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JESUITAS MEDITERRANEOS


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Revista LUGARES Nro. 37
Pág. 46- 52
Por: Soledad Gil

REVISTA LUGARES

JESUITAS MEDITERRANEOS


Hacer completa la ruta jesuítica es como dar la vuelta al mundo. Y no una, sino varias veces. Seguir los pasos de la orden creada por San Ignacio de Loyola significaría ir tras la larga huella de la Compañía, su crecimiento, su expansión y sus múltiples expulsiones, su abolición y su regreso. Imposible hacerlo en una vida: resumir en un ratito las experiencias de cinco siglos.

En Córdoba, no obstante, hay un circuito posible y una historia que va por dentro, como los túneles que acusa conocer Sarmiento en sus Recuerdos de Provincia, que unían Alta Gracia con la capital. O los que van de Jesús María a Santa Catalina, según se rumorea aún hoy ante las pequeñas puertitas de las grandes iglesias.

El recorrido tiene varias versiones. Uno, el completo, llega hasta La Candelaria y Alta Gracia; el intermedio se detiene en el circuito jesuítico de Córdoba ciudad -con la Universidad, el Colegio Montserrat y la Compañía de Jesús incluidosy el más resumido pasa en escasos 30 km

por las fundamentales iglesias de Santa Catalina y San Isidro, la posta de Sinsacate y la Casa de Caroya.

Se trata sólo de una porción del gran imperio de la Orden de Jesús, que abarcó a los territorios de Paraguay, Bolivia y Argentina -la otra área significativa está en Misionesy supo reproducirse como los panes. Desde su llegada en 1585, los jesuitas multiplicaron sus prédicas por leguas y varas castellanas. Evangelizaron y educaron a indios y a negros. No les faltó nada. Eximidos por la Corona española de pagar impuestos, llegaron a tener millares de animales, viñas, cereales, nogales, industria. Hasta que un buen día, su suerte cambió. La Real Pragmática de Carlos III los desalojó de la región en 1767 y el Papa Clemente XIV abolió la Compañía en 1773. Pero esa no fue la última palabra. Reinventando el dicho, ellos volvieron a nuestro país cuando Rosas los llamó. Y aquí no ha pasado nada. Salvo que la Junta de Temporalidades había decidido sobre sus propiedades y así fue como los imponentes templos jesuíticos pasaron sucesivamente a manos de los franciscanos, de particulares, de gobernantes públicos y museos nacionales.


La docta

Todo empezó en Córdoba, la ciudad fundada por Cabrera en 1573. Hasta allí fueron los jesuitas a fundar su primera iglesia, llamada como la Orden misma: Compañía de Jesús. Está en la esquina de las calles Trejo y Sanabria y Caseros y es el monumento eclesiástico más antiguo del país. Imperdible el techo de madera, realizado sin clavo alguno, pintado y dorado por los indios. Y también la Capilla Doméstica -en Caseros 145- con el mismo tipo de techo y un retablo extraordinario, con dos puertas a los costados que conducían a la ermita del 1500. La iglesia, costeada con los bienes del jesuita Manuel Cabrera, nieto del ilustre fundador, fue consagrada en 1671. En su construcción participaron el hermano Lemer, fray Gabriel de Guillestegui, el hermano Kraus y los célebres Blanqui y Prímoli, el dúo dinámico -muy dinámico- de la arquitectura jesuítica cordobesa.

Los diseños de Kraus y de Blanqui fueron los que compitieron a la hora de dar vida al colegio Monserrat, sucesor del antiguo Colegio Real y Seminario Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat. El edificio original, levantado según los planos de Kraus, estuvo hasta 1782 en la manzana comprendida por las calles Trejo y Sanabria, Caseros, Vélez Sarsfield y 27 de abril. Desde entonces ocupa su ubicación actual en Duarte y Quirós y Obispo Trejo. Los jesuitas dirigieron su rumbo durante 80 años y un mes después de su expulsión quedó en manos de los franciscanos. Fue provincializado en 1820 y nacionalizado en 1854. Dejó de ser convictorio y de albergar a sus estudiantes, por lo tanto, en 1878 y volvió a formar parte de la Universidad en 1924. Así, los años se han sucedido en él con la velocidad de los siglos. Leopoldo Lugones y Joaquín V González recitaron de memoria en sus aulas. Su nombre ha crecido, impertérrito, sin ser sacudido más que por la reciente polémica de incluir o no jovencitas con minifalda, a un tris del próximo milenio.

En la esquina de Rivera Indarte y Av. Colón está la Cripta del Colegio del Noviciado. También diseñada y construida por el hermano Kraus en el siglo XVIII, es en realidad una iglesia subterránea que pudo usarse o no como enterratorio. Entre 1720 y1740 el noviciado fue trasladado y el edificio se destinó a Casa de Ejercicios de Hombres, función que se prolongó hasta 1767.

La Universidad, por su parte, en calle Trejo 242, ocupa el mismo lugar en el que se instalaron los jesuitas en 1599 y donde fundaron el Colegio Máximo en 1610. La Orden llegó a dirigirla durante 154 años hasta su expulsión, cuando también se hicieron cargo los franciscanos. Desde el 1800 y a través de la cédula de Carlos IV, la Universidad de San Carlos y de Nuestra Señora de Montserrat quedó bajo la administración del Clero Secular de Córdoba y fue su rector el Deán de la Catedral, Dr. Gregorio Funes. Al igual que el Colegio, fue nacionalizada durante el gobierno de Urquiza en 1854.


