Revista LUGARES Nro. 83
Pág. 70 - 81
Por: Julia Caprara
Fotos: Claudia Cebrián y Alejandro Peral
REVISTA LUGARES
PAMPA Y ARENA
Salir de Buenos Aires capital rumbo al sur por la autopista a La Plata, nexo obligado para enfilar a la costa atlántica, implica transitar la Interbalnearia -R11- que conduce a las playas del Partido de la Costa, o la tradicional 2 con destino a la Ciudad Feliz. Por eso dividimos el viaje en dos etapas, cada una signada por sus correspondientes rutas.
La primera etapa la cubrimos por la mencionada ruta 11; queríamos echar un vistazo a esas propiedades que se ubican sobre la costa del Río de la Plata antes de que sus aguas se mezclen con el mar. Y así fue que, a 18 km de Magdalena, nos topamos con El Destino.
Junto al Río
Para nuestra sorpresa, el ingreso a la propiedad se anunció con un enorme cartel en el que se lee "Reserva El Destino", perteneciente a la Fundación Elsa Shaw de Pearson. Después sabríamos que en el campo, de 1.800 hectáreas, hay 500 destinadas a la conservación y educación ambiental de la Biosfera del Parque Costero Sur.
Apenas cruzamos la tranquera seguimos las indicaciones para llegar a la casa principal, donde nos esperaba Elsa Shaw de Canale, sobrina nieta de los fundadores -Elsa y Ricardo Pearson- y nuestra anfitriona en los próximos días.
Segunda sorpresa: cuando llegamos al casco esperábamos encontrar una construcción típica criolla y no tremendo caserón de dos pisos, inaugurado en 1929. Doña Elsa Pearson, una apasionada del arte y de la arquitectura, quiso que la casa se construyera según las pautas estéticas que entonces surgían de esa concepción de vida conocida como Bauhaus.
Su magnífico diseño contrasta con el galpón y el parque, de línea netamente inglesa. Si por fuera impresiona, otro tanto ocurre por dentro; mobiliario y objetos de decoración permanecen casi intactos, la joyita es un bar escondido dentro de un armario, cuya iluminación y disposición de la barra tienen mucho del estilo de los '70. Un Museo de la Memoria, habilitado en uno de los ámbitos, referencia una época gloriosa de la Argentina con las pertenencias del matrimonio Pearson.
Satisfecha la curiosidad por tantos objetos preciados, fuimos en volanta hasta el río. La ribera fangosa parece no tener fin y el oleaje es suave, sin mayores diferencias de colores con el mar cercano. Hasta allí van algunos pescadores en busca de pejerreyes, y en el verano es una gran piscina de agua clara apenas enturbiada por el limo en suspensión. Luego rumbeamos hacia el monte protegido.
No éramos los únicos en esa área donde se puede apreciar la conservación de especies autóctonas como el tala; un grupo de estudiantes secundarios, embarrados hasta la cresta (venían de la costa), hacía lo propio. Aquí es habitual encontrárselos, ya que suelen acampar los fines de semana como parte del programa educativo; por otra parte están los jóvenes científicos que ayudan a Elsa en el proyecto de relevamiento de datos.
Para ir a Juan Gerómimo, siempre por la 11, primero hay que llegar hasta la ciudad de Verónica. A esa altura el camino es de conchillas y de fácil tránsito, aunque llueva. El casco de la estancia es una reliquia de lujo y en su interior el huésped goza de un servicio cinco estrellas, gracias a la hermandad Muniz Barreto -Florencia, Carlota, Dalmacia y Benjamín- que se preocupa de cuidar cada detalle.
En 1901, Ernesto Tornquist compró 10.364 hectáreas ubicadas sobre la Bahía de Samborombón, y que luego heredaría su hija María Luisa, casada con Benjamín Muniz Barreto. Fue ella quien le dio carácter, al hacer levantar en estilo Tudor los edificios principales -las caballerizas, la cabaña, el tea house y la administración- bajo la supervisión del arquitecto Collcut, constructor del Hurlingham Club y la embajada de Gran Bretaña.
Tanto esplendor sucumbió con la crisis del '30 y las dimensiones del campo quedaron reducidas a menos de la mitad. Por la misma razón, la casa principal nunca pudo ser remodelada y, a diferencia del resto del casco, mantiene su original carácter criollo. Tras sus muros se lucen antiguos muebles portugueses, adornos de época y la increíble biblioteca que atesora valiosos volúmenes -hay ediciones del siglo XVIII- y una colección de grabados del abuelo de Benjamín. La casa-custodiada por un lago- dispone de nueve bien ambientados cuartos con chimenea.
En exteriores, nada se compara con los paseos a caballo que atraviesan el bosque y llegan hasta los cangrejales, a la orilla del río, siempre ancho, para volver al punto de partida yendo al paso, entre acacias, araucarias, cipreses, pinos, talas, tipas...
Campo Adentro
De la lnterbalnearia nos cruzamos a la asfaltada ruta 2. A corta distancia de la ciudad de Castelli, Haras La Viviana se destaca en los viejos parajes de los Altos Verdes de Troncoso, otrora territorio indígena. Primero lo fue de los pampas, como se los conoció a partir del del siglo XVII; más tarde llegaron los tehuelches desde el río Colorado y por último los querandíes, que cruzaron hacia el sur del río Salado.
Desde que el agua se adueñó de los caminos, consecuencia de la gran inundación del año pasado, no es fácil entrar a este campo. Y eso que llegamos con una camionera bárbara, la Escape de Ford... Total, dejamos el cuatro ruedas para subimos a un bote y aquí no ha pasado nada. Consejo: antes de emprender viaje a esta propiedad pregunte por el estado del camino; un auto difícilmente logre sortearlo.
