Revista LUGARES Nro. 28
Pág. 44 - 49
Por: Julia Carara
Fotos: Néstor Paz
REVISTA LUGARES
LA CUMBRE
Abandonamos el ruido para internarnos en la paz de Cruz Crande y Cruz Chica, zona elegida por la comunidad británica y la high society como lugar permanente de veraneo en su época de oro. Se distinguen grandes mansiones como la de los Alzaga Unzué. Si usted puede, regálese una breve estadía en una de ellas, El Alcázar, propiedad a fines de siglo de unos nobles franceses, ahora está abierta a los turistas. Es fascinante dormir en la habitación del príncipe, equivalente a una suite presidencial: uno puede sentirse en otra época apoyando la cabeza en la almohada de una cama tallada finamente en ébano.
Después de estar en El Alcázar visitamos el Reydon Hotel. Roy y Sheila, sus dueños, mantienen la idea original de confort de la década del 20, época en que fue inaugurado. Con 2 hectáreas de parque, canchas de tenis y croquet, es un clásico elegido por muchos diplomáticos británicos atraidos por su estilo sobrio y elegante, según interpreta Sheila quien suele comunicarse con sus clientes en un inglés muy oxfordiano.
Bordeando la avenida Bartolomé Jaime surge como una aparición El Paraíso, la mítica casona colonial de Manucho Mujica Láinez. Un mar de árboles agitados por el viento permite entrever las torres de tejas rojas y un portón de hierro. Actualmente funciona como museo. Sólo el parque elaborado por el paisajista Carlos Thays merece ser visto. Ese diseño natural oficia de ingreso a una casa habitada por los cuadros de Soldi, Basaldúa y Raúl Russo, entre otras firmas. Un capítulo aparte es su planta superior, lugar en que se muestran los objetos más queridos del escritor: boinas, bastones, lapiceras, su monóculo, su sombrero inglés y el anillo de escarabajo.
Con una fuerte impresión estética en el alma seguimos nuestro camino. Más adelante estaría el premio gastronómico. El Ahumadero de La Cumbre tiene a un creador -químico gourmet- como dueño: Alby Diner. Alby nos confesó que primero intentó hacer morcillas en la lejana Transilvania, pero al final terminó en Punilla preparando hongos, truchas, quesos, huevos y codornices. Nosotros agradecidos por su cambio de destino.
Al día siguiente, entusiasmados con la idea de volar en parapente fuimos hacia Cuchi Corral, pero el viento no nos ayudó, de modo que a cambio nos conformamos haciendo un picnic en el famoso mirador que sirve de pista de lanzamiento a los intrépidos que practican este deporte. Me emocionó pensar que en la estancia del Cuchi Corral estarían enterrados los tesoros jesuíticos luego de que la orden fuera expulsada de América. Es una maravilla dominar todo el valle desde este espacio ingrávido de Punilla, es como tener una sillita en el cielo y mirar desde las alturas los cuadrados bien delimitados de los plantíos, el Río Pinto, y las alfombras en verde que forman la variada vegetación de talas, nogales, espinillos, chañares y molles.

A bordo nuevamente de nuestro móvil rumbeamos hacia el dique La Falda. El dique con siete cascadas de 15 metros de alto cada una se ha convertido en un camping municipal donde es posible hacer trekking por el bosque y subir hasta la sierra para tener una panorámica de la villa. Nos encantó llegarnos hasta el hotel Edén; hoy en decadencia es una muestra de la estética europea y esplendores pasados. Parece increíble pensar que en alguna de sus 100 habitaciones hayan dormido Albert Einstein, Rubén Darío, o las bailarinas del Follies Bergére de París..
