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ARGENTINA
Revista LUGARES Nro. 83
Pág. 36 - 47
Por: Rossana Acquasanta

REVISTA LUGARES

MATICES CATAMARQUEÑOS


Nada más con echarle un vistazo al mapa para ver qué hay entre La Rioja, Tucumán y Salta, dan ganas de estar ahí. Hay salares, lagunas, un largo curso fluvial, la cordillera y, sobre todo, la reiteración de cordones montañosos que van de norte a sur, de este a oeste, de suroeste a noreste... Son las sierras de Ancasti, de Belén, de Narváez, de Velasco, de Zapata, de Fiambalá... La provincia entera es un tejido orográfico tan tupido que no es difícil entender por qué prevaleció su nombre en quechua: Catamarca viene a significar asentamiento, pero también una región, en la -o de la- ladera. Y recorrerla implica transitar por una sucesión de valles paralelos, donde los caminos van y vienen hilvanando pueblitos y comarcas. Catamarca es única y muchas a la vez.

Floro, el sabio

A Florencio Saavedra lo conocemos a la mañana siguiente de llegar a la ciudad capital. Sería nuestro chofer, contratado por el geólogo con quien compartiríamos el viaje. Pero bastarán unas horas para entender que Floro excede largamente el rol de conductor de una camioneta: el hombre lleva más de 20 años transitando asfaltos, huellas y senderos de su provincia y hasta inventándolos donde no los hubo- como empleado del Servicio Geológico Minero Argentino. Es la síntesis cabal del conocimiento de su tierra en todos sus aspectos. Y a Rubén Patrouilleau, el geólogo en cuestión, se lo tenemos que agradecer. Hechas las presentaciones, montamos en una (dura) 4x4 y nos largamos para Fiambalá.

Sopla un zonda feroz y El Manchado, cerro predominante en el horizonte urbano, queda borrado por una bruma espesa. El aire quema. Por la 38 rumbeamos al sur, hacia La Rioja, flanqueando las Sierras de Ambato y adentrándonos en un paisaje de algarrobos, jarilla, cactus, molles y breas, ese arbusto pinchudo de tronco verde muy verde que "al encenderlo -subraya Floro- arde como una antorcha". De vez en cuando este orden natural se ve interrumpido por oasis chatos de olivares, resultado de los diferimientos impositivos. En Chumbicha, a los 70 km, empieza a manifestarse la "yunguita" en los cerros. Dejamos la 38 para tomar la 60 e ir directo al oeste.

Un tupido monte de algarrobos, una quebrada, la yunga en su expresión más austral, el cauce del río de La Cébila por la quebrada homónima, y el extenso barreal con el gran salar de Pipanaco al fondo, en el campo de Belén, que colecta agua de los Andes y del medio oeste catamarqueño. La Sierra de Velasco y el Salado, que desemboca en el barreal; este río viene de arriba con el nombre de Abaucán y, más arriba, se llama Chaschuil.

Tomamos el asfalto a Aimogasta y para cuando llegamos al viejo pueblo de Mazán, junto a las vías sin durmientes, el sol es una espada justiciera que hace la vertical sobre nuestros cerebros. Mazán es un silencio de calles aaanchas, pero alguna vez fue un nudo vital de comunicación. Por Floro sé que aquí el ferrocarril se abría en dos ramales, hacia Andalgalá y Tinogasta, la pampa húmeda del noroeste argentino; todo el trigo, comino, pimiento, alfalfa y maíz del norte se despachaba en Mazán por tren, pero con la muerte del ferrocarril aparecieron los camiones de los intermediarios para llevarse lo producido a precio vil, y la agricultura también fue muriendo...

El camino se desgrana en aislados atisbos vitales. Villa Mervil, algo de adobe abandonado, cabritas, un rancho, el monte achaparrado, el suelo arcilloso; Aimogasta y la amodorrante planicie del barreal. Más sierras, y en este caso son las de Famatina, la mayor altura después de Los Andes. Siguen Copacabana y su resabio de casas señoriales; La Punilla, verde muy verde. En Tinogasta, cabecera de frontera, cargamos nafta en los bidones ante la eventualidad de que en Fiambalá no haya combustible.

Al pie de la sierra de Narváez, un grupo de casitas delata la ubicación de las termas La Aguadita, abiertas al público. Catamarca es un compendio de aguas bondadosas y se podría trazar una ruta de la salud yendo de terma en terma. Pasamos la Quebrada de la Troya, entramos a El Puesto, pueblo de teleras al que ennoblecen el adobe y las viñas, cultivo de reciente incorporación. Vamos hacia los cerros, cruzamos unas extrañas barrancas de les -limo arenoso y arcilloso- para ir a un pueblo llamado Anillaco (nada que ver con el emirato riojano), y nos detenemos en par las ruinas de lo que fuera estancia del mayorazgo de Anillaco (ver recuadro); desde aquí se manejaba el tráfico del ganado a Chile en el siglo XVIII, y hoy todo esto es un reducto penoso de olvido: se xobaron lo que pudieron, y lo que no, lo destrozaron. Desandando camino, volvemos al asfalto, dirección a Fiambalá.

