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Revista LUGARES Nro. 42
Pág. 28 - 45
Por: Soledad Gil
Fotos: Federico Quintana

REVISTA LUGARES

EN LA ESTANCIA


Estancia

La Estancia El lugar donde la buena vida tiene la extensión incalculable de las hectáreas. Donde los minutos pueden ir al paso o galopar raudos sobre las horas. Territorio donde el horizonte sabe reducirse a las dimensiones del mantel al mediodía y estirarse hasta el infinito, esa línea rosa furia y lila tenue por la tarde. Estancias señoriales, elegantes, ilustres. Rústicas, sencillas, francas. Casas donde el campo no pide permiso y se mete hasta en la cama. Castillos en los que los jardines asoman tímidamente por las ventanas. Días de comunión con la tierra labrada, el fuego en forma de brasa y el agua de ríos, lagunas o piletas. Oasis de sosiego a pocos kilómetros de donde cunde el stress. Aire. Aire para inspirarse como Virgilios o Garcilasos de este siglo. Fines de semana complacientes donde autóctonos talas hacen las veces de bucólicas encinas y la dupla criolla de gaucho y caballo reemplaza a la clásica campestre de pastor y ovejas. Allá fuimos, fotógrafo y periodista, a comprobar las beldades del descanso y a desafiar con la silueta, los caballos y las caminatas, el poder calórico de los manjares bonaerenses.


Estancia Santa Rita

Cuando Franklin Nüdemberg e Isabel Duggan conocieron Santa Rita el cardo más petiso amenazaba con pincharles el ombligo. Recién llegaban del exterior -vivieron en Alemania y en Río de Janeiro- con sus seis hijas v buscaban "algo" para hacer el fin de semana con ellas. Franklin, que nunca permitió que su pasión por el arte y la arquitectura dejara de lado su carrera de médico, vio en medio de la maleza "algo" para rato. Compraron las 200 hectáreas de la finca en 1988 y desde entonces no han parado. Como Miguel Angel, Franklin pinta, construye y restaura. Su opera prima, mientras los techos se llovían v la casa se inundaba, fue dibujar un friso de flores y firuletes en la pared -exterior- a la que dan cuatro de las seis amplias habitaciones actuales. Luego vino la fuente. "Una fuentecita, redonda, chiquita", le dijo a Isabel que ponía cara de ¿te parece, Franklin, una fuente con todo lo que hay que hacer? "Y hoy la veo -efectivamente, no es ni redonda ni chiquita sino profusa, verde y elegante- y me digo, tengo que dejarlo porque sabe lo que hace". Así, en silencio, el médico-arquitecto le dio salud al galpón de la estancia, convirtiéndolo en un lugar cálido, luminoso y confortable, donde el ladrillo a la vista combina con arcos estilo misión jesuítica, hogares amplios y caireles.

Ganado Una vez inaugurado (reciben huéspedes desde 1996) Franklin puso la mira en el casco principal: los seis pisos que incluyen un loft para toda la familia son sólo la primera etapa. La torre en construcción se ve desde la entrada, cercada por eucaliptus gigantescos. Un poco más cerca, la estructura original no oculta sus años. La planta cuadrada incluye capilla y un sinfín de habitaciones que balconean al jardín interior. Desde la cima, el panorama es una síntesis de Santa Rita. La media docena de perros collie se mezcla con las estatuas del parque, la familia de llamas, los chivos, patos, gansos y pavos. Los cerdos no se ven pero sí se saborean, puesto que todos los fiambres son caseros. También las verduras, plantadas a un paso del bosque de 40 hectáreas que verdea cerca de la casa. De modo que empezamos como debíamos, comiendo.

