Revista LUGARES Nro. 44
Pág. 54 - 57
Por: Julia Caprara
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
ESTANCIA LAS LAJAS
Córdoba tiene la gracia de ser una provincia extensa y alternativa. Y es así que, en el extremo sur de las Sierras de los Comechingones, se descubre la estancia Las Lajas.
Un conjunto de cabañas y balneario comparte territorio con el casco principal en una extensión de 800 hectáreas, que en sus orígenes fuera recibida por gracia real. Más tarde la propiedad fue explotada como cantera y colonia de vacaciones para los ingleses del ferrocarril; hoy está involucrada con el turismo rural. El arroyo que la atraviesa le da su nombre, delante se extiende un escenario de llanura y a sus espaldas, los cerros recuerdan que el cordón de los Comechingones no está tan lejos después de todo.
La pertenencia legal de esta parte de la provincia se remonta a la llamada Merced de los Cabrera, una dádiva del Rey de España (1580) al hijo del fundador de Córdoba, Don Gonzalo Martel de Cabrera, por los servicios prestados a la corona.
Estas tierras abarcaban una enorme región limitada por el Río Quinto al sur, San Luis al oeste y Melincué -en la provincia de Santa Fe- al este. En 1710 y 1760, tras sucesivas divisiones sucesorias, ya se mencionaba a la Estancia Las Lajas como una de las primeras vaquerías, cuya actividad consistía simplemente en la caza de ganado cimarrón disputadas a las tribus indias del sur.
Casi dos siglos después, en 1925, Las Lajas fue adquirida por Don Víctor Maggi, quien orientó la explotación hacia una variedad de marmolina (reconstitución a partir de polvillo de mármol) conocida con el nombre de Iggam -su apellido al revés- todavía usada en la construcción. Esta actividad se practicó a gran escala hasta 1947. Enamorado de la belleza del lugar, Maggi, que pasaba aquí largas temporadas, hizo construir viviendas y un embalse. Era el momento del romanticismo y las pérgolas y las fuentes ornamentadas fueron motivo de inspiración. Tampoco faltó la gran pajarera en el amplio parque, acorde con los conceptos estéticos de principio del siglo. Hoy todos estos rasgos son el testimonio de un antiguo esplendor y señas de identidad de la estancia.
En 1935 el señor Maggi cedió el predio en concesión a una empresa inglesa propietaria del entonces Ferrocarril Pacífico, para instalar una colonia de vacaciones. Así arrancó la movida turística del lugar. Se agregaron numerosas instalaciones complementarias y un sistema de iluminación a lámparas de keroseno. Un equipo de 20 personas completó el servicio del hospedaje que llegó a albergar hasta 120 veraneantes; los contingentes de turistas llegaban en tren directo desde Retiro, dos veces por semana. El paquete incluía pasajes y diez días de estadía, con pensión completa.
La nacionalización del ferrocarril marcó el inicio de un proceso de deterioro que culminó con el cese de la actividad y la venta del campo. Durante 40 años Las Lajas estuvo abandonada. Se instaló un aserradero, comenzó la deforestación de eucaliptos y las viviendas fueron usadas como corrales. La falta de mantenimiento fue total, en el interior de las fuentes y las piletas crecieron pastos, árboles, arbustos.
En 1994 una familia de la cercana Río Cuarto compró la estancia, y los Codo Solaro se abocaron a reconstruir el lugar: Héctor, médico ginecólogo y Olga, abogada, se repartieron las tareas. A ellos se sumaron su hija Mariana y Miguel, el marido, para rearmar la parte edilicia. Se habilitaron las antiguas cabañas reconvertidas en cómodos bungalows, devolvieron vida a la plaza central con su pérgola y sus estatuas y acondicionaron el balneario, una enorme pileta natural de 2.400 metros cuadrados sobre el arroyo Las Lajas, coronado también por pérgola y glorieta.
El acueducto tipo romano (construido a comienzos de siglo) ahora oficia de pórtico, y la gran rueda de madera que mueve el agua transformándola en energía, tampoco detiene su marcha.
Durante los fines de semana Las Lajas se convierte en un lugar muy transitado. Previo pago de entrada, la propiedad está abierta a todo el mundo; funciona un enorme quincho con capacidad para 100 personas en donde se asan exquisitos chivitos. Se celebran casamientos en la antigua capilla de piedra y adobe, y las jornadas festivas se alargan hasta la madrugada. Si bien las cabañas están algo alejadas, los que quieran ir a desenchufarse y a no ver gente, deberían consultar el calendario de festejos para saber a qué atenerse.
Cabalgatas y caminatas son propuestas infaltables que llevan a perderse por los senderos de espinillos, cocos, pajas bravas y cortaderas. O ir de noche a "la casa del alemán" (antiguo encargado de la explotación de las canteras) de cuya arquitectura inglesa sólo quedan ruinas, con una torre mirador al costado, y el silencio reinante en esa extraña desolación.
Llegar al Cerro Inti Huasi es otra buena idea para concretar en los alrededores, como algún par más de buenos programas. Entre el museo que Héctor armó con objetos diversos y curiosos, y los paseos por la orilla del arroyo, el tiempo se va volando. Exactamente en un andar distraido por esa ribera el visitante encontrará restos de otra capilla -pircas que habrán soportado todas las inclemencias- y hasta una casa de piedra pequeña sobre la costanera. En tanto, hacia la sierra, hay señales de los comechingones que se traducen en pinturas rupestres y morteros en el Chorro de Borja.