Revista LUGARES Nro. 43
Pág. 44 - 53
Por: Julia Caprara
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
IBERA

En el Aeropuerto de Posadas, Elsa Güiraldes -nuestra anfitriona- nos esperaba para llevamos hacia Carlos Pellegrini, una diminuta colonia al pie de los esteros donde la civilización apenas asoma. Sin restaurantes, ni hoteles, ni estaciones de servicio. Cruzamos la provincia de Corrientes por su extremo norte.
Nuestra guía fue la ruta 40. Durante el viaje traté de acertar el reto de mi amiga María Esteves - correntina de ley- cuando en Buenos Aires, antes de salir, me tiró el enigma del payé. Creo que lo adiviné enseguida. Corrientes tiene payé, "embrujo". Al transitarla cautiva en su multiplicidad de selva, litoral y llanura. Engaña y asombra. Nunca es igual, tiene tantos paisajes diferentes, ríos y arroyos, que la hacen jugosa y rica como una naranja.

Los Esteros del Iberá, unas de las áreas biológicas más importantes y protegidas del país, ocupan casi un tercio de la provincia de Corrientes. Su biodiversidad es estudiada en ámbitos científicos internacionales. Esta exclusiva con el mundo se debe a la característica depresión geológica que abarca más de un millón de hectáreas, y forma un enorme sistema de humedales con gran variedad de especies vegetales y animales. Declarada Reserva Natural por el gobierno correntino en abril de 1983, el Iberá cruza en diagonal la provincia, desde el nordeste hacia el sudeste.
Hasta ahora los estudiosos no se ponen de acuerdo con el origen de esas aguas, en su mayoría de origen pluvial, ya que el clima subtropical -cálido y lluvioso- alimenta los cauces. Sólo se sabe que nacen cerca del río Paraná y concluyen en el río Corriente, su desagüe natural.
Un conjunto de riachos laberínticos, esteros, lagunas y embalsados forman el inmenso desierto verde. Durante años, la actividad fundamental fue la caza furtiva de animales silvestres y la venta de sus pieles. De esta manera desapareció parte de sus habitantes: lobitos de río, nutrias, carpinchos, yacarés y boas, sin llegar a extinguirse. El gobierno provincial cambió las reglas. Los cazadores se convirtieron en guardafaunas y en esa comunión del bien y del mal, se trató de preservar el reinó.
-¿Cómo le va doña?
-¡Bien, gracia nomá!

Doña Isabel Verón tiene 89 años. Nació y vivió siempre a orillas de los esteros, a pocos kilómetros de Colonia Pellegrini. Tiene la piel curtida y una población dental escasa, síntoma cultural del abandono. Entre preguntas recuerda sus pocas visitas a los territorios de agua, la sorpresa al ver el tamaño de los zapallos sembrados en los embalsados, y la fertilidad del suelo. "Cualquier semilla que ponía, crecía", dice.
Como la mayoría de sus vecinos, ella conserva la certeza de ruidos extraños, luces lejanas y fenómenos inexplicables. Apariciones y creencias forman parte del folclore esterero que adora a santos profanos como San la Muerte, un pequeño esqueleto de pie con una guadaña que mide entre tres y cuatro centímetros, y Santa Liberada, que ampara a los prófugos de la justicia. Cortos de palabras, los paisanos tienen su propio lenguaje, insondable y concreto. Ellos hablan por sus ojos de emociones, asombro e ignorancia.