Tren Además de ese tipo de encanto, Santa Rita ofrece un programa extra: llegar en tren que parte de Constitución, por ejemplo, el viernes a las siete de la tarde y regresa el lunes a las ocho de la mañana. Las vías pasan por la puerta misma de la estancia, y la estación de Carboni está ahí nomás.
El nombre del pueblo tiene relación directa con los ancestros de estas tierras. El establecimiento fue originalmente de los Ezcurra -la familia de la mujer de Rosas- y luego de los Carboni,
quienes previendo que el ferrocarril no tardaría en llegar hasta allí, canjearon una finca más próxima a Buenos Aires por esta, e hicieron de su apellido el topónimo del lugar entero.
Con un único momento de gloria cotidiano -cuando llega el tren-, la estación de Carboni todavía conserva los galpones cerealeros de las mejores épocas, la sala para señoras y la oficina del inspector. Aún para quienes van en auto, un buen programa resulta apearse en un rincón a ver pasar "el" tren y dar una vuelta por los alrededores que están como eran entonces. Almacenes donde todavía se fía, las bicicletas aguardan a sus dueños y los motores de las viejas heladeras ronronean gravemente, son sólo algunas de las deliciosas escenas de Carboni.


Estancia La Candelaria

La Candelaria Médico también, pero farmacéutico y de comienzos de siglo era Orestes Piñeiro, el fundador de La Candelaria. La estancia perpetró el nombre de su esposa, Candelaria del Mármol, pero fue su yerno el mentor del castillo con torrecitas redondas y techos de pizarra que Don Orestes nunca conoció, puesto que murió en 1904.
Adrede, el casco oculta su elegancia normanda entre caminos de casuarinas -el sello del paisajista Thays- y otras especies del frondoso parque. Cuando, tras atravesar curvos caminos poblados por estatuas y puentes se descubre su sólida presencia, la sorpresa está garantizada.
En su interior, entre arañas de Murano, muebles franceses y escaleras talladas, la construcción es una mezcla de estilos de la que aún hoy emana el lujo de antaño. Fue concebida por el arquitecto francés Alberto Favre y realizada con materiales importados de Europa a Lobos, sin escalas, en su totalidad. Con más de diez habitaciones -todas con su baño en el diseño original- el castillo es un tesoro que hay que mirar con atención. El artesonado de la sala de billar, las lámparas del salón de té, las camas talladas o con baldaquino, y por supuesto, el parque de nada menos que 100 hectáreas, son los imperdibles de la visita.
También la capilla, inaugurada el 2 de mayo de 1937 por Monseñor Santiago Copello. Allí están los restos de su alma mater, Rebeca Piñeiro del Mármol de Fraga, hija del fundador y devota creyente. No tuvo hijos de su matrimonio con Manuel Fraga y quizás por eso dedicó gran parte de la fortuna heredada a la caridad. Murió cinco años después que su esposo y fue su cuñado Roberto Fraga quien heredó la responsabilidad del rumbo, continuando con la tarea emprendida por su hermano. Con su muerte, La Candelaria pasó a manos de sus seis hijos y herederos, quienes acabaron por venderla en 1980.

Sala de La Candelaria Adquirida por un grupo empresario que la abrió al turismo en 1994, fueron necesarias severas tareas de acondicimiento. El abogado y teólogo Ricardo Ayerza está al frente de su administración: con esmero, ha rescatado no sólo el edificio y el parque sino también la historia familiar. Hoy, entre las habitaciones del castillo y los nueve cuartos próximos a la cancha de polo de la entrada, el establecimiento se dedica tanto a eventos empresarios como al turismo de pasajeros, que llega atraído por los aires de palacio.
Aunque no son los únicos. Por su proximidad de la escuela de paracaidismo de Lobos, los osados también son parte del paisajé casamientos de parejas de blanco y smoking que sellan su unión en caída libre -el descenso dura lo suficiente como para pronunciar "sí, quiero"- están aquí a la orden del día.


