Revista LUGARES Nro. 43
Pág. 68 - 79
Por: Julia Caprara
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
DESCUBRI SAN LUIS
Durante años fue anónima y lejana, poblada por tribus indígenas en cada uno de sus puntos cardinales. Huarpes por el noroeste y comechingones por el noreste, pampas al sur y olongastas al norte, la convirtieron en tierra bravía.
De tales huellas quedaron vestigios diversos, como algunas pinturas rupestres, restos de alfarería y objetos de piedra.
La historia cuenta que a San Luis la fundaron después de las provincias de Mendoza y de San Juan, como punto de apoyo entre ambas en el largo camino de Los Andes a Buenos Aires. Su capital nació en 1594 y fue bautizada por el General Luis Jofré de Loaysa y Meneses, con el archinombre de San Luis de Loyola Nueva Medina de Río Seco de los Venados.
Tras sucesivas mudanzas quedó donde está, y el interminable nombre, casi hidalgo, se redujo simplemente a San Luis. En virtud de esa última referencia al extremo sur de la sierra de San Luis, llamada Punta de los Venados, es que a sus habitantes se los reconoce como puntanos.
Aterrizamos en el aeropuerto de San Luis una mañana particularmente cálida. Nuestro primer destino sería la hostería Las Verbenas, propiedad de la familia Rabina, ubicada a 70 km rumbo al norte. Antes de partir hacia allí resolvimos hacer una breve visita a la capital puntana, con sus edificaciones bajas, calles angostas y una catedral, terminada de construir en 1909. Después tomamos la ruta provincial 20 camino a Carolina y nos adentramos en las sierras.
En esta primera etapa, nos detuvimos en la gran hoya natural del dique y del lago Potrero de Fumes, donde funciona un destacado centro naútico. Pasamos por El Trapiche, una de las villas veraniegas más importantes a 40 km de la capital. Su nombre se debe a un molino -o trapiche- que se utilizó para moler rocas auríferas.
Recorrimos 32 km más y llegamos a la hostería ubicada en el Valle de Pancanta. Eduardo Rabina y su mujer Analía, nos recibieron con el almuerzo listo. Afuera, los caballos esperaban ensillados para el paseo serrano que le seguiría a la planeada siesta. El sol radiante nos alentó a emprender la cabalgata. Elegí el pingo más manso.
Avanzamos con dirección sur en busca de la Caída de La Negra Libre, entre espinillos y cuestas, coirones y cortaderas. Ya en las cercanías de la Carolina, se hizo visible el río Grande, donde es posible pescar truchas arcoiris. E inesperadamente surgió, como de un escondite, la famosa cascada. Es un salto de agua de 60 metros desde el cual, según cuenta la leyenda, la mujer se tiró para escapar de su amo.
El cordón central de las Sierras de San Luis limita con las de los Comechingones en Córdoba, y las Del Gigante, en San Juan. Es un reino verde y agreste, donde pajonales y arbustos se mezclan con árboles que el hombre plantó en un orden de álamos, pinos y sauces. En cambio la fauna, por salvaje, es arisca a mostrarse. Pumas, zorros, comadrejas, liebres, perdices, vizcachas, nutrias y hurones la componen en su mayoría.
Al día siguiente, bien temprano, partimos a caballo hacia la Carolina, asentamiento a unos 12 km de la hostería que se detecta en la ladera del Tomolasta, un cerro de 2.018 metros. Fundado en 1792 por el Marqués de Sobremonte, el pueblo fue bautizado en honor a Carlos III y se hizo importante gracias a la explotación de las minas de oro. Todavía hoy testimonian aquel esplendor un laberinto de oscuros túneles y galerías que a nada conducen, v sólo alimentan la quimera de los muchos que aún siguen yendo a "lavar" el río con la esperanza de hallar pepitas.
Sobre la única calle de barro se levanta un caserío. Allí vive Tomás, dispuesto a guiar al visitante por la antigua mina de oro y autodefinido como "experto" en minerales. Para demostrarlo exhibe al aire libre un muestrario de cuarzo, mármol, ónix, frasquitos con pepitas de oro.
