Revista LUGARES Nro. 91
Pág. 94 - 99
Por: Julia Caprara
Foto: Carolina Aldao y Guillermo Prat (BN)
REVISTA LUGARES
FORMOSA
Nutrido por las aguas de los ríos Paraguay y Pilcomayo, más vecino del Paraguay que de la Mesopotamia, este norte litoraleño revela particularidades de su hábitat subtropical y una idiosincrasia mezcla de aborigen con europeo.
Un recodo del río Paraguay, antiguamente llamado Vuelta de Formosa o Vuelta Hermosa, dio origen al nombre de la provincia y su capital. Por aquí pasaron los jesuitas, quienes establecieron una reducción -San Carlos del Rosario- en 1673, abandonada tras su expulsión. Dos siglos después, al terminar la guerra de la Triple Alianza (Argentina, Uruguay y Brasil) librada contra el Paraguay, quedó en disputa el territorio al norte del Pilcomayo.
El entonces presidente de los Estados Unidos, Rutherford Hayes, falló (el 12 de noviembre de 1878) a favor de los paraguayos, y Argentina tuvo que retirar sus tropas, a la vez que buscaba dónde establecer una nueva ciudad que fuera la capital provisoria del Chaco argentino. El 8 de abril de 1879, el comandante Luis Jorge Fontana fundaba Formosa, que hasta octubre de 1884 sería capital del otrora Territorio Nacional del Chaco, y que hoy comparten las provincias de Chaco y de Formosa. Dicen que el primer censo dio 400 habitantes, de los cuales la mitad eran austríacos y más de 100, italianos.
La capital formoseña, levantada sobre una de las costas del río Paraguay, carece de estilo arquitectónico. Es el lugar de residencia de unas 200 mil personas, casi la mitad de la población de toda la provincia. En 15 minutos de navegación se puede llegar al país vecino, a Alberdi, meca del importado 0 imitación: las conocidas zapatillas de las tres tiras, allí se venden con cuatro.
Formosa tiene su plaza y se llama General San Martín, con glorietas v arboleda; de aquí sale la avenida homónima, arteria principal con bulevares que concentra parte de la actividad urbana con sus bancos, edificios públicos e históricos, restaurantes y confiterías.
En esta ciudad, comprobamos, hay muy pocas cafeterías. En la Catedral de Nuestra Señora del Carmen descansan los restos del Comandante Luis Jorge Fontana. El Museo Histórico Provincial Juan Pablo Douffard, por su parte, guarda los retratos de todos los gobernadores de la provincia.
Y en el Instituto de Comunidades Aborígenes se reúnen las bonitas artesanías locales que incitan a hacer shopping regional; para mí lo mejor son los tejidos de chaguar, una fibra vegetal que las mujeres wichis aprovechan hace siglos. En lugar de agujas usan espinas para tejer las famosas yicas, bolsas que la sociedad de consumo ha convertido en una variable de cartera femenina. Para contrarrestar esta artesanía aborigen, justo a la vuelta del instituto hay una feria callejera que ocupa más de tres cuadras, donde venden desde yuyos hasta relojes truchos.
La costanera -recientemente inauguradase abre frente a la estación de ferrocarril, remodelada por completo, lista para que se rehabilite el servicio a Salta en una línea recta de rieles. Ahí mismo está también el puerto, de donde salen las barcazas que van al Paraguay. Sobre los playones, un novísimo Centro Cultural alberga muestras de artistas locales, plásticos, fotógrafos y artesanos. Más allá, las chimeneas de la planta de tanino echan humo y este humo se confunde con las nubes. El descanso lo buscamos en el Hotel Casa Grande, a pocas cuadras del centro. Tiene habitaciones comodísimas, con buenas camas y aire acondicionado. Nos encantó, sobre todo cuando vimos la pileta, el gimnasio y el súper spa. ¡No lo podíamos creer!
Hasta La Victoria
Al día siguiente, el despertador sonó casi al alba. Con Mabel Buryaile nos fuimos a la estancia familiar, ubicada a 250 km hacia el oeste. Tomamos la ruta nacional 81 -que une Formosa con Salta- para conectar con la provincial 20, que nos llevaría a La Victoria. Apenas salimos de la capital, pasamos por el barrio toba Noom Qom, una comunidad víctima de la trasculturación por estar, precisamente, cerca de la ciudad. A pocos kilómetros tomamos el asfalto y luego nos internamos en un mundo de frondas y humedad, muy exuberante.
