Revista LUGARES Nro. 58
Pág. 89 - 100
Por: Rossana Acquasanta
REVISTA LUGARES
ENTRE RIOS
Basta cruzar el puente Zárate-Brazo Largo y adentrarse en la placidez de Entre Ríos para comprobar que esta provincia tiene un aire inequívoco de tierra prometida. Campos sembrados hasta el horizonte, un cielo superpoblado de pájaros, aguas dulces que aportan fertilidad al terreno y un verdor natural de ombúes, palmeras y talas. La mayoría de sus habitantes son descendientes de suizos, judíos, saboyanos, piemonteses... Gente linda la de Entre Ríos. Son de corazón tan ancho como los dos ríos que delimitan su cuna geográfica. Y son también orgullosos, pero sin perder esa afectuosidad que derraman en el trato. Porque el ser entrerriano se reconoce en un sentimiento de pertenencia que alentaron los próceres de ayer, sin ira ni dobleces.
El primer caudillo relevante que tuvo el país nació en Concepción del Uruguay, tres años después de la fundación de este paraje, al que se lo conocía como Arroyo de la China. El hombre se llamaba Francisco Ramírez (1786-1821), era hijo de una familia de estirpe ganadera, participó en las insurrecciones de su provincia, se autonombró general, gobernador y además Supremo Entrerriano, y tras anexar Corrientes y Misiones, proclamó la República de Entre Rios.
Quiso llevar sus ínfulas de César hasta el Paraguay, pero en vez de seguir trepando al norte viró hacia el sur y le plantó cara a Buenos Aires. En el camino, López -caudillo de Santa Fe- le infligió derrota y Ramírez se fue para Córdoba. La mala suerte lo persiguió, trató de volver a sus pagos; en la huida, su compañera Delfina fue apresada y él la salvó, pero perdió su vida en el operativo. Cortaron su cabeza, se la mandaron a López y éste la expuso en el cabildo de Santa Fe.
Ramírez fue el primer caudillo del país pero no el único de Entre Ríos. Claro que ninguno pudo superar la talla de don justo José de Urquiza. Progresista como pocos, político de ideas claras y pulso firme, exitoso multiempresario, le dio a su provincia grandeza social y cultural. Mano dura y espíritu expansionista. Nació con el siglo XIX, en la gran estancia que su padre poseía al norte de Concepción, y su aura fue tan poderosa que, aún hoy, a la zona se la conoce familiarmente como "pagos de Urquiza".
A Concepción llegamos de un tirón y con la noche encima. En el camino Julie y yo sólo paramos para comprar quesos, pan y bondiola en uno de los tantos puestos que jalonan la ruta 12, y para tomar un cafecito con la excusa de cargar nafta. Atravesamos la tranquila urbe y seguimos hasta la Estancia Santa Cándida. El camino, por fortuna, estaba transitable.
Pasando la gran verja y al fondo de una ancha avenida de gigantescas tipas centenarias, el parque descubre al visitante un casco de orgullosa estampa. Aquí y allá las estatuas agregan su belleza esculpida. Esta propiedad da al arroyo de La China y al riacho Itapé, que están ahí mismo, a pocos metros del césped. Adentro, Tito el encargado, espera a los huéspedes siempre con la chimenea encendida, los asiste a cada paso y hasta sirve la comida antes de darles las buenas noches.
Santa Cándida fue obra de Urquiza. Nació en 1847 como saladero y también sirvió de residencia veraniega del prócer, que la usaba cuando recorría sus dominios. El estilo toscano de la casa se lo dio el arquitecto italiano Fosatti, el mismo que intervino en la última etapa del Palacio de San José, domicilio estable de justo y su familia. Parece increíble que aquí haya funcionado un emprendimiento industrial de avanzada, equipado con flamantes máquinas traídas de Europa y USA, y donde todo se producía, incluido el gas acetileno para el alumbrado interior y exterior de la casa.
Muerto Urquiza, el destino de Santa Cándida fue alternando años de olvido con momentos de resurrección. Antonio Leloir (casado con Adela Unzué) transformó la propiedad en una villa italiana (1917) con arquitectos y paisajistas de Buenos Aires. Se destruyeron las instalaciones del saladero, aunque los cimientos quedaron. El faro, que coronaba el edificio (estructura de madera con vidrios biselados) se hizo quitar y en su lugar se instaló un pararrayos. Después, otra vez la nada por años. De la mano de Francisco Sáez Valiente, un nieto de Urquiza casado con Helena Zimmerman, el casco de la estancia fue convertido en hotel, con siete habitaciones dobles y dos idénticas fuera de la casa, emprendimiento que continúa en manos de los actuales herederos.
