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Revista LUGARES Nro. 41
Pág. 48 - 52
Por: Julia Caprara
REVISTA LUGARES
MAR Y ESTANCIAS
No hay como enganchar la 11 y seguirla cuesta abajo para tener la certeza de que la provincia de Buenos Aires es, además de enorme, más orillera que Gardel. Punto de partida del descenso: el mismo que determina el comienzo de la bahía del nombre rimbombante. La meta: relevar la zona hasta Mar de Ajó. Resultado: no sólo de peajes está la ruta llena; más allá del asfalto el panorama es una sucesión de montes, bosques, playas, cientos de pájaros en tránsito, pura inmensidad que se continúa aguas adentro mucho después de que el Río de la Plata se disuelve en el mar.
Juan Gerónimo
Punta Piedras es el determinante geográfico de la bahía por su extremo norte y en las proximidades está la estancia de los Muniz Barreto. Era el mediodía de una jornada espléndida cuando llegamos a la tierra y el río que don Ernesto Tornquist legó a su hija María Luisa y marido (Benjamín Muniz Barreto), abuelos de Florencia, nuestra anfitriona.
La bienvenida se redondeó con sabor a pastas caseras y vino malbec, profiteroles a los postres, más café. El sol pegaba en el alero de la galería.
Aprovechamos el buen momento que la tarde había inventado para recorrer la propiedad, sumergida en un tiempo propio y aire apaciguado como de campiña inglesa. Las casas, que son muchas, se reproducen en estilo Tudor según diseño de María Luisa Tornquist y del arquitecto Collcut, autor del Hurlingham Club y la Embajada Británica. Yendo hacia las caballerizas destaca una avenida de eucaliptos y acacias a través de la que se descubre una casa de té, la cabaña con 20 boxes para percherones y la cochera. La administración parece un castillo y tras sus muros funciona una escuela rural. Sucumbimos al encanto de la casa de las orquídeas, con paredes enteladas y muebles semilleros, donde antiguamente funcionó un invernadero.
Respiramos hondo en el bosque de helechos y calas, caminamos hasta que la noche incipiente fue anunciándose y por fin nos metimos en la matera donde un avivado fogón nos iluminó. Ya en la casa principal, en un ambiente de antiguos muebles portugueses y platería inglesa, disfrutamos una sabrosa parrillada y después, a dormir.
En la mañana fuimos a ver el trabajo rural; coincidimos con la vacunación del ganado, que está integrado por cebú, Aberdeen Angus y Brangus; contemplamos la destreza de los peones y el atolladero de los animales en la manga. Antes del almuerzo se ensillaron un par de caballos
Y partimos hacia el río en alegre montón. En el camino recogimos conchillas y caracoles, vestigios de la antigua cuenca marina. Llegamos a la orilla al trote, donde los médanos de pasto endurecido ondulan sobre un suelo arcilloso. Los talas son autoctonías dominantes que derraman su sombra amable y los cangrejales bordan el camino. La magnitud del agua marrón, intacta en el horizonte. Estampa bonaerense típica, a la vez distinta y única.
Un mundo marino
¡Cosita, mmm, bichito lindo, bebé cuchi-cuchi!, fueron las primeras frases que soltamos en San Clemente del Tuyú no bien nos internamos en el acuario de Mundo Marino. Un cachorro delfín tomaba la teta de su mamá Clementina y nosotras tuvimos el honor de ver la escena tras los cristales. Desbordadas de ternura recorrimos este pequeño universo poblado de estrellas -orcas, lobos marinos, pingüinos- y otros muchos especímenes.
Lagunas con flamencos, auditorios con pantallas proyectoras de última generación, piletones donde retozan delfines, shows múltiples y familias que deambulan entre las 17 hectáreas del oceanario. Todos se divierten y aprenden la lección sobre fauna tan rica. Una explosión de colores y música se mezcla con anuncios de shows por altoparlante, mientras en la "trastienda" una fundación rehabilita a los animales enfermos y promueve programas didácticos y científicos; la idea es la revaloración de un mundo castigado, aunque la discusión del cautiverio perdure en free Willy.
En La costa
Seguimos ruta. Unos 14 kilómetros más al sur nos internamos entre los pinares de Costa del Este. Visitamos el spa y el resort del Playa Palace, un tiempo compartido en el que se pueden alquilar departamentos y usar los servicios del spa independientemente. Los programas de tonificación, antiestrés y rejuvenecimiento junto al mar suenan interesantes.
