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LAS RUTAS DEL VINO


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Revista LUGARES Nro. 45
Pág. 38 - 42
Por: Rossana Acquasanta

REVISTA LUGARES

LAS RUTAS DEL VINO


La primera en instaurar régimen de visitas para turistas fue Bodegas Trapiche. Este referente obligado en la vinosa ruta mendocina sigue fiel a ese modelo de hospitalidad y hoy, igual que lo hace desde su primer día, recibe en Coquimbito con cordialidad calculada. Azafata mediante, se instruye sobre los pasos básicos que sigue la uva para hacerse vino. En el periplo no falta la sorpresa del enorme tonel de roble, tan enorme que más de una vez se usó como recinto donde comer con mesa y mantel puesto.

Durante añares Trapiche fue la única propuesta, hasta que su ejemplo cundió en los pagos precordilleranos y hoy es posible seguir la huella del itinerario enológico haciendo escala en un generoso número de bodegas. No importa el recorrido que se encare, siempre es perfectamente combinable con cualquier otra actividad de ocio. Mendoza está sobrada en atractivos que parecen reproducirse con euforia de levaduras en plena fermentación del jugo de la uva.

El Vino se huele en los alrededores de Mendoza

Bodegas Escorihuela, una de las más antiguas de la provincia cuyana, es un comienzo perfecto. Está magníficamente restaurada y queda a escasos minutos de la capital, en la parte urbana de Godoy Cruz, con su placita en la entrada hecha un primor de verdes y flores. En la casa hay una sala de arte con exposición permanente de pinturas, una gran sala de degustación y boutique, y el restaurante de Francis Mallmann, que lleva por nombre la fecha de la fundación de Escorihuela: 1884.

Quien recorra la bodega comprobará cuántas maravillas opera la nueva tecnología al servicio de una correcta elaboración de los vinos. Las marcas tradicionales -Carcassonne, PontL'Evéque, Pinar del Río- encubren productos históricamente baratos, pero mucho mejor hechos, sin defectos. Los turistas caminan en silencio, casi en puntas de pie cuando ingresan a la nave central, flanqueados por toneles centenarios, y suspiran ante el inmenso tonel de roble que llegó a la bodega en 1910. El tallado es espectacular, obra de un ebanista alsaciano, con un Baco demasiado hermoso y bacantes que no son vírgenes sino mancebos.

Coquimbito queda a tiro de piedra de Mendoza. Además de Trapiche, está La Rural, templo de la familia Rutini. Imperdible en su contrapunto entre el reanimado Museo del Vino cuyo embrujo alcanza a patios y jardines, y el despliegue de aceros inoxidables en sus instalaciones correspondientes. En este ámbito el gurú es Mariano Di Paola, enólogo y entusiasta generador de vinos modernos. Copas en mano, nos perdemos por senderos umbríos donde vinos aún sin nombre van gestándose al abrigo del roble nuevo.

Roble americano y francés. Mariano conduce los pasos hasta una barrica específica, destapa, toma una dosis tinta de color concentrado y vuelca en las copas. Un sutil movimiento circular de muñeca y los aromas intensos a vino haciéndose grande, se liberan como un aleteo angelical, generoso en expresiones complejas; clavo y canela, came y cacao, caricia y vainilla, ciruela pasa. Lejos está el mundo, a sólo un tranco. Qué delicia este universo en sombras. En la boca, los aromas se hacen gusto a lo que expresan y dicen ser: vino. Monumental.

A seis kilómetros de Mendoza, en Guaymallén, Bodegas Santa Ana se permite tener su propio ferrocarril circulando del viñedo a casa y de casa al viñedo. Su ubicación exacta es Villanueva, en la arbolada esquina de Godoy Cruz y Roca, calles que por supuesto subraya una acequia. Bendito desierto el mendocino, donde la cordillera prodiga a su arbitrio aguas puras y el sol establece esa exacta medida en la amplitud térmica, tan necesaria para que las uvas crezcan y maduren casi en estado de gracia.

En Santa Ana todo es enorme: los eucaliptus del patio, los depósitos de vino, la antigua tonelería, el jazmín que se eterniza en una galería larga, y hasta el simpatiquísimo Eduardo Garat, presidente de la compañía. Los techos de caña, preservadores inigualables del fresco interior, contrastan con la magnitud de los tanques fin de milenio. La sala de degustación está a pasos de la salida; en la barra y en las mesitas de roble, se prueban varietales de la línea Cepas Privadas, o una copa de Ville Neuve, el champagne de la casa.

