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MAR DEL PLATA Y MAS ALLA


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Revista LUGARES Nro. 63
Pág. 40 - 49
Por: Rosana Acquasanta
Foto: Carolina Aldao

REVISTA LUGARES

MAR DEL PLATA Y MAS ALLA


Suite de Pretty Nook Con Carolina llegamos un día soleado y en la bahía reinaba una calma chicha de sombrillas que recién empezaban a despuntar en ordenada multiplicación. Todo, poquito a poco, se desperezaba, así que nos dedicamos a acompañar ese paulatino despertar merodeando por aquí y por allá, probando algunas de las buenas propuestas de esparcimiento, y haciendo, esencialmente mucha vida marplatense.

Para eso nos instalamos en Pretty Nook, la casa paterna de Puppe Mandel, que el año pasado convirtió en bed & breakfast y donde dan ganas de quedarse para siempre, sobre todo en ese irresistible jardín de invierno. Al fondo del parque se ven la pileta y la casita de los huéspedes. Obra del arquitecto Serra Lima y construida en 1926, la casa tiene la particularidad de los contrafuertes al estilo de los castillos europeos; ni una grieta asoma en su sólida estructura, intacta, como cuando despuntó en La Loma, allí arriba a pasos del mar, para dominar un paisaje que entonces no era más que piedra y océano.

Pretty Nook es un refugio lleno de encanto, de detalles sorprendentes e incomparable en sus ventajas: lo rodea una paz incorruptible aún en pleno enero, queda a dos trancos del Piazza Café (platea de lujo para esperar el amanecer) y de ese otro icono local también junto al mar, la confitería Boston, célebre por sus incomparables medialunas. Con diarios y domingo a la mañana, arde la Boston.

Caro y yo no perdonamos una. Cumplimos con el mentado rito sagrado dominguero y con el de hundir los pies en la arena en caminatas vespertinas a orilla de la espuma; estuvimos papando moscas en el paseo marítimo donde se amuchan los pescadores, y pastoreamos por la Bristol con espíritu cholulo a ver si entre los primeros recién llegados descubríamos algún rostro famoso.

Por supuesto recorrimos las ilustres casas que guarda la ciudad -casi todas convertidas en museos-, cuyas historias familiares cuentan buena parte de la historia argentina, y una vez más se nos cayeron las babas en la mansión de los Ortiz Basualdo frente al art déco de muebles y decoración que irradia el primer piso, producto del genio del belga Gustav Serrurier Bovy, modernísimo aún ahora: ya está claro de dónde sacó Philip Stark sus ideas vanguardistas.

No subimos a la Torre de Agua porque la encontramos siempre cerrada, ni nos distrajimos demasiado en la zona portuaria, pero en cambio constatamos que no importa por donde uno ande, la mar océano es omnipresente aun cuando no se vea: se huele, se siente en la piel, llega puesta con el viento, salobre y vivificante. De él nos comimos el mejor pescado, en el muy popular Viento en Popa, y como contrapunto, festejamos la llegada de mi cumpleaños con torta y velitas en una suite del piso mil del Sheraton, frente al mar v a las estrellas.

Las obras y el arte

Museo del Mar Quedó espléndido el Museo del Mar, obra magna del joven Pablo Sisterna. El increíble número de caracolas (30 mil nada menos, que representan unas 3.300 especies marinas de todos los mares) coleccionadas por su padre Benjamín a lo largo de su vida, tienen aquí un lucimiento de primer nivel. Las figuras más extrañas, los colores y tamaños más insospechados que un molusco puede llegar a modelar, están aquí. Imperdible es poco decir.

Chicos y grandes se eternizan con la ñata contra el vidrio de los acuarios para ver nadar a los especímenes del Mar Argentino: tiburones, besugos, merluzas, chernias, brótolas, al pez ángel, a las rayas... "Nunca más voy a pescar una raya, nunca más", dijo un señor después de verlas nadar aquí, tan delicadas en su grácil aleteo, casi celestial. Por Eddie Aristizábal, 38 años, biólogo, director científico del museo, supimos que lo acuarios tienen cuatro metros de ancho y "aunque no lo parezca, ahí hay 100 mil litros de agua de mar que mantenemos a 12 y 13°." Después de su captura, los peces se someten a cuarentena en una pelopincho y se desinfectan antes de ser trasladados a la pecera.

