Revista LUGARES Nro. 57
Pág. 80 - 89
Por: Rossana Acquasanta
REVISTA LUGARES
MAR DEL PLATA EN INVIERNO
Afuera es mar y reina el frío. Sobre el trazado simétrico de las calles flota una quietud salobre e irremediable que el Atlántico acuna hasta volverla infinita, a su medida. Horas largas y días breves, los pescadores en la escollera y algún surfista en el oleaje. Puede haber llovizna o sol radiante, el verano igual no está. Sus 4 millones de visitantes anuales tampoco.
Pero la ciudad y su gente se quedaron donde la voluntad los puso, y la vida continúa, abonando utopías cotidianas. Afuera es gris y el viento manda. Así es como a mí me gusta Mar del Plata. Despojada de trucos estivales, envuelta en el silencio de los balnearios vacíos.
Porque a esta ciudad no la inventó un verano sino el trabajo, hace 143 años, cuando, mucho antes que estación de baños y punto de encuentro de los notables de finales del siglo XIX, supo ser saladero de cueros y puerto de la Laguna de los Padres. Su fundación se legitimó un 10 de febrero de 1874 sobre un terreno de seis mil hectáreas y por expresa decisión de Patricio Peralta Ramos, después de haber adquirido tierras y el saladero.
Más tarde entró en escena Pedro Luro, al que los cronistas describen como un vasco exitoso adicto a comprar propiedades. De su mano, el progreso aconteció, inevitable y bienvenido. Para 1880, unos cuantos porteños ya tenían a Mar del Plata en la mira; los que se animaban debían cubrir una distancia de 150 Km. en diligencia desde Maipú, que era hasta donde el ferrocarril arrimaba. Así que el entonces gobernador de la provincia Dardo Rocha, prometió extender la línea y para la Semana Santa de 1887, el mismo vicepresidente Carlos Pellegrini llegó en tren a ese destino insólito, junto con José Luro-hijo de don Pedro- y Paul Groussac, figura relevante de los círculos intelectuales porteños.
En enero del '88, Luro junior abría el Bristol Hotel, de 67 habitaciones. Con todos los fastos, bien a la europea, el edificio fue levantado sobre tres manzanas unidas por túneles de los cuales, se dice, algunos todavía quedan.
Las noches del Bristol alimentaron argumentos dignos de novelas, igual que sus famosos carnavales. Mar del Plata crecía espléndida sobre las últimas estribaciones de Tandilia, ésas que tienden a perderse suave y peligrosamente bajo la espuma del mar en Cabo Corrientes y Punta Mogotes. En ese enclave de la costa atlántica, a 404 Km. de Buenos Aires, se recreaba la versión patria de Biarritz.
De aquellas décadas fulgurantes quedan un magro pero elocuente puñado de mansiones y palacetes, más el viejo faro, la Torre Pueyrredón antes Belvedere y ahora conocida como el Torreón del Monje (que hiciera construir Ernesto Tornquist) y, cómo no, el casino y el -hoy inactivo- hotel Bristol sobre la playa homónima, viva estampa marplatense.
Con sus 39,2 km de costa, Mar del Plata, cabecera política y administrativa del partido de General Pueyrredón, se convirtió con los años en la ciudad argentina por excelencia. Al porteño de alma, le encanta. Puede recorrer la playa en paz y patear sus peatonales sin otro afán que el de sentirse parte de esa comunidad de 500 mil y pico de residentes. Se conoce de memoria Juan B. Justo, "la calle de los pullóveres"; sabe que los locales privilegian la Güemes -con su Plaza de Agua- como arteria peatonal vistosa de negocios y concurrida por gente linda, pero no se priva de un recorrido por San Martín, de carácter más popular. Ni renuncia al cafecito al paso en cualquiera de los muchos establecimientos Havanna, ni al de la Boston, confitería clásica frente al mar.