Desde aquí se organizan cabalgatas y salidas ocasionales por el río en el barco de la estancia. La pesca, incluso desde el muelle, es otro entretenimiento posible. A la izquierda de la casa está la pileta, y la visión del arroyo completan una imagen que nada más puede aportar serenidad al espíritu. Llegar hasta Santa Cándida navegando es todo un programa; final feliz de una travesía por el río Uruguay saliendo de Buenos Aires.
La pequeña ciudad de Concepción tiene una plaza muy cuidada y a su alrededor, como siempre, se concentra el origen de la historia local. Tiene la basílica de la Inmaculada Concepción donde reposan los restos de Urquiza. Impresiona asomarse a ese hueco -hecho en el subsuelo-recubierto con los mejores mármoles de Carrara. En el centro hay un sólido pedestal y encima está el féretro donde, aseguran, el ideólogo de la Constitución Nacional que aún nos rige, reposa embalsamado... sólo de la mitad para arriba, por orden explícita de su mujer Dolores Acosta, respetándosele incluso las heridas de arma blanca que el héroe de Caseros recibiera en el pecho.
Hasta 1976, la basílica en cuestión estaba toda cubierta con frescos, de las paredes al techo -columnas incluidas, con un trompe l'oeil de pilares acanalados- que realizara el uruguayo Juan Manuel Blanes. Pero un día llegó a Concepción un cura "renovador" y mandó raspar todas las pinturas. Todddas. Y al diablo con ese invalorable patrimonio del arte sacro nacional. Para tener una idea de cómo lucía la basílica antes del atropello, pida que le muestren las fotos blanco y negro que de ella se conservan en el Museo Delio Panizza.
A pocos pasos está el Colegio Superior, construido por supuesto a instancias de Urquiza, templo de la enseñanza donde unas cuantas figuras ilustres forjaron su conocimiento académico. Julio A. Roca por ejemplo. La biblioteca, muy impactante, con sus pupitres de época y libros de antigua data, invita a distraerse largo pispeando viejos libros de estudio apilados detrás de las vitrinas.
La casa Delio Panizza es una de las más antiguas de la ciudad. Convertida en museo histórico, guarda muebles de época, una impresionante platería criolla, monedas del año XIII que en poco y nada difieren de las actuales, vestimentas, armas, aperos y recados de lujo. En el patio de la entrada hay un busto magnífico de Perlotti, y en un lateral de la casa se abre una galería estrecha aún techada con las tejas originales que revelan la marca -francesa- de origen.
Colonia San José, queda apenas a 9 Km. de Colón, por la R130. El enclave es chico pero sus pobladores presumen de autoestima elevada y "venden" con satisfacción sus atractivos turísticos. Uno, el molino de Forclaz, construido en 1888 por emigrante homónimo y a imagen de los molinos de viento holandeses. Claro que en esos pagos entrerrianos no hay viento que sople lo suficiente como para mover sus aspas con energía y ahí quedó. Por dentro conserva el entramado estructural de la madera y los ingeniosos engranajes originales. Por fuera, al molino le salieron plantitas entre los ladrillos que hasta se permiten echar flores y en las puntas de las aspas se prendió, saludable, el clavel del aire, para demostrar justamente eso, que del aire también se vive.
El otro motivo de flagrante orgullo -y no es para menos- es el renovado Museo Histórico Regional de la Colonia San José. Una absoluta maravilla. El museo, que originalmente se armó con el aporte de objetos de cada familia descendiente de los pioneros de esa colonia, riqueza ésta que se mantuvo como se pudo, se transformó en una impresionante muestra al estilo de los grandes museos actuales del mundo. Gracias al asesoramiento sobre conservación y diseño de exhibición que ofrecieron la Smithsonian Institution -a través de su Center for Latino Initiativesy Fundación Antorchas, con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes, más la ayuda material de la Fundación Bunge y Born, la Asociación Amigos del Museo y la Municipalidad de San José, el "milagro" aconteció.
Su directora, Mercedes Vanerio, apunta con sonrisa ancha y el pecho henchido que "el museo fue ganador de un subsidio -en 1997- organizado por la Fundación YPF para innovación en museos". No sueñe con arrimarse a este ítem cultural de la variopinta comunidad de San José haciendo "toco y me voy" porque le será imposible. Es para quedarse, como mínimo, horas y más horas.
El Parque Nacional El Palmar, quién no lo sabe, es un mar de palmeras. Miles de Syagrus yatay. Miles. Una meditación de troncos laaargos y flaaacos con sus melenas verdes allá arriba, que sólo interrumpe el curso del río Uruguay, la vegetación selvática de sus orillas, las ruinas de las caleras de Barquín junto a la barranca(hechas en 1780 por orden del Virrey Cevallos para la extracción de cal), el Centro de Visitantes y el camping. Hay senderos vehiculares y uno peatonal. La mejor hora acá es el atardecer.
