Revista LUGARES Nro. 35
Pág. 70 - 79
Por: Rossana Acquasanta
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
NOBLEZA GAUCHA
En los pagos de don Segundo Sombra casi todo está como era entonces. La pulpería, el museo, el viejo Puente Viejo. Los árboles junto al río, la iglesia frente a la plaza, el almacén en la ochava. Todo está, poco ha cambiado este enclave rural de la provincia de Buenos Aires. Parece uno más de los tantos desperdigados en la inconmensurable chatura de la pampa húmeda.
Pero a San Antonio de Areco no hay forma de pasarlo por alto desde que se convirtió en depositario de las tradiciones criollas. El rol le pega y le saben sacar partido. Areco es historia pura (ver LUGARES 6) que nació en 1730 con la capilla de San Antonio -de Padua-, erigida a instancias del hacendado don Joseph Ruiz de Arellano. Luego santo y procedencia se acriollaron, devorados por la gesta de un nuevo mundo emergente en tierras amaestradas a caballo. De la memoria italiana nada quedó: San Antonio es de Areco. Punto.
Cuando en 1926 Ricardo Güiraldes inmortalizó en letras la vida de cierto gaucho perteneciente a una especie en extinción, el personaje se volvió leyenda y sus pagos -en realidad don Segundo Sombra era de Cardales- despertaron a un nuevo sentimiento. El aura conspicua del escritor argentino que había crecido en París, brilló sobre Areco para reafirmarlo en sus orígenes pampeanos. Aquí y allá despuntan carteles y placas subrayando esos valores bajo el título común de Lugar Significativo para que el visitante aprecie cuanto ve y lee con debida conciencia.

Argentinos en tropel, sobre todo de Buenos Aires, más una apreciable cantidad de extranjeros llegan hasta tan significativo pueblo, para ser recibidos y atendidos "con hospitalidad gaucha". Hombres de a caballo, paisanos en bombachas y alpargatas, tertulia de lugareños en un despacho de bebidas, un sulky con purretes, el perro tras ellos.
Los arrieros siguen cruzando el río Areco por el Puente Viejo pintado de rosa, igual que lo hicieron sus ancestros desde que se construyó en 1852. Este histórico paso obligado de las carretas que iban de Buenos Aires al Noroeste resiste digno sobre sus arcos. Lástima que no se ocupen de restaurarlo. Desde allí son clásicos los chapuzones en verano y cuando el buen tiempo lo permite, la gente suele improvisar picnics junto al río. En la villa hay casonas añosas que lucen el saludable lifting del reciclado e invitan a ser espiadas con curiosidad infantil. No parece haber melancolía en San Antonio de Areco. Ni en sus prolijas calles sombreadas de tantos árboles, ni en el Parque Criollo y Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes. A la entrada nomás está La Blanqueada, famosa pulpería del siglo pasado que supo de payadas, entreveros y otros sociales pop de la época. Tras la galería y el aljibe, están el viejo palomar, un ombú, la cinacina y otras autoctonías. La casa-museo data de principios de siglo e imita un casco de estancia del XVIII que se yergue, impecable, en medio de una verde extensión arbolada de 90 hectáreas. La ciñe un foso que se sortea puente de palos mediante, y tampoco le falta mangrullo a la casa, esencial para el avistaje de malones. En su interior todo reluce ordenado y sin mácula; ahora incluso se puede apreciar mucho mejor la colección del uruguayo Figari, el gran impresionista de las pampas.
El shopping vernáculo más interesante de todo el país se concentra en San Antonio de Areco. Tradición inquebrantable es el arte que despliegan los plateros que se cuentan en un número de quince, más una decena de sogueros, especialistas en calzado criollo, orfebrerías en aspa y güeso, tejedoras de telar, esas cosas. La visita al taller del platero Juan José Draghi, maestro de maestros, es imperdible: su talento se cotiza alto y sólo por encargo.
Un provechoso merodeo por San Antonio de Areco no elude la cocina. Hay una oferta básica pero razonable con acento predominante en las carnes (como debe ser); asados en los recreos y en las estancias, en la parrilla del Almacén de Ramos Generales (sin dudas la mesa más simpática) y en las de cualquier otro boliche dispuesto a restaurar a la manera criolla. Antes de partir no está de más aprovisionarse de los regios chocolates (atención a las cascaritas de naranja), alfajores y turrones de miel y almendras que elaboran en La Olla de Cobre, un clásico ya del lugar, donde en los días aciagos del invierno invitan gentiles con vasito de chocolate caliente. Tanto como para que al visitante ocasional le crezcan unas ganas locas de distraerse un ratito más en el pago.
Areco es campo abierto que invita a adentrarse en su forma de vida, campechana y amable. Para eso lo más indicado es instalarse cómodamente en cualquiera de las estancias que dan hospedaje. La propuesta es integrarse a un auténtico ambiente rural, eximida de toda formalidad. El visitante dispone a gusto y comodidad: camina por el campo, lee, duerme lo que le da la gana, anda a caballo, asiste a las tareas del campo, usa piscina y lo que el lugar ofrezca. Después de un par de días, la sensación de ser de otra parte se desvanece.