Explorando Fiambalá

No se cansan de contarlo una y otra vez: cuando Luciano Pavarotti fue a las termas (ver recuadro) llegó con una novia y pidió privacidad a ultranza. Una cosa es transpirar cantando frente a una multitud de fans, otra es sudar la gota gorda en cueros y a dúo... ante un público de mirones.

La salida por la R34, al norte, arrima a Saujil, Medanitos, La Banda de Medanitos, pegada a las dunas: flanquean unos 50 km de montaña con un ancho de 15 a 20 km; Tatón de la Nueva Esperanza; y la Puerta de Tatón, con su escuelita, donde los chicos reciben instrucción y comida de lunes a viernes. En un cerro, Andrés Morales cuida de Nuestro Señor de la Agonía, figura que halló hace añares su hermano mayor cerca de un río. Estaba negro el Cristo y cuando lo limpiaron vieron que brillaba. De una sola pieza y escasos 30 cm de alto, Jesús mostró la belleza de sus líneas puras esculpida en oro macizo. Hoy es solicitado por promesantes que se lo llevan para las novenas y al décimo día lo devuelven. "Soy su esclavo", dice Andrés, cuyo parecido con Charles Bronson me impresiona. "Cuando no está me pongo mal, lo sueño; yo le construí la capillita para mejor cuidarlo ...¿No es hermosa?"

Al Paso de San Francisco

Metro a metro, todo el camino desde Fiambalá al Paso, es un asombro en continuado de cerros, colores, texturas y extensísimas lomadas. Nosotros, mudos, con la mandíbula por el suelo, mientras Floro, imparable, enumera parajes específicos: "esto es el campo de la gallina muerta"; "antes del Chaschuil es la vuelta de las tolas"; "ahora entramos en la zona de Pastos Largos"; "de Puna Nueva a la Laguna Verde hay 50 km, pero la nieve tapa el acceso, no podremos ir"...

Y así hasta que en la Quebrada del Rosillo, el camino helado nos impide, a 15 km de dicha laguna, llegar al mirador. En pleno verano el trayecto es pan comido, pero en primavera la nieve aún no cede. Ascendemos a despecho del viento gélido, del hielo que congela pastos y chorrillos, y salvo nuestro baqueano, que en mangas de camisa se mueve de aquí para allá para escrutar el terreno a cada momento, los demás empezamos a derrumbarnos por efectos del mal de altura.

Seguimos subiendo. "Aquél es el Cinco miles"; "este otro el Ojos del Salado"; "para el sur está el Pissis"; "ése es el Bonete"... A este punto la información es un guiso espeso en mi mente: ya no me quiero sentir bien, me quiero morir. Por un asfalto liso como billar, el ascenso nos sitúa casi en los 4.800 metros sólo para demostrar la pequeñez del ser humano. La presencia demasiado cercana del Incahuasi, raramente sin nieve, es un shock que debe enfrentarse con los ojos muy abiertos. Moraleja: además de bidones de combustible lleve bidones de té de coca, o mejor de popusa, que según los lugareños, es más efectiva. Pasamos a Chile eludiendo el camino trazado a causa de la nieve y ya llegando a la laguna verde -verde de arsénico- donde no hay un alma, ni vegetal ni animal, pegamos la vuelta.

Daiana en Londres. Luciano y su cámara la hechizan y en unos segundos de confianza nos inmortaliza a todos, clac clac clac, incluida a su hermana que nos espía desde la casa y dice no a la foto. La madre de Daiana pone mesa en la plaza y Daiana nos mira comer; a ella no le gusta tocar los cabayos (sic) y tampoco quiere subirse a ninguno porque "los borrachos andan a cabayo", sentencia. Bajo promesa de enviarle el producto de su experiencia como reportera gráfica, le decimos adiós y ya no pararemos hasta llegar a una cama.

Ni en Belén, donde también hay teleras, aflojamos. Por La Ciénaga pasamos con noche cerrada; "acá es común ver a un hombre con sus cabras en el monte mientras va hilando; vuelve a la casa, come, la mujer lava los platos y él coquea un poco, después se pone a tejer", nos ilustra Floro.

Cerca de Barranca Larga, trata de recordar el nombre de la dueña de la hostería en la que asegura nos darán buena cama y comida. Cuando la mujer aparece en el umbral de su casa, a oscuras porque se fue la luz, la saluda: "Qué tal Pocha, cómo le va..." Y la reacción se produce al toque: "Pirucha, papito!". No obstante el patinazo, Pirucha se apiada de nuestra condición; iluminados a velas, devoramos milanesas con ensalada y a la cucha.

