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Revista LUGARES Nro. 53
Pág. 44- 59
Por: Rossana Acquasanta
Fotos: Gustavo Castaing

REVISTA LUGARES

MISIONES


Ruinas Santa Ana La tierra furiosamente roja, los ríos exagerados, la selva que transpira un pavor ancestral de desterrados y de sangrientas luchas fronterizas, el caprichoso entrevero de etnias y el consiguiente sincretismo cultural que moldearon el ser misionero. La tez mate, los ojos celestes, el lenguaje de tantos idiomas: francés, británico a la manera de las colonias, polaco, alemán, y también español, argentino, al ritmo dulce que marcaron las voces indígenas hace demasiado tiempo. Andar los caminos misioneros es dejarse absorber por un paisaje en el que el verde es un bien siempre abundante, por la gracia de poderosas corrientes fluviales. Agua del Iguazú por el norte, agua del Paraná por el oeste y agua del Uruguay por el este. Bendita humedad que tanta vida alimenta, igual que los relatos homéricos son el pan existencial de tantas sagas familiares en esta provincia de colonos.
Y como flora y agua mandan, empezamos este recorrido justo allí donde más poderío despliegan. En el Parque Nacional Iguazú. Los tupí-guaraníes deben haber sido los primeros en quedar subyugados por las colosales cataratas. Después fueron rindiéndose los demás: don Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en 1541, los jesuitas, el padre Lozano, los exploradores paraguayos al mando de su presidente López, en 1863, los cartógrafos, naturalistas y geólogos, madame Roosevelt, los turistas, Robert De Niro. Nosotros. Quién no... Es imposible estar frente a esas caídas de agua que suceden hace milenios sin pasmarse. Con un ancho de un kilómetro, el Iguazú arrastra un caudal de unos 1.800 metros cúbicos por segundo antes de volcarse en incontables saltos desde una altura de 70 metros y en un frente de casi tres kilómetros.

Misiones Los brasileños gozarán de la mejor vista, pero tener las cataratas de telón de fondo regiamente alojado en una de las renovadas habitaciones del Sheraton de Iguazú, no es para desperdiciar. Se corren las cortinas de la puerta balcón y allá están, volcándose todo el tiempo, rugiendo, levantando nubes y más nubes blancas de vapor entre las frondas de la selva misionera. Es tan fácil pasarla bien en estas circunstancias: la mesa servida en la amplia terraza; abajo, el parque del hotel y la ordenada reiteración del vegetal siempre brillante, la pileta circular que tienta a la pereza con sus azules, más allá la vieja torre mirador, las palmeras con las copas demasiado inclinadas por los nidos que los boyeros construyen afirmándolos en los extremos de las hojas, los tucanes que intentan atacar esos nidos. Y está el trazado de los senderos perfectamente señalizados para que los pies, solitos, rumbeen hacia las pasarelas que arriman a las muchas, espectaculares caídas del Iguazú.
Después de agotar programas (salidas en gomón hasta el "duchazo" en la aproximación a Garganta del Diablo, floating, caminatas), partimos con rumbo sur hacia Eldorado. Cielo limpio y un calorcito ambiente nada agobiador, acompañaron nuestro descenso por la ruta bien asfaltada.

A caballo en Las Mercedes Pasada la represa Arroyo Urugua-í, se anunciaron las minas a cielo abierto del mismo nombre. Siguieron tres pueblitos en continuado que apenas llegan a ser caserío: Libertad, Wanda -otra "minería" a cielo abierto de piedras semipreciosas y lugar de residencia de muchos polacos- y Esperanza. Cruzamos el arroyo Piraí Miní, con su Paparulo Beach a la izquierda -comedor rutero que incluso propone rafting, pero no probamos-, y al rato, Eldorado, villa de emigrantes centroeuropeos.
La casona de madera que mandara a construir en 1920 un pionero neocelandés de apellido Lowe, destaca en pleno campo toda pintada de blanco, con los marcos de puertas y ventanas en anaranjado. Es la imagen inconfundible del casco antiguo de la estancia Las Mercedes (ver LUGARES 52), 700 hectáreas a siete kilómetros de Eldorado. Los hermanos Edith y Jonhy Lowe nos dan la bienvenida con comida caserísima y mucha simpatía. Simple, austera y bien mantenida, la morada recibe huéspedes desde hace cuatro años. Hay una casita de té -que además es cabaña para alojar- y como la principal, luce blanqueada pero de perfiles en celeste.
Descansar es mandato natural de Las Mercedes, que está apenas a siete kilómetros de Eldorado y no tiene tele. Pero tiene una regia pileta en el parque amplio y despejado, rodeado de árboles añosos que refrescan las horas mansas. Las gallinas de Guinea picotean en libertad entre el pedregullo, los caballos están en su potrero y los teros se la pasan metiendo bulla al atardecer; después cae la noche y salvo el cricri de los grillos no hay ruido que importune el sueño.
Edith, eximia amazona, supo tener una escuela de equitación, dato de oro si le gusta andar a caballo. Aquí hay pingos excelentes y las cabalgatas son un placentero programa recomendable para todas las edades. El circuito clásico, de casi tres horas, recorre campos, caminos colorados y un retazo de monte que permaneció intacto -por suplicante pedido de Edith a su padre-, con bromelias, helechos estrechando los senderos, lianas y arroyos de piedras musgosas. Caminar hasta el arroyo Piraí Guazú -uno de los límites de la estancia- es comprobar que sus aguas corren tranquilas sobre el fondo de piedra y permiten hacer floating y rafting sin riesgo.
Tras desayuno opíparo que incluyó reviro -plato rural de resistencia con pinta de sémola, hecho a base de harina, aceite y huevo-, nos fuimos una mañana temprano de Las Mercedes. Nos había ido a buscar Bubby Nolde en su 4x4, el guía de LUGARES en el Mato Grosso, de donde acababa de volver: un programa que recomendamos complementar con este itinerario misionero.

