Revista LUGARES Nro. 42
Pág. 28 - 45
Por: Soledad Gil
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
EN LA ESTANCIA - Segunda Parte
Estancia La Rosada
Quienes eligen La Rosada para una fiesta, un destino más que lógico en virtud de las instalaciones disponibles, suelen reparar pronto en el estanque artificial con puentecito, patos y agapantus de la entrada. Lo eligen para fotos, para pasear al sol, o jugar con los primeros anfitriones: Yuyo, Pepa y Simón, la familia de perros labradores que se adueñó de las diez hectáreas del terreno. Para hacer buenas migas con ellos, basta arrojarles una rama a la lagunita. Sin pensarlo se tiran de cabeza y salen airosos, mojados y felices, con la rama en el hocico y la cola en frenesí.
De puertas adentro, la casa -que se llamo La Angélica antes de que Liliana García Llana y su marido la compraran en el `82- es una cálida construcción de fines del siglo pasado, exquisitamente restaurada. Fue barraca militar utilizada en la Campaña del Desierto y quedó en manos del Coronel Tomás Fretes como reconocimiento a su desempeño.
Perteneció a esa familia hasta 1942 y había ido decayendo hasta que sus nuevos dueños llegaron a ella con excelentes intenciones. Con piezas obtenidas en los remates de antes (los de antigüedades y muebles de campo verdaderos y no los objetos "falso envejecido" y "falso rústico" de ahora), la casa atesora un clima cálido del que Maluca y Carlitos, los gatos, son los principales beneficiarios.
Liliana trabaja con grupos de 12 a 450 personas, a los que atiende con igual esmero ya sea en el casco -con tres habitaciones- o en los salones construidos para eventos empresarios, casamientos y reuniones. Allí, ella espera a que alguno descubra el tesoro del lugar. Sin que nadie diga nada, siempre uno suelta de repente "¿y ese árbol?". No falla. El roble de Eslavonia y el fresno de 180 años son omnipresentes, gigantescos y maravillosos. El primero es sensiblemente más grande, pero el fresno es la verdadera estrella, puesto que no existe un ejemplar así en el país.
Para convencer al INTA de que fueran a dar una ojeada a aquel milagro vegetal cuyo diámetro no consiguen a abarcar seis personas de la mano, fue necesario enviar una foto del marido de Liliana posando a su lado: "Vinieron como tejo", asegura. Hoy, más que los labradores y los gatos que retozan en los sillones, son los árboles los mimados de la casa: religiosos baños de urea, potasio y otros fertilizantes garantizan sombra para rato. "Cuando llueve, aquí abajo no te enterás", asegura Liliana. Y so riesgo de acabar con tortícolis, basta mirar para arriba esa copa fecunda e infinita para creerle.
A la pileta, los asados, los paseos y las delicias de la buena mesa, La Rosada agrega los encantos del cercano pueblo Carlos Keen. Homogéneo y de ladrillos, vale una vuelta por su magnífica iglesia San Carlos Borromeo -sobre todo el 8 de noviembre-, su estación del tren, fábrica de fideos y de dulce de leche o cualquier rincón olvidado desde que la ruta siete cambió su trazado y decidió ignorar al pueblo
entero. Introvertido, Carlos Keen se ha guardado como era, discreto y silencioso, secreto pero en pie.
Estancia San Ceferino
Ahí nomás, también cerca de Luján pero sobre la ruta 6, San Ceferino es la hermana mayor de las estancias de la zona. Es una cuestión de escala; aquí todo es a lo grande. Como para que no nos asustáramos con sus dimensiones, allí estaba esperándonos Silvia, que maneja al dedillo el organigrama de los cinco salones empresarios y las 30 habitaciones.
Asados multitudinarios, fiestas espectaculares, congresos, seminarios, casamientos, San Ceferino es la versión high-tech de la estancia moderna. Su dueño, el-también- médico Francisco Eleta, es además fanático coleccionista de carruajes y los cuarenta y pico de ejemplares que alberga en un tinglado enorme, son la sorpresa preferida de los visitantes, ya sea que estén en plantrabajo o en apogeo del dolce far niente. La pasión de Eleta por volantas, carretas, berlinas y diligencias es sólo comparable con su obstinación por las monturas. En su ausencia -normal, puesto que él y Hebe su esposa son viajeros devotos- ambas colecciones están a cargo de Don Gutiérrez, un cuidador fiel, único poseedor de las cuatro llaves que custodian el tesoro.