Elsa Güiraldes es dueña de la Posada de La Laguna, ubicada dentro de la Reserva, en Colonia Pellegrini, un lugar que alguna vez pretendió ser colonia de gringos. "En 1923 el entonces Gobernador de Corrientes, Don Juan Ramón Vidal donó y fundó ese sitio al cual nunca llegaron los deseados habitantes de lengua extranjera que, supuestamente, harían de la región un lugar próspero...", afirma. Esta mujer, tan gaucha como su apellido, dice que llegó "por magia" y se enamoró del lugar. Levantó la posada, hace casi dos años, contra viento y marea, muy segura de su sueño.
La arquitectura de la casa es austera y las paredes están pintadas de blanco. En el comedor principal hay grandes ventanales y pisos tarugados. Mesas y sillas miran hacia el espeso horizonte a la hora de las comidas. Una serie de cuartos pulcros, con camas mullidas y sus colchas de géneros portugueses. Hay pinturas de Elsa en las paredes; flores, pájaros, hombres y mujeres surgen de los pasteles y las acuarelas, testigos impávidos de un mundo natural que se pliega de silencios y voces animales en las horas del descanso.
En ese ambiente, Federico y yo fuimos espectadores de tormentas, lunas gigantes y amaneceres gloriosos durante los días de nuestra crónica. Partimos hacia las lagunas. Navegamos durante horas por la laguna Iberá -una de las 60 que conforman este sistema- hasta fondear en las costas. La mayoría está constituida por una abundante vegetación acuática llamada embalsado, que origina el entramado de tallos, hojas y raíces de numerosas especies en forma de islotes flotantes, cuyos movimientos son dirigidos por el viento y las corrientes.

Como chicos alucinados con un juguete nuevo, nos bajamos del bote, y no bien pusimos pie en tierra, brincamos sobre la superficie verde para comprobar cuán mullida puede ser una isla. Descubrimos carpinchos -el mayor roedor viviente- entre los arbustos y estuvimos muy cerca de un gran yacaré. Este animal, que habita las zonas lacustres o los cursos de agua, suele medir más de dos metros y pesar hasta 60 kilos; convive con lobitos de río, nutrias y boas de agua o curiyú. Es el ejemplar de boa más grande de la Argentina; tiene una dentadura maciza y no es venenosa, pero sí constrictora: retiene con la boca a las presas mientras las envuelve con su cuerpo robusto y musculoso hasta afixiarlas para después engullirlas. Los ejemplares adultos llegan a los tres metros de longitud.
Dentro de los esteros-depósitos de agua quieta cubiertos por una gran cantidad de plantas acuáticas con pajonales en los bordes- ubicamos al autóctono aguará guazú o lobo de crin, con membranas en los pies. Verlo es casi un milagro. Carnívoro hasta la médula, tiene una particularidad al caminar: hace avanzar al mismo tiempo las patas de cada lado del cuerpo.
También hay gran cantidad de aves como flamencos, chajás, cigüeñas. Inesperadamente nos metimos en un garzal y pudimos observar los nidos con los peculiares huevos celestes que ponen las garzas. Tan escondidos estaban que costó encontrarlos. Es una manera de protegerlos de los depredadores, entre ellos jotes y caranchos. Las zancudas se ubican estratégicamente hasta que los pichones aprenden a volar y después todos abandonan el lugar en busca de otro domicilio.
En el agua del Iberá también se puede practicar buceo (LUGARES 31) y hay festín para los amantes de la pesca; dorado, surubí, patí, boga, sábalo y gran variedad de otros peces nadan a sus anchas.
Al igual que las acuarelas de Elsa, los irupés, camalotes, lentejas, repollitos de agua, lirios y jacintos, junto a los pajonales y yuyales de los embalsados, colorean el paisaje. Árboles no faltan. Sobre las islas hay ombués, jacarandás, lapachos, ceibos y sauces, que crecen junto a las palmeras yatay, pindó y caranday.
Agua y tierra forman parte de un mundo abundante. Antiguamente llegaron los jesuítas para evangelizar a los indígenas y bautizaron a los esteros Laguna de Santa Ana. Años más tarde, cuando pasaron a llamarse Iberá, fueron cobijo para prófugos de la ley. Hoy son una esperanza de la naturaleza.
Tierra remota donde todo parece tan fértil y a la vez tan hostil. Allí las niñas son madres tempranas y la consanguinidad es un río que fluye sin control. El instinto maneja la vida y la hace tan salvaje como al estero mismo.