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Revista LUGARES Nro. 37
Pág. 34 - 35
Por: Julia Caprara

REVISTA LUGARES

GOLF Y TURISMO


Hay canchas con quebrachos y algarrobos, con elegantes club houses, simples y para superprofesionales. Todas verdes -obvio-, todas cerca. En Córdoba sí que es fácil hacerse un adicto a swings, greens y fairways. Medal play y four ball dichos así, con cantito, son palabras corrientes de los circuitos golfísticos mediterráneos. Será porque las sierras se confunden fácilmente con las ondulaciones o porque las canchas están todas tan cerca. Lo cierto es que todo está verde en Córdoba. En esta época debería estar marrón, pero está verde. Julie se entusiasma y saca una foto detrás de otra. Compra peperina. Respiramos profundo y nos verdeamos la vista y los pulmones. No sólo desde el ventanal del living de La Carolina, en Ascochinga. Eso no sería nada. Es lógico. La estancia está prudencialmente cerca de la cancha de golf: se ven los golfistas, pero no las pelotas ni los 18 hoyos. Verde tranquilidad. Como es el golf siempre desde lejos. De cerca, m golfista furioso acaba de arrojar su palo rumbo al cielo. El golpe no fue lo que esperaba. Y el palo se incrustó en las más altas ramas del pino que tenía al lado. Ahí está el caddie haciendo piruetas sobre el árbol para bajarlo. Es sábado y el circuito de Ascochinga, par 72, reboza de gente superconcentrada en sus cuatro horas de juego.

Nada de eso se ve desde La Carolina. Tampoco se oyen los tiros de los cazadores de palomas que forjan el destino de la olla para c ientos de ellas por día. A lo sumo, puede sentirse el aroma de la salsa de hongos que Hugo y Marisa preparan para acompañar las aves de came oscura y sabor contundente por la noche, y que nosotras comemos felices.

Don Julián Martínez compró la estancia por consejo de su amigo el presidente Roca, que tenía ya La Paz a unos pocos kilómetros de allí. La bautizó con el nombre de su esposa, Carolina Estrada. Ella fue quien tomó la iniciativa para construir la iglesia de Ascochinga, que se inauguró el 15 de febrero de 1900. Casi cien años más tarde, y recientemente remozada por la donación de los vecinos, la iglesia reza su nuevo y agradable amarillo al cielo cordobés, sobre el insólito verde del invierno. Adentro, alguna monjita hacendosa aún enhebra rosarios de cuentas y atiende la venta de colaciones, dulce de leche y huevos. Recuerdan a Doña Carolina casi más que a John Fitzgerald Kennedy que visitó la iglesia en 1941. Ambos franquean con sendas placas recordatorias la entrada al templo de marras. Carolina fue madre de Julián, de Alberto -en manos de cuyos hijos quedó la estancia- y de Celia. Julián fue el hombre fundamental de la vida de Victoria Ocampo, si bien no su marido, y el célebre "J" de su autobiografía.

Hoy, la presencia de todos ellos se respira en el aire puro de Ascochinga, en el pueblito prácticamente inexistente que se empeña en crecer a pesar de sus fundadores que lo querían así, sin ser.

Sin embargo, La Granja, Agua de Oro, los alrededores de Jesús María, Santa Catalina y Salsipuedes, se desperezan y manifiestan en múltiples bares, restaurantes, posadas y cabañas. Los inmigrantes del Friuli que se instalaron en Colonia Caroya hicieron de su salame un estandarte de fama nacional, que se vuelve simplemente irresistible al pasarle por al lado.

Para seguir viaje, un buen surtido de bondiolas y afines es indispensable. Los próximos greens están en La Cumbre. No es lejos, pero un picnic en el camino es una excusa perfecta para aprovisionarse en abundancia. Una vez listas, allá vamos.

Una excelente manera de llegar-para nosotras, no para el noble vehículo que nos prestó sus amortiguadores- es por el camino de Candonga. Son sólo 45 km, pero con un tramo inolvidable de 10 km que comienza a la salida de Agua de Oro y parece no terminar nunca. La Capilla de Candonga, ex oratorio de la estancia Santa Gertrudis, es una joyita nacional perdida en el medio del monte. Las tierras pertenecieron a doña Juana Rodríguez Navarro de Quevedo que no tuvo muy buena relación con sus vecinos jesuitas de Santa Catalina, aunque terminó por venderles su establecimiento. Desde entonces, Candonga oscila entre el to be or not to be en la historia de los jesuitas, aunque está claro que tal ascendencia no figura en sus anales.