El frío le sienta bien a Mar del Plata, le resalta su perfil cultural. De las casas de estilo italiano, queda el ejemplo impactante de Villa Normandy (1918), hoy sede del consulado de Italia. El palacete señorea en una esquina justo enfrente al nuevo Museo del Mar y a escasos cien metros de otra histórica mansión, la de los Ortiz Basualdo (1909), en la que funciona el Museo de Municipal de Arte Juan Carlos Castagnino. Su estilo original, francés, evoca la estética de un castillo del Loira. La planta baja y el segundo piso son los ámbitos del museo, mientras en el primer piso se expone el mobilidario de la época, una fusión de art nouveau tardío -art déco- con francés Luis XVI. Son todas piezas fuera de serie, diseños y realización del genial belga Gustav Serrurier-Bovy, de Lieja. Por una de las ventanas se ve, a meros pasos, la casa de los Blaquier.
Pablo Sisterna es el nombre del joven heredero del imperio Havanna, quien vendió sus acciones para dedicarse de lleno a cumplir con un mandato familiar: darle a la colección de caracoles de su fallecido padre Benjamín, un dignísimo destino. Surgió la idea del museo del mar planteado en un multiespacio de cuatro pisos con cafetería, boutique de souvernirs, acuarios para peces autóctonos, y las vitrinas donde se reúnen las 30 mil piezas provenientes de todos los mares del mundo, y que representan nada menos que 3.300 especies diferentes. En la colección no falta ni la Tridagna jiga, megalmej a australiana que devora peces enteros y hasta la pierna de un hombre rana despistado. Junto a este complejo está la casa original, que data del `30, donde funcionarán una sala de arte contemporáneo, un microcine y las oficinas.
Hay que ir hasta el arbolado y sereno barrio del Divino Rostro para comprobar que, efectivamente, Villa Victoria, Villa Silvina y Villa Mitre, esta última actual Museo Archivo Histórico Municipal Roberto T Barili, son tres residencias y están muy cerca una de la otra. La primera la hizo traer de Inglaterra (1912) Manuel Ocampo, padre de la escritora. La casa fue donada a la UNESCO por la propia Victoria, y aún hoy mantiene las puertas abiertas como galería de arte y foro- -que prestigia la actividad artística y educativa de la ciudad.
El primer espacio religioso que tuvo Mar del Plata es la capilla Santa Cecilia, que se levantó por orden de su fundador Peralta Ramos en homenaje a su mujer, e inaugurada en 1873. Y es a partir de este templo, que la agrimensura fijó los rumbos de las calles de la futura ciudad.
Con la iglesia Stella Maris (1910) se inaugura en Argentina el culto mariano por esa virgen, patrona de la Armada Nacional. Su estilo es neogótico, igual al que distingue -frente a la plaza San Martín- a la catedral de los Santos Pedro y Cecilia, con vitraux franceses y una araña central de puro cristal de Baccarat que antaño colgaba en el Bristol Hotel.
Inspirado en el art nouveau de la secesión vienesa y declarado, en 1985, Monumento Histórico Nacional, el Oratorio Unzué (1912) es un asombro exquisito de mármoles y oro. Misa de diez los domingos, y casamientos que se celebran con las puertas abiertas al Atlántico, son acá ritos sagrados. El mismo forma parte del muy venido a menos Instituto Saturnino E. Unzué, edificio que se destina, con gran esfuerzo, a actividades didácticas para la comunidad. En el parque, más allá de una breve y añosa avenida de plátanos pintos (que extrañamente se injertaron, solitos, por arriba), aparece un San Francisco de mármol de Carrara.
Hay un museo atípico para visitar, que es el de Vilas. Sí, el del tenista, hijo pródigo de Mar del Plata, igual que lo son Castagnino y Piazzola. El museo ocupa parte de la que fuera casa -impresionante- de los Unzué en una esquina de Bolívar y el boulevard Marítimo. La mansión es tan grande y tiene tantos vericuetos que hasta la usaron como "Casa del Terror". Qué horror. Pero desde hace tres años es la sede de la iconografía Vilas mezclado con restaurante y cafetería, gran ha¡¡ con recepción, reluciente moto Harley Davidson al fondo, un patio de pizzas, los descapotables del tenista, cuatro magníficas suites donde cualquiera puede alojarse, la disco en el subsuelo con montones de arañas de caireles, originales de la casa, una mesa de pull con cabezas doradas de león en los esquineros y patas de ídem, los espejos impresionantes... Un flash.
