Revista LUGARES Nro. 91
Pág. 56 - 61
Por: Ana Schlimovich
REVISTA LUGARES
LAS ESTANCIAS DE POSADAS
Santa Cecilia
Anochece cuando llegamos a Santa Cecilia. María Navajas nos muestra la casa construida a principios de siglo, con techos altísimos y un primer piso de rigor. Es sólida, confortable, y todos los muebles son de época.
Es nuestro primer día en tierra misionera, el principio de un largo periplo por la provincia. Nos sentamos a charlar en la galería iluminada por unos candelabros enormes, decorados con hojas tropicales. Corre una brisa fresca y a lo lejos se adivina el río Paraná. Más allá, las luces de Posadas. Como no podía ser de otra manera, nos invitan con mandioca frita en bastoncitos y queso criollo, a modo de copetín. A la hora de la cena, la mesa se llena de anécdotas. Nos hablan de otros tiempos, cuando jangaderos y mensús, trabajaban en la soledad del monte virgen. Durante la charla, nos asombramos de las muchas palabras que los misioneros usan a diario y tienen rastros del guaraní. Me resulta practiquísimo el "opaitema", un término que sirve para concluir cualquier idea o discusión.
Al final de la noche, Nidia, una amiga de la familia, nos regala la música del arpa. La escuchamos encantadas mientras probamos una copita de licor casero de limón. Santa Cecilia está ubicada muy cerca de Candelaria. En tiempos jesuíticos, la ciudad fue el domicilio del Superior de la Compañía de Jesús y un centro administrativo de importancia. Las ruinas del pueblo antiguo quedaron dentro de la colonia penal y es imposible visitarlas. En terrenos de la estancia existe un curioso predio que podría haber sido el observatorio de los religiosos, pero no hay documentación al respecto. Lo cierto es que la propiedad fue parte del camino de las misiones.
Cesáreo Navajas, el abuelo de María, compró el campo hace 50 años. Al principio siguió con la tradición de la yerba mate, pero después se animó a la ganadería. Entonces la idea parecía una locura, pero resultó. Hoy las ocho mil hectáreas están dedicadas a la cría de cebú, aunque también hay espacio para la forestación. Por la mañana nos cuesta abandonar la cama de bronce, pero el sol que se cuela entre los postigones es suficiente para tentarnos. El cuarto tiene dos balcones; abrimos las ventanas y nos quedamos mirando el jardín que después se convierte en campo.
Un timbó gigante preside el parque, después está la piscina para los días cálidos, que aquí son muchos. A un costado, un samohú -palo borracho misionero- soporta estoico el abrazo del güenbé, un filodendro que se apoya en la copa de aquél y va tirando sus guías hasta llegar al suelo y fijarse.
De día, la casa no tiene misterios inexcrutables y la recorremos por el gusto de curiosear. En la planta alta están los cuatro dormitorios que se abren a una gran sala. Los baños conservan las tinas con patitas y una chaise longe para demorar el ritual de la ducha.
Nos habían prometido un desayuno típico y ahí estaba: m'beiú, reviro, chipá y dulce de caña, con el mate cocido de rigor. A media mañana partimos a caballo hacia Puerto Gramajo, la salida de la estancia al río. En el embarcadero nos espera Neco, el cuñado de María, que se ofrece a manejar la pequeña lancha para nosotras. Navegamos por el Paraná hasta el arroyo Garupá. El río está poblado de pescadores que aguardan con paciencia en sus botecitos de madera.
De regreso nos esperan con asado. Y ahí nomás nos cuentan sobre los tesoros jesuitas. Los lugareños creen que los religiosos enterraron en la zona sus riquezas antes de partir, urgidos por la expulsión. Esta convicción popular ha generado las empresas más increíbles, como la que ocurrió en Santa Cecilia hace un tiempo. Un día aparecieron dos paisanos con antiguo mapa comprado a unos franceses que señalaba la presencia de un botín en tierras de la estancia. Con la autorización correspondiente, los hombres pasaron meses cavando sin resultado. Trajeron un brujo y después optaron por la dinamita. Al final, los Navajas tuvieron que echarlos. La verdad es que los buscadores de tesoros habían dado con una formación de piedra dura de gran profundidad donde es imposible esconder nada. Inspiradas por el cuento, partimos una vez más a las ruinas de San Ignacio y nos quedamos hasta la hora del show de luz y sonido.
La noche la terminamos en Los Yatay. Celeste Barreyro, dueña y anfitriona, había organizado para sus amigos una celebración en grande a propósito de la fiesta de San Juan, y estábamos invitadas (ver recuadro).
Amanecemos con ganas de remolonear, pero tenemos una cita con los gauchos de la estancia que, en las horas libres, se dedican a trabajar el cuero. Los encontramos trenzando bozales y cabezales para sus caballos.