"Con lo que otros hacen mesadas a mí se me ocurre hacer estas cosas", dice Juan Ramón Giménez -como el autor de Platero y Yo, pero con ge-, envuelto en una impalpable nube blanquecina que inventan las millones de ínfimas particulas de polvo de mármol suspendidas en el aire. Esas cosas son lámparas, ingeniosos portavelas, delicados apliques de luz y esculturas que se pueden ver y comprar ahí, en el taller que armó en la parte trasera de su casa matriz, junto a la higuera. Por todas partes parecen brotar trozos de mármoles y piedras de todos los tamaños, pero "nada que no pueda ser movido: no tallo ninguna piedra que yo no pueda levantar con mis brazos".

Este Juan Ramón Giménez tiene 29 años y hace seis que trabaja mármoles provenientes de todas partes. Empezó con diseño industrial, no le cerraba.

Un día en la playa, solo y tirando piedritas a la nada pensó qué cuernos podía hacer con eso, con un trozo de roca. Primero hizo colgantes. Después, el Museo Municipal de Arte Juan Carlos Castagnino expuso una piedra que había tallado con semblante de Quijote y desde entonces le da para adelante. Admira a Brancusi y a Chillida, a quien conoció fortuitamente en San Sebastián: Juan Ramón caminaba entre los acantilados donde el escultor vasco compuso su famoso Peine de los Vientos (un conjunto escultórico en el que mar y viento generan sonidos alucinantes), e iba con una postal en la mano que ilustraba esa obra, preguntándose cómo podía hacer para conocer a su autor.

De repente se lo encontró cara a cara, ahí, sin poder creerlo, y terminaron paseando juntos por la bahía, charlando horas.

Item fuerte del verano es el surf -el tipo de olas v el amplio litoral marplatense lo justifican con creces- y entusiasma a los que por nada del mundo quieren conformarse con hacer la plancha sobre el agua salada. Dato posta: Ricardo Saracino. Es el presi de la Asociación Marplatense de Surf, hace 25 años que remonta el oleaje, trabaja en conjunto con la Secretaría de Medio Ambiente para la "concientización del cuidado de las playas" y es dueño de Big Wave, marca local que comercializa tablas, ropas y accesorios de este deporte. En palabras de Ricardo, "hay tres puntos de ola power: Playa Grande, La Paloma -pasando los acantilados- y Chapadmalal, y según el viento varía la calidad en las diferentes playas".

Bicicleteadas aptas para todo público, tampoco faltan. Parapente, menos. Lo último: tirarse en paracaídas. Así nomás. Para eso llámelo a Osvaldo Campos, de Mar del Plata Jumps, como hicimos nosotras.

Campo adentro

Laguna Brava El camino a Balcarce es un derroche de cultivares en los que aparecen barrancos, una loma, algún promontorio solitario. Fuimos a la patria chica de Juan Manuel Fangio, el héroe nacional del turismo carretera y cinco veces campeón mundial de Fórmula 1, récord todavía imbatible. Visitamos obviamente el Museo del Automóvil, templo de los tuercas que sorprende y atrapa hasta a los que no lo son, como yo por ejemplo, que de autos sé tanto como de amaestrar ranas.

También nos arrimamos a Sierra de los Padres y decidimos quedarnos allí un par de días. Está a escasos 20 Km. pero hay que ver qué lejos parece este enclave serrano que creció alrededor de una magnífica cancha de golf, de 18 hoyos repartidos en lomadas naturales a la vera de los trigales circundantes. En Sierra se propone vivir de manera prescindente de la gran ciudad y quienes lo cultivan se confiesan seres felices. Hugo Giménez es uno de ellos, experto jinete y organizador de las cabalgatas que aquí se pueden hacer, por ejemplo, a las lagunas Brava y de los Padres. Las mismas se contratan en la recepción del muy confortable Sierra de los Padres Apart Spa.

Con Rumbo Sur

Acantilados de Chapadlamal Chapadmalal es la primera línea de costa casi agreste que se revela en la ruta, después de pasar la larga fila de los balnearios de Punta Mogotes, del Mar del Plata Aquarium y el Faro, de La Reserva (un balneario privado) y de la Barranca de los Lobos. El recorrido es un espectáculo de acantilados y mar de olas temperamentales. A mano derecha, un camino conduce a Marayui, otra meca de golfistas que propone instalarse a cuerpo de rey en lo que fuera casco de estancia de los Martínez de Hoz.

En terrenos casi colindantes con esa propiedad, están las instalaciones del spa del Club de Playa Siempre Verde, que forma parte del RCT -Residencias Cooperativas de Turismo-, complejo de aparts siempre a tope de público.Inés Lenell El spa está a cargo de Inés Lenell, kinesióloga, joven masajista rubia y maravillosa. Vagó algunos meses por la India, aprendió yoga, tiene un master de reiky obtenido en California -cuando aquí ni se soñaba con que existiera esa disciplina-, se apalancó ocho años en Hawaii, donde trabajó en un super resort al que acuden estresados actores de Hollywood, y ahora está en su casa de Chapadmalal con marido e hijos para brindar felicidad a ritmo de masajes fuera de serie.