Si logra agotar la lista de museos, iglesias y casas, recorra el tradicional barrio Los Troncos que derrama un sosiego de chalets en piedra y tejas, arquetipo de la estética marplatense. Pasee a l0 largo del Paseo Marítimo, apúntese a inesquivable merodeo portuario por "la banquina", que ilumina el amarillo de los barcos pescadores, y observe a distancia -huele demasiado fuerte- el asentamiento de lobos marinos de un solo pelo en la escollera sur.
Si está con chicos, al faro de Punta Mogotes hay que ir. El parque que lo rodea añade más motivos de entretenimientos aunque -ay- la música de bailanta que suena a todo volumen, es una verdadera tortura. Jobel Elbio Palacios es suboficial principal de Servicios Hidrográficos, especialista en faros; hace 30 años que está en la Marina y es el responsable de velar por el buen funcionamiento de la torre costera que aún hoy sigue iluminando la ruta de los navegantes. El faro se construyó en Francia por la misma empresa que hizo la torre Eiffel: Barbier Bernard Turene. Las piezas llegaron en barco, se inició el montaje en 1890 y el 5 de agosto de 1891, el vigía de metal quedó inaugurado.
Junto al faro, el Mar del Plata Aquarium es programa obligadísimo con o sin infantes. Impecable, este gran parque temático que se explaya sobre la costa, es un largo y sinuoso recorrido que va hilvanando espacios exteriores e interiores habitados por diferentes especies de fauna acuática, además de incluir patio de comidas y tiendas de souvenirs.
El oceanario, con las ictiologías del mar argentino, es tan imperdible como instructivo. El sector de los delfines y las belugas, invita a quedarse horas; con o sin espectáculo, estas criaturas siempre demuestran ser extraordinarias.
Más ideas para compartir en familia: la escapada al minizoo en la entrada al barrio de Sierra de los Padres y a las reservas naturales que son tres: la cercana Reserva Natural del Puerto, entre los tanques de YPF y Gas del Estado; la Reserva Forestal Sur, y la Reserva Integral en la Laguna de los Padres. En este lugar donde hace 300 años se dio el primer asentamiento jesuita, se puede visitar el Museo José Hernández en la que fuera casa del escritor durante su adolescencia.
Agregue una visita a la Granja Educativa La Piedra, cerca de las canteras, para que los chicos vean dónde se crían animales de corral, cómo se hace un queso y de qué se trata una huerta orgánica, entre tantos otros aspectos de la vida en el campo.
Si el buen tiempo lo permite, no se prive de pasar un dia en la estancia La Trinidad, propiedad de Inés McGuire de Bengolea, mujer encantadora si las hay. La actividad agrícola y el polo caracterizan a esta estancia marplatense, y desde hace seis años recibe al público los fines de semana con opíparos almuerzos campestres a precio fijo. Muy cerca está Camet, pueblito con estación ferroviaria de 1886, donde llegó el primer tren a Mar del Plata, del que se conserva la locomotra. Castagnino tenía su taller de pintura cerca y mucha de la gente del lugar que él inmortalizó en sus telas aún vive aquí.
Frente al monumental hotel Sheraton se abre el Mar del Plata Golf Club, "la catedral del golf' también conocida como la cancha vieja de Playa Grande. Sus fairways angostos e inclinados, el abundante rough, y un fuerte y cambiante viento, hacen que los 18 hoyos de esta cancha centenaria (acaba de cumplir los 100 años) sean un auténtico desafío. Para los fans del golf, lo mejor es instalarse en ese ultra confortable cinco estrellas que mira a los greens y al mar: con sólo cruzar la calle ya está en la cancha y además gozará de tarifas preferenciales por ser huésped del Sheraton.
La ciudad marplatense no arruga ante el invierno ni a la hora de las tertulias vespertinas que convoca La Cuadrada, antigua casona convertida en casa de té, y que es, desde hace años, un punto de encuentro clave, anticonvencional. Igual que lo es Antares, cervecería del centro con excelentes cervezas de elaboración propia, para beber sin restricción en bullicioso y eufórico ambiente, mientras afuera es noche y el frío manda. Porque así es como a mí me gusta Mar del Plata.