Revista LUGARES Nro. 77
Pág. 36 - 47
Por: Rosana Acquasanta
Fotos: Néstor Paz
REVISTA LUGARES
LA PAMPA
Había imaginado un tour pampeano como una gira a través de los primeros libros de Euclides; que recorrería paralelas y transversales perfectas, bordeando páramos o campos parcelados; que La Pampa sería una mera extensión de la planicie bonaerense hasta la recta línea de puntos trazada como frontera en el lejano oeste; que de esa simple y absoluta verdad matemática no emergería otro atractivo que el del determinismo racionalista de sus cualidades geométricas.
Sin embargo, a lo largo del viaje la rectitud euclidiana se vio varias veces confundida frente a la aparición de un monte virgen de caldén, el árbol emblema de la provincia; del cúmulo de dunas; de un inverosímil puñado de cerros; de los atisbos de un río; de los espejos de agua salada repletos de flamencos de plumaje rosado; de las margaritas amarillas que iluminan kilómetros de arenal. De estos sobresaltos ageométricos también está La Pampa hecha, patria grande de innumerables estancias cimentadas en el nuevo orden que impuso la Conquista del Desierto, e invisible a los ojos del viajero convencional.

La gente va a cazar a La Pampa, sobre todo jabalí y ciervo. Pero yo no cacé una mosca, más bien me dediqué al pacífico reconocimiento de sus singularidades botánicas: piquillín, algarrobillo, chañar, romerillo, zampa, matorro, olivillo, chilca, jarilla, pichana... Pude oír en una madrugada de niebla y frío el reclamo amoroso de los ciervos machos porque era marzo, el mes de la brama. Y me quedó el cuello duro de tanto recorrer la Vía Láctea con la mirada, que en La Pampa es la demostración flagrante de la curvatura planetaria: las estrellas se derraman en asombrosas constelaciones hasta el encuentro mismo de la bóveda celeste con la aparente chatura terrenal.
Ya no es éste escenario de soliviantes, no. El viento y el tiempo borraron las rastrilladas otrora surcadas en campo abierto, huellas profundas que trazaron los indios desde el río Salado hasta Chile. Y donde alguna vez hubo ranqueles y tehuelches y más tarde nada, o trigo y silencio, ahora se ven alemanes del Volga o menonitas de ordenada vida comunitaria reinventando la tierra prometida.
La Pampa tampoco tiene el ombú. Otro mito que se derrumba. Este malentendido se lo debemos al popular poema de Lucio L. Domínguez -siglo XIX- dedicado al jurásico yuyo mesopotámico que se trasplantó a la planicie bonaerense y no a la provincia vecina, que aún estaba lejos de existir.
Hubo que esperar a 1954 para que el nuevo territorio definido a regla y escuadra cobrara entidad provincial.

La Pampa é grossa. Larga trashumancia durante la cual me ronqué horas de rutas que no dibujan una curva ni por error, para desesperación de Néstor que, además de sacar fotos le tocó manejar. En este inconmensurable coto de estancias, hay muchas que abren sus tranqueras al mundo sin abandonar su histórica actividad agropecuaria. Ello explica que las casas sean austeras y que muchas tengan limitaciones de infraestructura, pero esta severidad se ve recompensada por el genuino buen trato que brindan sus dueños.
No parece haber quien se dedique a desarrollar actividades al aire libre para atraer turistas; sólo la Estancia San Carlos propone cabalgatas como programa específico fuera de sus dominios.
Mientras tanto tome nota de lo que puede ir encontrando en el camino y cuente con que en las estancias no le faltará ocasión de apreciar las carnes pampeanas: de la vaca al jabalí, son todo un manjar.
Luan Toro
Entre Santa Rosa y este pueblito medran unos 130 km de asfalto. Un trazado somero de calles con esquinas en ochava bien cuidadas y añosas casas de ladrillos a la vista, y a unos diez kilómetros, la estancia La Blanca, donde pasamos la primera noche de nuestra gira. Iris Gorondi es su propietaria, médica y señora de gran carácter, la mar de amable, que nos mimó con un cúmulo de delicias no obstante la hora en la que caímos: casi las once.
El padre de Iris, Domingo Molinero, empezó a escribir su historia en 1935 con el llamado "derecho de monte", es decir, alquilaba un monte, lo hachaba y le pagaba al dueño un porcentaje. Llegó a tener hasta dos mil hacheros don Domingo. Por Iris me enteré de que hubo dos grandes hachadas en La Pampa, coincidentes con las dos guerras mundiales; en 1914 el carbón se importaba de Inglaterra y con la crisis bélica cesó el abastecimiento, así que se recurrió al caldén, una leguminosa que llega a medir 20 metros de alto y a desarrollar troncos de más de un metro de diámetro.

