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Revista LUGARES Nro. 90
Pág. 71 - 73
Por: Cristina Viturro
REVISTA LUGARES
ISLA LA SISTINA
Conviene ir por partes. Alojarse en la estancia, primero implica cubrir los 524 km que separan Buenos Aires de Guaminí, y seguir hasta la laguna. Después hay que esperar a que lo vayan a buscar, ya que a la propiedad sólo se accede por agua. Pero para llegar al punto de embarque, es preciso atravesar el pueblo de Guaminí, lugar en el que comienzan los hallazgos.
A la entrada misma, a mano izquierda, se ve el edificio abandonado, pero aún entero, del Matadero Municipal, una obra de Francisco Salamone, el ingeniero que, bajo la administración del Gobernador Fresco, pobló de monumentales construcciones art déco esa zona de la provincia, en la década del `30. Al Matadero le sigue la Municipalidad, otro Salamone original, con una torre de barco mercante que se divisa a kilómetros a la redonda: Enfrente, la pequeña y encantadora iglesia de Guaminí y en la calle lateral, un cine de pueblo que hubiera conquistado a Ettore Scola.
Hechos los honores del caso, se sigue por la calle principal en dirección a la laguna, rumbo al lugar donde una prolija cerca verde y una no menos prolija manga, indican el sitio del embarcadero para ir a la estancia.
¿Por qué se llamará La Sistina? El origen hay que buscarlo en la calle homónima de Roma, ciudad donde vivió la condesa Maria Eugenia Wenckheim, propietaria original de la isla. Ella hizo construir la casa, la decoró y vivió allí un tiempo. Más tarde vendió este reino privado al holding Salentein, que se ocupó de habilitarla para el turismo.
Julio James, el encargado, es quien recibe a los huéspedes; es un guía todo terreno de inalterable buen humor y que conoce a fondo la isla y sus habitantes. No bien uno atraca en La Sistina empiezan las sorpresas: por el parque inmenso que da a la laguna, con el fondo de los gritos de los teros reales, corretean las liebres, se escapan las perdices, y a toda velocidad, va de un lado a otro una pequeña comunidad de ñandúes.
Una primera excursión a bordo de un carruaje -construido por los menonitas que habitan las colonias de La Pampa- lleva al visitante al lugar donde pasta un rebaño de Aberdeen Angus. Al paso del vehículo, no sólo se reiteran las figuras huidizas de liebres y perdices coloradas, de entre las matas de paja vizcachera sale de repente un revuelo de faisanes. El mismo recorrido se puede hacer a caballo.
No faltan ni los guanacos, y tan acostumbrados están a la presencia de seres humanos, que los huéspedes se les acercan sin problemas. Julio explica que están en trámite de instalar un criadero de esos animales con idea de aprovechar el pelo.
En la playa, del otro lado de la isla, suele merodear una bandada de flamencos.
Aunque es raro verlos en otros sitios, aquí abundan los elegantes teros reales, de plumaje blanco y negro y de gran tamaño. A esta abundancia de fauna también contribuyen los muchos antílopes que viven en la estancia: son alrededor de 600 y se los ve correr, a la distancia (cuando saltan parecen suspendidos en el aire); a veces se puede observar una pelea de dos machos a cornada lirnpia: Algunos ciervos tampoco faltan, y hasta ovejas, ` entre las que destaca un pequeño rebaño de escocesas de cara negra, variedad poco frecuente.
Generosa en escenas de vida silvestre, La Sistina es ideal para el avistaje de aves y los safaris fotográficos, amén de poder observar las tareas propias del campo: en estos dos aspectos, que conviven sin confundirse, reside el gran encanto de esta estancia. Un campo de avena tan vívidamente verde que sorprende, un arreo de vacas, un guanaco hembra que hasta nombre propio tiene, antílopes que miran con curiosidad desde una loma, una nutria que parece estar dándose un baño fuera del agua, el paseo de una mara -liebre patagónica- por las inmediaciones de la casa...
Las 600 hectáreas de la propiedad funcionan también como un coto de caza, pero la filosofía de la casa es no mezclar grupos de cazadores con quienes llegan sólo en plan turístico. Hasta es posible pescar pejerreyes, pero éstos no son de gran tamaño debido al alto contenido de minerales de la laguna, característica que ademas influye en el agua de la casa: no se puede beber y tiene un olor un tanto particular.
La casa es amplia y muy cómoda. Los ambientes son cálidos, en sentido literal, y tambiém por su decoración. Dos de las habitaciones, dobles, tienen baño privado; el resto, lo comparte. Las de cama matrimonial dan al parque del frente y a la pileta. La cocina de la casa es sencilla y excelente; la atención sólo merece elogios.
El living es un enorme espacio decorado con sobriedad; tiene amplios ventanales que dan al parque y a la laguna. A lo lejos se divisa la ciudad, en la otra orilla. Como el puente de un barco quieto, la torre de la Municipalidad se destaca, sola, en el horizonte chato de la población.
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