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EL DORADO


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Revista LUGARES Nro. 43
Pág. 32 - 43
Por: Rossana Acquasanta
Fotos: Federico Quintana

REVISTA LUGARES

EL DORADO


Son las seis y media de una mañana todavía sumergida en noche cuando aparecemos en Goya. Nos reciben Carlos Scheller con su hijo Alejandro y su socio Mario, imbatible trío goyense para la guía del fly fishing. Nos dirigimos al hotel, largamos equipaje, no nos privamos de la ducha ni del desayuno, y a las ocho en punto nuestros anfitriones pasan a buscarnos para ir directo al Club Náutico. Y allí embarcamos. Los dos Federico -fotógrafo y mosquero- con Alejandro en una lancha, Carlos, Mario y yo en otra.

Pirayú en el Agua El día se anuncia glorioso. La orilla sumergida en sombras se recorta en un rosario de casas humildes que despuntan a centímetros del agua; enseguida se hacen más escasas hasta esfumarse como un olvido piadoso. Vamos por el riacho Goya hacia la holgura del Paraná. Agradezco el viento frío, que ayuda a ventilar las neuronas del madrugón.

Minuto a minuto el agua va perdiendo su condición aceitosa para mostrarse más liviana, desnudándose en transparencias soleadas. Mientras tanto, Carlos Scheller y yo hablamos de todo un poco y un poco de nada como para ir entonándonos. Scheller es correntino por parte de patria y goyense de nacimiento a mucha honra; se expresa mesurado en un lenguaje claro, con acento local casi imperceptible. Y no le faltan temas. Cuando habla de su trabajo, la pasión le provoca la mirada y la palabra.

La mosca es una especialidad en la que incursionó hace una punta de años de la mano de un maestro porteño, Daniel Colnaghi. Entonces Carlos puso proa a Buenos Aires y se inició en esta religión aparte abrevando en las severas enseñanzas de Daniel. Primero aprendió todo lo que el cuerpo tiene que saber, después se aplicó al reconocimiento de las moscas y a entender cómo armarlas, empolló sobre calidad de equipos y sus diferentes aplicaciones. Y una vez que el credo se le hizo carne, ya no quiso saber nada con otra cosa: el fly fishing es un viaje que no tiene vuelta atrás.

La mañana clarea despejada y el alma se va regocijando con la inmensidad del Paraná, que en guaraní viene a significar "pariente del mar". Sólo que este mar está erizado de islas veleidosas. Largas y flacas unas, que la arena enmarca y estira sobre el agua dulce; otras tienden a redondearse u ondularse, y todas desbordan de vegetaciones subtropicales. Cada tanto aparecen restingas solitarias de grava y sílice hechas pura luz, como ardores de sol a la deriva. Y el río, más agrandado cuanto más nos adentramos en él.

A casi una hora de viaje, el aire ya es un bullicio de hordas aladas que hace trizas la mansedumbre de las nueve y media. Un martín pescador, dos, tres, muchos, incontables y de todos los tamaños. Caranchos, cuervos, garzas, gallinas salvajes (pacaá), biguás en sus reconocimientos rasantes, no falta nadie. La mañana cobra vuelo. Estamos cerca de unos islotes, Mario aminora la marcha, Carlos se endereza y olfatea en círculo, algo los pone en guardia. Y entonces lo huelo. Es como si el limo emergiera todo de golpe hecho un aliento espeso y concentrado a pescado.
-¿Lo sentís al cardumen?
-Acá, acá están los bichos. Pará que tiramos el ancla.

pescado Pirayú De lancha a lancha, padre e hijo se intercambian señales para detener la marcha. El viento hace lo propio. Un apronte febril de cañas, líneas, reel y la elección de la mosca rematan por fin los preparativos. El fotógrafo también ajusta cámaras. Alejandro pega un rápido oteo al agua al tiempo que dictamina:
-Federico, tirá ahí.

El hombre acomoda el cuerpo, castea impecable en la dirección indicada, presenta la mosca en el lugar preciso y no bien ésta se apoya en el agua, ¡shglaufp!, pique certero. Quintana se queda pasmado. El tire y afloje se inicia. Del agua brota un resplandor encolerizado que en pleno vuelo corcovea para liberarse a sacudón limpio del aguijón del anzuelo, y acto seguido desaparece bajo las aguas. La caña se curva a niveles de tembleque pero el pescador, con serenidad de monje lama, deja ir a su presa y la trae con pulso firme, sin aflojar un tranco de pulga. Así una y otra vez hasta que el dorado se entrega, agotado.

