Revista LUGARES Nro. 79
Pág. 50 - 55
Por: Ana Schlimovich
Fotos: Alejandro Peral
REVISTA LUGARES
ORO GRUESO
Hay que decirlo con todas las letras: Ricardo
Nogueira no es cordobés pero conoce la provincia con precisión de explorador; la recorre por caminos que nunca son fáciles, ni obvios ni anodinos y más anda el hombre, más se apasiona. Tanto entusiasmo
puede llegar a ser agotador, pero lo cierto es que no hay quien emparde su capacidad para descubrir rutas secretas o inventar itinerarios insólitos. En esta oportunidad, con su sabiduría como faro y la
súper 4x4 que Land Rover puso a su disposición, encaramos el recorrido.
La camioneta es como una nave espacial, vidrio por todas partes, un GPS que nos dice dónde estamos o cómo llegar adonde queremos ir y una suspensión que llega casi a convencerme de estar, no sobre
ruedas, sino volando. Dejamos atrás San Marcos Sierras por el camino de ripio y curvas que bordea la sierra de Cuniputo. A medida que vamos subiendo el paisaje se vuelve más impresionante.
La noche asoma y en La Cumbre nos espera Julia Alurralde, en su Posada Los Cedros, un lugar de esos en los que uno se quedaría a vivir. Al otro día, muy temprano, un géneroso desayuno nos da fuerzas
para encarar la jornada. Agradecemos a Julia por su hospitalidad y por lo bien que se duerme en su posada y volamos en la 4x4. La Cumbre todavía no termina de despertarse; bajamos por la ruta 38 hasta La Falda para doblar enseguida hacia el oeste, a Characato.
Atravesamos campos amarillos y llegamos al río Pintos, pero Ricardo no hace caso del puente y nos largamos quebrada abajo hasta formar un sinfín de olas, subimos la cuesta y tomamos hacia la izquierda.
Los cóndores nos sobrevuelan, canteras de mármol y granito asoman por el camino.
Estamos en el extremo norte del Parque Nacional de la Quebrada del Condorito, a 1.400 metros sobre el nivel del mar. Una tranquera nos avisa que llegamos a Characato, estancia con pueblo y capilla.
Lugar maravilloso. El sol pega fuerte sobre esta meseta seca, repleta de mármoles partidos. La Capilla Nuestra Señora del Rosario del Milagro, de 1895, es sólida, casi cuadrada, inmensa capilla para el medio de la nada. Un cartelito en la puerta anuncia "para información dirigirse al casco", pero seguimos de largo hacia las canteras Iguazú, que funcionaron hasta 1980 y como rastro dejaron un pueblo abandonado.
A 500 metros de la escuelita, en la única casa habitada que debe haber, pedimos permiso para bajar a la cantera. Calladito, Ricardo desciende por la senda y deja que Ale, el fotógrafo, y yo, nos sorprendamos con el lago verde esmeralda que se formó en el corazón de estas piedras que de tan blancas encandilan.
Un molle -el GPS ya lo tenía registrado- hace las veces de cartel y nos señala que hay que doblar a la izquierda para entrar a Oro Grueso. La bandera argentina da la bienvenida al puesto de César
Pascual "Pepe", nieto del fundador de la mina, quien decidió abrir al público su legado porque, como dice en la carta de recepción, "pensó que era un egoísmo que otras personas no conocieran las bellezas
del lugar". La casa se mantiene tal cual era antaño, aunque inevitablemente Pepe le agrega un aire renovado.
Donde se posa la mirada hay algo que no la suelta: desde fotografías del 1800 hasta el baúl que sus antepasados trajeron de España, nada pasa desapercibido en este despliegue increíble de objetos. Un loro también forma parte de esta casona surrealista; habla, saluda y avisa cuando suena el teléfono. Si Córdoba es una república aparte,
Oro Grueso vendría a ser otro universo. Un universo autónomo, ya que el río La Candelaria provee agua mineral, la quinta y los animales, el alimento y unas enormes pantallas, energía solar. Hasta hablar
de un teléfono público se puede en la casa de Don Pascual. Muy necesario porque el celular no recibe señal.
En la galería, el catre ubicado de cara a la sierra se vuelve irresistible. Más abajo, corre el río La Candelaria. Pepe, cocinero de alma, avisa que el almuerzo está listo. Toca una delicada carne de ternera saltada con curry, jalea de membrillo casera de postre y, para coronar, un elixir de tuna, fabricado por el anfitrión. Por la tarde, Cristian, el hijo de Pepe, nos lleva por la orilla del río a ver los nidos de águila y "el buque", una roca de gran tamaño a la que llaman
así por su forma. En el camino, Cristian va juntando yuyos al descuido.
