Revista LUGARES Nro. 52
Pág. 32 - 46
Por: Archivo Lugares
Fotos: Gustavo Castaing
REVISTA LUGARES
MISIONES
1.- La Bonita
Soberbio.
En las lindes de la Reserva Yabotí, inmersa en la más absoluta soledad, se descubre esta posada insólita. Son tres cabañas, perfectamente integradas a un paisaje verde, que en ese punto exacto entre El Soberbio y los saltos de Moconá, se antoja ilimitado. Llegar hasta aquí no es difícil pero tampoco es evidente, y una vez que el visitante recala en La Bonita, confirma que el viaje bien valió el trajín: es un destino fantástico, inesperado, a años luz de cualquier lugar común.
La idea fue de Franco Martini, abogado, porteño, los 40 sin cumplir y un espíritu decididamente hedonista. A instancias suyas, un artesano lugareño construyó los muebles de la posada con maderas autóctonas y de acuerdo a un particular estilo: respetar las formas originales de ramas y troncos.

La casa grande que alberga recepción, bar, living, cocina y comedor, es un espacio fantástico. A prudente distancia una de la otra, cada cabaña tiene la pared frontal de piedra y una terraza atrás, que se inmiscuye de lleno en la fronda misionera.
Nada más hay que dejarse estar en La Bonita, comer rico, dormir a pata suelta, deambular por senderitos selváticos, pegarse remojones en la cascada... Si es capaz de vencer la fiaca monumental que este exquisito retiro inspira, pida que le armen programa de picnic junto al río en las cercanías y -siempre y cuando el agua esté baja- una escapada a los famosos saltos de Moconá.
2.-Santa Inés
Posadas.
Selva pura y confort prodigado con especial esmero, a diez kilómetros de la capital. Sólo por la galería que rodea la casa -de 1903- se justifica conocer esta estancia, marcada por un pasado yerbatero esplendoroso. En ese respiro holgado es una delicia hacer siesta envuelto en la hamaca; la pileta está a escasos pasos, en el parque, inspirador de tantas recorridas parsimoniosas.

En las dos mil hectáreas de Santa Inés hay espacios naturales espléndidos, a los que se accede andando, a caballo o en 4x4, según. Goce asegurado es hacer picnic en el increíble bambuzal que despunta a cinco kilómetros del casco y junto a la otra pileta, enorme, con agua de manantial, guardada entre cañas de ámbar. Los paseos por el Paraná, el circuito de las misiones y un merodeo guiado por Posadas, son parte de los agradables programas que se proponen.
Una joven y encantadora Nanny-nieta de Pedro Nuñez fundador de la estancia-es quien lleva las riendas de la actividad hotelera. Los momentos gourmet acá son especiales. Ricardo, hermano de Nanny, oficia de asador y además cocina muy bien. Las horas del desayuno y del té desbordan de mermeladas caseras hechas con frutas locales tan extrañas como sabrosas; y justifican un capítulo de elogiosas descripciones.
3.-Las Mercedes
El Dorado.
Cabalgatas bien campestres con los Lowe. La propiedad ocupa 700 hectáreas, y la compró por mapa el abuelo de Alexandra, en 1920, no bien llegó de Nueva Zelandia. Ninguno de los actuales dueños vive en la estancia, pero cuando los huéspedes llegan, los hermanos Edith y Johnny Lowe ya están ahí, listos para recibirlos y acompañarlos durante la estadía.

La casa es la original, de madera, con techos a dos aguas, toda pintada de blanco y ribetes en azul celeste. La distinguen la falta absoluta de lujo, más el rasgo inequívoco de haber sido hogar de gente muy trabajadora. Y así se abre al viajero, ausente de apariencias superfluas. Tal como fue se conserva, rodeada de un parque bien cuidado. Sobre la flamante pileta sombrea, generoso, el ciprés calvo. Las cabalgatas son un clásico en Las Mercedes, que en casi tres horas cubren un amplio y comodísimo recorrido por el campo, caminos colorados y selva.
Uno de los límites de la estancia es el arroyo Pirai-Guazú, en el que se puede hacer rafting y floating; a 15 km está el río Paraná para los paseos en lancha, el esquí acuático (con picnic o almuerzo en el Náutico de Montecarlo o en el de Eldorado) y bajadas en canoas canadienses, muy divertidas.
4.-La Misionera
Colonia Caraguatay.

Fue establecida en los años 20 por el presidente Nicolás Avellaneda y su concuñado Alfredo Echagüe, en plena selva. El casco muerde la barranca sobre la costa del Paraná frente a Paraguay, en un parque de cinco hectáreas donde araucarias, azaleas, camelias y jazmines derraman salud vegetal. Desde la terraza, no hay atardecer que no merezca un paréntesis mirando correr el río, y en el que asoma la vecina isla Caraguatay, reserva provincial. A este disfrute apenas si lo empardan el canotaje y los paseos por la selva a pie o a caballo, pero sí lo completan. Sólo hay tres cuartos habilitados para el turismo. En marzo se sumarán cuatro más, con sus techos de paja, la piedra caliza y tirantes de lapach.