Antes de partir, vamos hasta el Centro de Rehabilitación de Animales Silvestres a conocer un yaguareté. Es la primera vez que veo uno, y me resulta increíblemente bello: mezcla de tigre y leopardo. Es un ejemplar joven que atraparon en la zona de Andresito y como está cebado -sólo caza ganado- no tiene posibilidad de volver a la selva. Es una pena.
Santa Inés
La estancia de los Núñez es una cita de rigor para LUGARES, y Nanny nos recibe una vez más. El monte que antecede a la casa es un retazo de selva habitada por monos carayá; más allá, están los restos de un ajetreado pasado. A principios de siglo vivían en la estancia unas 300 familias, tenía usina propia, secadero de yerba, escuela, dispensario y tambo. Eran los tiempos de oro de la yerba mate. Don Pedro Núñez, el hacedor de Santa Inés, llegó a la provincia en 1880. Era un inmigrante español que empezó con un almacén de ramos generales y terminó dueño de una empresa naviera, pionera en remontar el Paraná. Tuvo uno de los primeros hotelitos en Puerto Iguazú y otro junto a las cataratas, ambos destinados al incipiente turismo.
La estancia la compró para cultivar yerba, algo insólito en aquellos años cuando esta planta sólo se cosechaba en la selva, en estado silvestre.
Unas vías abandonadas señalan la presencia de un tren de trocha angosta que abastecía de leña a los secaderos y llevaba la cosecha hacia el puerto. A un lado, hay un edifico imponente de cuatro pisos, todo de ladrillo. Lo diseñaron unos ingenieros europeos para secar la yerba mate pero jamás funcionó y los Núñez volvieron a los métodos criollos, menos científicos pero más seguros.
El casco de la estancia es tan sólido como ingles, se construyó en 1903 y reconoce la mano de los ingenieros británicos que vinieron con el ferrocarril. Las tejas son todas de Marsella y cada una tiene el sello de origen. Por dentro, los muebles son contundentes, bien castellanos, pero hay varias sillas Thonet originales.
En la sala de té descubrimos un increíble vitreaux francés. Allí está la colección de armas, algunas traen su historia. Una antigua lanza perteneció a Angel Acuña -bisabuelo de Nanny- que peleó en la guerra de la Triple Alianza.
Los Acuña, la otra rama de la familia, vinieron desde Asunción y participaron en la fundación de Corrientes. Don Angel llegó a Posadas cuando todavía se llamaba Trincheras de San José. Venía huyendo por cuestiones de amor. Parece que la guerra lo demoró más de lo deseado y todos, hasta su prometida, lo dieron por muerto.
Ella estaba a punto de casarse con otro cuando don Angel regresó y no tuvieron más remedio que huir de Corrientes para vivir finalmente juntos. Por la tarde, Nanny planea una cabalgata hasta los yerbales. Las plantas tienen 90 años y siguen creciendo sin fertilizantes ni agroquímicos. En la época de cosecha la estancia se llena de "braceros" que durante largas jornadas van y vienen entre los cultivos. Es un espectáculo interesante para los visitantes que llegan entre febrero y marzo.
Dejamos atrás la plantación para seguir hasta la gran piscina, ideada por su padre; tiene dimensiones olímpicas, está hecha en piedra tacurú y se abastece con agua de vertiente. En un extremo hay un tacural gigante, con ejemplares que alcanzan los 20 metros de altura; caminar por este bosque de cañas es experimentar la increíble sensación de haberse achicado. Ahí dentro, se respira frescura y la luz apenas logra atravesar las varas que se elevan apretadas. Es el sitio ideal para los almuerzos de verano o el té de la tarde. En el camino de regreso, Nanny nos relata algunas historias de aparecidos locales.
Ella y su hija Lucía se ocuparon de visitar a cada uno de los antiguos habitantes de la estancia en busca de anécdotas. Pídale que le cuente alguna, tiene varias. A mí, la que más me gusta es la de una familia -un matrimonio y su hijo- que subía al tren de trocha angosta y dejaba aterrados al maquinista y a su ayudante; otras veces, el trío se paraba sobre las vías y luego se esfumaba al instante. Eran inofensivos y un día dejaron de aparecer para siempre.
Antes de llegar a la casa pasamos por la pequeña capillita donde, por tradición, se casan todos los Núñez. Dentro se conservan dos tallas antiguas: un San Ignacio de Loyola que proviene de la reducción de San Ignacio Miní y una imagen de Roque González de Santa Cruz, un mártir jesuita convertido en santo, pariente lejano de la familia, inmortalizado por una historia milagrosa: murió a manos de los indios y su corazón jamás se desintegró. Para la cena, Ricardo, el hermano de Nanny, nos agasaja con un pacú a la parrilla acompañado de mandioca. Los postres son obra de la anfitriona que, además de las mermeladas, prepara con especial sabiduría exquisiteces tropicales en almíbar.