Por el acceso sur se llega a Drummond, territorio de Bodegas Lagarde. Techos de caña y el adobe, igual que en tantas otras moradas del vino, son elementos ligados a la centenaria bodega. Desde mi visita anterior, los trabajos de mejoras no han cesado. Terminaron la construcción de la nueva nave en la que se alínean barriquitas del nuevo orden, se estiban los vinos y el champagne extra brut descansa en sus pupitres. Lagarde se liberó de toda la tonelería vetusta y se aplica al engrandecimiento de sus muy alabados vinos finos; el reputado varietal malbec proviene de la finca que está al lado de la bodega, 40 hectáreas de preciadísima uva malbec que aportan vides plantadas en 1906. En esta finca los viñedos comparten espacio con olivos también añosos. Vino y aceituna. Es como un imperativo bíblico. Los vinos premiados de Lagarde se venden sólo por pedido especial ya que son de partidas limitadas. Del mítico Semillón del '42, blanco que el tiempo ya transformó en pura expresión licorosa, quedan unas dos mil botellas.

Sonrisas de oreja a oreja y cordialidad a granel es lo que recibimos no bien trasponemos el portón de Domaine St. Diego. Estamos en Lunlunta, Maipú, en el valle formado por el viejo lecho del río Mendoza y es la última etapa en nuestro periplo norteño antes de poner proa al sur definitivo. Estamos en la bodega más chiquitita de todas las conocidas, un relevante punto aparte en todo este andar bodeguero. Yo tenía el dato por amigo francés maniático de los vinos; hace poco el hombre anduvo merodeando por la provincia en pos de petits vins -como gustan llamarlos en su país a esos vinitos familiares que sólo se pueden adquirir en la propiedad- y el olfato lo condujo directamente a la casa de Angel Mendoza.

Y se puso loco de alegría, se sintió en sus pagos, como en casa. Tras la visita, el francés cargó el auto con todo el vino tinto que pudo, dijo arrevoir y llegó a Buenos Aires feliz con sus tesoros que sólo se venden a domicilio o directamente en el Domaine. Y la verdad es que están buenísimos. Probamos un cabernet del '96 y un malbec'93. Lunlunta es zona privilegiada para la uva malbec y las que se dan aquí son centenarias.

La finca se estira en lomas amables con un orden de viñedos breves, los infaltables olivos, algunos árboles frutales, casa y la bodeguita misma, que de tan mínima parece una maqueta. Pero es entrar y asombrarse: hay seis tanquecitos de acero inoxidable de sólo 550 litros de capacidad, un puñado de barriquitas de roble en el subsuelo y el sector de degustación con todos sus elementos. Un placer estos vinos francamente francos, todos obra de Angel Mendoza. Pero ¿quién es este señor? Nada más ni nada menos que el enólogo maestro de Trapiche, quien hace siete años se aplicó a impulsar el nacimiento de la bodega propia, para jugar a hacer sus propios vinos con uvas de viñedos propios. Toda la familia lo secunda y ahí están, encantados con la producción de sólo 20 mil botellas al año que se les van de las manos.

Por el acceso sur, directo a San Rafael
Llegamos con lluvia en noche cerrada. Y llegamos al remanso rural de Los Alamos, propiedad de la familia Aldao, donde nos alojaríamos en los días venideros. No hay en todo San Rafael otro destino igual para establecerse con tanta placentera comodidad. Desde aquí todos los programas factibles de armar en San Rafael parecen más atractivos.

A la mañana siguiente, y mientras desayunábamos, Camilo Aldao fue magnánimo con las ideas pero severo con los objetivos: "En San Rafael no te va alcanzar el tiempo para cumplir ni con la mitad de las cosas que se pueden hacer: con salir a caballo, recorrer la finca, ir a visitar los búfalos y pescar, ya tenés para varios días; después te podés apuntar a un rafting por el Atuel, al rapel, en fin, a lo que quieras. Pero primero nos iremos a recorrer bodegas." Sí Camilo.

Lo bueno de las sanrafaelinas (bodegas, se entiende) es que están todas ahí, prácticamente a la vista. Camilo había concertado visitas con todas y al rato partimos rumbo a la primera, a Jean Rivier. ¿Usted sabía que existe? Le digo más, está hace 22 años, si bien la empresa es de 1956. Familiar desde sus orígenes, así se mantiene. Dos de los seis hermanos están en la bodega: Carlos hace los vinos y Marcelo los vende. Producen entre 400 mil y 600 mil litros por año. Son más conocidos en el exterior que en la Capital, donde sólo se consiguen a través de clubes de vinos. Para mí fueron una revelación. Probamos de todo y a medida que mostrábamos más entusiasmo, más copas ensuciábamos. Igual que chicos en una juguetería, queríamos probar de esta barriquita, y de aquella allá, y de ésta también ya que estamos.