Estáncia La Rica

Para conocer una estancia como era entonces, cuando el río Salado era la frontera mano a mano con el indio, hay que correrse hasta La Rica, cerca de Chivilcoy. El establecimiento lleva el mismo nombre que el pueblo vecino. En realidad es al revés, fue el pueblo el que se desplazó detrás del ferrocarril.
Originariamente, la avenida de paraísos -hoy reemplazados por aromáticas soforas y robustos liquidámbares- de la estancia de Don Manuel Eustaquio López fue el primer esbozo de esa pujante localidad. Con pulpería, mercería, herrería, tambo, y 25 familias establecidas, La Rica fue fundada por Manuel López (padre) en 1878, pero hizo falta el pulso firme de M.E.L. -como rezan las rejas labradas de la puerta principal-para conseguir el desarrollo que supo conseguir a comienzos de este siglo.
Más que una invitación a las envolventes caricias del ocio, La Rica es un irresistible viaje en el tiempo, que se inicia a pie, haciendo crujir los pisos anchos de tablones que huelen a cera, y sigue afuera asomándose a los aljibes, epicentros de los patios que reúnen la glicina. Sin mucho esfuerzo se remonta uno a aquella época, anterior a las paredes de la casa, en que Rivadavia cedía por la Ley de Enfiteusis a los blancos las tierras que eran do
minio del indio. Aquí, basta saber que bajo los cimientos hay túneles cavados en varias direcciones por si el malón acuciaba, para dar crédito a la leyenda del temible cacique Calelian.
La Rica llegó a tener 18 mil hectáreas, de las que hoy quedan 500 en manos de Ema Teresa Aguirre y su marido Daniel Elizalde. Ambos nos recibieron de brazos abiertos y partimos a recorrer los alrededores. Huerta, molino con sistema hidráulico original, carro, caballos y, lo mejor para el final: el jardín, que es literalmente, el jardín de los senderos que se bifurcan. También fue diseñado por Charles Thays y está su firma de casuarinas y magnolias, alta y florecida; pero también la vegetación irrefrenable que en poco tiempo amenazó con cubrirlo todo. El resultado de la lucha hombre-jardín es ese conjunto de magníficos laberintos que conducen, por ejemplo, a la gloriosa pileta. Rodeada también de verde profuso, los chapuzones matutinos tienen un clima secreto que parece más propio del trópico que de la pampa húmeda.
En la pérgola de los olores, diversos tipos de jazmines invaden con su perfume el resto del jardín. Allí todavía está el cartel de "Los Cisnes" que dejó el equipo de filmación de El Impostor, la película basada en el cuento de Silvina Bullrich que protagonizaron Walter Quiroz y Antonio Birabent. Al decorado perfecto que constituye el casco de la estancia, los patios floridos de hortensias y leyendas de fantasmas -mujeres de blanco que deambulan por la noche (en cualquier estancia que se precie, el espíritu blanco no puede faltar)-convirtieron a La Rica en el escenario viviente de un clima de novela. Parece que el rigor de M.E.L. era tal, que los muertos que cargó en su conciencia aún circulan por ahí; aunque aparentemente sólo pueden ser vistos por los miembros de la familia. Nosotros, después del paseo hasta el palomar, el campo de trigo, el tambo-cremería abandonado, más esa tortilla gloriosa que comimos por la noche, no nos enteramos de nada y dormimos como angelitos hasta la mañana siguiente.

El Recreo La primera meta de ese día fueron las esquinas olvidadas del pueblo de La Rica y los edificios de inspiración francesa e italiana de Chivilcoy. En el centro nos encontramos con el "Pampa" Cura y así llegamos finalmente hasta El Recreo, el almacén deramos generales con despacho de bebidas que el Pampa heredó de su familia y que él convirtió en un "museo almacén", un lugar delicioso. El Recreo era en realidad la casa de su madre, de la que también conserva muebles, objetos y un jardín estilo inglés que ha sido retratado por especialistas botánicos de todo el país.

Ubicado sobre el antiguo Camino Real -hoy Avenida de la Tradición- esa esquina con ochava, mesas de metal y un juego de sapo en la puerta, funcionó como boliche de ley desde 1881 hasta 1968. El Pampa lo reabrió con su finalidad actual-la de mantenerlo como era- en 1975 y desde entonces se dedica a asegurar la supervivencia de esos objetos cuya alma volvió de la muerte: no sólo botellas y sifones, mostrador de estaño, vasos y carteles; también publicidad, fotos, cajas de fósforos y aquel teléfono 297 que aún funciona (con unos cuantos dígitos más) y que le dio al almacén un brío nuevo cuando fue instalado. "A mí el revire tradicionalista me entró por acá", cuenta el Pampa en su salsa, con el cartel de¡ Té Sol fabricado en Birmingham en 1854 de fondo -la pieza más antigua del lugar- mientras explica que ningún organismo oficial lo ha ayudado a obtener su acervo, pero que le llegan donaciones espontáneas de particulares de todo el país: gente que se dio cuenta que ese prehistórico porrón que daba vueltas en su casa iba a estar mejor ahí, entre sus pares de lamentos y alegrías.



 



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