Río Piray Mini Conocimos las cabañas que Buby tiene sobre la barranca del río Piray Miní y después salimos con su lancha a dar una vuelta por el Paraná, pletórico de parajes soñados. Aquí, la costa paraguaya es un prodigio de playas de arena increíbles, lamidas por aguas transparentes irresistibles al chapuzón.
Nuestra próxima parada se llamaba La Bonita (ver LUGARES 52), una posada muy particular que se define en el territorio homónimo, entre la localidad de El Soberbio y los Saltos de Moconá, en el límite de las 75 mil hectáreas de la Reserva Yabotí.

La Bonita Enfilamos a Fracran y en la estación de servicio YPF, una camioneta nos esperaba. Enfrentamos un camino que en épocas de lluvia se vuelve intransitable. Claro que lo de camino es un decir: apenas una huella en el monte que parecía avanzar minuto a minuto. Naides en estas soledades, salvo el lagartazo apachorrado en medio del sendero, la escuelita y unos purretes. Ya saliendo de la selva, un par de lugareños en un carretón tirado por bueyes, nos regalaron su sonrisa desdentada y un saludo mascullado en ininteligible brasileño.
Con la luz oblicua de la tarde llegamos a La Bonita, flamante reducto de Franco Martini, que el hombre supo componer en un terreno de 60 y pico hectáreas. El lugar es un paréntesis paradisíaco. Un descampado ondulante concluye hacia el barranco, y ahí donde la vegetación arranca de nuevo, se dibujan tres cabañas tres. La visión es perfecta desde la "casa" principal, a la que se accede por escalera de peldaños muy separados uno del otro; esto obliga a levantar las piernas más de lo previsible, pero así son las cosas acá. Nada es convencional, y todo en cambio se ve muy divertido, imperio de una estética "espontánea" fuera de serie. Los muebles lo son en sentido literal: no hay uno igual al otro. Objetos curiosos de otros mundos conviven con algunos de estirpe local -toques decorativos puestos como al descuido- y, así, entre todos, componen espacios muy gratos de mirar y usar.

Santa Inés La cocina es simple, sabrosa, campesinota, bastante espontánea también, presentada en ecléctica anche atractiva vajilla, y servida con pan caserísimo -muy bueno- en mesas comunitarias. Los ritos diurnos del desayuno-almuerzo-té son una felicidad en la terraza, y las comidas nocturnas, suavemente alumbradas, se dan al amparo de la total oscuridad circundante. No se extrañe si en las noches despejadas ve caer estrellas como si fueran bólidos; es un espectáculo que desnuca.
Para hacer hacer, lo mejor aquí es quedarse mosca y dedicarse a dar puntada sin hilo tras otra, lo cual puede llevar horas y las horas sumar días. Hay caminitos para investigar. Por el flanco del barranco una escalera irregular desciende hasta una cascada, con dos reposeras junto al piletón que forma el agua al caer, escondrijo inefable poblado de mariposas azules, pájaros y flores silvestres. Desde aquí parte, a su vez, un sendero que va siguiendo el curso del agua, hasta llegar a otro par de tumbonas.

En compañía de Franco Martini, personaje tan especial como el oasis que inventó, nos fuimos en su 4x4 un domingo a la mañana hacia el este, con intención de seguir el curso del Uruguay. Llegamos a la agradable localidad de El Soberbio, en la que hay una costanera jalonada de casas con patio y jardín y desde cuyos portales es privilegio de sus moradores sentarse a la fresca para ver correr el río. La costa de enfrente es Brasil, y hay balsa que arrima a la otra orilla.

Andamos por caminos en buenas condiciones, de tierra colorada a rabiar. El contraste con el verde es sistemático, renovando su atractivo en cada curva, lomada o línea recta. De tanto en tanto, se ve un grupo de casas más o menos coloridas pero que nunca superan la media docena, con su infaltable parabólica -bien comunitario que adquieren en Brasil- y, a cierta distancia, la iglesia. Evangelista casi siempre. Por estos confines patrios se habla brasileño, reformulado a la misionera, pero brasileño al fin.

En Aurora se acabó el camino de tierra y todos aullamos de felicidad. Otra cosa es con asfalto. En las proximidades de Oberá, la selva había cedido lugar definitivamente al té y a la yerba. Entramos a esa localidad -agradable a primera vista, muy pulcra, con boulevard hiperarbolado y las calles ondulantes- sólo para almorzar, y luego partimos hacia las ruinas de Santa Ana.



 

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