Desde el Valle de Pancanta se acorta camino a la Carolina bordeando el río Maray. Aquí el paisaje es abierto, salpicado de arroyos, cañadas, quebradas y barrancas. Al tranco y sin apuro llegamos a la cumbre del Tomolasta para contemplar el abra inmenso que domina el lugar. Sólo la vegetación achatada y el pasto coirón acompañaban nuestra travesía.
Más adelante las arboledas descubrieron algunos puestos, además de una gran cantidad de construcciones de piedra y de barro abandonadas. Hicimos un alto en el camino para conversar con don Ortega, paisano que vive en las casas de pircas y a quien se considera casi una institución en el valle. Convidó con unos amargos con pollo -una hierba serranay tortas fritas húmedas que por buena educación nadie se atrevió a rechazar.
A la reserva de La Angostura en cuya gruta hay pinturas rupestres, rastros de morteros y algunos utensilios, es imposible llegar sin guía. Los carteles indicativos que se encuentran a lo largo del camino son contradictorios y en vez de ayudar, desorientan. Vale la pena el esfuerzo de encontrar la gruta, porque el bosque que la rodea es precioso; el verde intenso de álamos y pinos contrasta con la aridez de la piedra y los cactus. En su interior, un murallón de aproximadamente 20 metros muestra figuras, de líneas un tanto desdibujadas, en variados colores, combinándose el blanco, el negro, el rojo y el amarillo. Dicen que una familia de alemanes visita todos los años el lugar porque la zona les trae recuerdos de la Selva Negra.
En busca de más huellas indígenas tomamos la ruta provincial 39, que va desde la Angostura hasta Paso del Rey. Allí descubrimos un pueblo donde nadie camina por las calles, como si la vida transcurriera puertas adentro. La capilla colonial estaba abandonada. Igual que chicos traviesos nos subimos al campanario y, concientes de la trasgresión, tocamos la campana. Nos respondió el silencio. Nadie apareció y nos fuimos de allí con la certeza de haber visitado una aldea fantasma.
Fueron 20 km. más los que recorrimos para llegar a la gruta natural de Intihuasi. Esta misteriosa caverna tiene 60 metros de frente y 25 de profundidad. De ella se extrajeron materiales para diversos estudios antropológicos que concluyeron en una incierta probabilidad: la existencia de vida humana unos seis mil años antes de Cristo. Me sentí una pulga frente a esta boca abierta de la montaña. No fue sólo su tamaño lo que me apabulló, sino también la extraña fuerza que parece emerger de su interior.
Aproximadamente a 5 km. de la gruta de Intihuasi está la casa de Piedra Pintada, con pinturas rupestres, ubicada al pie del cerro Sololasta. Más adelante, en Cañada Honda, supimos del cementerio de Los Gringos, donde, desde 1890 se encuentran enterrados aventureros ingleses que llegaban a estas tierras en busca de oro.
Creo que de alguna manera seguimos el camino de los buscadores de oro. En el trayecto conocimos los sapitos de la Virgen, tan amarillos y chiquitos con sus pintas negras y rojas; aprendimos a distinguir hierbas medicinales y aromáticas: menta, peperina, carqueja, yerba buena, manzanilla. Mientras tanto, los niños de cada lugar, allí donde los encontrábamos, nos observaron con enormes ojos oscuros llenos de curiosidad.
Estanzuela
Desde Las Verbenas transitamos la ruta que va a La Toma, población minera fundada en 1900, dedicada a la extracción del mármol verde ónix. Luego, bordeando las sierras de los Comechingones recorrimos alrededor de 200 km por la llamada autopista del Onix, hasta la estancia de los Ezcurra.
Llegamos a la tarde. Nos esperaban Isabel y su marido, Gastón Pagés. Es un lugar histórico en el que los jesuitas se instalaron en el siglo XVIII. Construyeron una represa con la escasa agua del arroyo que se encuentra a pocos metros de la casa, trazaron acequias, canales de riego y también dejaron rastros de su industria. En 1753 edificaron el casco con materiales de la zona, y para culminar la obra los religiosos la bautizaron Estanzuela. Una auténtica reliquia que conserva su nombre original y tantas otras riquezas. Sus paredes bolseadas a la cal se colorean con variedad de tapices, y los pisos son de piedra laja.