Entre mate y mate, Mabel contó la historia del campo y de cómo fue que su padre, don Ricardo, le compró 18 mil hectáreas a la familia de su mujer. De esto hace 46 años; al morir Ricardo quedó a cargo su viuda, doña Rosa, un personaje de novela. Cuando llegamos, nos recibió con capelina de paja y el cortejo de sus pavos reales con las colas desplegadas. En estos pagos hay que prepararse para escuchar tonadas y palabras de evidente raigambre guaraní, una musicalidad en la que nada cuesta dejarse envolver.
La casa principal es enorme, llena de galerías, con un diseño de líneas puras. La decoración es una mezcla ecléctica de objetos: un tapiz de la Alambra -lo explica el origen árabe de los Buryaile-, una montura de plata, el retrato de John E Kennedy en uno de los cuartos (Rosa es su gran admiradora) y el televisor en medio de la sala, punto de encuentro de la familia y todo el personal en cada evento importante.
Aquí se dedican a la cría de ganado vacuno Brangus, Bradford y Aberdeen Angus, así que los huéspedes se dan el gusto de observar las tareas rurales en un ambiente eufórico de actividad pecuaria. Al casco lo rodean los puestos y en ellos puede verse a los empleados empilchados como día de fiesta.
Hay nueve rodeos en la vasta propiedad, desparramados entre bañados, palmares y esteros. Los recorrimos a caballo en un paseo de varias horas entre chañares, algarrobos, quebrachos, palmeras, palos borrachos y espinillos.
Quisimos rastrear una piara de jabalíes que desde hace un tiempo ronda por la zona, pero no tuvimos suerte. Tampoco se dejaron ver los ciervos, o guasunchos, ni el jaguareté, salvo el embalsamado, un ejemplar que cazaron en la estancia; pesaba 160 kilos. Para compensar, pude oír lo que creo era el rugido inquietante de un puma, y Mabel también lo escuchó. Sobre el estero se multiplicaban las aves: garzas, charatas, pájaros carpinteros, el Martín pescador, los tuyuyuy...
De regreso, nos esperaba un sabroso novillito que asaron en el parque, en una parrilla improvisada. Entre los cuentos de viajes y anécdotas lugareñas, me asombró el relato del Silbido: dicen que cada tanto se escucha uno agudo y la gente se mete adentro de las casas. Si uno le contesta, el silbido aturde.
Lo más divertido fue a ver a don Ruiz, secretario de doña Rosa, capaz de llamar a chanchitos y pavos para darles de comer, al grito de ¡¡¡bichiiiittttooo!!! Y los bichitos acuden.
El calor en verano es difícil de soportar para alguien que no está entrenado. La estancia todavía no tiene piscina, por eso es recomendable visitarla en los meses más fríos, de abril a octubre.
Para alojarse, hay una casita muy acogedora -con dos cuartos, un baño, comedor y cocina- que mira a la huerta y a los frutales. Me di el gusto de arrancar de los árboles pomelos y naranjas para hacer jugo, de comer chirimoyas y mburucuyás, y de probar todos los días un limón diferente para condimentar mis ensaladas: sutil, común, apepú -de un amarillo intenso-, otro chiquito como mandarina, y naranja agria. Tampoco resistí la tentación de juntar orquídeas, azaleas, jazmines y buganvillas para llevarme al cuarto... Con permiso de la dueña de casa, claro.
El Bañado de la Estrella
"Tener uno, tener dos es variedad./ Tener tres, cuatro, cinco es habilidad", copleaba Mabel, mientras íbamos por la provincial 28, con rumbo oeste. Habíamos salido de noche para llegar al amanecer a una reserva natural, a 45 km de Las Lomitas: el Bañado de la Estrella. Dicen que éste es uno de los ecosistemas más importantes de América del Sur, junto con el Pantanal brasileño y los Esteros del Iberá, una formación reciente propiciada por los desbordes del Pilcomayo que fueron ocurriendo a partir de 1940, y con mayor intensidad desde 1966.
En términos técnicos, constituye un ambiente fluvio-lacustre con un microclima propio y que se inserta al semiárido oeste, como un codo de vegetación subtropical. Lo recorrimos asombradas, sin poder dar crédito a lo que veíamos; el hábitat revela la presencia de dos tipos de bosque, uno alto constituido por algarrobos, quebrachos, mistoles y guayacanes, y otro bajo de chañares, duraznillos y vinales, entre otras especies. A nuestro alrededor, esa mezcla de lago, pantano y estero nos devolvía una imagen alfombrada de camalotes florecidos y de árboles sumergidos cubiertos por enredaderas, cuyas figuras de apariencia fantasmal inspiró a los lugareños a llamarlas chámpales.
Osos hormigueros, carpinchos, lobitos de río, nutrias, cigüeñas y garzas son parte de la fauna. Nunca imaginamos tanta cantidad de yacarés y el tamaño excesivo hizo recordar a los ejemplares que vi en el Pantanal matogrossense. Impresionante.