En San Ceferino la comida es impecable y gustosa, y las actividades -además de los caballos y carruajes, por supuesto- incluyen cancha de voley, pileta, fútbol, pool y ping pong. Los más chicos pueden acercarse hasta la granja y tener un encuentro cercano con los animales mientras los grandes descansan aprovechando las comodidades de las instalaciones. Finalmente, quienes llegan hasta aquí por trabajo, no pueden considerarse menos que afortunados. Así trabaja cualquiera...
Estancia Los Talas
"En Los Talas aislado y lejano (un día de cada año madrugar, tren a Luján, coche en tierral de seis leguas, sueño y cansancio y hambre) había para después de cada invierno de ciudad un verano de campo. A él se llegaba ansiosamente". La cita es de Jorge Furt, en su Libro de Compañía, donde evoca con pluma sutil los años pasados en esa, su casa.
Como La Rica, Los Talas es una de las pocas estancias cuyo destino aún está en manos de sus herederos directos, recortada en extensión pero entera en espíritu e hidalguía. El mérito se remonta a más de un siglo, pero le corresponde actualmente a Etelvina Furt, la hija de Jorge, y a su marido Ricardo Rodríguez, a cargo del archivo y la gigantesca biblioteca de su difunto suegro. Ellos viven allí, acompañados ahora por su hija Etelvina-nombre de familia-, que cocina maravillosamente y aporta su granito de arena en la difícil tarea de mantener la casa y el archivo sin ningún tipo de ayuda oficial.
Los Talas tiene la esencia del siglo pasado pegada en las paredes, los árboles y hasta en la caprichosa sinfonía de los pájaros que trinan sin el más mínimo acorde de preocupación. En la cocina, las paredes son de adobe. La construcción es de 1824. Tiene una puerta esquinera de madera sobre la que hace sombra una parra con nido de torcaza, y faroles en los ángulos.
En la otra casa, de 1860, las opalinas originales que cuelgan de los techos se encendieron con bombitas en 1992. José Mariano Biaus relojea en daguerrotipo a sus herederos directos: su hijo Mariano, que se casó con su prima Etelvina Castaño y Córdoba. De esa unión nació Etelvina Feliciana Biaus, quien eligió a Jorge Aquiles Furt, como padre de sus hijos Jorge Martín y Mariano Emilio.
El último murió sin hijos, pero su esposa heredó 1.300 de las 2.100 hectáreas originales. Jorge se quedó con 890 hectáreas y el casco, los daguerrotipos, las opalinas, el piano, las porcelanas y la parra. Allí construyó entonces la tercera casa, con paredes de material pero tapizadas de libros, para lo que fueron concebidas: los 40 mil volúmenes de la biblioteca, las 7.200 cartas que le enviaron a Juan Bautista Alberdi entre 1824 y 1884 y que Furt compró en 1946 hipotecando un campo para evitar que salieran de la Argentina; 22 de Mitre, 43 de Sarmiento y 106 de Máximo Terrero, el esposo de Manuelita Rosas; la colección completa de la Revista Nosotros, y una nutrida variedad de autores argentinos, franceses, alemanes, griegos y latinos, además del primer libro salido de Alcalá de Henares en 1502.
Se trata de tres corredores completos de más de diez metros cada uno, colmados de piso a techo. Ricardo los limpia todos cada año y cuando acaba en el último anaquel ya es casi hora de volver a empezar en el rincón inicial. Con una modestia que enmudece, el marido de Etelvina confeccionó todo el fichero que su suegro llevaba en la cabeza. "El pedía de memoria, cuando ya estaba enfermo en la cama, indicando la posición de cada libro que quería... Pero los estantes no tenían número, no había inventario, nada", explica Ricardo, mientras Etelvina confirma la necesidad de pasar todo ese trabajo que duerme en cajas de zapatos, a una base de datos más acorde con los tiempos que corren.
A favor, tienen que la historia ya estuvo una vez de su lado. La casa original que José Mariano Biaus le compró a Don Pedro Díaz de Vivar fue confiscada por el gobierno de Rosas en 1840. Funcionó como cuartel de su ejército durante diez años, y fue luego restituida a la familia.
Pero los Biaus volvieron sólo después de Caseros, en 1852. De entonces data la leyenda.
Del toque de diana que los familiares han escuchado sonar durante años al amanecer en el bosque espeso. Y el clarín no es el único protagonista legendario. El espinillo bajo el cual enterraron a un esclavo del patrón antiguo cuando Rosas tuvo la estancia, aún está en pie frente a la casa. Dicen que "sus raíces manearon al muerto y el ánima en las ansias de librarse, lleva ciertas noches su luz hasta las ramas intentando arderlas. Pero no se prenderá el fuego hasta que alguien muera en el mismo sitio. En esa noche, todo el árbol será una sola brasa", cita la historia siempre viva de Los Talas.
