Revista LUGARES Nro. 97
Pág. 82 - 83
Por: Archivo Lugares
Fotos: Alejandro Peral
REVISTA LUGARES
EL SILENCIO

Primero hay que pasar la tranquera y llenarse los pulmones con el suave aroma a eucaliptos que invade el aire; una o dos inspiraciones profundas son suficientes para menguar cualquier atisbo de malestar urbano. Luego hay que atravesar la avenida arbolada que emana ese perfume de bienvenida e ir descubriendo el casco de estilo colonial de esta estancia que, desde hace dos siglos, guarda honor a su nombre. Dista apenas unos 60 km de la Capital Federal y está a 40 minutos del Aeropuerto Internacional de Ezeiza.
La estancia perteneció a los Aguirre Saravia hasta 1991. Sus actuales propietarios la acondicionaron para el turismo, y desde hace nueve años reciben. Marta Foster es la encargada de atender a los huéspedes y lo hace muy bien: siempre presente en el momento que se la necesita.

El casco, antecedido por una amplia galería, consta de seis espaciosas habitaciones -todas con vista al parque- y cuatro baños. En la planta baja, el living invita a contemplar esa avenida novelesca en la que se vuelve inevitable imaginar la figura de un antiguo carruaje acercándose al trote; o acomodarse cerca del hogar, en invierno, a disfrutar de la lectura, una taza de té y las deliciosas tortas y pastelitos caseros que prepara Titi, la cocinera.

Puertas afuera, se extienden 400 hectáreas de genuino campo -donde se crían caballos de polo en un número que arrima al centenar, y pastan unas 350 cabezas de ganado- para ser recorridas a caballo o en un auténtico carruaje. Hay cancha de polo y pato -los partidos se organizan con antelación-, de tenis, de bochas, piscina y un lago artificial. Al estanque lo rodean los aguapés -esa flor amarilla y hermosa que abunda en los esteros- y en él pasean gansos y nutrias, pican las mojarritas, bagres y hasta alguna tararira.

El olorcito a asado hace de campana para avisar que es la hora de almorzar. Raúl, el encargado de la estancia y la parrilla, recomienda comer pausado para no fatigar el apetito y así poder probar un poco de cada bocado: lomo, chorizo, mollejas, chinchulines, morcilla, pollo, ajíes y papas al plomo. Todo se acompaña de crujientes y variadas ensaladas, vino, gaseosas, agua cristalina recién sacada del aljibe y pancito tan fresco como la sombra de la antiquísima glicina, bajo la cual es un gustazo sentarse a comer.
Para llegar a El Silencio hay que manejar con cuidado por la destruida Ruta Provincial N°6 camino a San Vicente y doblar a la izquierda en el km 19. La única señal es una casa rosada que funciona como Parrilla y Bar. Tomar la bifurcación de la derecha y seguir dos kilómetros.