Revista LUGARES Nro. 77
Pág. 64 - 73
Texto y Fotos: Soledad Gil
REVISTA LUGARES
MENDOZA
Si la Plaza Independencia oficia como Plaza de Armas desde que el terremoto de 1861 destruyó la ciudad, el Hyatt de Mendoza viene a ser algo así como el Cabildo, el lugar donde suceden todas las cosas. Basta acomodarse en uno de sus mullidos sillones de cuero en el primer piso del bar Uvas un jueves por la noche y elegir alguna de las 2.500 botellas de la bodega, guardadas en mega estructuras de hierro. Ver pasar señores trajeados, alemanes, yuppies, señoritas con rodete, en zapatillas, familias, todo tipo de fauna.
Jugar a distinguir entre locales, turistas y chilenos que, desde el corralito constituyen una categoría aparte, puesto que se han convertido en los nuevos habitués de la ciudad.
Los fines de semana no cabe un alfiler en el Bistró M, el restaurante gourmet con cocina a la vista donde prima el horno a leña del que salen excelsas empanadas, y todas las carnes, los panes, las verduras, las medialunas de almendras, todo, bah, es rico en el M del desayuno a la cena. El otro cantar es el arquitectónico: en ese sentido la novedad provocó desconcierto total.
Al principio, los mendocinos sabían de su importancia, pero no estaban muy convencidos con el estilo. Cómo tanto mármol, tanto aluminio y cromo, tanto blanco en lugar de la alfombra roja y el barroco dorado del viejo hotel Plaza. Y eso que conservaron el Salón de los Espejos y la fachada neoclásica intacta. Y que se ocuparon de decorar todo el hotel con obras de artistas locales. Hay 595 fotografías en los pasillos y habitaciones y obras de Carlos Alonso, Julio Le Parc y José Bermúdez, entre otros.
Detrás del frente construyeron siete pisos para albergar 186 habitaciones de dimensiones razonables para vivir como si fuera la casa de uno, pero mil veces mejor: tele gigante, cama king size, y un verdadero cuarto de baño, revestido en mármol, con puerta de vidrio en el gabinete de la ducha y una flor enorme que alcanza para bañar a un elefante. Ducharse es, en fin, un programón.
"Yo quiero que lo vivas para que lo puedas contar" me adelantó Cecilia Parlanti, la gerente de comunicaciones del hotel. Y yo, que soy muy educada, no iba a negarme... así que me entregué sin decir mu a las manos de la masajista tailandesa con la que nunca pudimos cruzar palabra pero ni falta que hizo... si tuvo que sacudirme para avisarme que el brillo oriental de miel había terminado y era hora de seguir con los masajes y el fango facial, un barro termal activo que extraen de un volcán de Tunuyán. Así, levitando, y con la piel lisita, hidratada, sin células muertas salí de Kaua.
Qué más decirles, en fin, del Hyatt de Mendóza: alcanza con poner un pie para darse cuenta de que la propuesta no tiene puntos flacos -y menos con esa cocina y la extensa carta de vinos mendocinos- los mimos del spa y por la noche... ¡casino! Los fans de la timba no encontrarán paz en los dos pisos que albergan 250 tragamonedas con una apuesta mínima de 5 centavos y varias mesas de ruleta, black jack, póker y punto y banca.
Como si fuera poco, en el hotel se instaló Azafrán, la vinoteca que venía haciendo roncha en la Arístides Villanueva. Aquí ofrece un surtido de 350 tipos y marcas diferentes, entre las que figuran sí o sí los elegidos de la revista especializada Wine Spectator, buscados por los turistas extranjeros.
El enólogo Alejandro Battistini se encarga personalmente de asesorarlos, conseguir las mejores añadas, los vinos de colección y las figuritas difíciles. De más está decir que sólo los abstemios salen de Azafrán con las manos vacías. Para los demás, en el local tienen unas cajitas de madera ideales para llevarse el souvenir.
Con ese panorama, imaginen lo que me costó salir del hotel para hacer el resto de la nota... Entre la ducha, los masajes, el bistró y los vinitos, no había cómo arrancarme de las inmediaciones de la Plaza Independencia.
En el lobby me habían llamado la atención los caballos de madera de Daniel Ciancio, otro joven artista mendocino. Para ver más, fuimos con Cecilia hasta el atelier-vivienda de Roberto Rosas en Bermejo, donde Ciancio y otros tres colegas estaban exhibiendo esculturas y pinturas en sectores ubicados a lo largo del jardín y hasta la casa de Fernando (hijo de Roberto). Los fines de semana todos trabajan con el público. A Daniel, por ejemplo, no es difícil encontrarlo con la motosierra, dándole forma a algún tronco de nogal, quebracho, palo santo o algarrobo.
