Revista LUGARES Nro. 95
Pág. 84 - 105
Por: Rossana Acquasanta
REVISTA LUGARES
LA VUELTA AL SUR - SANTA CRUZ
Amanece gris en El Calafate. Ayer estuvo así
todo el día, y el anterior hasta llovió a partir de la tardecita, preludio otoñal que se deja percibir con un cierto placer. Declina el verano y las horas de luz van mermando a una celeridad directamente
proporcional a la profunda calma que ya se desparrama sobre este sur, tremendo y austral, donde el recambio de estación no reconoce ambigüedades.
El gris infunde sosiego, como se evidencia en el camino que hacemos rumbo Los Notros.
Aprovechamos el transfer de esa hostería, y al igual que el grupo de viajeros que hacia allá se dirige, Kiki y yo nos entregamos, los ojos perdidos en el paisaje despojado que nos circunda. Vamos por una ruta que es de asfalto hasta el río Mitre; una vez que lo
cruza, se vuelve ripio, tan propio del hábitat patagónico. Más adelante, la imagen estirada del Brazo Rico se abre a la izquierda, celeste
quietud de aguas lechosas que precede la entrada al Parque Nacional Los Glaciares.
E inmediatamente el entorno se transforma, la vegetación se aprieta junto al camino y por encima sobresalen, multiplicados,
los picos agudos, como el del cerro Moreno. Llegamos a la curva más llena de suspiros que deben tener estos parajes, y no es para menos. La mole del glaciar aparece de golpe, se impone como única razón de belleza.
Todos nos deshacemos en embobados ohhh, ahhh. De adjetivos, ni hablar. El joven chofer-guía que nos conduce, dispara datos: las paredes, de 60 metros de alto, avanzan dos metros diarios;
el glaciar tiene un largo de 30 km desde la naciente, y el ancho es de cuatro a cinco kilómetros; la capital de los argentinos cabe en esa superficie de hielo en movimiento. Pero desde el camino, sólo es un inconmensurable telón blanco e inanimado que brilla bajo un sol que, como una dádiva de los dioses, acaba de asomar. La llegada a la hostería, se sella en casi estado de gracia: está frente al mismísimo, quién no lo sabe.
A la tarde nos vamos con Pablo Miracca y Pablo Quinteros, en 4x4 cerro arriba, hasta el bosque de tengas. El suelo está flojo de tanto barro y no le es fácil al vehículo remontar la pronunciada ladera, incluso tenemos que bajar para aliviarlo y seguir, un buen tramo, a puro trekking casi besándonos las rodillas. Pero llegar tiene la recompensa generosa de un entorno impagable y una vista única, e imperdible, del Perito Moreno entero. Lo celebramos con lo que la propuesta de la hostería proclama: un té en las alturas. El calorcito de la infusión y el aporte energético de unos budines nos hacen sentir aún más felices. Corremos, extendemos los brazos,
respiramos profundo, nos reímos de nada; como chicos nos portamos.
La hostería y el glaciar
Esas reposeras en el deck frente a la pared de hielo son una condena; quienes las ocupan no las sueltan más. ¿Se quedó sin silla? Ya puede ir pensando en otro plan, porque ése, el de despatarrarse a lo chancho de cara al glaciar, es, por un buen rato, privilegio de los otros.
Y cuando digo un buen rato me refiero, mínimo, a un tiempo eterno.
Arriba, en el luminoso living, por suerte también hay un par de butacas-camillas colocadas en otro mirador para soñar sin apuro y bostezar de placer. Kiki y yo las relojeamos, nos miramos fijo y, enarcando las cejas, nos decimos todo: ¿qué hacemos juntas, en
vez de estar con el otro, en un lugar como éste? Pero el deck debe ser el lugar donde más despliega su egoísmo el huésped, encantado de haberse conocido delante de tamaña puesta en escena, haciendo
que lee o que sorbe un trago, y de paso amasarse una siesta fuera de hora... Total, para sacarle provecho al confort de los cuartos que por supuesto también miran al mismo frente, ya están la noche
y el despertar. Ojo. No es tan fácil abandonar esa privacidad: si lo que más ganas dan es de que el desayuno llame a la puerta -muy amable, gracias, no, no necesitamos más nada- y alargarlo en bata
y pantuflas; sorbo a sorbo, mordisqueando tostaditas, bajo el efecto hipnótico que obra la mole blanca. Quedarse ahí simplemente, extasiado y bien atendido..., o hasta que las mucamas lo echen a uno a escobazos.