Horas de vino y charla, perfecta comunión. El cabernet-fer (fer: una rara variedad que aquí apenas hay, y los Rivier la aprovechan), pensado para exportación, mostró un estilo nuevo, atractivo en ese gusto entre austero y fresco. En general, los percibí muy europeos. Son vinos limpios, agradables de paladar y con un perfil bien claro: nada pretensiosos y muy bien logrados. Lástima que les falte imagen.

Jorge Simonassi Lyon vende unas 20 mil cajas anuales de su vino que por fin y de una vez por todas, sale al mercado con su nombre y apellido: Jorge Simonassi. Con esta marca comercializa un blanco, assemblage de chenin y toca¡; un tinto de esa estirpe que combina barbera, cabernet y malbec; más un varietal malbec. Jorge armó su hábitat en la calma chicha del campo y de su pequeñita bodega rodeada de viñedos en perfecto orden, están brotando valores para relamerse.

Recorrimos una decena de ejemplos en los que es fácil distraerse varias copas con cada uno; apunto algunas de mis mejores impresiones: la del barbera 98, un varietal excelente, carnoso. Un malbec ciento por ciento también '98, muy concentrado, largo en boca. Un coupage de malbeccabernet-bonarda recién salido de barrica, el top. Próximamente los tendremos disponibles en las mesas nacionales. Los malbec de esta bodega son especialmente buenos, tienen la frescura distinguida de los tintos sanrafaelinos, buena acidez y amables en el paso de boca.

Hace dos años que el acero inoxidable hizo su entrada triunfal en Lavaque. Unas 280 barricas de roble americano (30%) y francés (70%), completan el nuevo look. Los tanques de fibra de vidrio y la tonelería de antaño ceden paso poco a poco a los renuevos conceptuales. Toda la bodega está pensada para que sea visitada, a la vez que el vino se va haciendo.

La entrada conduce de lleno al ambiente de bodega, con las mayólicas subrayando las paredes, los balconcitos interiores, los techos de caña y las esterillas en las ventanas. Los viñedos se extienden a espaldas de la bodega y allá adentro, inmersa entre este discurso de uvas finas, señorea una casa para alojar a huéspedes vip. De los vinos del futuro aún sin nombre, probé un cabernet'98 que ya lleva un año en barrica y pasará otros dos en botella antes de ver la luz, y un merlot'98 de larga maceración.

Por una vez el acero inoxidable no aparece. En Suter todas son piletas. Y después están los toneles y las barricas. Y la cava maravillosa. El sendero subterráneo se abre paso y recorre un largo laberinto abovedado, hasta que se abre en una sala redonda, fin del camino sinuoso, fascinante espacio de degustación. Alrededor, las celdas guardan tras los barrotes una colección de los vinos gloriosos de la casa. Hay pasadizos repletos de botellas de champagne. Hacen 50 mil botellas al año de extra brut y demisec, método tradicional champenois y a partir de uva tinta merlot, es decir que hacen un blanc de noir, literalmente blanco de negro. Los turistas pueden comprar en la bodega los vinos de exportación sólo en cajas (de 6 0 12 unidades) y los nacionales por unidad. Compre o no, nadie sale de Suter sin su botellita souvenir en tamaño mini, que la casa ofrece con toda gratitud por el tiempo dedicado a la visita.

Imagen repetida una y otra vez en los viñedos sanrafaelinos es la de las "fundas" antigranizo que envuelve hileras completas de vides. El granizo es el karma de esta región: justo cuando la uva llega al punto de ser recolectada, horror, el cielo se oscurece y de las negras tormentas llueve el implacable castigo de la piedra. Adiós cosecha, adiós vino, adiós esfuerzos de todo un año. Adiós dineros, adiós.

Los Bianchi dan que hablar en San Rafael. Inauguraron la grandiosidad de la bodega estilo Napa Valley (ver LUGARES 40) y los micros repletos de curiosos no dejan de llegar. El recorrido es con guía joven y de relato preciso por toda la planta, prepotente de aceros inoxidables, y por las frescas cavas de la champañera que se abre camino justo debajo de la loma donde se explayan por encima todas las instalaciones todas. Le sigue video, degustación y hasta la vista baby. Todos encantados. Anfitriones y visitantes. Hay que ir y recorrerla, no perderse detalle, ni el saboreo del excelente champagne, sin duda un gran champagne argentino. Bodegas Valentín Bianchi e Hijos sigue sumando marcas de pedigree a sus clásicos de toda la vida. La última anunciación se llama Don Enzo, que cotiza a $70 la botella y su artífice, el mismísimo don Enzo, está tan orgulloso que no cabe en sus vestiduras. Increíble don Enzo.



 

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