Revista LUGARES Nro. 79
Pág. 64 - 65
Por: Julia Caprara
Fotos: Miguel Montes
REVISTA LUGARES
ITALIANOS
En su carnicería de la calle Don Bosco, Norma Rosa Londero corta un salame fresco que hace honor a las recomendaciones y acomoda el pan casero junto al queso y al vino sobre el mostrador, listo para convidar a los clientes. "El trabajo artesanal es el signo heredado de los mayores", sentencia, a la vez que posa con los utensilios que utilizara su nonna para cocinar, y con voz experta, gesto erguido y mucho orgullo aclara que sólo durmió tres horas, debido a la última tanda de la producción semanal: 250 kilos de salame que elaboran cada siete días ella y su equipo.
Norma dignifica la memoria de sus abuelos friulanos que llegaron a Colonia Caroya directamente del noreste de Italia. La gran mayoría de los que emigraban pertenecía a las provincias de Undine y Treviso, alentados por los carteles que entonces se difundían en la península con el anuncio de "Concessione gratuita di terreni ai lavoranti agricoltori", merced a la gestión del presidente Nicolás Avellaneda.
En el bar 9 de julio frente a la iglesia principal, la familia Strasolier lleva más de 50 años en el rubro y entre los banderines, el mostrador y los retratos de la bondiola fatta in casa, David Strasolier acomoda las mesas porque en breve vienen los paisanos a comer la picada. Si algo no falta en esta ciudad son espacios públicos donde comer dos localismos emblemáticos: fiambres y pastas caseras; los más concurridos son La Buona Pasta de Minga y El Friuli, sobre la avenida San Martín.
Pocos lujos, mucha limpieza y calles asfaltadas. Más allá, el campo y las prolijas quintas con sus amplias casonas de galerías cubiertas con enredaderas. Así se luce Colonia Caroya, laboriosa comunidad rural dedicada a la producción de vinos, frutas y chacinados.
La San Martín es la arteria principal, coronada en sus diez kilómetros de largo por dos mil plátanos. Ver las acequias que la recorren y asociar esta imagen con la de Mendoza, es todo uno.
Aquello también creció de la nada gracias al esfuerzo de tantos italianos. En Colonia, es común ver todavía los viñedos resguardados por postes y morenas, una antigua forma de protección que hoy sustituye la malla antigranizo.
Los colonos producían todo lo que consumían, desde el jabón hasta el vino, que recién salió del anonimato en 1997, cuando fueron introducidas 20 mil vides provenientes de Raucedo, Italia. La Caroyense es la bodega más importante de la zona, que además de vino hace grapa, bebida friulana por excelencia.
No perdonan una celebración los habitantes de Colonia. A la vendimia en marzo, hay que sumar la festividad de San Antonio de Padua en junio, y en julio la de las comidas típicas, todas ocasiones propicias para que el Bochas Sport Club, frente a la iglesia principal, haga su despliegue de mesas que se atiborran de locales en sus trajes típicos y turistas, todos dispuestos a relamerse con los fiambres caroyenses empujados a pan casero y vino regional, a cambio de un discreto puñado de pesos.
Música es la que sobra en estos casos, y uno de sus máximos exponentes es Rogelio Copetti, un diestro del acordeón al que le arranca ritmos furibundamente populares. Miguel Parisi ensaya con su guitarra para el festejo de su mamma, a punto de alcanzar los 90 abriles. "Después del trabajo, aquellos italianos se reunían y cantaban, en la calle, tanto hombres como mujeres; así que nosotros mamamos esa nostalgia por la patria lejana, pero resulta que ahora allá es a la inversa: cuando estuvimos en Italia los chicos que se fueron nos pedían por favor folklore argentino", comenta entre rasguido y ajuste de clavijas.
Así son las piruetas de la vida! Mientras tanto y mientras el cuerpo aguante, en los pagos de Caroya seguirán rindiendo culto a esa otra tradición local, que es festejar con cualquier excusa. La más inmediata que tienen Miguel y su grupo Gli Amici Di Caroya es la de animar el cumple de su santa madre, motivo de gran festichola gran a la que no faltará nadie.