Una parada en la Lucila del Mar nos confirmó que éste es un lugar recoleto y tranquilo. Un peso cuesta la entrada al muelle, para acceder a la pesca de brótolas, rayas y cazones o de comalitos con medio mundo.
El camino sureño va dejando atrás las casas bajas para dar paso a los grandes edificios de departamentos en San Bernardo, notable contraste. Dimos vueltas por el centro comercial que es la calle Chiozza y por la avenida San Bernardo, ombligo de la movida para los más jóvenes -hamburgueserías, boliches, bares- y almorzamos en un tradicional restaurante local. Compartimos un besugo a la vasca y una ensalada de mar con pez pollo, que sería cazón -me dijeron- y a mí me pareció muy sabroso.
Los paradores sobre la playa anuncian el verano entre construcciones coloridas, olor de mar y ritmos de moda, algunos con propuestas ricas a la hora de comer.
Sobre el mar y titánicamente, el modernísimo South Beach luce como hotel a todo trapo, con cuartos en suites, pileta climatizada y jacuzzi.
Palantelén
Rafael Cobo, propietario de la que fuera estancia El Centinela, arrendaba sus tierras a Don Nemesio Olaviaga entre 1895 y 1924. Las 22.500 hectáreas que ocupaban la propiedad se extendían entre Mar de Ajó y Pinamar. Por su parte don Nemesio había hecho construir una cabaña sobre la playa frente a los restos del "Anna", velero alemán que encalló en la costa en 1891, aprovechando restos de carpintería, puertas y paneles. En 1935 y sobre terrenos de Cobo, su yerno Isaías Ramos Mejía realizó el primer loteo que dio origen al pueblo de Mar de Ajó. A su vez, el "Chato" Javier Rosas -otro yerno de Don Rafael- le compró la cabaña a don Nemesio, donde se instaló con su familia y la llamó Palantelén, que significa reunión de gente alrededor del árbol. Sus actuales propietarios son Diego Ramos Mejía -nieto de Isaías Ramos Mejía y María Lía Cobo- y su esposa María Laura Viñales. Para llegar, hay que doblar a la izquierda en el km 360 de la ruta 11. Así lo hicimos; cruzamos el monte coronado por lirios y dimos con la casa. María Laura nos esperaba sonriente. Dejamos los bártulos y nos fuimos a la costa. Ahí nomás. Aquellas extensiones ribereñas se nos aparecieron como si fueran playas de nadie, un momento sagrado.
A la hora del copetín, entre mullidos sillones y con la sensación de haber ganado amigos para siempre, planeamos el día siguiente.
¡Guau!, fue lo primero que dije cuando el cuatriciclo se metió por la orilla y descubrimos restos de un viejo barco hundido. Más adelante aparecieron las dunas de Punta Médanos, montañas de arena intactas que abren y cierran el circuito. De pronto el vértigo me dominó al bajar en una pendiente abrupta. Abracé a mi guía, las piernas me temblaban como a un tero y apenas me di vuelta, me espanté: fue como habernos tirado al vacío de un edificio de ocho pisos. Me sentí una heroína. Nos dirigimos al mar y ya en la costa, nos reunimos con los Ramos para celebrar picnic con champagne.
Dos Talas
Dejamos la 11 y retomamos la ruta 2 en dirección a Dolores. Luis de Elizalde y su mujer Sara Angelinetti nos aguardaban en su estancia. Descendientes de Don Pedro Luto, heredaron el campo que sobrevivió, como tantas propiedades, a la tentación del cash. Así como dos guerreros imbatibles conservan el espíritu y el valor cultural de Dos Talas.
Por la estancia pasaron hombres ilustres como García Lorca y Ortega y Gasset, asiduos visitantes que supieron gozar de la hospitalidad de Bebé Sansinena de Elizalde, abuela de Luis, una mecenas argentina que vivió en el anonimato, a pesar de haber fundado la legendaria institución Amigos del Arte. La casa es un castillo en medio de la pampa húmeda, con mobiliario francés y una biblioteca con más de tres mil títulos. Salas y dormitorios que todavía conservan los aires de la belle époque, se distribuyen en dos plantas.
El parque, diseñado por Thays, dibuja avenidas arboladas y senderos que se bifurcan y caen en el llano. En un claro boscoso, la capilla -de 1914- réplica de la francesa Señora Gracia de Passy, guarda un retablo bizantino y el altar firenze.
Casi al atardecer visitamos el pequeño museo de su fundador y dimos una vuelta en el coche tirado por una yegua que, graciosa coincidencia, se llama Julia. Julie y yo, previa mirada de reojo, dijimos ¡bingo!
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