Pionera en el ejercicio del turismo argentino estanciero es La Bamba, de Ricardo Aldao. La casa principal, que fuera posta y tambo, se construyó en 1832, y desde hace unos quince años se propuso como lugar de reencuentro con las yáices para los argentinos, y en ocasión única para los foráneos que deseen desentrañar de una vez por todas los secretos de la esencia gaucha. Sabio como pocos, Aldao ha convertido su estancia en concepto de recreación campestre especialmente apto para grupos.
Detrás vinieron todas las demás, dispuestas a darle al sediento de tipismos lo que el sediento espera en estos casos: bailes folklóricos, fogones, destrezas criollas, jineteadas, yerras, pialadas, la vaca asándose al amor de las brasas y las empanadas humeantes de exotismos soñados. Si la idea es dormir en la propiedad, cartón lleno. En cualquiera de las estancias se invita a hacerlo como en los viejos tiempos de quienes la habitaron, es decir en piezas espaciosas que suelen albergar camas ídem y muebles de época. Difícil no sentirse relajado mientras afuera la noche despliega su oscuridad cósmica para que otras criaturas recreen el sentido de la vida. Un ronroneo de grillos, el croar de las ranas, los sordos aleteos de la lechuza y hasta las frondas en movimiento arrullan el sueño de los seres cansados. La profundidad del reparo es sólo comparable a la intensidad del viaje que propone esta válida aproximación a la vida en el campo.
La arboleda de Los Patricios es generosa en acacias diferentes. En el gran parque que se abre delante del casco y a un lado de la pileta, los cien años del acer se desparraman en una sombra poderosa. Debajo caben sin exagerar 500 personas repartidas en las 50 mesas que allí se acomodan cuando acontece una celebración multitudinaria con asado al aire libre. Hace 18 años que Héctor Juan Brané y María de Bary de Brané habitan en la casa principal de estilo colonial pampeano, y desde hace una década el matrimonio se dedica a recibir. Sus hijos, siguiendo la tradición paterna, juegan al polo. En la estancia funciona escuela de polo, con su cancha correspondiente y un pingo de madera como lo hay en La Porteña, para polistas novatos.

Los Patricios es una estancia de explotación agrícola que abarca 220 hectáreas. El camino para llegar tiene la ventaja del asfalto hasta la entrada misma a la propiedad. Antes de que los perros ladren, la expresión hierática de Romeo -un ñandú due no es tal sino ñandusa- capta toda la atención del recién llegado. Ella, Romeo, vive en el parque desde que era huevo. Es muy sociable y hasta un tanto descarada, capaz de arrebatar del plato un mordisco apetecible si el comensal se descuida. La colonia de gallinas de Guinea en cambio, curte libertad e independencia, anida en los árboles y ofrenda en cuotas su especial belleza con plumas a lunares que va dejando sueltas por ahí. Una familia de patos instalados en el lago artificial donde se estiran lánguidos los sauces, completa la zoología del reino de los Brané, además de los caballos, el otro animal totémico del campo argentino. El monturero con sus recados bien ordenados es un espacio que da gusto visitar, y los sulkys, a cual más divino, componen su colorida estampa.
La pasión por el polo se respira con intensidad en la que fuera la estancia del padre de Ricardo Güiraldes, Manuel José. Es su sobrino nieto, también llamado M.J., quien glorifica este deporte en el que destacó especialmente. La casa original de la estancia data de 1860, y es la que se ocupa para alojar. Su valor histórico y cultural está en la conciencia de todos los lugareños, en tanto que piedra fundamental del resurgir arequero. Los rastros del escritor son inesquivables; libros, algunos objetos, el refugio en el primer piso que le sirviera de estudio y al que se accede por una estrecha escalera desde la habitación misma del hombre un tanto poeta que también tocaba la guitarra con la zurda.