Porque es preciso ir y verlo. Sentir la fuerza de semejante acumulación milenaria de H02 solidificada que se abre paso montaña abajo, sólo para volver a su condición original de ser agua en el agua.
Descubrir que sus grietas llenas de azul cobalto están a una distancia tan cercana que conmueve, y que el hielo engulló todos los ruidos para que nada más se oigan los propios; los que provocan sus roces, que son como disparos secos o quebraduras tajantes. Es preciso ir y clavar los ojos en sus afiladas formaciones y esperar a que se desgajen, poco a poco y ruidosamente.
El glaciar se antoja llegado desde las alturas como una vía láctea, sobrenatural e infinita,
que empuja, chirría, hasta que por fin se desprende una astilla, y en un instante, el estruendo de la caída provoca una conmoción; se hunde envuelta en un fragor de olas y espuma para emerger hecha
trizas, atomizada en témpanos que se van al garete corriente abajo. Quiero más. Quiero otro desprendimiento, y otro y otro hasta que
no quede nada, pero por favor que no se acabe nunca. El glaciar es un vicio.
No nos acompaña el buen tiempo esta vez. Es más, llueve, pero a quién le importa. A mí, dice Kiki, deseosa de lograr la mejor foto. Pero lo mejor es enemigo de lo bueno, querida Kiki, así que, paciencia... Porque también tendrás que posponer las ganas de hacer el minitrekking. Oh no, protesta la fotógrafa de LUGARES. Oh sí. Mañana debemos seguir camino. Volverás un día y te darás el gusto de caminar por el glaciar con grampones, de meterte en sus hoquedades llenas de cielo, en fin, de pasar por toda esa experiencia que no debe eludirse.
La jornada termina con una lucida cena. Terrina de guanaco, pollo relleno con hortalizas, pastel de cordero, varios postres -no hubo manera de limitarse al flan de canela, a la mousse de mandarinas con chocolate, o a la tarta de frutos secos- y un tintazo en las copas. Elegimos el syrah Viña Alicia, varietal excelso que los Arizu producen en limitadísima partida, y por lo tanto, casi imposible de rastrear. Afuera es noche y oh milagro, está despejada. La luna
nos devuelve todo su fulgor hecho glaciar iluminado.
Conocía a Rolando Leserovich sólo por e-mail y teléfono. Hasta un par de años atrás, lo torturábamos con cada edición de Patagonia austral, ya que su trabajo estaba relacionado con la red de estancias
de Santa Cruz. Pero desde hace poco más de un año se largó de Buenos Aires e instaló cuartel en El Chaltén, el último baluarte patrio instalado en el confín del sur. Rolando, oriundo de Río Gallegos, armó allí la Oficina Lago San Martín, su empresa de turismo, y sin
desvincularse de la UTE, entidad que nuclea a esos establecimientos rurales.
Sabía, por lo tanto, que el itinerario, aunque lo estábamos encarando muy a finales del verano, resultaría provechoso. El que no sabía lo que le esperaba era él, santo varón que debió soportarnos a Kiki y a mí en la cabina de su camioneta horas y horas por día durante días, con equipo de mate incluido, más las cámaras de fotos siempre listas. Más todo lo que se fue sumando atrás, en la caja, convertida en galpón ambulante mezcla con mini mercado: hasta un cajón con hongos recolectados en el camino hubo al final del viaje... Rolando
pasa a buscamos por Los Notros.
Ibamos a tener un largo trayecto atravesando la desolada estepa, así que pedimos a la cocina de la hostería que nos preparasen unos sandwiches, algo de fruta y bebidas, y partimos los tres. La transparencia del aire patagónico oxigena la mañana y nos pone de buen humor. El sol es intenso. Desandamos camino hasta El Calafate, cargamos
combustible y seguimos, flanqueando el lago Argentino, rumbo a la ruta 40. El día, al revés del de ayer, no puede ser más azul y luminoso; así que en un paraje a orillas de ese lago, con el cerro Buenos
Aires en primer plano y la cordillera atrás, decidimos que el lugar es ideal para tener hambre y dar cuenta de la vianda.