En ruta

Fuera del circuito urbano, la primera escala es a 48 kilómetros de Córdoba. La Estancia de Caroya, en el pueblo que hoy lleva ese nombre, fue adjudicada por la Compañía para costear los gastos del Colegio Monserrat. Sus construcciones son de dos épocas distintas: la capilla -despojada de todo boato pero no de espiritualidad- data del siglo XVII mientras que el gran patio y los cuartos parecen ser del siglo siguiente. Sin embargo, la Casa de Caroya es en realidad conocida por ser la primera fábrica de armas blancas de nuestro país.

Funcionó como tal sólo durante unos meses de 1815, cuando se forjaron las puntas de las bayonetas del Ejército del Norte. En sus instalaciones se alojaron varias veces San Martín y Belgrano, cuando aún no había allí ni museos, ni pavimento, ni plácidos circuitos. Bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda, la Casa fue el primer techo que tuvieron los inmigrantes friulanos al bajar del Ferrocarril Central que unía Córdoba con Tucumán.

La siguiente parada es nada menos que el Museo Jesuítico Nacional. Perteneció a la estancia de San Isidro, a la vera del camino de postas al Alto Perú. Se llega atravesando el pueblo de Jesús María, apenas después de la sede del Festival Nacional de la Doma y el Folklore. Nació en 1576 con el nombre de Guanusacate, al repartir el fundador de Córdoba las tierras vecinas entre quienes lo acompañaron en la hazaña. Guanusacate quedó en manos de Pedro de Deza y Alonso de la Cámara, quien adquirió la parte de su socio.

La hizo crecer hasta que se la vendió al Alférez Real Gaspar de Quevedo. En 1618, el provincial de la Compañía Pedro de Oñate la adquirió para la Orden. De sus vides fue el primer "lagrimilla", suave versión americana del vino de misa, que se sirvió en la mesa de los reyes de España. Algunos de los elementos utilizados en la elaboración del vino son parte de las 10.092 piezas que se conservan en el museo actual, entre las que se destaca el San Isidro Labrador -a quien está advocada la iglesia-, patrono de las vides y sementeras. La capilla barroca colonial es probablemente una obra más de los arquitectos dilectos de la Compañía en el Río de la Plata, Andrés Blanqui y Juan Bautista Prímoli.


Un alto en Sinsacate

A unos 4 kilómetros de allí, en el camino hacia Santiago del Estero o antigua ruta a Potosí, está la Posta de Sing Parece casi un hijo huérfano comparada con sus hermanas vecinas. Se sabe que perteneció a los jesuitas, aunque posiblemente haya sido un puesto 0 dependencia de la estancia de Jesús María. Su fama, sin embargo, es también ajena a la orden y más bien un poco trágica. En realidad, cobró importancia por haber sido el lugar donde velaron a Quiroga después del crimen de Barranca Yaco y su tumba provisional. A decir verdad, no hay gran cosa que lo evoque. Pero para simbólicos, la visita vale.

Volviendo hacia atrás, sale de Jesús María una ruta de tierra que desemboca tras unos 20 kilómetros en las magníficas puertas de Santa Catalina. El frente de la iglesia ejerce un llamado magnético desde el camino. Es de cerca y por lejos, el templo más admirable del circuito. Santa Catalina fue el establecimiento más importante de la orden, y su grandeza va más allá de la arquitectura. Fue adquirido en 1774 por Francisco Antonio Díaz, alcalde ordinario de la ciudad de Córdoba, y aún hoy está en manos de sus descendientes. Poco a poco, las distintas ramas han dado forma a su herencia repartiéndose las habitaciones del claustro, generando no pocos comentarios, amigos y enemigos de la idea. No obstante, el templo y el bellísimo Cementerio de los Padres puede visitarse con sólo pedirle permiso a su cuidador Martín. A la salida, un agradable alto es el que ofrecen Sebastián Torti y Victoria Díaz -del Díaz aquel- en La Ranchería, con artesanías locales y picadas autóctonas irresistibles.


De abandonos y museos

Quienes quieran regresar convertidos en expertos, deben rumbear luego hacia La Candelaria. Es la más alejada y sin infraestructura, perdida en el departamento de Cruz del Eje, cerca de Los Gigantes. Lo estaba también en aquella época, cuando era una mezcla de lugar de recogimiento y fortaleza contra el ataque de los indios. Por eso mismo su altar es de mampostería: una curiosidad útil pensada para evitar incendios. Si hacia allí va, no olvide una cesta de pic-nic y un auxilio extra en caso de que el mal estado del camino haga de las suyas.

El camino a Alta Gracia es mucho más sencillo. Una visita a su Museo es obligatoria para apreciar cómo ciertas reducciones supieron convertirse en verdaderos pueblos. La estancia perteneció a los jesuitas desde 1643, cuando Alonso Nieto de Herrera la hizo parte de su donación al ingresar a la orden, hasta el momento de la expulsión. En 1773, fue adquirida en remate por José Rodríguez y se mantuvo en manos de su familia hasta 1810. Fue el año en que la compró el ex virrey Santiago de Liniers. Vivió allí apenas unos meses, pues en agosto fue fusilado en Cabeza de Tigre. Sus herederos no pudieron conservar la propiedad más que unos años y acabó siendo adquirida por José Manuel Solares, quien dispuso por testamento su divisón y la donación a los "pobres de notoria honradez", por lo que se ganó el título de fundador de la villa de Alta Gracia. Gloriosamente mantenido, el convento es uno de los museos mejor presentados del país. Su vista de noche es casi tan valiosa como la visita diurna, sobre todo desde el tajamar, el pequeño embalse artificial que los jesuitas construyeron en 1659. Fue el primero de la provincia y todavía se conserva, reflejando en sus aguas la grandeza de un pasado que resiste a los embates.



 

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