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Revista LUGARES Nro. 91
Pág. 72 - 75
Por: Ana Schlimovich
REVISTA LUGARES
LA ALEGRIA
No sabíamos demasiado sobre el lugar, pero algunas historias me animaron a ir. Patricia y Marcelo Geier, dueños de La Alegría, me habían contado por teléfono algunas experiencias, casi, casi de explorador del siglo XIX. Tenía que conocerlo. La ruta 101 nos conduce desde Andresito hasta Bernardo de Irigoyen. Es un camino consolidado tan lento como atractivo y es obligación hacerlo de día. Luego, la ruta 17 nos lleva hasta la entrada de la estancia.
Antes de llegar a la casa pasamos por el salto que le dio el nombre a la propiedad y que les pertenece en exclusivo. Después, atravesamos un bosque tupido y al final llegamos a un claro; en lo alto está la casa. Encontramos araucarias nativas con las copas igualitas a un candelabro hebreo; son la versión subtropical de sus hermanas patagónicas.
La estancia tiene 30 mil hectáreas dedicadas a la producción forestal, pero queda mucha selva autóctona por donde corren varios ríos y arroyos.
El lodge se armó con el empeño y la perseverancia de Patricia. Durante meses fue y vino por los caminos de barro colorado hasta trasformar el antiguo puesto en la casa principal. Además, construyeron dos cabañas; una responde al modelo tradicional y la otra se diseñó como un loft.
La Alegría cierra para el que llega, aún cuando se trate de una sola persona. Es el sueño del viajero: llegar a un destino exclusivo y que sea sólo para él. Puede andar a caballo, caminar por los senderos o recorrerlos en cuatriciclo, quedarse una tarde entera en las cascadas, y jamás encontrará otro pasajero.
Marcelo sabe improvisar un driving range para los fanáticos del golf y organiza jornadas de rappel para los que están ávidos de adrenalina. Otra alternativa es subirse a la mountain bike y probar la selva a puro pedal.
Nosotras iniciamos la mañana con una propuesta tentadora: una travesía en cuatriciclo por la estancia. Primero partimos hacia Tres Saltos. Cruzamos un bosque de araucarias y eucaliptos; también hay duraznos silvestres: es un misterio como llegaron hasta allí. El matrimonio Geier encontró las tres cascadas en 1999 con la ayuda Amaral, un lugareño que es su mano derecha.
Pero la mejor historia la escucho más tarde en el Salto La Hermosura.
En 1946, Friederik Ian y su esposa partieron desde El Dorado a lomo de mula y pasaron un mes en la selva. El hombre conservaba de aquellos años unas fotos en blanco y negro con un salto maravilloso; nunca más había podido regresar. La anécdota llegó a oídos de los Geier y desde entonces encontrar el sitio se convirtió en una obsesión. Durante seis meses deambularon por el monte. Una y otra vez regresaban con la desilusión a cuestas. Finalmente rastrearon la zona con avioneta y, GPS en mano, dieron con él. Llegar por tierra era otro cantar, pero abrieron picadas a machete y lo consiguieron. Cuando por fin vemos la caída de agua, comprendemos tanto empeño. Debajo se forma una piscina natural para nadar rodeado de una densa vegetación. Seguimos río arriba y pasamos un buen tiempo curioseando las orquídeas de todo tipo y color; más lejos descubrimos unos helechos arborescentes enormes que deben tener más de cien años.
Reserva Piñalito
Desde La Alegría vamos a visitar a Abel Gerber, guadaparques de la reserva Piñalito. No le queda más combustible para mantener a raya la maleza, pero insiste cada día con su colección de machetes. Hay mucho para ver en las cuatro mil hectáreas; nos decidimos por los bañados de altura que son una formación poco habitual en la provincia. El sitio es oscuro y húmedo: un bosque de árboles retorcidos, cubiertos de musgo y orquídeas diminutas. Generalmente, hay que caminar sobre unos cinco centímetros de agua, pero la falta de lluvia nos permite hacerlo sin botas. De regreso, Abel nos muestra la casa de un japonés que vivió aislado durante 20 años; lo encontraron cuando el lugar se transformó en reserva, y desde entonces el ermitaño se la pasa hablando de aviones, por eso intuyen que fue piloto en la II Guerra Mundial. Otros aseguran que huyó monte adentro para olvidar una pena de amor. Pero la verdadera razón sigue siendo una incógnita para todos.
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