Parada de rechupete.
La Eg3 y Tapí Aíke
El descenso de la 40 nos sumerge en un trayecto largo y raras veces sinuoso. La estepa nos envuelve y ese inconmensurable espacio sólo pródigo en piedras y pastos ásperos nos seda, me adormece. A partir
de El Cerrito, la ruta vira hacia el suroeste. El escenario cobra una belleza particular a medida que nos arrimamos a la precordillera; ahora la geografía plantea un terreno de barrancas, de pronunciadas
ondulaciones y un conjunto apretujado de cerros por la derecha, que señala un límite fronterizo; de este lado, Los Baguales y del otro, los picos de El Paine.
Envueltos en el contraluz de la tarde que ya tiende a declinar, parecen indivisibles.
Llegamos a la Eg3, única posibilidad de cargar combustible en estos confines y referencia inequívoca de que ya llegamos a destino. A
Enrique Viel Temperley, propietario de la estación de servicio y la estancia, lo encontramos de gran charla con el encargado, un fornido Juan Carlos, que espanta la soledad haciendo tortas fritas. Enrique nos conmina a probarlas, así que el joven lobo estepario
tiene que desprenderse de una media docena de su reciente producción, y aunque no tenemos hambre ni ganas, terminamos tironeándonos la última porque, honestamente, le salen buenísimas las tortas fritas.
Sequitas por fuera y mórbidas por dentro.
Sin tele ni compañía, ustedes me dirán... Precedidos por Enrique, tomamos a la izquierda de la ruta para ingresar, un poco más adelante, a Tapi Aike. Las
enormes ocho letras que forman las dos palabras se recortan en el cielo diáfano, siguiendo la línea de un grandioso arco que delimita la entrada. Parecen que se van volando las letras, magnificadas por la luz crepuscular.
En las 60 mil hectáreas que ocupa esta propiedad, se cría ganado ovino y bovino. El segundo domingo de diciembre se celebra el remate anual de toros, todo un acontecimiento, ya que ésta es la única estancia patagónica que lo hace. Enrique está orgulloso de haber convertido tal evento en cita sagrada: nadie deja de acudir. Toda una fiesta campestre que combina transacción comercial con muchas
ganas de hacer sociales.
Viviendas e instalaciones -galpón de esquila, almacén, depósito con sótano, etcétera-, más la casa principal, le dan al casco un aspecto de pueblo fantástico, ahora sumido en el silencio.
Primero porque no es éste momento de esquilas ni señalada, ni de baños ni echada de carneros; y para la yerra y clasificación de los animales que van al frigorífico, todavía falta un poco.
Segundo, porque aunque en funciones, la estancia achicó el alcance de su actividad ganadera por imperativos de mercado. Hoy día trabajan aquí unas 14 personas; ocho viven en la estancia y los demás son los encargados de los puestos.
De madera y techos de chapa, la casa luce orgullosa su arquitectura original. Confortable sin vueltas, bien preparada para recibir al viajero, da gusto instalarse en ella, y recorrer cada uno de sus ámbitos, espejos del pasado. La claridad interior borra cualquier indicio de nostalgia ociosa. El living, en el que flota un aura
especial, tiene una ventana que da al oeste, y cuando entramos, quedamos flechados; no podemos resistir la tentación de espiar el ordenado muestrario de fotografías e innumerables objetos familiares
que le dan carácter. No faltan mapas de la región y vestigios de época, cuando a principios del siglo pasado Mauricio Braun, Rodolfo Stubenrauch y Ernesto von Heinz llegaron de Punta Arenas a este
lugar.
Enrique -casado con una de las actuales dueñas de Tapi Aike, nieta de Mauricio Braun- resulta ser un anfitrión espléndido. Las conversaciones fluyen ágiles, entre anecdotas y los comentarios divertidos que
aporta al relato. Vive acá el año entero, jura que le encanta y le encanta que lo visiten; en cambio su mujer, prefiere repartirse entre las luces de Buenos Aires y la estepa sin fin.
