Revista LUGARES Nro. 79
Pág. 66 - 69
Por: Julia Caprara
Fotos: Miguel Montes
REVISTA LUGARES
INGLESES
Las costumbres británicas se han mantenido por años, pero cada vez en menor cantidad sobreviven gracias a las tradiciones de algunas familias. Ya no festejan como antes el 25 de mayo y el cumpleaños de la reina, aunque el Halloween se celebra todos los años junto al té de las flores, cada primavera", afirma con determinismo british Theo Bell, una bellísima dama entrada en años, dedicada a la floricultura. Hija de ingleses, llegó a mediados de los '50 con la familia de su marido, que había comprado una propiedad llamada Belmont. La misma en la que más tarde Bob Thorne -profesor norteamericano contratado por el St. George de Quilmes-, enamorado del lugar, fundó el colegio St. Paul.
Por entonces el establecimiento era con pupilaje, exclusivo para varones, todos hijos de ingleses empresarios y diplomáticos; mantenía el sistema británico -no se hablaba castellano- y el alumnado estaba dividido en casas y los mayores gobernaban a los menores. "El deporte era tan fundamental como las demás materias", dice Ricardo Bunge, su actual director y ex alumno, quien recuerda el rigor de esos tiempos.
La Cumbre creció junto al ferrocarril, entre 1900 y 1940, cuando los súbditos de Su Majestad se hicieron presentes para encarar el trazado férreo que uniría Córdoba con Cruz del Eje. Todo era made in England: la empresa constructora, las máquinas, los ingenieros, los técnicos... Y no fueron pocos los que eligieron quedarse, atrapados entre la belleza serrana y la comodidad de una vida más relajada, situación que propiciaron los subsidios y pensiones otorgados por el gobierno británico.
Para que la nostalgia no les jugara una mala pasada, los recién establecidos crearon su propio golf, en 1924, por iniciativa de Roland Harding. Primero se hizo la cancha y luego el club house. Así surgieron los 18 hoyos, entre árboles añejos, de un desafiante circuito que terminó por convertirse en un orgullo para los cordobeses. Pese a que este espacio hoy reúne fans de varias nacionalidades, aún es común sorprender a más de un veterano tomando su gin tonic al finalizar el juego. Hay legados insoslayables, qué duda cabe.
A simple vista, el centro de La Cumbre no presenta rasgos característicos de aldea británica, que ya nuclea una gran cantidad de porteños -clase media alta- dispuestos a gozar de una mejor calidad de vida. Sacarle provecho al flujo turístico parece ser la consigna, a juzgar por los nuevos restaurantes que han abierto. Dos ejemplos son Señora de Tal, parrilla muy coqueta que delata ciertos tics urbanos como la ensalada de rúcula y los cortes pequeños de carnes que salen de las brasas en versión bombones, y El Triángulo, ecléctico bar donde se puede desayunar y también comer una fusión de platos típicos con tex mex. Son el contrapunto de La Casona del Toboso, que sigue fiel a su carta tradicionalmente argentina, en la que el chivito y el aceite de oliva de la cooperativa de Cruz del Eje ponen su toque cordobés. Casa Caraffa, por su parte, mantiene la oferta de caserismos y la abundancia del salad bar en la esquina de Caraffa y Rivadavia.
Más allá del ombligo urbano, en las ondulaciones serranas, es donde este enclave recupera su fisonomía original, con sus casas antiguas de chimeneas en los techos a dos o varias aguas, el césped recortado, las flores en orden y las arboledas derramando sombra para sosiego del alma. Es apartarse del centro para que la sensación de soledad domine el entorno; quizás por eso el genio de Manuel Mujica Láinez eligió este lugar para refugiarse en El Paraíso en la vecina Cruz Chica, esa porción frondosa que une La Cumbre con Los Cocos.
La avenida Bartolomé Jaime transita en abrazos de álamos y casas señoriales, como la trilogía que forman Granada, Toledo -a punto de abrirse como posada y hostelling- y el Alcázar de Sevilla, reinaugurado y convertido en un refinado hotel. Estas imágenes testimonian el lujo pasado de las grandes fiestas, cuando la clase pudiente de Buenos Aires llegaba en malón y con séquito propio con la excusa de las bondades del aire serrano. Para el artista plástico Miguel Ocampo -que llegó a La Cumbre en el '78, directamente desde Nueva York, donde residía-, el "estar aquí me llevó a lo figurativo en la pintura". Su casa y atelier dan de frente al remanso del golf. "La relación con la naturaleza es otra cosa", agrega, mientras deja vagar la mirada por ese exterior siempre verde. "No extraño nada, acá lo tengo todo", concluye Ocampo, satisfecho de la vida.