En la propiedad -7.700 hectáreas divididas en dos campos- se realiza cría de ganado e invernada; el pasto llorón se extiende hasta los médanos, un yuyo perenne sudafricano que rebrota siempre.
Acá se hace un culto de las quemas sistematizadas, ley pampeana que se aplica para facilitar renuevo del llorón y matar los retoños de caldén, ya que el ganado come sus frutos y esparce las semillas por deposición.
Carro Quemado

En el cruce de la ruta 10 con la 13, un cartel a la izquierda indica el camino a Atelier, el museo de Ortiz Echagüe en la estancia La Holanda; lo tomamos porque es el mismo que lleva a La Marianita. El trayecto es un arenal tapizado de margaritas amarillas, a las que también llaman mirasoles. Un amor Carro Quemado. Tiene un almacén de ramos generales de 1920 convertido en museo por obra de Yolanda Huarte y el Gringo, dueños de La Marianita. Fue propiedad de la familia de Isidoro Orgales, quien supo ser, amén de comerciante y corresponsal del diario La Prensa, primer juez de paz del pueblo y héroe local por haber liquidado de un escopetazo a un bandolero -"el oriental"- que andaba por la zona y nadie se animaba a enfrentarlo: se le adjudicaban 14 muertes.
Aquí se guardan los magros restos del carro que en 1833, plena campaña del desierto, llevaba una de las tres columnas del Ejército (iban Huidobro al centro, Rosas a la derecha y Aldao a la izquierda), seguramente con provisiones, y al que los ranqueles le prendieron fuego, llameante final que le dio identidad al paraje. Carro Quemado empezó a crecer alrededor de la escuela fundada en 1920 por el bisabuelo de Yolanda, Máximo García, con tierras cedidas por la estancia y llegó a tener unos 800 parroquianos. Hoy son apenas 200.
El living de La Marianita es lo más parecido a un museo, un muestrario invalorable de alfarería, tejidos y platería de época, tanto indígena como gauchesca. La magnífica rastra del cacique Yancamil, fajas y ponchos pampas centenarios, se aprecian tras estas paredes. Yolanda, aplicada ceramista, moldea arcilla del Limay Mahuida -el otro campo que tienen en el lejano oeste pampeano- inspirada en modelos originales. Hay piezas suyas por toda la casa, a la que rodean 750 hectáreas. Además de turistas convencionales, reciben la visita de colegios y estudiantes de historia.
Victorica
Pueblo chico y el primero de La Pampa; paramos para estirar las piernas en su radiante plaza. Bajo esa tierra descansan los huesos de los soldados muertos por Yancamil, en la última contienda.
Santa Isabel.
Siesta y un calor de mil demonios. Cerebros detenidos. No logramos averiguar dónde están el criadero de llamas y el mercado artesanal.
Paso de los Algarrobos

De entrada es pan comido, después es talco y arena que levantan espesas polvaredas reacias a disiparse, engullendo un paisaje de matas pinchudas y el espejismo del derrotero tembloroso.
Remolinos y viento abrasador. Ni un pájaro se ve volar. Pa'qué. Lo que sigue es una torre de comunicación, una casa y un gallinero con una cabina telefónica dentro; de aquí salen dos caminos y por pura intuición tomamos a la izquierda. Un puente cruza sobre el río Salado, bendita imagen de agua apresurada que devuelve el alma al cuerpo por unos segundos. Pero hay que seguir erial adentro. Don Justo es una "modesta casa de campo" (sic), escondida en un monte de 1.250 hectáreas, propiedad de Cristina Lacorte. En su interior se descubre una laguna clara de cuatro kilómetros de largo y un arroyo, brazo del Atuel; el río Salado pasa por un vértice del campo, que es rectangular. Lo que fuera un puesto rural se recuperó como vivienda y se añadieron habitaciones para poder recibir, y aunque la obra no está terminada, quien quiera buscar cama y sustento en estos confines lo encontrará. Aseguran que por aquí hay jabalí en cantidad, así que como refugio para dedicarse a cultivar esa ancestral pasión de los hombres llamada caza, es muy válido.
Algarrobo del Aguila
Volaban los cardos rusos en las calles y nosotros también volamos. Tierra brava la del oeste. Le siguieron 170 km hirsutos y deshabitados, con algunas elevaciones cada tanto.
Puelén. Tal como entramos por un lado salimos por el otro.
25 de Mayo. De este lado del río Colorado se palpa la proximidad de la Patagonia. Al museo geominero -Bentonita- lo encontramos cerrado.
La ruta Conquista del Desierto
El rosario de advertencias para no dormirse y el testimonio de los autos destruidos exhibidos a 'modo de monumento con el epitafio de "así quedó por volantear", nos sumergió en una recta sin fin, que abandonamos en el cruce de la 23 para enfilar al sur, hacia Casa de Piedra. Echamos un vistazo al grandioso embalse que retiene la fuerza hidráulica del río Colorado, y a otra cosa.
Puelches

