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LA LEOCADIA


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Revista LUGARES Nro. 75
Pág. 54 - 59
Por: Rosana Acquasanta
Fotos:Gustavo Castaing

REVISTA LUGARES

ESTANCIA LA LEOCADIA


La Leocadia Está en Bayauca, pueblo ignoto del departamento de Lincoln. Está tierra adentro sin vueltas, campo llano y soberano que acá nunca dejó de producir a lo grande. A esta estancia le sobran motivos para tentar a los viajeros de todas partes y ahora mismo les voy a contar por qué.

Los atrapa por ejemplo su historia, que está sustentada en la bravura de los malones y la terquedad de los que entonces llegaban a estas pampas para establecerse. La estancia, que supo ser de Belisario Roldán, se extendía más allá de la línea de frontera entre el territorio indígena y el del nuevo orden. Muy arriesgado.

Así que cuando el escritor argentino decidió venderla, don Juan Seré -un francés oriundo de Moncayol, en los Bajos Pirineos- no dejó escapar la ocasión de convertirse en estanciero. El hombre había llegado a Buenos Aires en 1850; puso pinturería, se casó con una coterránea -María Etcheverst- y después de prosperar en ese negocio e incursionar en el de las importaciones, compró La Leocadia en 1874, que así pasó a llamarse en honor de una hija suya.

Cecilia Seré volviendo de la huerta Fueron tiempos peliagudos en los que la gente se jugaba la vida a diario. La localidad más próxima a la estancia era Junín, a 60 km, y había que ir a caballo. Pero los Seré no arrugaron.

En el casco todavía se mantiene intacta la escalera que conecta la planta baja con el piso superior, desde donde repelían los ataques indios cuando el malonaje llegaba degollando. La escalera se hizo muy estrecha adrede, para que cupiera un solo hombre por vez, y además está disimulada. Cuando vaya, pida que se la muestren y trépela: le dará impresión.

Living Comedor en La Leocadia Hoy la estancia es un remanso bendito de paz y belleza rural. El recién llegado percibe de entrada la buena estirpe de esta propiedad exenta de lujos fatuos, sobrada sí en confort, buen trato e informalidad. Estos atributos hay que debérselos a Cecilia Seré, tataranieta de aquel espíritu emprendedor. Ella tomó las riendas de la propiedad en el '93, año en el que decidió instalarse definitivamente en el campo y abrió su casa al mundo. Acá dan ganas de quedarse no unos días sino meses, siempre.

No pesan los recuerdos y detalles de época que se conservan detrás de las gruesas paredes históricas, no hay pizca de nostalgia ni flotan aires de museo. A su alrededor transcurre la vida y esa atmósfera se respira con gratitud. Cecilia además es una excelente anfitriona y los visitantes, que jamás quedan librados a su suerte -si ella no está, no hay huéspedes, así de simple- terminan rendidos a sus pies. Sabe asistirlos sin agobiarlos porque, igual que los duendes de la buena suerte, siempre está nunca está.

La hora del té bajo un techo de Glicinas Después -atención débiles por la gourmandise- está el tema de la cocina, que acá es un capítulo en sí mismo. Sépalo de una vez por todas: en La Leocadia se come bárbaro. Y haga como hacen todos los que conocen las cualidades culinarias de Cecilia: entréguese, paladee sin culpa cuanto le ofrezca la dueña de casa porque de lo único que se arrepentirá es de haber dicho no a las tentaciones.

Disfrute del rito gourmet que con buen tiempo transcurre en ese patio generoso en sombras de enredaderas, el aljibe acá y el parque más allá. Total, le sobrarán horas para destrozar calorías caminando entre campos cultivados, andando a caballo, en bici, haciéndose varios largos de pileta, entregándose a los masajes de una experta masajista que Cecilia contrata si el huésped así lo desea. En La Leocadia se come carne de primera, faenada allí mismo; hortalizas que son un placer de frescura porque prácticamente todo proviene de la quinta; gallinas del gallinero que ponen huevos de yemas casi coloradas; cítricos que colman los árboles a pasos de la casa; chanchos de granjas cercanas...

Golf en Lincoln Sepa también que en Lincoln, a 14 km de la estancia, hay un club de golf que se recorta junto al Parque Municipal General San Martín y próximo a un barrio de casas paquetas. En diciembre pasado el golf linqueño cumplió 40 años desde su refundación, que aconteció en los terrenos de un vivero. Su arboleda, antigua y venerada, es hoy patrimonio intocable: no hay ejemplar que no se distinga con alguna historia que cada socio activo puede contar.

Habitación en La Leocadia De paso y si la pereza no lo atrapa demasiado, entre paseítos en sulky, lectura al aire libre, siestas de campeonato y escapadas a la laguna, arrímese al vecino pueblo de Bayauca. Es un paréntesis en el tiempo, una melancolía de esquinas dormidas por lo que alguna vez fue y nunca más será. Las casas centenarias reflejan un origen surgido con el esplendor agrícola de finales del XIX. Calles anchas, un olvido de ochavas de ladrillos a la vista, la iglesia, el yuyal de la plaza, una escuela, la estación a la que llega el tren de Buenos Aires dos veces por semana, la farmacia, y en la vereda de enfrente, el almacén, donde además funciona la antigua panadería.
Muebles Antiguos en La Leocadia Para hacer pan y facturas tienen una antigua y gigantesca máquina de hierro fundido, con brazos descomunales y largas correas que desde el techo giran vertiginosas moviendo un portento de engranajes. Cuando la máquina de amasar se pone en marcha, lo juro, la tierra toda se estremece.

El horno también se antoja desmesurado; una mega bóveda que aún cuando el fuego no la alimenta, jamás llega a enfriarse: mantiene constante sus 180 grados, como para hornear merengues in aeternum. Si los hicieran serían los más ricos y perfectos del mundo. Lástima que a los parroquianos les atacó la comodidad del pan facilón que llega de Lincoln desdeñando la calidad de esas galletas de campo, del pan con gusto a pan. Lo lamentarán el día que la maquinaria se acalle para siempre. Entonces será demasiado tarde.

Paisanos en Bayauca Cumplió 107 años Bayauca, voz de origen indígena que quiere decir yegua blanca, según parece. No hay un solo cartel en la entrada de ningún negocio, ni en lo que fuera la vieja pulpería, hoy bar sin nombre pero con tele. Ahí se distraen los lugareños, la mirada en otra dimensión y la caña en la mano. Todo lo que hay para ver se desparrama a uno y otro lado de las vías, a metros de los durmientes. ¿Cuántos habitantes tiene Bayauca? "Contando con la gente del campo, serán unos 300 -me dijo un paisano empilchado de domingo-, pero gente somos cuatro cinco, no más. Ja ja ja."

Esto es todo por ahora. Cuando se vaya de La Leocadia, inevitablemente jurará volver con tal de reeditar tertulias bajo un cielo pasmante de estrellas, para después poder entregarse al sueño profundo acunado por el croar de mil ranas y el cricri de mil grillos.



 

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