Revista LUGARES Nro. 48
Pág. 56 - 61
Por: Julia Caprara
Fotos: Gustavo Castaing
REVISTA LUGARES
NUEVO PALERMO
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo
Una manzana entera pero en mitad del campo
presenciada de auroras y lluvias y sudestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Son versos de Jorge Luis Borges, claro. De un poema, Fundación mítica de Buenos Aires, que a esta altura casi empieza a parecer él mismo un mito. ¿Habrá sido escrito alguna vez ese poema, o será también eterno, como Borges juzgó a su ciudad? En todo caso, ahí persiste, pareja, la manzana entera pero ya no la casa de Serrano 2135, donde vivió el escritor durante los primeros años del siglo. Allí nació su querida hermana Norah; allí comenzó Borges a alimentar ese mundo de sensaciones y palabras. Las cosas han cambiado: una construcción moderna ocupa ahora el lugar de la casa de Borges. Como una reparación de esa ausencia, desde hace un par de años, a esa altura la calle no se llama Serrano sino Jorge Luis Borges.
El tiempo pasa y Palermo Viejo cambia, se hace nuevo pero sigue siendo el mismo. El barrio sigue barrio, a pesar del inevitable avance de la modernidad. El secreto de esa permanencia es sin duda el deseo: los porteños quieren, queremos, que este sector de Palermo siga siendo Viejo.
Paradoja: el nombre de Palermo Viejo es nuevo. Lo explica Horacio Berberian, uno de los titulares de la inmobiliaria Shenk y antiguo vecino de la zona: `Nosotros, como inmobiliaria, fomentamos hace 25 años lo de Palermo Viejo. No quiero pecar de pedante, pero antes esta denominación no existía, era todo Palermo. Nosotros decíamos que era una zona que se mantenía vieja en beneficio del nuevo comprador. La zona se mantenía así para comprar y remodelar. "Garay fundó Buenos Aires y Shenk, Palermo Viejo" -reza el viejo slogan de la empresa. No es un poema de Borges, desde luego, pero podría llamarse "Fundación mítica de Palermo Viejo".

Sea quien fuera su fundador, Palermo Viejo es hoy la zona delimitada por Scalabrini Ortiz, Córdoba, Paraguay y Juan B. Justo. En algunos sectores más que en otros, las calles del barrio conservan la apariencia de hace décadas: adoquines entre los que aún se abren paso tramos de vías del viejo tranvía, calles arboladas, fachadas de principios de siglo, antiguas puertas de madera o hierro a través de las que se ve todavía algún viejo zaguán, frescos patios entrevistos por una ventana... Palermo Viejo conserva la atmósfera de antaño.
Para muchos, Palermo Viejo es ese disparador de imágenes y recuerdos, diferentes según la edad de quien se trate: el chirrido del lento tranvía sobre los rieles, el mate pasando de mano en mano en las puertas de las casas, una anciana que ha sacado su silla a la vereda y mira pasar la vida, la estampa seria de un malevo, la flauta del afilador, las viejas vinerías cubiertas de aserrín que despachaban vino suelto, el colchonero que cardaba la lana en la vereda. Un paseo por allí es un viaje a otro tiempo y a otro ritmo.
Quien recuerda ese otro tiempo y cuenta, ahora, es nuevamente Berberian: "Mi viejo vive desde 1924 en Malabia y Gorriti. El y sus hermanos conocen el barrio adoquín por adoquín. Lo que hoy se conoce como Palermo Viejo antiguamente se llamaba Villa Alvear. En los viejos catastros figura así esta zona, desde Niceto Vega hasta Santa Fe y desde Godoy Cruz hasta Aráoz o Julián Alvarez. Es una zona con mucha historia.
Los Berberian no son desde luego los únicos armenios de Palermo Viejo. Buena parte de la numerosa colectividad armenia de Buenos Aires se asentó en el barrio. El tramo de la calle Acevedo que va desde Córdoba hasta Santa Fe fue rebautizado Armenia en la década pasada. Correspondiendo a ese gesto, Berberian ha sabido construir, y difundir, un saber casi enciclopédico sobre Palenno Viejo: "En Malabia esquina Gorriti, justo en la esquina -lice-, había un viejo almacén donde Carlos Gardel fue a cantar un par de veces. Hoy en día, allí venden repuestos de automotores. Borges vivió una temporada, también, en Guatemala entre Serrano y Thames. En la calle Godoy Cruz estaban los prostíbulos. Por Gorriti iba un tranvía hacia la Costanera Sur, cuando la gente iba a bañarse al río en el verano. La particularidad de este transporte era esperar unos minutos que llegaran los pasajeros atrasados en la parada, ya que siempre llevaba a la misma gente y el conductor tenía a todos chequeados".
La Ruta de los objetos

