Revista LUGARES Nro. 75
Pág. 38 - 43
Texto y Fotos: Julia Caprara
REVISTA LUGARES
IGUAZU INTREPIDO
La pregunta del millón es qué habrá dicho Alvar Núñez Cabeza de Vaca al descubrir este territorio inquieto, abierto de lado a lado por la fuerza del río, que nace en la Serra do Mar y cae abruptamente en la Garganta del Diablo. Si el fenómeno es difícil de entender aún in situ y sabiendo de él, vaya uno a imaginarse lo que habrá sido que lo tome por sorpresa, cuando no había maquetas. Recién después de verla, entendí cómo es la herradura que se abre en dos -el lado brasileño y el argentinoy forma entre 160 y 270 saltos, según el caudal del río.
Y todavía me cuesta creer que arrojando un corcho al vacío en ese descontrol violento de aguas termine apareciendo en la calma anchura del Río de la Plata, después de pasar por el Paraná. Pero bueno, así son las cosas y para preservar ese salvaje estado es que el Parque Nacional Iguazú fue declarado Patrimonio Natural de la Humanidad en 1984. Abarca casi 70 mil hectáreas y alberga a unas dos mil especies de plantas, 450 de aves y 80 de mamíferos. Es, junto con el Nahuel Huapi, uno de los Parques más visitados del país y con el trencito y las pasarelas concluidas, esperan que el público crezca todavía más.
Cataratas de Lujo
Una hora y media de avión es la medida exacta para toparse con la cálida temperatura subtropical y los verdores de la selva. Creo que yo era el único miembro del staff de la revista que todavía no había tenido la feliz experiencia -lo comprobé por fin- de vivir en el Sheraton, el único hotel con "cataratas privadas". Mis visitas anteriores habían sido con base en Puerto Iguazú, donde las ofertas son más económicas, pero obligan a recorrer diariamente los 18 km de la ciudad al Parque. Nada que un auto o un remise no solucionen. Pero esto es otra cosa. Está confirmado.
Con Sheraton, el Hotel Internacional -como se lo inauguró en 1978 en la época del Mundial-, no cambió sólo de nombre: totalmente remodelado, la inversión está a la vista. Y aunque conserva su estructura'70 original, ganó con la nueva decoración. Maderas claras, muebles y lámparas de hierro, géneros mórbidos y coloridos actualizan su look tropical.
Qué placer tener la exclusividad de la "nube" -millones de gotas en suspensión que nunca dejan los saltos-, mientras el atardecer enrojece la pileta y la charla se prolonga con ese panorama en la terraza. Ni hablar de las noches de luna llena. "Mamá, ¿las cataratas son a motor?" pregunta un pequeño vecino del otro lado de mi balcón. Desde allí, la idea no es tan descabellada. Ese sonido que no cesa alienta la teoría de un verdadero motor natural.
Mariposas multicolores, algunos coatíes -abundan del lado brasileño-, tucanes que acosan a los boyeros, garzas en pleno baño sobre el río, pumas noctámbulos, urracas (más lindas de lo esperado) y un centenar de vencejos -símbolo del parque- son parte de la fauna vernácula. El jaguareté es la figurita más difícil.
Y entre las plantas, los helechos que parecen plaga son la envidia y exaltación de las amas de casa: "¡Qué hermosura, a mí se me ponen amarillos!". Sus hojas serrucho envuelven la enmarañada trama vegetal junto a las orquídeas, prendidas de los palos rosados y la sombra de lapachos. Inciensos y petiribís ayudan a refrescar aún más la marcha.
Al hotel se regresa caminando, empapado, ya sea por las olas de la Aventura Náutica (la excursión a los saltos en gomones semirrígidos) o por el "spray" -como llaman los locálés al rocío provocado por las rompientes- de los circuitos de pasarelas. Son tres -superior, inferior y San Martín- todas de metal desplegado (tramado con "agujeritos") que permite ver, por un lado, que pase la luz y haya vida debajo, por otro, y que en caso de grandes crecidas -como las que se llevaron las pasarelas de la Garganta del Diablo en dos ocasiones- el agua fluya y sea más difícil que las arrastre.
Es hora de tomar un baño, antes de entregarse a las bondades de la mesa, muy cuidada por el chef Octavio Chazarreta. No se vaya sin probar el surubí envuelto en hojas de plátano, las flores de palmitos y el helado de mango.
Refugio en la Selva
Desde hace un tiempo, unos amigos misioneros me venían halando del nuevo lodge metido en la selva y siempre por hache o por be, mi visita se postergaba. Realmente me llevé un sorpresa y entendí el por qué de su urgencia: hay que conocer la reserva de Yacutinga.
Para llegar, recorrimos 45 km en un camión todo terreno, tipo safari, con el que atravesamos el Parque Nacional Iguazú. Un trayecto a velocidad media con dos constantes: el sinfín de vegetación que supera los 20 metros de altura se enreda con las lianas y hasta tapa los rayos del sol, y las explicaciones del guía, que de a ratos se me hacían murmullo, ya que la selva tiene sus propias voces y dan ganas de oírla. Así nos detuvimos en Bahía La Blanquita, para navegar el Río Iguazú Superior hasta el puerto del lodge.
Son 570 hectáreas, de las cuales sólo cuatro están dedicadas a la hotelería. Se trata en realidad de un refugio de vida silvestre.
"Abrimos con el milenio y de a poco nos hemos ido complementando con la propuesta de cataratas: esto surgió porque faltaba un hotel que permitiera vivir y conocer la selva, protegiéndola. Somos una reserva ambiental en conjunto con la Fundación Vida Silvestre, para promover el turismo sustentable", nos relató Charlie Sandoval, amo y señor del lodge que cumplió con su sueño de comulgar naturaleza y arquitectura.
La recepción se alza en medio de un bosque de palmitos, que rodea también al restaurante, el bar y el lobby. Una serie de cabañas asoma desde un caminito en bajada, que por las noches se ilumina con antorchas.
Los cuartos son sencillos, muy cómodos, construidos y decorados con materiales de lugar. Tienen agua caliente y unos pequeños halls íntimos con mosquiteros por donde entra el canto de chicharras, ranas y otros animales que no pude identificar, provocando un cierto efecto de música funcional que acuna el sueño nocturno.
El programa es ideal para tres días: hay que levantarse bien temprano, entre las 5 y las 6 de la mañana, salir a espiar las aves desde el río San Francisco en un gomón a remo, visitar las áreas especiales en donde se trata de recuperar la selva y sus animales, y el vivero con 14 mil especies nativas.
Un chapuzón en la pileta, comida típica y las leyendas que surgen en los fogones -como la del "Pombero", que embaraza a las mujeres por la noches, disfrazado de duende hacen que uno se meta en otro mundo, mucho más lejano de lo que uno piensa, a casi dos horas de avión desde Buenos Aires.