De sus milagros también se han beneficiado los huéspedes de Club de Mar de Manantiales, que está ahí cerca, y en Siempre Verde coordina programas para parejas todos los fines de semana. Que su técnica es efectiva y reparadora, doy absoluta fe. En sesión al sol y sin apuro, borró una contractura de mi cuello, dejó mi musculatura más lacia que la de un gato dormido y reordenó de tal forma mi energía interior que dos horas después me estaba tirando de un paracaídas... ¡por primera vez en mi vida!

Carolina quería hacer fotos aéreas y yo, que nunca me había tirado de ningún avión, me presté al acto de arrojo bautismal. ¿Qué se siente? Desde ese mal menor llamado miedo, preludio de toda nueva experiencia, hasta una dicha inconmensurable llena de estupor, desconcierto, risa, todo, todo lo que pueda imaginarse menos vértigo. Palabra de vertiginosa.

Osvaldo Campos opera en sociedad con Cristian Toledo, que oficia de camarógrafo en plena caída.

Podría escribir páginas de ese salto, pero el espacio no cede. Así que seré breve. Después de dar el sí por teléfono, me dio el arrepentimiento. Típico. Nos encontramos en el aeroclub, mateamos, hablamos de las diferentes disciplinas que hacen al paracaidismo (precisión de aterrizaje, estilo, trabajo relativo secuencial-que es cuando arman figuras durante la caída-, etc.), y después me dieron la ropa para que me vistiera. Carolina se moría de risa. Yo de nervios. Hubo explicación de cómo iba a ser el operativo. Osvaldo, el instructor, iría enganchado a mi espalda.
Playa de Mar del Plata
"Vos despreocupate, que de controlar la situación me encargo yo; lo único que tenés que hacer es lo que yo te diga, por ejemplo, una vez que nos tiremos, tratá de no mirar para abajo y mantener la cabeza levantada; cuando yo te haga una seña con la mano para un lado o para otro vos mirá para esa dirección: lo vas a ver a Cristian". Después hicimos toda la parodia con el avión en tierra, subimos y partimos rumbo al cielo. Ibamos cinco en el Cessna, apretados como perejil en maceta.

Volamos hasta los tres mil metros de altura y la vista no podía ser más nítida. Qué ganas de tener ojos de águila y ver hasta lo imposible, pensé para distraerme. Osvaldo se enganchó a mi arnés, ajustó cintas. "Ponete las antiparras", ordenó. Fuiste Acquasanta, me dije. Cuando abrieron la puerta del avión, se metió un huracán.

Primero saltó Cristian: visto y no visto. No había tiempo para perder. Nos arrastramos hasta la salida, me senté en el borde del avión y apoyé los pies en el estribo, tal como me había explicado Osvaldo en tierra. Me agarré de los tirantes del pecho y junté los brazos junto al cuerpo (es para evitar golpearse en el momento del salto); Osvaldo gritó "¡ahí vamos! ¡vaaa!" y salimos volando. El ruido del viento era tremendo, sentí como si tuviera aspas de helicóptero pegadas a la cabeza; los cachetes me flameaban como banderines y me costó no mirar para abajo; cuando levanté la vista y lo ví a Cristian a mi izquierda, esa presencia obró un efecto milagroso: perdí la noción de la caída, estábamos uno frente al otro en el aire y era una sensación fantástica, reparadora.

Después vino el tirón hacia arriba del paracaídas al abrirse y de golpe cesó el ruido: flotábamos igual que hojas ¡ah, qué maravilla! Suspiré largo. "Ahora relajate -me dijo Osvaldo- y dejá caer los brazos, abrí las piernas, podemos charlar si querés". Fue genial. Mientras hablábamos, yo trataba de adivinar de qué se trataba cada punto en tierra firme. El aterrizaje exigió que replegara las piernas para que Osvaldo pudiera caminar, y después seguí yo. Tan dulcemente llegamos al pasto que más me pareció haberme tirado en una cama. Estábamos junto al lugar de donde habíamos partido.

Increíble. Hubo hurras y risas a granel, besos de rigor, agradecimientos y felicitaciones. Mi cuerpo temblaba pero, aunque no pude admitirlo de entrada, estaba feliz.

Osvaldo es un capo. Mientras caíamos descubrí que Mar del Plata parecía más chica de lo que en realidad es, y que el océano en cambio se agrandaba. Así fue que tuve el privilegio de captar toda esa grandeza espacial reservada, hasta no hace tanto, sólo a los dioses y a los pájaros.



 



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