La casa posee una importante colección de armas correspondientes a distintas etapas de la conquista del desierto, y una biblioteca muy completa. Encontramos libros de historia de la provincia y sobre la estancia que -debo confesar- nos atraparon por unas cuantas horas.
La platería es otro motivo de atracción. En la colección de mates hay uno que perteneció al general Lavalle, tallado en una semilla tropical con un raro diseño cuasi africano. Los muebles, en su mayoría de algarrobo, son coloniales. Y en toda la casa se respira un aire rústico. Una pirca de lajas revela que en el pasado hubo que protejerla de los malones ranqueles que avanzaban desde Córdoba.
La misma tarde que llegamos y sin perder un segundo, la familia Pagés en pleno, Federico y yo, nos propusimos disfrutar un copetín al pie de la sierra. Así que cargamos la chata con todo tipo de provisiones para la ocasión, partimos y a menos de un kilómetro, armamos el picnic. Este lugar, llamado antiguamente la Costa de la Sierra, llegó a estar muy poblado. La gente vivía de las ovejas y chivos hasta que decidió mudarse a los nuevos barrios levantados por la gobernación, en zonas más "civilizadas" que se arriman a Merlo.
La caída del sol resultó un espectáculo maravilloso. A la vuelta visitamos el rancho increiblemente prolijo de Doña Delicia, una de las pocas mujeres que vive con sus hijos en un estado de auténtico matriarcado.
En el extremo este de las Sierras de Estanzuela hay resabios de un asentamiento indígena. Tropezamos con morteros tallados, pinturas rupestres en la Cueva del Indio y algunos dibujos más modernos, probablemente pertenecientes a los comechingones. Incluso se pueden ver algunas ruinas de los hornos de fundición que utilizaban los jesuitas.
Al día siguiente, con el aroma de las torrejas calentitas del desayuno, nos fuimos a Merlo, a 50 km de la estancia.
Merlo
Llegamos a la villa más conocida de la provincia bordeando la Sierra de los Comechingones. Merlo, tan verde y tan pequeña, es de una tranquilidad sorprendente. Su alma de pueblo tiende a desaparecer debido a la gran afluencia turística, pero para muchos porteños llegar aquí significa encontrar el verdadero descanso. Una especie de nirvana.
El casco urbano se concentra frente a la plaza principal, donde está la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, erigida en el siglo XVIII, una de las más antiguas de la provincia. La parada en el bar de la plaza es un clásico a toda hora.
Programas posibles sin alejarse demasiado del pueblo son la visita a un árbol milenario -el Algarrobo Abuelo- y llegar hasta la zona de Piedras Blancas, a cinco kilómetros del centro y contigua al arroyo Blanco, en el límite con Córdoba. Allí hay balnearios naturales, acequias, suaves vertientes y arboledas. El camino lleva solito hasta Pasos Malos, con características similares a Piedras Blancas, y sierras adentro está la Cascada Olvidada.
El Bajo de Véliz es un programa extenso que requiere más tiempo. Son al menos un par de horas de ida y otro tanto de vuelta para recorrer los serpeantes 20 km. de serranía pura y llegar hasta una gran cantera de piedra pizarra con curiosidades geológicas. Este lugar constituye un importante yacimiento de fósiles incrustados en la piedra.
Para los fanáticos de las travesías en vehículos de doble tracción también hay interesantes propuestas, y hasta los intrépidos del parapente tienen en los alrededores escenarios disponibles para lanzarse al vuelo.
Nuestra última morada fue el complejo de cabañas de¡ Tanta Inti, ubicado en el residencial Rincón del Este. ¡Qué lujo los dormis ultra equipados! Después de un baño en el espléndido jacuzzi, nada pudo reemplazar el placer que me produjo observar tranquilamente el parque circundado por la sierras, sin moverme de mi habitación. Después de los caminos de la aventura, el confort sin restricciones.