Revista LUGARES Nro. 43
Pág. 32 - 43
Por: Rossana Acquasanta
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
EL DORADO - Segunda Parte
Monos en la costa
Amanecer de un día nada agitado. Otra vez enfilamos hacia el Club Náutico. Queremos incursionar un poco por los interiores de los islotes hasta el reino de los carayás, monos que habitan en la copa de los árboles monte muy adentro y a los que con suerte y viento a favor, es posible divisar. Para ello contamos con la guía de Jorge Ledesma, un goyense que también ofrece sus servicios a la hora de pescar según los estilos tradicionales en la zona, es decir con carnada viva o haciendo spinning. Partimos con el "Negro" rumbo al planeta de los simios, cómodamente instalados en una de sus impecables lanchas.
De nuevo la mañana pinta de fábula. Cruzamos el Paraná con dirección oeste, entramos en el arroyo El Calzoncillo y de ahí al Guaycurú. De la grandeza del "pariente del mar" pasamos a internarnos en la silenciosa telaraña de islas y senderos acuáticos en los que se espeja, interminable, el camalote. El martín pescador nos ve venir y sistemáticamente se nos adelanta en el recorrido, veloz como un misil; al yacaré se lo oye pegar algún tarascón letal, también nos relojea el muy taimado pero sin que sepamos desde dónde; la vegetación ya no sabe cómo seguir haciéndose monte y la caña tacuara crecida en una sola unidad de troncos macizos, se deja enroscar la víbora cascabel en esa mañana correntina como en tantas otras.
No hace falta salir a descubrir mundos salvajes con pasaporte en mano; aquí, a poco más de 700 kilómetros de Buenos Aires, hay uno. Ledesma conoce cada palmo de estos territorios secretos, baquiano curtido de sus escondrijos por los que transita como Pancho por su casa. Después de casi una hora de recorrer la maraña inextricable de arroyos cristalinos, comienzan a aparecer los carayás en las enramadas. Un grupo familiar por allí, otro por allá. Avanzamos un poco más hasta que damos con el lugar justo: en la copa de los árboles hay un cónclave de carayás. Descendemos. El terreno es blando y delata huellas de carpincho, pero no logramos ver a ninguno. En cambio los primates nos regalan un espectáculo de familias con bebés de pelambre ralo, nos miran y critican, aúllan ronco, callan, otean, se quedan en el molde, vuelven a descargar una andanada de protestas ante el más mínimo acercamiento. Algunos se hacen humo, después de un rato nosotros trambién.
Desandar lo andado nada nuevo nos depara sino las imágenes en retroceso de la modorra dulce en la que flotamos. El agua verde y el verde agua. El cielo que se despedaza y enreda en la estela del adiós. El martín pescador que no cede en su voluntad de precedernos. La salida al Paraná hecho un sapucai profundo e irremediable, grito eterno de corrientes fluviales que nunca se harán mar, nunca jamás.
La esquina de Corrientes

Tercera mañana. Dejamos Goya con rumbo sur por un camino de campos lisos. Cada tanto y como para animar el paisaje se abren claros de agua en los que medran las palmeras. Sobrevuelan esos aires un buen número de pájaros lacustres, mientras en tierra firme echa sus bases la infalible arquitectura del adobe. Y así, desgranando un rosario de ranchos, palmares y hasta alguna escuelita, llegamos a destino 110 km más tarde.
Estamos en lo que fuera el primer suelo correntino que pisó España en su ascenso por el Paraná. Dos veces destruida, la villa se erigió para siempre en 1846 un poco más al noroeste de su fundación original, sobre las barrancas y al amparo de una santa italiana oriunda de Cassia, que le supo dar su nombre para que no quedaran dudas de su identidad: Santa Rita de la esquina del Rio Corriente. Sin ese. Desde que los ánimos históricos de rosistas y compañía se calmaron, es simplemente Esquina.
Tranquila como agua de tanque, esta puerta sur de la provincia nunca dejó de mirar el río, emplazada como está en el vértice imaginario que traza el arrime del Corriente al Paraná y al que se une por el canal Torello. Como puerto, fue enclave de vital importancia desde fines del siglo pasado y hasta hace un puñado de décadas, cuando no había camino terrestre que la conectara con el mundo y todos los aprovisionamientos llegaban por agua.
Pero más que por una historia llena de percances, más que por las astillas óseas de la Santa Rita original guardados en un relicario que está en el altar mayor del templo erigido en su nombre, y más aún que por la Fiesta Nacional del Carnaval, a Esquina la tienen en la mira cazadores de patos y muy especialmente los pescadores.
De todas las especies que prodigan las aguas del Paraná y las que tributa el Corriente -desagüe de los esteros- es el pacú el pez estrella. Un omnívoro de fuerte inclinación vegetariana al que le encanta comer frutas, tal ese símil damasco de nombre igguahai, la semilla del ingá (árbol de la familia de las leguminosas), coquitos de palmera y el aguaí, suerte de aceituna que da una planta orillera. El pacú tuvo la mala espina de ser muy sabroso y habitar en las aguas de estos parajes, y claro, terminó mal, víctima de la muy poco ecológica Fiesta Nacional del Pacú que cada marzo se cobra un escalofriante número de ejemplares. Al desdichado lo persigue la misma fatalidad que al surubí en Goya y al dorado en Paso de la Patria. Una vez al año y sin fallar ni en bisiesto.
Llegamos a Esquina al filo del mediodía. Vamos directo a la Posada Hambaré, donde Arnoldo Róhner y su mujer María de las Mercedes Perlender-Meme para los amigos- nos esperan para almorzar. El matrimonio lleva 24 años viviendo en Hambaré, que en guaraní quiere decir lugar delicioso, y desde hace nueve reciben huéspedes. El calificativo le calza a la propiedad, inmersa en la armonía litoraleña. El río inspira y la posada dignifica, reino de bienestar en todos los sentidos, donde las horas tienden a transcurrir agradablemente flemáticas. Compartimos una muy agradable comida que, sin renunciar a los sabores tradicionales, busca destacarse de cualquier propuesta posible en la mesa de estos pagos. Bien presentada, rica, honesta sin vueltas.