La oscuridad se llena de estrellas. Las filosas siluetas de El Paine y Los Baguales, agrandadas en la penumbra que disfrutamos, copa de vino en mano, son la certeza inequívoca de que Los Andes están
ahí nomás después de todo.
A Rupai Pacha
Fieles al trazado de la ruta 40, y no obstante algunos imprevistos desvíos de carretera, nos adentramos por el oeste para llegar a la propiedad de Heinz Sturzenbaum. El hombre es natural de San Julián,
y está casado con Marta, oriunda del Chaco; la pareja se dedica básicamente al turismo educativo. Hay una huerta que da fe de esta práctica; pero las 26 mil hectáreas de sus tierras también dan para la siembra de forraje, la cría de vacunos y ovejas de la raza Corriedale.
Los límites de la estancia llegan a rozarse con Los Baguales, a cuyos pies se extiende Campo Achalay -qué lindo, en quechua-, también de los Sturzenbaum. Las Torres del Paine se ven con una definición
y proximidad pasmosas; es como arañar la frontera, con los hielos continentales que también se muestran nítidos. Es ésta una Patagonia maravillosa, que apreciamos sin brisa y con sol, oyendo el agua
cristalina que corre por el escarpado paisaje, impregado de aromas vegetales. El suelo es un tapiz de yuyos salvajes, de negra Verbera tridens, de calafate, de senesio y también de neneo, arbusto híper pinchudo y redondo como un puff, al que a veces recurre el carnero para mordisquear sus flores: dicen que cuando esto pasa, después es imposible comer la carne del animal. Achalay está a 25 km del
casco, tentador paseo para cubrir en la 4x4 de Heinz o a caballo, según pinten las ganas del visitante.
La pareja tiene seis hijos y muchos gatos. El hombre mira y calla, lo que equivale a decir que es severo de palabra; trabaja de sol a sol, entregado a la tierra, y a atender cualquier desperfecto que se presente. Lo normal es verlo en su overall de aquí para allá.
Marta en cambio es de una incansable locuacidad, no arruga ante ningún tema. Ella misma se ocupa de la huerta, prepara conservas, da instrucciones precisas en la cocina, va y viene, y no cede en su rol de celosa anfitriona hasta que el huésped no desaparece en su habitación.
La casa donde alojan es el colmo de la austeridad. Pero para compensar, anote que la comida es, amén de sanísima, muy sabrosa.
Los pagos del Turbio
En su descenso, la 40 nos lleva hasta J. Dufour, para tomar el desvío a Río Turbio y hacer lo que es preciso: volver a llenar el tanque de la camioneta. Ya que estamos, nos pegamos un yirito por el pueblo,
que yo imaginaba tristón. Craso error. Techos de colores, calles limpias que trazan su recorrido en suave sube y baja, y mucha juventud. Admito que tiene su encanto Río Turbio, y hasta le sienta el toque
bizarro de ese personaje que se pasea empilchado de minero, con foquito de luz en el casco y todo.
De vuelta en ruta, pasamos por 28 de Noviembre, población mínima más colorida que la anterior. Le sigue Rospentek, el destacamento militar; aquí estamos a tiro de piedra de Puerto Natales, pero lo
nuestro es seguir la huella argentina que ahora nos conduce a la siguiente tranquera.
Stag River
Llegamos a la hora de un té tardío, como impelidos por el viento patagónico y una temperatura inclemente que subraya la instauración del otoño. Julie y Mick, dueños de la estancia, nos abren las puertas de su reino privado para recibirnos con toda sencillez, sin ceremonia. Es conocerlos y desear ser adoptado, sentimiento que irá reforzándose con el correr de las horas. Entramos al comedor y el avasallador
despliegue de tortas y otras pastelerías dispuestas en fila sobre la barra, nos eclipsa. Julie, cómplice de nuestra debilidad, sonríe, propone algo caliente para beber e invita a que ataquemos. Vergüenza
debería darnos, pero no, lo que nos da es hambre de calorías. Mordemos y nos relamemos, sorbemos té y vuelta a relamernos. Los preceptos dietéticos de Cormillot, Atkins y Montignac acaban de derrumbarse,
haciéndose añicos contra la contundente verdad que blande sin pudor la deliciosa obra de Julie.
