|
Revista LUGARES Nro. 46
Pág. 46 - 47
Texto y Fotos: Julia Caprara
REVISTA LUGARES
MUSEO DE LA PACHAMAMA
En esta cuesta al norte de la provincia, las raíces indígenas son tan fuertes como la tierra. Por eso, en ella se venera a la Pachamama que, como un rezo permanente, ahora tiene museo.
Ubicada a 164 Km. de la capital tucumana y más de dos mil metros sobre el nivel del mar, Amaicha se alza donde comienza el desierto, con la vigía de cerros agrestes y pedregosos. Un cartel en la plaza del pueblo asegura "Sol los 365 días del año". Es verdad: no llueve casi nunca, la precipitación media es de 100 a 200 mm en épocas calurosas.
De los dos mil habitantes desparramados en los cerros que componen la población de Amaicha, algunos se dedican al pastoreo y otros, a la producción de vinos pateros, alfajores, quesillos, artesanías y tejidos de alpaca y vicuña. Pero cada año, en carnaval, cuando se rinde tributo a la "Madre Tierra" para lograr una buena cosecha, todos los lugareños, sin excepción, llenan las calles de fiesta durante tres días consecutivos.
El vecino más famoso es Héctor Cruz, considerado el padre de la artesanía de los Valles Calchaquíes. Descendiente de indígenas, estudió en Cafayate y comenzó sus trabajos en cerámica. Luego hizo diseños para tapices, pinturas y esculturas. En 1992 puso en marcha la obra de Ruinas de Quilmes, fortaleza y templo de la cultura precolombina más importante de nuestro país. Allí Cruz se ocupó de reconstruir la historia y levantó una hostería y el museo.
Muy cerca de las ruinas, con el afán de seguir difundiendo nuestras raíces, se erige el Complejo Pachamama, que desde su inauguración, en julio del año pasado, es visitado por cantidad de turistas extranjeros, profesionales y estudiantes. El museo tiene en total cuatro salas -geología, etnología, tapices y pinturas, y patio de esculturas- con un diseño arquitectónico moderno, trabajadas por Cruz hasta en los mínimos detalles. Las amplias paredes blancas, los spots de luz embutidos en el techo, ayudan a hacer aun más clara la exposición de las piezas.
En la sala de geología se exhiben todos los minerales que SC pueden encontrar en el suelo de la región, desde pedazos de cuarzo hasta pepitas de oro. En el mismo sector hay un socavón, que el visitante recorre como si fuera una mina verdadera.
En la sección de etnología, trabajos y esculturas de todo tipo dan testimonio de las diferentes culturas precolombinas. Maquetas y dibujos de las viviendas indígenas, vasijas y utensilios de la cultura Tafí -600 al 200 a.C.-, son indicios inestimables para cualquier intento de imaginar cómo era la vida cotidiana de los antiguos pobladores de la región. Herramientas de trabajo, vestimentas e instrumentos de música, presumiblemente usados como medio de comunicación a distancia, se anudan con el silencio de las sepulturas quilmeñas.
En el patio -una increíble fortaleza de piedra- los objetos de la adoración de los indígenas -la Luna, el Sol, la Pachamama- tienen monumentales representaciones. Sin quedarse afuera la serpiente bicéfala, el guerrero de la luna y la mesa de los 12 caciques.
También es imperdible el enorme salón donde se expone la obra realizada por Cruz-tapices, pinturas y esculturas- que aporta una idea acabada de las diferentes etapas creativas que atravesó el artista.
Un dato para el asombro: en el proyecto del museo no participaron arquitectos. Cruz consideró que era muy difícil lograr un diseño que interpretara el espíritu de sus antepasados. Y lo hizo él solo.
|