Todo lo que crece tiene alguna propiedad, por ejemplo la carqueja, que se usa como digestivo y es buena para la caspa. Después vamos
al túnel de la mina, que fue abierto con maza, farol y punta en 1860 por el castellano César Pascual y gauchos de la zona. Mientras nos adentramos en los 25 metros de profundidad del túnel, alumbrados
por una antorcha de papel, Pepe va señalando la huella que dejó el tesoro dorado. Cuenta que se extraía la piedra de cuarzo, y en unos 14 kilos se encontraban vetas de oro de 970 gramos. Por eso
la mina se llama Oro Grueso.
A la mañana siguiente partimos tempranito, llevándonos la sonrisa amable de Pepe. Bien abrigados por la camioneta subimos hacia La
Candelaria. A los lados se ven algunas pircas construidas por los indígenas bajo la orden jesuítica, hace más de 300 años. Al rato la vista se llena de paja brava. Desaparecen los árboles, sólo unos
pocos sauces mimbre pretenden apaciguar la aridez.
La Candelaria sin Luna no sería lo mismo. Gerardo Luna nos recibe con toda su calidez, y nos habla, sin apuro, sobre los casi 400 años de historia que guarda la capilla, abandonada hasta el '83. Hoy es Patrimonio de la Humanidad; su interior continúa en restauración
y se planea habilitar el ala derecha de la estancia para comer y dormir como lo hacían antaño.
Seguimos subiendo hasta los 1.900 metros. Una niebla espesa nos engulle y la meseta verdina pierde todo color. Los Gigantes, nuestro próximo destino, permanecen escondidos en la bruma, a 15 km del
cruce con la ruta 20. Así que preferimos dejarlos para un día soleado y seguir de largo hasta Los Túneles, atravesando ríos como el Yuspe, con sus playitas de arena gruesa. A lo lejos, Los Volcanes puntiagudos
se despegan de la chatura del paisaje. De a poco vamos cambiando la Pampa de Olaen por la de Pocho.
Las piedras vuelven a tener esa forma redondeada, reaparecen los árboles y unas palmas regordetas. "Fin de camino sinuoso" anuncia un cartel entrando a Taningo, uno de los tantos pueblitos que se refugian en los valles de la sierra cordobesa. Más adelante, al
costado de Salsacate, se divisa el cerro La Ciénaga, que pertenece a Los Volcanes y desde nuestro ángulo parece una pirámide. Sólo cuando pasamos a su lado apreciamos su reconocida forma de "M".
En tierra cordobesa es inevitable retomar las curvas y después de bajar, volver a subir. Pero esta vez, en vez de trepar cruzamos las sierras por su interior, por extensos túneles construidos con pico, pala y dinamita en los años '30. Unos 600 metros más abajo, un cóndor blanco luce su vuelo sobre la quebrada de la Mermela y la cascada de los Saltos Blancos. Los llanos riojanos aparecen abruptamente al otro lado de las sierras. Un viento poderoso pega la vuelta justo
en el mirador, desde donde se puede ver San Juan, La Rioja, San Luis y, en el valle inmediato; el último pueblo cordobés, Chancaní. Contentos de haber llegado hasta el extremo oeste de la provincia,
vamos a almorzar a Las Aguilas, donde Luz de Más -sí, así se llama su dueña- nos deleita con empanadas caseras y chivito a la parrilla.
Pasamos veloces por Mina Clavero y tomamos el camino de las Altas Cumbres, hacia la capital cordobesa, para subir hasta los 2.200 metros. Haciendo honor a conductor y vehículo tomamos el camino de ripio que serpentea la sierra, aferrándonos a la huella que dejaron los autos de carrera. Las curvas se cierran más que nunca y los puentes colgantes nos sorprenden cada tanto.
Lástima la gente, que por mirar el rally parece que no puede poner la basura en su lugar... Nuestra llegada al asfalto se subraya con el descenso del sol. Nos despedimos de Ricardo en la puerta del hotel y cambiamos la comodidad de una auténtica 4x4 por la del Hotel NH Panorama, todavía sin poder asimilar la cantidad de paisajes deslumbrantes que recorrimos en esta aventura sobre ruedas.