Silencio por doquier y el canto multiplicado de tantos pájaros distintos como único contrapunto. Zorros, carpinchos, ñandúes, vizcachas y lagartos, no encontramos, pero dimos con una birome vacía al pie de una palmera junto al camino, más una buena dosis de papeles y envases alrededor del mirador, punto altivo desde donde se tiene una de las imágenes más completas de este retazo de naturaleza. Con lo que cobran la entrada ($5), podrían poner más cuidado en el mantenimiento del parque.
Al Palacio San José fuimos una mañana llena de sol. Ingresamos por la entrada posterior, la que habitualmente se usaba en los tiempos de Urquiza, y por donde también lo hicieron los asesinos del héroe de Caseros. La capilla, magnífica, con los frescos de Blanes, está en plena restauración. Aún en obras, el recinto sagrado impone respeto. Este palacio -otra obra del italiano Pietro Fosatti- se estructura alrededor de dos patios: el Patio de Honor y el doméstico Patio del Parral donde en verano se derrama un sosiego de siestas interminables. Mármoles de Carrara, piedras de La Spezia, lajas del Paso del Hervidero (del río Uruguay), herrería filigranada y un orden preciso de jardines dan sentido al que fuera reino privado de Urquiza. Por el parque, un camino conduce hasta el lago y la glorieta, paseo que hoy se puede hacer en carro tirado por manso caballo percherón, con el carrero del palacio y a cambio de un peso.
Rumbo a San Pedro la estancia que fuera de doña justa -hija de Urquiza- y su marido el general Luis María Campos, el paisaje sigue prodigando su relajada imagen de campos verdes y de los talas junto a la ruta. El camino -le tierra- que conduce al casco está flanqueado de palmeras y cactus que dan higos de tuna. Un tajamar -reserva de agua- a la izquierda del sendero indica que estamos muy cerca. Sobre el espejo de ese estanque se recortan las esculturas de un ciervo acosado por perros sabuesos. A continuación el sendero mismo conduce entre eucaliptus y tipas, farolas, bancos de mármol y estatuas de soldados, hasta la reja de entrada. La casa, mezcla acriollada de Tudor y colonial, se impone en el ancho parque de 180 hectáreas.
Por dentro, es un derroche pulcrísimo de auténticos tesoros históricos, bienes dignos de un museo. No hay rincón ni pared que se salve de guardar algún retazo emblemático del pasado; muebles, fotos de la guerra con el Paraguay, el catre de campaña del general Luis María Campos, los uniformes militares, platería pasmante, encajes y telas, cartas que son veros documentos (una de Napoleón III a Urquiza, otra firmada de puño y letra por Juan de Garay, partes de guerra). Y como un conjuro contra la amnesia, toda la vajilla de doña Justa lleva impreso su nombre.
Del famoso óleo de Urquiza a caballo -obra de Blanes- que destrozaron sus verdugos después de darle muerte, se salvaron sólo las cabezas. La del caballo cuelga de una pared en San Pedro y la de su jinete está en el Palacio San José. Otros dos cuadros, esta vez del italiano Baldesarre Iverassi, que representan a Urquiza de pie y vestido de militar -en uno se lo ve con un ángel a punto de coronarlo- fueron desestimados por el propio general. Por un lado le chocaba la representación napoleónica de su figura y por el otro, se veía -decía- demasiado gordo.
De esas obras nada se supo por años hasta que su hija justa, en una de las tantas escapadas a Europa, se enteró de que un nieto del pintor los tenía en Cortina d'Ampezzo. Fue hasta allá y compró los dos cuadros. El de la coronación está en la casa de gobierno de Paraná, mientras el otro luce en una sala de estar de la estancia.
Ana Molina de Roca está casada con Horacio Roca, hermano de María Roca de Favre, dueños actuales de la estancia. En la capilla se guardan los restos de María Cristina Bustos Campos (de Roca), madre de María y Horacio, e hija a su vez de María Cristina, hija de Justa. A la producción agrícola ganadera, se suma el funcionamiento de una escuela pública a la que acuden hijos de los empleados de la estancia y de los establecimientos vecinos. No hay huésped que hasta aquí llegue que se prive del recorrido por las distintas dependencias de la estancia, que supo funcionar con la citada escuela, enfermería, taller de reparaciones, panadería, proveduría, etcétera etcétera. Si algo no falta en San Pedro son motivos históricos con los que deshilvanar las horas, al margen de cualquiera de las actividades al aire libre que aquí se proponen.