La casa es muy agradable, con su galería sombreada de glicinas, perfecto escenario para tomar el té mordisqueando frugalidades mientras la vista se distrae en la alameda de abedules antiguos que señorean en el parque. Detrás de los setos se hace un hueco la piscina y más allá, entre el este y el corral de palo a pique, un ombú desmesurado eclipsa al sol por las mañanas.
Manuel J. se reparte entre las tareas que el campo le exige, su afición al polo y su nueva ocupación como concejal. Mientras los chicos (3) están en el colegio en San Antonio de Areco, Queca, su mujer, aprende a tejer en telar. Lo hace bajo la supervisión de una santiagueña sensible, que además cocina bifes de chorizo a punto exquisito y otros caserismos encomiables. Esa atmósfera de vida familiar hace que en cualquiera de las dependencias de la casa, el huésped se pueda sentir a sus anchas, feliz como en rancho propio.
Eva Buelke es la propietaria de la estancia El Ombú de Areco, más conocida como El Ombú, a secas. La casa, de arquitectura fastuosa, es de 1880 y la mandó a construir el General Ricchieri después de la campaña del desierto; del otro lado del río Areco estaba la estancia de Roca, su gran amigo y compinche de correrías en la lucha contra los indios.

En 1936 la propiedad (300 hectáreas) fue comprada por un abuelo de Eva. Hoy como ayer, en la estancia se siguen realizando labores de agricultura (30 Ha) y ganadería (cría e invernada), lo cual permite al visitante, si lo desea, participar de esas actividades en calidad de voyeur. Para quienes alguna vez conocieron el trabajo del campo bonaerense y para quienes nunca se arrimaron a una vaca, la experiencia merece ser considerada. Es una delicia ver cómo recogen el ganado, lo guardan o lo ponen en el brete para vacunarlo.
A 2 Km de la casa fluye el río Areco al que se puede ir tranquilamente andando por un paisaje medio salvaje de pastos, bañados, talas y cinacinas. Sobrevuelan esos pagos caranchos, chimangos y lechuzones en cantidad, garzas y un pájaro de plumas blancas que merodea cerca de los aguajes, con pinta de garza y al que llaman flauta de sol por la forma de su pico que termina en un ensanchamiento redondo como si de una espátula se tratara. Ya en el río y según pinten las condiciones, se dan mojarras, bagres y hasta saben salir tarariras.
De la estancia se encarga la familia Castro, él en la hacienda, su mujer, Marta, en la casa, hacedora ocasional de sabrosas empanadas fritas y pastelitos dulces ídem, dos cucos antidieta de rechupete.
La galería que rodea la casa es grandiosa, pletórica de enredaderas. Columnas, portales de maciza madera, interiores de aireadas atmósferas. La piscina, guardada entre flores y más flores, se descubre en un espacio al que convergen algunas habitaciones, muy refrescante. Los baños de cada cuarto lucen sin tacha, primorosos de detalles.
Un comedor siempre a punto con sus mesas bien ataviadas, confirma el buen hacer de Eva en cada uno de los aspectos que componen la oferta de su estancia. Eva es en principio ingeniera agrónoma, profesión que abandonó por completo para dedicarse, sin proponérselo, a su nueva actividad y que ejerce desde hace tres años. Ahora le encanta y además se permite alternar su vida de ciudad (reside en San Isidro) con las escapadas al campo cuando tiene huéspedes.