Mick es alto y delgado, pura fibra muscular tonificada a madrugones patagónicos y a tareas de campo que le ocupan todas las horas, la vida entera. A la noche prepara un fuego soberbio en la soberbia chimenea y sirve tinto, preámbulo eficaz de la inminente cena. Fuego y charla van cobrando carácter; llegan Roby -uno de los hijos del matrimonio Johnston- y su mujer. Ponen la mesa y al rato entra Julie, feliz portadora de un opíparo cargamento. Otra vez al ataque y otra
vez lo que nos llevamos a la boca es riquísimo. Julie, está claro, se luce como la mejor de las madres cocineras; recrea recetas familiares y compone las que su arbitrio le inspiran en base a los productos
que la huerta y los corrales prodigan. En la entrada a la casa de huéspedes crecen, ubérrimas, las matas de frambuesas y grosellas coloradas que después se convertirán en dulces para el desayuno, igual que el ruibarbo, modelo sureño éste de Julie, difícil de empardar.
Cualquiera diría que llegaron ayer de Escocia. El caso es que se conocieron acá, en un viaje que hizo Julie cuando terminó el secundario; había estado una vez en la Patagonia, siendo muy pequeña y le fascinó.
Pero su madre se negó a que volviera porque no quería que se enamorara de un argentino y viviera tan lejos de su país. Pero Julie insistió mucho; al final, le arrancó el compromiso a su madre de acompañarla
a Patagonia, a cambio de jurarle que nunca se enamoraría de un argentino. Entonces vinieron. Entonces Julie conoció a Mick, más escocés que
Rob Roy, y se enamoraron: promesa cumplida, pero la muchacha se quedó. Tuvieron dos hijos; el otro es John y vive en Londres.
En la estancia no faltan vacas y, por supuesto, tampoco ovejas. En el galpón de esquila caben unas 500 cabezas; pero la pasión ganadera
está puesta en la cría y doma de los caballos criollos que después venden. Presumen de una envidiable tropilla, y es un placer verlo a Mick entre sus pingos. Stag es el ciervo macho, y los Johnston aplican el término al huemul. Así que el río que pasa por sus tierras recibe ese nombre, que a su vez se hizo extensivo a la estancia. Stag River. El curso fluvial nace en la precordillera y se pierde en el subsuelo de estas tierras, para aflorar aquí y allá, generando
vegas de preciosos verdores.
En el cascó acaban de abrir un museo. Nació como consecuencia del incendio que hace poco más de un año arrasó con el galpón; la casa zafó por milagro. El proyecto del museo en realidad ya estaba dando
vueltas, pero la quema aceleró la decisión. estimentas familiares de época, documentación de la estancia, aperos de labranza, más una apreciable colección de bozales y estribos de los '40, integran el patrimonio histórico.
Feos, fundidos y famélicos. Así nos sentimos en el momento de trasponer el umbral de la única hostería que tiene esta isla del río Santa Cruz. Son casi las once de la noche, pero necesitamos una soberana
ducha y a la cena no pensamos renunciar. Y la cocina nos espera. Comemos muy bien, y eso nos pone de buen humor.
La corriente dulce y azul del Santa Cruz es poderosa, lleva un caudal mayúsculo en su inminente destino al mar y albega una considerable vida ictiológica. De diciembre a abril, suelen capturar algunas percas y truchas arcoiris; pero el verdadero trofeo se llama Steelhead, un salmónido grandioso -el único que, después de desovar, no muere- que aparece a finales de febrero, para felicidad de los pescadores con mosca... Y con spinning también, aunque, aseguran, lo hacen con señuelo de un solo anzuelo. Hummm... Habrá que verlo. Lo cierto es que en marzo aquí celebran la (mal llamada) Fiesta de la Trucha;
lo será para el pescador, porque para ella es más bien el Luto.