Paraná nos recibió con lluvia y frío, pero en cuanto llegamos al Gran Hotel Paraná -totalmente renovado y puesto de primera- ya no nos importó. Allí nos refugiamos en nuestras cálidas habitaciones, que resultaron ser bárbaras, con baño a todo trapo y una cama de la que costó horrores despegarse cada mañana.
El hotel está frente a la plaza 1 °- de Mayo, con el edificio de la municipalidad en una esquina y el Colegio de Nuestra Señora del Huerto en la otra esquina, junto a la catedral de San Pedro. De la escultura del santo en la galería -realizada por León Sola en 1896- parece emanar una poderosa fuerza mística: ver esa réplica en mármol de Carrara del San Pedro del Vaticano y quedarse eclipsado, es todo uno.
Para recompensar del gris de la noche anterior, el amanecer se nos anunció ausente de nubes. Fue un placer inmenso patear las veredas de la capital de Entre Ríos, descubrir que es esencialmente una ciudad con muy pocos edificios altos y muchas casas antiguas de gran valor arquitectónico. Y un buen número de plazas, respiros de arboledas generosas, igual que tantas calles de tantos barrios, atiborradas de naranjos.
Hay en Paraná como un sentimiento de gratitud hacia el río sobre el que la ciudad asoma, ancho y rico, salpicado de islas. Cualquier merodeo conduce siempre hasta el Parque Urquiza. Magnífico. Impecable de verdores y canteros floridos, derramándose desde la escarpada barranca para concluir en una costanera increíblemente vital, de punta a punta, hasta la arena clara y el agua dulce, con los puestitos donde comer pescados de río, los clubes, los restaurantes, el puerto, los barcos, la aduana, los viejos galpones, la gente que en los domingos no desperdicia ni un segundo de sol y copa hasta el último resquicio de este paseo costero.
Paraná es para vivirla por fuera sin ignorarla por dentro. Visitar sus iglesias y museos es un reconfortante deber cultural. En el Museo y Mercado Provincial de Artesanías hay muestra permanente de cestería, lo que permite aprender por ejemplo, que el isipó es la fibra fundamental del artesano entrerriano, además de saber hacer uso del mimbre y la chala. Reabierta en noviembre del `99, la institución cumple 21 años y funciona en una antigua casa que se recuperó con ayuda del arquitecto Mario Beade. Hay platería de Bravo (séptima generación del que fuera platero de Urquiza), un artista de San José; tientos finos; tejidos de San José, Gualeguaychú y La Paz. Y hay platos divinos de Artemio Alisio.
También hay un Museo del Mate en Paraná, fundado en 1978 por Francisco Scutellá. En la fachada de su casa, un mate gigante destaca "suspendido" como un alero; es imposible no verlo e imposible resistirse a entrar. El techo de este reducto insólito está tapizado de mates, "es mi cielo, como tengo dudas de ir al otro, me hice el propio". Este personaje que toma mate sólo "dos veces por día: toda la mañana y toda la tarde", llegó a reunir más de 2.500 piezas alusivas al tema, así que lo que usted siempre quiso saber sobre el mate y nunca se animó a preguntar, se lo puede contestar Scutellá.
Y hay túneles en Paraná. No me refiero al subfluvial Hernandarias que comunica con Santa Fe, sino a ésos de la ciudad antigua. Un capítulo prohibido en la historia de la urbe que se fundó alrededor de 1730, aunque ya a finales del siglo XVI hubo una capilla y algunas pocas casuchas que se desparramaban en la llamada Baxada de la otra Banda del Paraná. Del asunto nadie habla salvo Miguel Angel Mernes, erudito entusiasta e ignorado por las autoridades oficiales. Documentos y argumentos no le faltan y sus relatos sobre las escabrosas historias de negros esclavos y negreros, de jesuitas y laberintos subterráneos, resultan tan fascinantes como polémicos.
De vuelta a casa, enfilamos por la R11 hacia Diamante. Pasamos raudas por Victoria. No paramos esta vez pero volveremos, como dijera Mc Arthur. Por muchas razones. Porque ésa es otra de las imperdibles ciudades entrerrianas. Porque el camino es una reiteración de lomadas y cultivos en orden con un aire casi galés. Porque hay cantidades inverosímiles de ombúes embelleciendo los campos. Porque los horneros legitimaron su territorio aéreo en la cresta de cada palo de luz que acompaña la ruta. Y porque más allá de los sembrados el Paraná fluye y agranda su horizonte de delta poderoso, conclusión sureña de la Mesopotamia entera.