Otro paseo imperdible: en el barrio residencial Villa Edén, un lugar de amplias casonas y árboles añejos, está el museo de los trenes en miniatura, creación de don Werner Dura, un genio alemán que inventó el primer auto eléctrico. Este hombre instaló en el living de su casa una maqueta enorme en la que se representa la historia y evolución del tren. Se exhibe desde el funicular hasta los trenes bala de última generación. Hace varios años ya, desde la muerte de don Wemer, que el museo lo regentea su hija Isabel, pero su pasión sigue viva en cada pieza, cada tornillito de las réplicas que él mismo hizo con sus manos. Como cierre del paseo se sugiere tomar un super té en Salzburgo; hay tortas maravillosa servidas por una niña vestida de tirolesa -a mí me vencieron la de chocolate y la de manzana- Es un programa ideal para hacer con los chicos.
Otro día entero se lo dedicamos a Villa Giardino. Siguiendo por la transitada ruta 38, tomando desde La Cumbre hacia el sur, son 9 kilómetros de trayecto. La Villa es de una prolijidad y una limpieza digna de una ciudad suiza: reciclan la basura, no tiran un papelito al piso, y todo está perfectamente en su lugar. Ugolino Giardino y su mujer, Juana Micono, sus fundadores, estarían orgullosos de ver los resultados de su iniciativa. Este matrimonio italiano le dio impulso al pueblo donando edificios como la maternidad, el correo, y la policía.
Si usted decide darse una vuelta por acá, no obvie un recorrido por las distintas capillitas que pueblan el lugar. El paseo religioso debería incluir: el campo Santo que data del siglo XVIII. Otro must: la capilla de Nuestra señora de la Merced (de 1770); se la encuentra al final de la avenida San Martín. Un detalle que nos asombró fueron dos imágenes de la virgen amorosamente atendidas por alguien que le teje ornamentos en crochet y le pinta a su alrededor nubes y soles estridentes en el más puro estilo naif. Sobre la izquierda del altar, se guardan las ofrendas que los fieles entregan por cada promesa cumplida.
Siendo el mediodía, dejamos la iglesia para acudir a un llamado en cierto modo menos espiritual. Estábamos invitado a almorzar en el hotel Altos de San Pedro, la estancia originaria de los Giardino: 1200 hectáreas de árboles de bellotas, robles y alcornoques. Un paraíso de paz donde nos colmaron de atenciones.
Después de una comida de reyes -descanso previo mediante- quisimos hacer un trekking hasta el Dique San Juan Bautista para acercarnos más a la naturaleza. Lo logramos: trepamos hasta el muro de contención del dique donde está la escultura del Santo, resultó una buena opción para saltar piedras, arroyos y esquivar espinillos. Esperamos a que bajara el sol para hacer la cabalgata hasta el casco de Fassi. En la pulpería del hotel nos ensillaron los caballos y anduvimos faldeando las pendientes entre cañadas y lomadas: uno tiene la sensación de estar abrazado entre montañas. A mi simpático alazán se le ocurrió lanzarse al galope mientras cruzábamos el pedregoso arroyito (terror).Por suerte no pasó de un susto; el atento baqueano que nos guiaba se adelantó para salvarme.
Aunque algo fatigados, seguimos al día siguiente nuestro raid por el camino de los artesanos, una aldea ecológica creada por un grupo de gente cansada de vivir en las grandes ciudades dominadas por el smog y el ruido. La aldea serpentea a lo largo de 12 kilómetros de un camino serrano, donde asoman como mojones pintorescas casitas y chacras. La verdad es que dan ganas de quedarse un tiempo en este lugar utópico donde la gente se duerme con la luna y se despierta con el canto de los gallos. Ellos tienen la idea de evitar la competencia entre productores y crear una economía en pequeña escala complementaria. Se hacen la ropa y adornos rústicos, dulces, licores, y alimentos orgánicos. Ojalá que les dure.
Revitalizados por el paisaje y tantas pequeñas historias para recordar, volvimos a nuestra base de operaciones en La Cumbre. Nos costó irnos. Estoy segura de que el encanto que irradia el lugar me va a acompañar durante años.