La isla es un llano verde de apenas 2 km de largo por 300 metros de ancho; fue el punto donde se afianzó la soberanía nuestra en la Patagonia austral, a partir de la llegada de Luis Piedra Buena, no se sabe si en 1859 o 1862. Su buena relación con el cacique Casimiro Biguá le permitió concientizar a los indios sobre la argentinidad de estas tierras. Hay que tener en cuenta que a mediados del siglo XIX, no había en la Patagonia más que dos poblaciones: Carmen de
Patagones (en el río Negro) y Punta Arenas, en el extremo occidental del Estrecho de Magallanes. Éstos, y otros valiosos datos, los obtengo de don Jorge E. Segovia, investigador histórico residente en Piedra Buena. Todo indica que el poblado original arrancó con el ex teniente Gregorio Albarracín y María Salomé González, aquí instalados en
1880 por decreto de Avellaneda. Llegaron en barco y solos -aunque iban a ser diez las familias-, con ovejas que les dieron en Patagones.
Se bajaron donde estaban las casillas abandonadas de las salinas
(que ya no trabajaba Piedra Buena), sobre la margen del río Santa Cruz, al sur. "Enfrente" estaba -según relatos de la propia María Salomé Gregorio Ibáñez con su familia, el primer colono de Patagonia
austral; el hombre vivía con una chilena, Gregoria Vega, de Valparaíso. María Salomé dio a luz un hijo, que se convertiría en el primer diputado nacional santacruceño. Parió sola, porque su marido y el
ayudante (de 15 años) que había llegado con ellos, no estaban. En plenos dolores de parto, apareció un francés, Francisco Poivré, que solía andar por estos parajes mercando con los aborígenes, y
la mujer le pidió que avisara "a los de enfrente" para que cruzaran y la ayudaran. Cuando la Gregoria llegó, María Salomé ya había parido.
De la isla a Piedra Buena medran los metros del largo puente que cruza sobre el río. Su avenida principal es la Gregorio Ibáñez, con sus canteros floridos y contenedores de basura hechos de madera
enrejada; tiene un saludable clima este pueblo que no suma cinco mil almas, y que se autodenomina capital provincial del teatro, porque acá, aseguran, la actividad sobre las tablas es muy fuerte.
Monte león
Sólo tenemos que retroceder unos pocos kilómetros por la ruta 3 para meternos en el desvío que lleva directo a la ex estancia de los Braun, adquirida por Patagonia Land Trust, la fundación de Christ
Tompkins. Estas tierras las cedieron a Fundación Vida Silvestre, que a su vez las traspasó a Parques Nacionales, y si bien están presentes, aún no es de su jurisdicción. Silvia Braun y su marido
conservaron la casa original, en la que reciben un turismo eminentemente extranjero.
Alucinante, Monte León. Al Perito Moreno le daba tristeza este paisaje, a nosotros nos lleva a adentrarnos en él sin decir ni mu. La tierra
acá es blanda y los bordes de los cañadones y barrancos, peligrosos. La interminable, desolada meseta, concluye en un acantilado cuyo perfil, en uno de sus extremos, es una cabeza de león. Perfecta,
mayestática. Y a los pies del león, el mar entero.
Vamos hasta la pingüinera. Un chiflón levanta remolinos de vellones que están por doquier, enredándolos en los arbustos. A 4 km, la
baja marea descubre una larga lengua rocosa y debajo se abre una caverna, impresionante; se llega caminando, pero la diferencia de marea es tan marcada que todo eso desaparece con la pleamar, fenómeno que ocurre a inquietante velocidad.
El encuentro con tropillas de guanacos es común, aunque ariscos como son, se alejan a toda carrera y en segundos el paisaje los devora. Bajo el sol y su tibieza, a un costado de la pingüinera,
improvisamos un picnic de mate y galletitas.
Puerto San Julián
Parece hecho a la medida de los que sueñan con vivir junto al mar y sin apuro, respirando un aire salobre y frío que hace ensanchar los pulmones de gusto. Los más enterados relatan con orgullo que
fue en este sitio donde, en 1520, llegó Hernando de Magallanes en su largo periplo alrededor del mundo. Hizo oficiar misa un domingo de Ramos (la primera, dicen, en argentino), y decidió pasar aquí
el invierno, protegido en tan excelente puerto natural. Pero hubo motín. Hábil como pocos, el navegante portugués logró recuperar el mando e hizo decapitar al capitán Gaspar de Quezada; al capitán Luis de Mendoza, muerto durante la recuperación de la nave Victoria, lo mandó descuartizar. Punto y se acabó la gresca. Estos hechos se llevaron a cabo en una pequeña isla cercana, a la que se conoce
con el nombre de justicia.
