Revista LUGARES Nro. 75
Pág. 44 - 47
Texto: Soledad Gil
Fotos:Flavio Dimitri
REVISTA LUGARES
LA ROSA
Afuera el sol abrasa con ese. Quema la tierra. Hace calor pero el aire se respira seco. Los cerros protegen el valle. Los viñedos bajan desde las cumbres hasta el borde de la ruta. Cafayate arde, también metafóricamente. Michel Torino y Etchart, familias de toda la vida, vendieron sus bodegas y se reubicaron en otras fincas del valle. Yacochuya, Colomé, Tacuil empezaron a sonar como las localidades calchaquíes que ampliaron el círculo. Hay sangre y capitales nuevos en la zona. El universo ya no se agota en el famoso torrontés, el varietal nuestro de pura cepa que endulzó con galardones varios a los bodegueros argentinos. En efecto, el blanco cafayateño es todo un sello, pero el Norte se empeña en trascender también esa identidad.
En Michel Torino la tendencia pegó fuerte y sirvió para formalizar su eterna tradición de recibir en casa. Felizmente, ya no hay que pergeñar ninguna estrategia para alojarse en el deleite de sus siete habitaciones, que pronto serán 13 más. Ahora, en manos del Grupo Peñaflor y DLJ, el casco de 1892 rodeado de 370 hectáreas de viñedos tiene una anfitriona de lujo, Florencia Perkins, porteña aquerenciadísima que llegó para proteger el yaguareté, y echó raíces que están absolutamente fuera de peligro. Tanto, que su hija Rocío no reconoce otro acento que el salteño de las erres "ayastradas" y el "¡meta!".
Florencia está en Cafayate desde el principio. Estuvo en la obra que renovó la casa, destacando todo su encanto colonial, a la vez que ganaba con merecidos detalles de decoración y confort.
Tres grandes patios, las tinajas del alfarero Cristofani, las tejas y las columnas de madera, las paredes blancas, las macetas con malvones, la capilla privada, el jardín lleno de flores, las rosas que refuerzan lo evidente: éste es el casco de La Rosa, herencia de los hermanos fundadores, David y Salvador Michel. La bodega permaneció en la familia hasta que María Luisa Camboribe Michel Torino -nieta de David, más conocida como "Yiyina"- vendió en 1992 a Lavaque y luego a los actuales propietarios.
Con todo, y aunque la característica torre blanca que se divisa desde la ruta es la imagen clásica de Cafayate hace añares, lo cierto es que antes era imposible almorzar un locro, una empanada, unas humitas en la galería que corona esa inconfundible silueta. Esta nueva posibilidad aporta una versión diferente del lugar. Ya no todo es Serenata -la popularísima fiesta de febrero-, peñas folklóricas, las bicicletas dobles de la plaza, ni el clásico balneario.
Con las puertas de La Rosa abiertas, hay un alto obligado en la vuelta a los Valles, después de comprar poncho en Seclantás, dormir en el Hostal Provincial de Molinos y admirar la Quebrada de las Flechas. Antes de descubrir la garganta del diablo, el anfiteatro, o el sapo en la Quebrada de las Conchas, y continuar por asfalto a Salta capital.
No hay como entregarse al ritmo lento de la bodega, el calor que hace menguar el estrés de cualquiera y convence sobre las beldades de la siesta interior. Ya lo sabe: no se sorprenda si el tiempo se le escapa sin haber asomado la nariz afuera. Es el efecto deseado. Y no tiene contraindicaciones.