Plaza Goyense La Naturaleza dotó al "tigre del Paraná" de ciertos recursos para comer bichos duros como el bagre amarillo, armado con gruesas púas que rematan sus aletas. Si el dorado al atacarlo muerde mal, estas púas se le clavan en la boca; entonces salta del agua, sacude la cabeza como un látigo y escupe la molestia. Con el bagre amarillo el sistema de defensa funciona hace millones de años, con el mosquero, no. Federico luce el dorado frente a las cámaras, le quita con cuidado el anzuelo y después lo deja en libertad, con toda suavidad y como sin querer queriendo. Carlos y yo mateamos un rato. El cardumen no tarda en dispersarse y las órdenes son seguir hacia Itá Isiri, un destino aún más alejado pero con fama de éxitos al por mayor. Los motores arrancan, andamos fácil media hora. Nos estamos arrimando a la meta cuando el olor a limo y pescado vuelve a reverberar sobre el río.

Paraná -¿Ves las garzas en la orilla picoteando como locas? Están aprovechando los peces que tratan de escapar de los dorados.

A este especimen le gusta actuar en equipo; cuando el grupo detecta un cardumen comestible lo empieza a rodear, lo va acorralando y si hay tierra firme cerca lo empuja hacia la orilla hasta que las presas no tienen por dónde escapar; entonces los dorados pegan coletazos para atontarlas, entran en un frenesí colectivo y atacan sin piedad ni discernimiento. Es un happening: en el fragor de la puja alimenticia hasta se muerden entre ellos. Los perseguidos saltan desesperados buscando huir del peligro, se varan en la arena o quedan flotando aturdidos y ahí es cuando intervienen las zancudas glup glup glup, los biguás glup glup glup, el martín pescador glup glup glup. Nadie desaprovecha el festín. El hombre tampoco, que con sus artes y mañas convierte al depredador en víctima.

En un instante una bandada de garzas deja el árbol pelado de plumas y se transporta hacia otro lugar donde no llegue el disturbio de los motores y las voces. La pesca del dorado se vuelve un milagro bíblico, ejemplares a cual más robusto, a cual más irascible, a cual más dorado. Estamos bajo un cielo rabiosamente azul, limpio de nubes y viento, y los mosqueros no paran.

Pruebo suerte con una caña de spinning con la que había estado pescando dolphins y atunes en Los Cabos, México, en el bravío mar de Cortés. Es éste un estilo de pesca de acción continua basada en una observación meticulosa del medio: la selección del equipo es fundamental y está sujeta a constantes cambios. Honestamente, desistí de mosquear porque el dorado propone una pesca más violenta, al contrario de la trucha. Al salmónido me animo, a esta bestia brava que es capaz de mirarte fijo aún en estado agonizante, ni hablar. El río hierve y el spinning funciona de perlas también.

Después de dos horas, el hambre de los pescadores se impone sobre el de los dorados. Hacemos recreo en un islote breve de arena y sombras. Mientras unos preparan la mesa, otros reacomodan equipo: limpian líneas, peinan moscas, en fin, esas cosas. El picnic se larga con refrescos, sandwiches varios y fruta. La charla fluye. Se cuentan anécdotas e historias que animan el sentimiento localista. El gaucho Gil, la capilla del Diablo... Pero ninguna emparda a la del amor prohibido de Camila O'Gorman y el cura Uladislao Gutiérrez, residentes de Goya en los últimos meses de sus vidas hasta que son condenados a muerte (1848) por el propio Rosas. La voz trémula de Alejandro repasa los hechos de Camila embarazada frente al pelotón y que "en la película cuando dan la orden de ¡fuego! nadie dispara; de nuevo dicen ¡fuego! y nada, hasta que…" La mateada cierra el paréntesis y todos volvemos al río.

La vuelta incluye algunas paradas ocasionales. En un recodo flexible de juncos, hacia aquel brazo que abre un nuevo camino en el agua, a pocos metros de la orilla donde concluyen las barrancas, en el medio absoluto de una correntada... Agradecemos la prodigalidad del Paraná con rigurosa devolución y sin dudarlo: así como nosotros pescamos, otros deberán seguir haciéndolo, y otros y otros, por los años de los años. Amén. Antes de decir adiós a los dorados, más allá del horizonte el sol nos regala un atardecer que enardece cielo y agua.

Con las estrellas nos arrimamos a puerto. En el quincho del Club Náutico nos espera Silvia la mujer de Carlos; una bienvenida cariñosa con amargos y chipás calentitos subrayan el final perfecto de la jornada de pesca.

Un par de horas más tarde, caemos en casa del intendente de Goya, en el camino a Santa Lucía, y nos sumamos a la fiesta multitudinaria que ahí se celebra. Los regionalismos gourmet recorren las mesas al aire libre: una suerte de puré salado -cuyo nombre no consigo recordar- hecho de pescado de río y sazones diversas, milanesas de surubí y dorado en postas frito con mucho aroma a limón fresco, muy a la usanza correntina. Algunos chamamés -que los únicos porteños presentes en la fiesta reclamamos- y vino sin restricción, animan la jarana hasta casi la madrugada.



 

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