Hoy es área protegida, igual que lo es la isla Cormorán. La primera es hábitat del cormorán cuello negro (también llamado roquero) y del de cuello blanco (cormorán imperial); miles de estas aves nidifican y a mediados de febrero se las toman. Los nidos sobresalen como cráteres. Con marea alta, la superficie de la isla se reduce a 50 metros de diámetro, y cuando aquélla baja, quedan descubiertas unas 70 hectáreas. La otra isla es reducto del pingüino magallánico; es más grande que la Justicia y se cree que, en realidad, se invirtieron los nombres de estas islas por transposición de los puntos cardinales
norte y sur.
Vamos a la (falsa) Justicia en el semirrígido de Pinocho, que convierte cada salida al mar en una experiencia divertida. Empezó a sacar gente a pasear con el bote de su padre, 12 años atrás, y lo hacía
a remo limpio. Los avistajes de toninas son su plato fuerte... E imperdibles. Para atraerlas, Pinocho se tira al agua y empieza a provocarlas con una serie de ruidos y movimientos muy escandalosos,
y, créase o no, las toninas aparecen.
La península que se abre frente a San Julián, es reserva natural. Las playas son pura riqueza geológica a cielo abierto, un despropósito de fósiles marinos; caminamos sobre un terreno de ostras petrificadas
y compactadas, v el barranco que flanquea el mar es el típico hojaldre que aprisiona capas y capas de bivalvos milenarios.
Llegamos a una tranquera flanqueada por un par de pumas, que cuelgan enteros y tiesos como yeso.
La imagen es bastante macabra. El aire aquí es tan severo que los cuerpos no se pudren, se van secando. Después sabremos que los colgó hace unos seis meses el dueño de esas tierras, porque tiene la teoría de que así aleja a los demás pumas. Mick, de Stag River, ya nos había hablado de la multiplicación de estos felinos, según él, por culpa del Parque Nacional del Paine: "se cruzan para acá y hacen
estragos", se quejó.
Ríquezas de La María
Fernando Behm, 56 años, nacido en Puerto Deseado, fue maquinista en centrales eléctricas y varias cosas más. Un día, harto ya de estar harto, le entraron ganas de cambiar de vida y se le presentó, como quien dice, la ocasión de comprar la actual propiedad, de 21 mil generosas hectáreas. Sus anteriores dueños se la sacaron de encima porque no les rendía para la cría de ovejas. Pero hete ahí que haciendo un relevamiento de los campos, se descubrieron cuevas
-25 en total- tapizadas de manos y extrañas simbologías, más los restos de un bosque petrificado. Así que, en vista de los tesoros hallados, Fernando y su mujer, a la que todos conocen por Pepa,
se decidieron por el turismo temático.
Acá hay que venir específicamente para conocer las cuevas. ¿Qué hay en ellas? Pinturas rupestres a troche y moche que, según los expertos, "datan de los 4.850 años hasta un estimado de 13.600 años.
Hace 4.850 años hubo una gran erupción y todo quedó cubierto de cenizas; entre ese momento y 3.700 años se produce lo que se denomina
un vacío arqueológico (no hay vestigios de vida en apariencia), hasta que aparece la cultura pre-tehuelche -abarca entre 3.700 hasta 2.000 añosy luego la tehuelche. La anterior es la casapedrense (entre 7.500 y 4.800 años), así llamada por los vestigios aparecidos en la zona del río Pinturas, denominada Casa de Piedra", subraya Fernando.