Hoy en Palermo Viejo reina el diseño y la originalidad y es posible comprar de todo.
Laura Orcoyen empezó como decoradora en 1985, estudió diseño de parques y jardines y, después de varios años de profesión, abrió un show room en el corazón del barrio. Al entrar a Laura O, ese enorme galpón donde el blanco y la madera reinan, sorprenden los diseños de líneas simples pensados para cada rincón de la casa, desde el baño hasta el jardín. Por eso es que allí encontramos divinos frascos de jabón líquido y catres soñados para tomar sol.
Los diseños de Alicia Goñi y Florencia Pieres tienen colores y formas exclusivas en Cat Ballou, sobre la calle Costa Rica. Vestidos, capas y accesorios, carteras del siglo pasado, blusas de gasa asiática y chales bordados con piedras de la India conviven con teteras chinas, sillones enormes, muebles laqueados y herrajes originales.
Sobre Gorriti, en La Pasionaria, Pancho Salomón recicla muebles y objetos antiguos. Un desfile de lámparas, adornos, mesas, sillas y pajareras convierte a éste en un lugar delicioso para coleccionistas.
Sobre Honduras, en Calma Chicha, formas, colores, texturas y materiales se unen en una especie de bazar enorme donde se exponen y venden en alegre desorden juguetes, tarros de lechero, carteras originales de vinilo y cinta, pufs enormes, fósforos, sábanas de frisa y otras sorpresas.
El aroma de las flores y las velas llega desde la esquina de enfrente. La Mejor Flor es una acogedora florería moderna, donde los lirios, las calas y las rosas chinas se venden por unidad.
Siguiendo por Honduras, Miles, es un local que propone una mezcla tan apropiada como seductora: libros y discos. Tiene la ventaja, además, de ofrecer títulos difíciles de hallar en los lugares masivos. Papeles de seda con diseños en batik o atigrados, cartones, cartulinas y un sinfín de variantes es la oferta de Papelera Palermo. Casi al lado se encuentra Desde Asia, un local gigante donde baúles chinos, mesas y sillas de Tailandia comparten la cartelera con tallas, bambués, cacharros, canastos y candelabros de India y Filipinas. En una casona de la calle El Salvador, Ricardo Paz Bullrich despliega -con previo aviso- la originalidad de sus muebles de campo. Hasta las velas tienen su esquina: las de Las velas de la Ballena, un universo de tamaños y diseños, forman parte del folklore palermoviejero.
Sabores de la noche

Para muchos, el corazón de Palermo Viejo es la placita julio Cortázar, más conocida como la placita de Serrano. Aunque ahora esté enrejada, sigue siendo un buen punto de encuentro. A su alrededor, un puñado de bares y una cantina animan las noches, especialmente los fines de semana. Uno de ellos es El Taller, bar y centro de arte que es el clásico de los intelectuales y de los viejos habitués del barrio. Justo enfrente, Malasartes seduce a los más nuevos con una arquitectura rústica de ladrillos, revistas españolas y "CeDés" imposibles de encontrar en el circuito comercial. República de Acá es un cantobar que ofrece diversas alternativas de expresión, como la lectura de poemas propios. Del otro lado de la plaza, Crónico es otro clásico pero con un perfil rockero y muy informal. Sus paredes están empapeladas con afiches de películas y la música a todo volumen de Los Redondos o de Los Piojos vuelve utópico cualquier intento de conversación. Eso sí, apenas amaga el calor, conseguir una mesita sobre la calle en cualquiera de estos sitios es casi imposible.
Desde principio de los `90 comenzaron a multiplicarse bares y restaurantes que funcionan hasta el alba. También surgieron los primeros espacios de arte como la galería Gala y se sumaron a la lista los cafés Océano y Finis Terra.
Pero el espíritu original de barrio perdura en algunos bares con mostrador de madera y jamones colgando del techo. Un vermucito con queso o el vaso de tinto a cualquier hora son posibles, por ejemplo, en la esquina de Gurruchaga y Cabrera, donde Jesús Pernas mantiene abierto el bar que lo vio nacer hacer 60 años.

El Preferido de Palermo, sobre Serrano, conserva su prolijidad de antaño. Con almacén adelante y el restaurante/bar es el elegido a la hora del almuerzos por muchos vecinos y visitantes. El puchero y los mejillones son dos de sus hits, a precios razonables.
Otra tradición es la cantina La Placita, que mantiene el ambiente familiar, manteles a cuadros, mesa de fiambres y olor a tango. Siguiendo la línea del barrio, con un toque entre fashion y bohemio, en Gardelito -el restaurante más concurrido- las pastas son caseras, ricas y compartibles.
Pero si lo que se busca es una cocina más elaborada, hay que probar bocados en Freud & Fahler. Levantado en lo que fuera un depósito de lechero y con una original arquitectura, las carnes de caza son el especial de los jueves a la noche y durante el mediodía el menú es un lujo: masa fila de salmón y especias; omelette de queso manchengo o Rogel de guacamole. Hay que hacer reservas porque se acaban con rapidez los 37 lugares.

Rave está a full los fines de semana. Un ambiente casi oscuro formado por pantallas de papel gigantes e importantes sillones de estilo. Entre las especialidades se destacan los ravioles de alcaucil con salsa de salvia, el lomo envuelto en finas láminas de panceta y el pollo hindú con salsa de curry.
Xalapa es el nombre de un restaurante de auténtica comida mexicana que no da abasto. Sus dueños tuvieron que comprar la casa de al lado para agrandar el negocio y equilibrar la demanda de cada noche. En Oro Negro, el cordero y los mariscos vienen del sur y se sirven frescos.
Sobre Cabrera, el Club del Vino es un hito del barrio que no pasa inadvertido en su sabia mezcla de espectáculos de tango y folklore, buen restaurante y surtido wine bar.
Propuestas más informales son las de El Quinto Stone, una esquina con personalidad y rocanrol y Mundo Bizarro, un bar que hace honor a su nombre con una rara mezcla de luces rojas, una atmósfera íntima, figuras de monstruos de película, jazz, martinis y sushi.
Palermo Viejo es un fenómeno bien porteño. José María Peña, director del Museo de la Ciudad rechaza cualquier comparación con el Soho neoyorquino. "Sería limitarlo a una moda. El día que pase de moda el Soho ¿qué pasaría con este barrio? Además, los americanos son distintos a nosotros, tienen otros tics. ¿Por qué no dejamos Palermo Viejo tenga su propia identidad?", pregunta. Y tiene razón.