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Revista LUGARES Nro. 46
Pág. 48 - 51
Por: Rossana Acquasanta
REVISTA LUGARES
GOLF EN TUCUMAN
Nueve son los hoyos del flamante campo de golf de Los Chorrillos, repartidos en un desafío de veinticinco hectáreas, sueño y deseo materializados a la medida de los golfistas insatisfechos. No será para cualquiera semejante provocación de lomas prepotentes que dibujan los cerros con sus cursos de agua, cascaditas y recodos arbolados, pero nadie por indiferente que se confiese a los hierros y las pelotitas se libra de sus tentaciones. Basta con tomar una clase con Carlos Godoy -joven profesor tucumano con quien es un gusto dejarse andar por ese verdor de olas quietas- para entender de una vez por todas que el golf es una fiebre que levanta al toque, no bien se pone un pie en la cancha.
Los Chorrillos es un asombro en el valle que acapara el aire purísimo de las montañas húmedas del norte tucumano y se extiende en sus tres cuartas partes hasta la provincia salteña, para contabilizar un total de 62 mil hectáreas. Desde San Miguel, se llega en menos de hora y media, por caminos que llevan a sortear el curso del río Nío nueve veces, o bien por el achaparrado monte después de dejar atrás el pueblo de Burruyacu.
Salvaje y montaraz, el territorio es una plenitud de bosques tupidos, agua que no deja de correr y una fauna tan rica que a poco que se ande por sus caminos cimbreantes, se dejan ver corzuelas, zorros, pecaríes, loros de alas coloradas y cabeza amarilla que habitan en los huecos de las barrancas, aves rapaces, teros, patos. Y quienes por la espesura saben distraerse como baqueanos, sin perderse, aseguran que no faltan ni el oso mielero ni un falso mono -sachamonoque es en realidad un osito lavador, así llamado porque lava la comida como si un mapache fuera.
Por dentro, la tierra entera es un abrazo ancestral de espíritus candelarios que allí supieron asentarse; de ellos queda el rastro revelador de los fragmentos arqueológicos con los que los pasos se tropiezan todo el tiempo, entreverados con el viento, las piedras, el yuyal.
Ir a Los Chorrillos significa, de entrada, instalarse en un eco-resort de especiales características. El huésped será bien atendido y gozará de una estancia cómoda e informal, inmerso en una naturaleza a la que se mira y no se toca: cazar, por ejemplo, está prohibidísimo. La vegetación es entrevero de pinos, nogales, cedros, lapachos, cochuchos, coronillas, piquillín, churquis, una acacia similar a la tipa llamada arca, de madera dura, quebracho, cuaresmillos a patadas.
La casa original (1908) tributó el espacio, algunas paredes, una galería serena, e impulsó la imaginación del arquitecto Juan Pablo Molina para reivindicar los techos altos y sus vigas, ensancharla por los lados y abrirle todas las ventanas posibles a los 1.200 metros de altura de ese destino verde. El jardín de invierno decididamente subyuga. Hay chimeneas en el plácido living y el play room; el comedor es espacioso, y en cada ámbito se aprecia la voluntad decorativa de Verónica Pasquini y Hortensia Ibarreche, que no dejaron rincón sin recrear. Está llena la casa de detalles muy agradables, imperio de colores calmos y objetos reveladores del buen hacer de los artesanos. Las habitaciones son amplias, con camas en las que es un gustazo desmayarse hasta la mañana siguiente. Las dos suites balconean al curso del arroyito que se hace estanque junto a la casa para solaz de patos salvajes y otros más amigables. Salón de reuniones y gim, además de sauna en los vestuarios, completan este mundo interior. La cocina está bien abastecida y prometer, promete. Localismos, platos caseros de toda la vida y propuestas más coinciliadoras con las moderneces vigentes, se reparten la escena gourmet mediodía y noche. En la bodeguita del subsuelo se van acopiando de a poco las buenas marcas nacionales para dignificar el descorche.
Las circundancias externas revelan capillita, pileta, cancha de tenis y una de fútbol junto a los grandiosos corrales de pirca centenarios, en cuyo interior rumia su encierro transitorio la mansedumbre vacuna. Son 2.800 las cabezas que administra la propiedad en estos campos, ganaderos por tradición. Caballos también se ven, por supuesto, y más allá despunta una escuelita a la que acuden chicos voluntariosos que no llegan a sumar cinco decenas, entre primario y secundario básico, hijos todos de los pobladores de esos territorios.
Al frente del emprendimiento está Creative Concepts Massimo Ianni, con Maximiliano Broquen en la gerencia general, un divino total. La realización y puesta en marcha de la cancha de golf -par 70 para caballeros y 74 para damas- es responsabilidad de Frankie Bunge Guerrico y Juan Carlos Peña.
Al norte, Los Chorrillos limita con el pueblo La Candelaria; al sur con el río Nío, al este con el cerro Del Campo y al oeste con el cerro Medina. Se goza en estos pagos de clima subtropical con estación seca corta en invierno, la temporada alta acá: se puede estar al sol en mangas cortas -22 a 25 gradospero después de las cinco de la tarde, hace frío sin atenuantes, y por la noche los grados bajan hasta dos dígitos.
Septiembre es mes ventoso de zonda y dicen los lugareños que suele nevar después del calorcito primaveral, despedida blanca del invierno. En los días estivales la temperatura máxima es de 35 grados, claro que enseguida sopla una fresca y está todo bien.
Además del golf, este remanso propone gastar las horas en mountain bikes y haciendo trekking por los senderos perfectamente trazados en los faldeos serranos. Hay carruaje para los paseítos campestres y las imperdibles cabalgatas que se organizan con la bendición del experto salteño Hernán Uriburu. Muy divertida es la propuesta nocturna que arranca a la tardecita y culmina en plena montaña bajo un techo de estrellas, donde esperan fogón y asado inefable con guitarreada y todo. Eso sí, hay que ir bien equipado para que la gelidez ambiental no arruine tan dichosos momentos transitando los caminos de la noche en franca camaradería y mucho embrujo telúrico.
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