Sobre la mesa del comedor, Angélica Venezuela (45 años y ya es abuela) desplegó las formas del tejido y sus colores, tan cerca de la tierra; de las texturas emanaba perfume a lana y no pudimos reprimir el gesto de acariciarlas. Irrumpimos en su casa de la mano de Blanca (Peti) Guanchul, 48 años, virtuosa en el arte de hilar con huso la lana de oveja y darle forma en el telar; de paso hace billeteras de piel de chivo, tabaqueras de cogote de avestruz, curte cueros... Angélica hila con la rueca y además de tejer, es alfarera. Ambas son de Puelches y conocen al dedillo el arte de teñir con raíz de piquillín, de jarilla, con corteza de quebracho, "de esos troncos que los hombres descartan en el campo", e incluso con semilla de ligustrina, que no es local, pero probaron -admitió Peti- y salió un azul claro muy lindo.
Parque Nacional Lihué Calel
Llovía a cántaros cuando llegamos. Así que ni hablar de hacer trekking cerro arriba para mirar La Pampa desde esas prodigiosas alturas, o llegar a las pinturas rupestres.
Utracán

Vimos a Susana Silva junto a la ruta, en la entrada de una escuela-albergue. ¿No habíamos quedado en Utracán?, le dije desconcertada. ¡Esto es Utracán!, fue su respuesta concluyente. O sea: el cartel de vialidad, la Escuela Albergue Justina P. de Otero, un balneario lacustre. Y se acabó Utracán. Al auto lo dejamos en esa escuela y partimos en la camioneta de Susana hacia Santo Domingo, su estancia de 1.500 hectáreas. Esta propiedad empezó con las 20 mil hectáreas que su bisabuelo agrimensor recibió como pago (1885) después I que le tocara medir el territorio conquistado. Susana vive en Buenos Aires, es arquitecta, y hace tres años que llegan huéspedes a esta antigua casa. Hay pileta en el parque y una dispersión de maquinarias en desuso, algunas muy ingeniosas, como la de matar vizcachas. Más allá, el campo todo, con sus 300 cabezas de vacuno.
Un inmenso monte de caldén sirve de albergue a copetonas, liebres, ñandúes, zorros, y en los senderos, a cada paso, trrrrr, se dispara el vuelo sorpresivo de la perdiz. Hay que venir con los prismáticos a Santo Domingo, donde la presencia de grandes lagunas saladas convoca bandadas de rosadísimos flamencos al despuntar el alba. El atardecer en cambio es para dedicárselo a los médanos, dunas tapizadas de carqueja que impregnan el aire de balsámicos aromas; cada tanto destella un ojo de agua entre las elevaciones de arena, aguajes a los que suele arrimar sus malas pulgas el jabalí. Santo Domingo esconde parajes fascinantes, otra Pampa.
No faltó el toque gourmet de un cochinillo asado en un horno enterrado, precedido por sabrosas empanadas de cordero y vaca. Lo primero fue obra de Luis, el puestero, y lo segundo de Lucía, su mujer. La pequeña Daniela, hija de ambos, nos miraba comer, hipnotizada.
En ruta
En A Puro Campo nos esperaban para desayunar. Al mejor estilo europeo, este lugar se propone como hospedaje de carretera de excelente nivel. Su fórmula combina buen servicio hotelero con el ritmo relajado de la vida campestre que suscitan las mil hectáreas de este oasis pampeano. El mérito es de Nelly Riganti, su propietaria, dueña también del Hotel Internacional de Bariloche. Junto a la ventana y la galería, abierta a un despejado parque, devoramos una gloria de scons, bizcochuelo y otras panificaciones mañaneras. Para distraer las horas hay pileta, putting green y tres hoyos, más bicis, cancha de bochas, carro menonita y un sendero hípico que se deja recorrer al tranquito y sin apuro.
Guatraché

Ultima etapa del viaje. Al llegar a Perú por la 35, seguimos hasta la 24 -ruta de tierra- que se abre a la izquierda, dirección Guatraché, y la tomamos. Pasamos la ruta 3, y a los 27 km un cartel de La Julia -estancia de 1896 que un gallego de Pontevedra, don Ramón Agrasar, supo hacer próspera- nos llevó directo a su tranquera.
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Reinaba la mansedumbre en el parque arbolado en ese mediodía tardío y lluvioso. Alicia Agrasar nos abrió las puertas de una sólida casa infinitamente cálida, en la que reina una certeza de hogar capaz de reparar cualquier ñaña del alma. La lluvia nos obligó a quedarnos felizmente quietos, con la salvedad de dos escapadas: a la laguna de Guatraché con sus fangos curativos y a la colonia menonita de Remecó. Disfrutamos como chanchos del relax y las tertulias, de la buena cocina y el sueño conciliado sin esfuerzo.
Quedarán para otra ocasión las recorridas a caballo por el campo, dedicados a la agricultura, andando por el paisaje uniforme de sus 1.600 hectáreas; los chapuzones en el tanque australiano reciclado en pileta... Pero se haga mucho o nada, de la casa de Alicia nadie se va frustrado. Por la calidad del hospedaje y el buen hacer de su anfitriona, por todo el amor que vuelca en cada plato que ella misma compone para sus huéspedes y por el fuego de la chimenea grandiosa.