Sólo que los pintores se sublevaron con pinceles y paletas, protestaron por el ruido y ahora va con las gubias, más silenciosas y ecológicas. Otra zona a tener en cuenta es la de Chacras, como le dicen en Mendoza a Chacras de Coria. Por algún motivo, casi todo lo nuevo está por esos lares: la champañera de Rosell Boher (ver Gourmet), la bodega Alta Vista y la vinoteca y bar de vinos 180 Copas & Vinos, por mencionar algunas de las buenas noticias de la localidad donde viñedos y barrios residenciales se mezclan, integran, fusionan y dan ese resultado que tan bien le sienta.
En el caso de 180, Chacras fue absolutamente adrede. Hacía tiempo que Pedro Santos (hijo del bodeguero ex Norton, importador de las copas Riedel y dueño de vino con nombre propio: el Malbec de Ricardo Santos) y su socio Claudio Laciar compartían el proyecto. Les gustó instalarse en
Chacras para ofrecer vinos que están fuera del circuito más tradicional, ejemplares "under" de bodegas pequeñas con productos nobles, poco conocidos, y a precios de lo más sensatos. Abrieron en pleno diciembre trágico, y sin embargo, ya tienen clientes que les piden esas perlitas por teléfono y las reciben puerta a puerta de Mendoza a Buenos Aires. Probarlos allí, sin embargo, tiene otro sabor, sobre todo porque los sirven en las finísimas copas Riedel que son, como quien dice, de la familia.
Con Claudio y Pedro organizamos una mini lista de seis vinos para estar atento: el Escarlata de la ingeniera agrónoma Gabriela Celeste, el Cavas del Valle malbec, el Grial, el N°23 malbec, el Cerros de Lunlunta y la línea de seis varietales de Mapu Cura. La mayoría cuesta menos de $10 y son, como verá, ausentes ilustres de las góndolas porteñas y del resto del país.
A pocas cuadras hay otros dos altos valiosos para famélicos: los mariscos del restaurante La Tasca y el Dionisio Wine Bar, un reducto que ya lleva un año en el remozado establo de adobe que Daniel González y Javier Espina tienen dentro de la bodega de Alfredo Catena.
Trabajan con carta de salteados thai y vegetarianos los miércoles y jueves, y platos más suculentos los fines de semana. Así descubrieron que los hábitos locales se rompen pero no se doblan: los mendocinos salen bien tarde, de modo que pronto decidieron no abrir la vinoteca en horario de comercio. Ahora, todo, restaurante y vinería, trabaja por la noche y Dionisio es una excelente opción para comprar vino a altas horas de la noche.
Alta Vista es una perfecta síntesis de bodega centenaria pero con tecnología de punta. Adquirida por franceses en el '97, reciben con cita previa y la visita incluye las tres cavas subterráneas de 1890 donde se guardan las barricas de roble de la línea Premium, Alto y Grande Reserve.
Un poco más allá, sobre la ruta 40, Viniterra aprovechó su estratégica ubicación para convertirse en una de las bodegas más visitadas del circuito. Tiene mesitas para degustación, una terraza para disfrutar del sol del verano, cajas con souvenirs de vinos y/o otras delicias comestibles, todo organizado hasta para discapacitados.
En Agrelo vale la pena combinar un horario para conocer Séptima, la bodega que los catalanes de Codorníu tienen en Argentina. Allí, al revés de los franceses de Alta Vista, la arquitectura es híper moderna: una gran caja de metal en color óxido, combinada con piedras ocres de la zona y grandes ventanales. Espacios amplísimos y líneas puras sorprenden por lo inédito, si bien Salentein, Dolium y la piramidal estructura de Catena Zapata son algunas de las bodegas inscriptas en esa escuela.
En el bello interior de Agrelo, la última tarde nos encontró en Finca La Anita a donde volvimos para ver la cosecha, las nuevas plantaciones y espiar la colección de santos de palo (imágenes de madera) que Manuel y Antonio Mas guardan en la bodega. Son 85 y pertenecieron a su tía Concepción Rodríguez Ruíz, hermana de Anita, madre del dúo de bodegueros.
La tía de los Mas fue una pionera en el estudio de la imaginería cuyana. Su colección es la más importante de la provincia: la inició en 1920 buscando una a una las figuras por los ranchos de la zona. Christie's quiso comprarla hace varios años, pero los Mas se negaron y ahora están reorganizando la sala de degustación para exhibirlos como Dios manda y compartir su tesoro con quienes lleguen de visita, previa cita telefónica.
Si va un poco más allá, descubrirá que el dique de Potrerillos desvió el camino que iba por Cacheuta, dejándolo aislado. Ahora para ir hasta Chile hay que salir por la ruta nueva que empalma con la vieja en Potrerillos. No fue mi caso. Yo me volví derechito al Hyatt donde pedí el té con masas para superar la angustia del escuálido sandwich que me esperaba en el avión. No pensaba irme sin probarlo. Me comí hasta la última miga. Lo que casi me deja fue el avión.
Pero no.
Qué lástima.