Reunión Cumbre

El golf de La Cumbre es otra cosa. También tiene 18 hoyos, pero qué 18 hoyos. Hacen ostentación de su historia entre lomas y árboles añosos, con su club house estilo inglés y su reputación de circuito ciertamente más desafiante. Su cancha es par 70, data de 1924, y entre sus profesionales figuran Javier Ansaldo, Juan Ceballos y Hugo Lezcano.

A pesar de sus años, el circuito de La Cumbre se mantiene alto en la estima de los cordobeses, cuyas bolsas y zapatos con clavos se ven cada vez más tentados por las nuevas canchas. Sin embargo, no es raro encontrar todavía a algún inglés de los originales, tomando su merecido gin tonic en el bar, post-hoyo 18. Los muchos socios del club se mezclan bien con los artesanos que, se sabe, abundan en la zona. El equilibrio le sienta al pueblo, se ufanan los locales, sorprendidos por la cantidad de porteños que han echado ancla últimamente. Antes de sacar turno en la cancha o dedicarse a los alfajores de Batelino -frente al Café de la Recova-, resulta ineludible una visita a La Urraca, el negocio de Susy Withrington que ama La Cumbre, así lenta y esquiva.

Julie ya ha acumulado peperina como para vivir a té hasta el fin de nuestros días, pero todavía se nos acercan las cordobesitas con sus profusos ramos.

Nos refugiamos en La Teodora. Allí está Ignacio Allende en su magnífica casa llena de chimeneas -todas encendidas- esperándonos para mostrarnos las novedades. El estanque sembrado con peces, los siete hoyos de golf, y el desmonte de uno de los cerros más altos de la estancia, donde planea hacerse una casa cuyas virtudes -entre el extraordinario emplazamiento y la experiencia sublime de sus "hogares" anteriores-, están a la vista aunque todavía no haya nada. Basta con dar un vistazo a las cinco "cabañitas" como él las llama. En todas entra el sol del atardecer por las ventanas y dan ganas de tomar una taza de la alacena, prepararse un café y plantarse con un firme aquí me quedo. Pero seguimos. Hay pileta, caballos, horno de barro, libros y tiempo para no hacer nada. Para quienes creen ser la antonimia de la quietud, en el pueblo funciona una escuela de parapente y otra de equitación. En los alrededores se ubican fácilmente las fábricas de chocolates, de esencia de lavanda y a los productores de frambuesas. Ni qué decir de los artesanos que se concentran en el camino homónimo. Un vistazo provechoso es el que puede hacerse en La Esquina y El Manzano. Mucho más rico es un alto en Los Jardines de Yaya. Vaya sin hambre o su silueta lo lamentará. Aunque lo lamentará de todos modos.


Gracia y Altura

Alta Gracia es la cumbre de la civilización. Desde los jesuitas hasta el Che Guevara, pasando por el virrey Liniers y Manuel de Falla, los habitantes célebremente graciosos se multiplican en la villa. Además de los museos, el club Hípico, el autódromo Oscar Cabalén, el Río Anizacate, Alta Gracia tiene también su golf club. Son nueve hoyos, par 72, que los locales suelen alternar con el golf de Villa Allende -quizás el mejor reputado de la zona- y el flamante Las Delicias, una escala que todo golfista debería hacer en el camino de regreso hacia Córdoba ciudad.

Aficionados extremos, principiantes y profesionales pueden hacer práctica intensiva de swings en El Potrerillo de Larreta. Allí el verde se prolonga, a un paso de la ciudad. Y Julie sigue disparando tantas fotos como golpes se dan desde la altísima barranca hacia el dique. Así están las cosas en la estancia de Ignacio Zuberbuhler, Cynthia Eamshaw y sus hijos, donde el golf -una pasión familiar que ya tiene tres hoyos- crece con el proyecto de hacer nueve y luego 18.

El Potrerillo fue una parcela de la estancia jesuítica Alta Gracia, que el escritor y diplomático Enrique Larreta, abuelo de Ignacio, adquirió en 1918. Luego hizo construir la casa estilo colonial, con su fachada y portal idénticos a la cara frontal del convento de San Bernardo en Salta. En su interior, los cuadros de arte sacro del Alto Perú y muebles virreinales del comedor son un condimento fundamental de los deliciosos platos, cuya sazón final son las copiosas historias de Cynthia e Ignacio. Incluyen desde la ocasional visita de unas misteriosas aves que se posaron durante semanas en el mismo lugar, hasta la aventura de un puma feroz que osó rondar la estancia por meses y meses. El muy valiente rezuma su coraje embalsamado desde hace décadas. Mientras en Córdoba el golf y el monte reverdecen.


 



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