No llegamos a Esquina en temporada de pacú, pero sí de dorados. Para salir a pescarlos nos alojamos en la posada Casablanca que es eso: un complejo todo pintado de níveo inmaculado. Su ubicación es de privilegio total, en las afueras de la ciudad y frente al río, prácticamente al lado de la casa de los Róhner. Todas las habitaciones -cómodas, holgadas y bien equipadas- se llaman con nombres vernáculos pirá guazú, carú curá, largüí, etc.- y cada cual balconea al espacioso parque que en prolijo césped y cuesta abajo se desvanece en la ribera del Corriente. Desde sus terracitas es un placer de mirones distraerse en las puestas de sol sobre el río y sus territorios insulares.
Aquí se goza del trato amable de su personal y a la hora de salir a pescar, los guías se revelan tan pacientes como tenaces: nadie regresa sin sacar su trofeo. La propuesta de Casablanca no es con mosca sino con carnada viva de morenas.

Otra historia. Los maniáticos llegan con su propio equipo, pero para quienes la pesca es una distracción ocasional para matizar el ocio, de nada les sirve preocuparse: acá lo tienen todo previsto, incluso en las salidas con chicos.
El programa dura todo el día y está muy bien pensado. Después de merodear por el laberinto del vasto delta que se abre frente a la posada en busca de las muchas ictiologías que aquí abundan, se celebra picnic en una isla. Con vianda ad hoc o con improvisada cocina de lo cobrado a las aguas. En manos del guía queda entonces la misión de convertir la pesca en almuerzo; improvisa un fuego en un claro del terreno, echa aceite en un caldero, y allí vuelca, en tandas, el pescado trozado que en segundos queda frito. Rocía con limón y conmina al ataque. Para cuando la tardecita se desparrama sobre el río, los huéspedes, encantados, están desembarcando en el muelle de la blanca y radiante posada.
El delta que se explaya frente a Esquina es mansamente be110. Lo comprobamos desde lejos al llegar y en un somero vagabundeo por sus solitarias islas antes de partir. Lástima esos rastros de fealdad que los visitantes ocasionales van dejando. Envases y bolsas de plástico pervierten el paisaje exactamente donde también yacen restos de culturas indígenas que por aquí florecieron. No exagero al decir que aparecen sin dificultad, que con sólo escarbar en la orilla de muchos de estos retazos de arena y limo el pasado aflora, así sin más, moldeado en utensilios de barro cocidos al sol.
Hacemos de tripas corazón y decidimos cumplir con el plan de pesca. A pesar de la mala saña que tiene el tiempo con LUGARES. Frío y nublado. No es lo mismo. Pero nadie es culpable en estos casos. Los dorados adoran el sol y el calor, y al gris plomo sólo parece animarse la terrible palometa que le pega tarascones hasta a su propia sombra. Rezongamos mucho. Pero Oscar Alfredo Freita, nuestro guía, no se rinde. Igual que el Zorro. Recién cuando creemos que todo está perdido, el cielo abre una luz de esperanzados rayos sobre nosotros. Y a última hora de la mañana con el calorcito de las doce, los dorados se vuelven a hacer realidad. Albricias.