La propuesta es visitar primero las cuevas de petrificados (sic), a 2 km de la casa; es más interesante si se hacen a pie: dura de tres a cuatro horas. La excursión a las pinturas debe encararse
desde temprano; implica observación de formaciones rocosas muy particulares (de lava, arriba, y ceniza compactada, abajo), recorriendo cañadones
de intensos colores y trepando a las cuevas. Dura todo el día. El postre son los vestigios del bosque petrificado, en lo alto de un gran barranco empinado. La vista desde este punto es magnífica y el viento, casi imposible de vencer. Fernando nos agasaja con asado de cordero; lo devoramos al aire libre y soleado. Al día siguiente partimos antes del alba. Cerca de la tranquera de los pumas, la luz oblicua del amanecer ilumina el apacible despertar de los pastizales
salvajes, cargados de rocío. Una polvareda se acerca. Es la camioneta en la que viene Pepa con turistas. Nos detenemos para saludarnos;
los integrantes del grupo aprovechan y bajan del vehículo y no pueden creerlo que están viendo en la tranquera. Estupefactos, se acercan a los cadáveres incorruptos. Son enormes.
Bienvenidos a la Patagonia, tierra de aventuras todavía en estado pionero.
El Chaltén
Día a día, los días se acortan. Las horas en cambio, parecen crecer minuto a minuto. El viento las engorda, las vuelve pesadas. Llevamos una vida en la estepa ripiosa, pero así lo hemos querido. Ya estamos como caballo que huele la tranquera: vamos a mil. Sólo la aparición del lago Viedma es capaz de sacarnos del autismo que hoy nos embarga.
Pero, cómo describir esa exaltación turquesa de aguas glaciares sin caer en el lugar común de los adjetivos comunes. No la describo.
Después la ruta se mete de lleno en el oeste, y el paisaje cordillerano acaba con el último resabio del erial. La figura del Fitz Roy y sus picudas circundancias, envueltas en nieve y nubes, nos agranda el deseo de llegar cuanto antes a El Chaltén. Llegar y salir corriendo a pisar cada rincón de esa prepotente geografía. Chau cansancio. Queremos ir a la Laguna de los Tres, navegar hasta el glaciar, recorrer senderos montaña arriba, lo queremos todo. Pero, ay, llegamos tarde. Es el final de marzo, y en tales latitudes, en cuanto el verano se va, el pueblo cierra. A cal y canto. Restaurantes, bares, hoteles,
todos bajan la cortina. O casi todos. Se quedan los empleados de las oficinas públicas y un puñado de "locos" que decidieron apechugar con los bajo cero, instalados en este gélido confín para siempre
jamás.
Por suerte nos podemos alojar en El Pilar, hostería encantadora muy en las afueras del pueblo. Ahí, entre pisco y pisco con música de Tom Waits, Rolando nos propone cabalgata para el día siguiente a Piedra del Fraile, con Raúl Ybarra, baqueano de la zona... Miro
por la ventana, llueve quieto y parejo. No hay dudas, o nuestro amado guía es ciego, o nosotras, unas flojas de campeonato. Pero a ver quién dice no, si es lo único que vamos a poder hacer.
Salimos con mal tiempo nomás, cada cual montando su caballo criollo. Cruzamos el río Blanco, atravesamos bosques de coihues y ñires,
trepamos y bajamos barrancos someros a medida que vamos en ascenso paulatino, sorteamos arroyitos montanos. El entorno es de una belleza
que va in crescendo, la lluvia finita y el viento, también. Llegamos helados al refugio y nos arrimamos agradecidos al calor de la salamandra, mientras afuera el viento y la nieve arman su propia tremolina.
La vuelta la encaramos no bien la tormenta afloja, a montar y de vuelta a la hostería.
La verdad, si en estas condiciones le sacamos provecho a la cabalgata, con buen tiempo ha de ser impagable. El resto de las actividades, incluido el cruce del río Las Vueltas -también a caballo, que don
Guerra nos organizó- debemos posponerlas.
Si al final casi nos dan ganas de que la nieve tape los caminos y nos quedemos a invernar aquí, en la hostería. Aunque más no sea para comprobar aquello de que en El Chaltén sólo el sureño aguanta
firme y no se queja. Pero lo cierto es que el recién avenido, si quiere, aprende: de entrada se dobla, y si no se quiebra, seguro que ya no hay quien lo mueva de esta otra realidad aparte, gloriosa y patagónica.