Bien temprano, a La Puna

A estas alturas del viaje tengo tantos apuntes de lo que nuestro guía fue diciendo y sigue explicando sobre las culturas catamarqueñas, la gente, los vegetales, los animales, las piedras, los minerales, los caminos ignotos de montaña, portezuelos y pasos, que podría hacer una edición Especial Floro. Tampoco me quedan páginas para describir con puntillosidad este capítulo de belleza suprema llamada Puna, empezando por la Reserva Internacional de la Biosfera Laguna Blanca - Belén, donde la vicuña, especie protegida, se deja admirar a escasa distancia incluso amamantando a su teque (el cachorro) bajo un cielo azul añil. Apenas diré que de vuelta trepamos alto para ver la laguna de Pastoventura, rendimos culto a la Pachamama en una apacheta a 4 mil metros, y bajamos hacia el camino que arrima a El Peñón. Todo este recorrido está plagado de imágenes alucinantes, como la del negrísimo volcán Carachi Pampa en contrapunto a una lengua blanca, interminable: ¡un campo de piedra pómez!

La entrada a El Peñón está signada por una inesperada oferta de piedritas de la zona, pulseritas de lana, medias, guantes... Cuesta eludir el acoso, todavía amable, de esta gente que ve en el turismo una salida económica. Prefiero la compañía de Antonia, la madre de Rolando Félix, 84 años, con más pilas que sus nietos; me cuenta de cuando hilaba andando en los cerros, y mientras habla mueve las manos como si el huso se deslizara por ellas. Víctor Porfirio Vázquez, en cambio, apenas si abre la boca, quiero comprarle una manta maravillosa que él tejió, pero dice no porque ésa es suya y no está en venta. Por fin alguien no tan venial. Llegamos a Antofagasta de la Sierra después de cruzar el alucinante campo de Carachi Pampa. Fueron 40 km por ese inconmensurable y deshabitado territorio, en el que los cerros parecen arados. Hay volcanes renegridos que reverberan en el horizonte, parecen de petróleo. Cruzamos la colada impresionante del Alumbreras, uno de los dos cerros llamados Los Negros de la Laguna, que aconteció hace unos diez mil años; de repente cesa la lava petrificada y el espejo de agua aparece como una especie de milagro, azul y bienvenido.

Dormiríamos nuevamente en lo de Pirucha, en Barranca Larga. Esta vez con luz, el lujo de la ducha caliente, de caldera alimentada a ramita seca de álamo, y el mimo de una comida localista: guiso de fideos con verduras y sopa de arroz.

El regreso a la capital lo encaramos temprano; Floro quiere mostrarnos las extrañas formaciones que despuntan junto al camino en Puerto Viejo. Cuando vemos emerger esos ángulos monumentales del terreno, como proas de barcos hundidos, entendemos por qué este paraje se llama así. Una vez en Belén, le metemos pata derecho al este, hacia Andalgalá. Invadimos la casa de la familia Alvarez -a instancias de ya saben quién- para probar los dulces que elabora María, con frutas propias y de la zona. Son una perversa tentación, en especial ese pan de membrillo, con el dulzor justo y una textura muy suave. María también es alfarera.

Luciano y yo buscamos cobijo de nuevo en el Hotel Casino Catamarca. La verdad es que este hotel cumple con las expectativas del buen viajero, sobre todo después de andar tanto; queda en una calle muy tranquila y a pocas cuadras del centro; tiene un gran parque y una pileta semi olímpica, detalles invalorables en esta ciudad capaz de convertirse en una vaporiera no bien sopla un mínimo de aire caliente. Son las siete en punto de la mañana y nos vamos, sí, con Floro, a recorrer los alrededores de San Fernando del Valle de Catamarca, que así se llama la capital.

Grata sorpresa. Hacia el sur, Huillapima, Concepción y San Pablo (con la antigua iglesia de San Nicolás de Bari, una auténtica reliquia sacra), son un placer de pueblos serenos y ubérrimos de verdores. Hay casas de veraneo con jardines en Miraflores, y Los Angeles es un rincón insólito a 800 metros de altura entre cerros de profusa vegetación; acá en invierno nieva y en verano todos se dedican a elaborar dulces.

Otra escapada que no tiene desperdicio es El Rodeo, a unos 50 km. De aquí vamos hasta Las Juntas, donde se unen dos ríos cuyas aguas van al embalse Las Pirquitas para regar todo el valle de Catamarca. Atardece mientras trepamos hacia el mirador para ver el dique Jumeal y el valle entero. No queda resquicio de tiempo para nada más. La despedida con Floro casi termina en lagrimón, quien nos ofrenda equitativamente -para que no se peleen, dice- con unas piedras que son un tesoro: rodocrocita en bruto y galena. ¡Galena! Ahora ya me puedo hacer una radio y todo.



 

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