser el antiguo sendero. En un tramo, Julie y yo tuvimos que empujar la camioneta para remontarlo. El ascenso nos encandiló. Las alturas nos revelaron espacios inconmensurables de laderas despejadas como pampitas, donde la tenacidad de sus escasos habitantes logró levantar corrales de pirca de simetría perfecta.
En el sube y baja, dobla y vuelta a doblar de esos caminos, fueron despuntando Pueblo Viejo, Campo Carrera, Colanzulí. Pueblos ínfimos de mujeres pastoras que azuzan sus rebaños de ovejas a piedrazos o con sus hondas prehistóricas, de hombres adustos que aran de sol a sol o duermen la mona junto al camino. De niñas demasiado niñas para ser madres. De iglesias que además de una humilde cruz erigen el pedestal de una placa solar. De pircas multicolores que son una hazaña reiterada piedra sobre piedra, acompañando la forma natural del suelo por kilómetros ininterrumpidos. Jamás olvidaré ese rosario de tesoros perdidos, jamás.
Cumplimos un regreso aquietado, más por embeleso que por cansancio. En Tilcara nos despedimos de Horacio, él enfiló para Salta en su camioneta y nosotras vuelta a hacer noche en casa de Adrián, en la tibia "cueva" de piedra, para partir de nuevo a la mañana siguiente. Esta segunda etapa nos obligaba a remontar otra vez el camino, pero era la única forma de llegar al norte-norte.
En Uquía pasamos a saludar al matrimonio Briones, que sigue al frente del hostal provincial de ese lugar. Hay cuartos nuevos, y por lo demás, todo sigue igual, Silvia a cargo de una cocina que todos ponderan y Raúl pergeñando recorridos para ofrecer a sus huéspedes.
A los 430 km de nuestra partida, empezó el camino de tierra. Humahuaca había quedado atrás. Para compensar, se apoderó del paisaje un entrevero de cerros coloreados que parecían pintados a brocha gorda en onduladas franjas. Siete kilómetros y medio después el asfalto se reinició, aunque no en tan buenas condiciones.
Pasado Chorrillos el valle se hizo ancho, difundido en neblinas. Aparecieron las primeras llamas. Abra Pampa nos abrió paso; hicimos 55 km más hasta que el asfalto roto reapareció.
Páramo total. Algún conato de vida humana cada tanto. Pasamos Puesto del Marqués. Otra vez camino de tierra. Burritos, ovejas, un pueblito -La Intermedia- y las afueras de incipiente arboleda. Y otra vez la nada de nada. Las llamas fueron sucediéndose como vacas en la pampa húmeda. Pumahuasi, la melancolía. Desde que el ferrocarril desapareció es como si los hubieran despojado de su alma a todos estos poblachones. A los casi 40 km la polvareda volvió a ceder lugar al asfalto. El entorno se reanimó con los colores de la quebrada y los cerros de cresta muy redondeada en los que los matices parecían hacer olas.
La entrada a La Quiaca estaba tomada por piquetes municipales. Filas de camiones, el fuego de los neumáticos, la gente que se juntaba dispuesta a vivir un feriado espontáneo, una bandita municipal tocaba de un lado de la calle y del otro, un bruto equipo de música soltaba un barullo de decibeles rockeros. Qué lío. Por suerte Javier -hijo de los Briones- y Alejandro, guía local de confianza, nos estaban esperando. Ale se quedó en nuestro auto y los tres pasamos a pie. El vehículo de Javier estaba a metros de la salida a Yavi, también tomada.
Y partimos por una ruta que resultó ser un billar. Levantamos a un maestro que se había resignado a patear sin descanso (la escuelita, perdida detrás de vaya uno a saber cuántas montañas, estaba a 12 horas de caminata), "la macana es que tuve que dej ar mi camioneta con toda la fruta que llevaba para los chicos". ¿Y la escopeta?, le pregunté señalando la funda larga en la que estaba clarísimo llevaba una. "Y, de paso voy a ver si cazo alguna perdiz y procuro algo para comer", contestó sonriendo.
Llegamos a Yavi. Visitamos la que fuera casa del Marqués de Yavi (principios del 1600), convertida en biblioteca pública, con sala de artesanos y un museo. Justo al lado se recorta la iglesia que hicieron los indígenas bajo la tutela de los jesuitas y por orden del marqués. Por dentro la iglesia es un derroche de oro y de expresión artística. Imperdible.
Yavi, a 30 km de La Quiaca, en primavera se transforma. Todo lo seco que en invierno se puede ver, se convierte en un vergel impresionante. El río que le pasa al lado tributa agua suficiente para hacer brotar sauces hasta en los techos. Yavi es un jardín y sus alrededores están llenos de valiosos vestigios de culturas prehistóricas: a poco que se ande aparecen los petroglifos y las pinturas rupestres.
El Hostal Municipal de Yavi responde al mismo esquema arquitectónico de los de Uquía y Tumbaya; está en manos de los jovencísimos Javier y Mara Briones, quienes ya hicieron de ese destino su lugar en el mundo.
Nos tomamos un día para desenhebrar la quebrada entera. Paramos en Maimará y compramos tejidos excelentes en pura lana de llama en el centro de ventas de la Cooperativa Punha. Después nos desviamos a Purmamarca; queríamos comer -y lo hicimos divinamente- en La Posta de Purmamarca, y, de paso, volver a contemplar los increíbles cerros pintarrajeados que custodian el pueblito, con su casi milenario algarrobo derramando grandeza junto a la iglesia.
José Celestino Patagua Cruz, nativo del lugar, hace charangos que su hermana Teonila Lucía expone y vende en localcito anexo a su quiosco. "Cuando era chico -contó- le regalamos un charango, se le rompió un día y como no se le pudo comprar otro, lo desarmó para ver cómo era por dentro; después se puso a hacerlos". Había letargo de siesta mientras hablábamos; en eso entró al quiosco una mujer rarísima, de cara grandiosa y mofletuda, pelo corto enrulado, voz ronca y andar pachorro. Era Barbarita Cruz, alias Barbi, pintora y coplera purmamarqueña. Toda una celebridad. Pidió Alikal y de paso preguntó: che Teonila ¿viste la novela? Porque yo no pude... Purmamarca cobija personajes increíbles.
Después no hubo más treguas. La luna creciente escoltó nuestro descenso hasta El Manantial, la estancia de Atice Lemos, a unos 20 km de la ciudad de Salta. Nos recibió en persona y con desborde de atenciones. Tuvimos comida reparadora, nos dimos un buen baño y antes de que pudiéramos reaccionar, nos mandó a dormir, imperativa de tono maternal. Alice había dispuesto que estrenáramos una de las flamantes habitaciones. Al otro día, tras opíparo desayuno, nos fuimos a recorrer con ella la finca. Y colorín colorado, para el mediodía nuestro periplo norteño se dio por terminado.