El nombre del lugar no es otro que el de su dueña, Viviana Vamalle, quien añadió al legado familiar la estancia vecina y creó este establecimiento en donde los caballos son la mayor atracción. El tema ecuestre se reparte entre los pura sangre que se crían para vender (se miran y no se tocan), la pista y el picadero.
Además de la casa principal -que ocupa Viviana- hay una moderna construcción de departamentos, frente a la laguna Los Altos, donde los visitantes son alojados. Una gran sala con chimenea y ventanas que miran a la costa es el nexo de los departamentos, todos ambientados en colores pasteles y guardas en las paredes.
Los deportes náuticos ya son aquí moneda corriente; hacer windsurf, kayaquismo y canotaje es lo que inspiran las mil hectáreas de agua que rodean el casco. Actividad contemplativa e impagable es esperar las puestas de sol desde el muelle; cuando llega el verano se programan salidas a la luz de la luna. Para los que ya se están preguntando cuándo salimos a pescar, está el australiano Joe Denni a cargo de instruir sobré cómo capturar pejerreyes, lisas, tarariras, dientudos y carpas con mosca.
Sin abandonar la R2, y en el cruce con la 74, giramos a la izquierda en dirección a General Madariaga. El Carmen era nuestra próxima escala, donde los Ibarguren nos estaban esperando para el almuerzo. Entre plato y plato de cocina casera, la charla discurrió sobre la historia del campo, parte de las 60 mil hectáreas pertenecientes a los Anchorena. Hoy la familia -descendiente de los Aguirre Anchorena- cuenta con 700 hectáreas dedicadas a la explotación agrícola ganadera. Pero Juan Ibarguren y su mujer, Cecilia, que además se aplican a la producción apícola, comienzan a ensayar un nuevo modo de vida a través del turismo rural.
Hace un año que empezaron a recibir en el cómodo casco, de estilo colonial, con dos pisos y capacidad para seis personas. La consigna es vivir como en casa, a pura informalidad y sacando provecho de las horas andando a caballo, en relajadas caminatas y llegar hasta la laguna que ocupa 15 hectáreas para divisar flamencos, patos, garzas y chajás en cantidad. Lugar perfecto para venir en pequeña patota familiar o de amigos, tiene la ventaja de estar a media hora de auto de Pinamar. Tierra adentro seguimos para Balcarce.
La provincial 226, llamada la Ruta jardín y rebautizada Juan Manuel Bordeu, nos condujo directo hasta la tranquera de La Brava. "Estamos parados en la parte más antigua de esta tierra, en donde los aborígenes venían a curarse en la cercana Laguna Brava", en palabras de Thelma Martín. Hace tres años compró las 20 hectáreas del campo y el casco de la estancia, propiedad de la familia Molina a finales del 1800.
El dueño original fue Patricio Lynch, capitán de Rosas, quien le cedió las 17 mil hectáreas que bordeaban la zona de la Laguna Puerta del Abra y el cerro Paulino. Pero Lynch perdió la tierra con una hipoteca. En 1877 apareció en escena Agustín Molina con su mujer, Juana Leloir, y Carmen, la hija de ambos. A ésta última se le debe la construcción de la casa v el haberse preocupado por transmitir esta historia boca a boca.
La casa tiene capacidad para nueve personas; son tres cuartos y dos baños, que hacen las veces de departamentos cuando hay más de una familia. El parque se define entre dos grandes avenidas, una de eucaliptos y otra de robles; más allá, se divisa el verdor del bosque agreste que en primavera se inunda de perfume a violetas v flores silvestres. Descansar es una consecuencia natural de toda estadía, breve o prolongada, en la estancia, en la que además de andar a caballo se añaden las prácticas dé yoga y visita al taller de arte que tiene la multifacética Thelma.
Hacia el Mar
A esta altura del recorrido, lo normal hubiese sido continuar viaje a Mar del Plata por la ruta 2. En vez de eso seguimos por la Juan Manuel Bordeu hasta la estancia de los Zubiaurre:
Ytuzaingó. Aquí la historia también tiene un capítulo propio, que arranca con el convenio firmado por Rivadavia en 1825, para estimular la corriente inmigratoria que atrajo principalmente a británicos y vascos. Los recién llegados compraron tierras y aportaron los adelantos técnicos que la revolución industrial europea trajo aparejada, caso de Eusebio Zubiaurre, propietario de la estancia Laguna de los Padres a finales del 1800. Las tierras fueron divididas y hoy su nieto Héctor López Zubiaurre y su mujer Marisa son los que la gestionan. El viejo casco, de 1862, rodeado de 240 hectáreas de campo, sigue manteniendo en pie su digna estampa.
La proximidad marplatense -a sólo 20 minutos- se aprecia sólo de noche, cuando se ven titilar las luces de la ciudad allá lejos, contrapunto urbano a la quietud absolutamente campestre que envuelve a la casa, emplazada en una amable loma. El gigantesco cedro del Líbano se antoja guardián de los dos edificios coloniales con su aljibe central. El grandioso galpón de esquila guarda algunos recuerdos de épocas pretéritas: hoy la actividad es ciento por ciento agrícola.
Montes de tala y curro, cercanos a la casa, trazan senderos para el trekking; no faltan cancha de tenis, ni una pileta (enorme), ni buenos pingos para salir a dar un paseo. La yapa: golf del bueno en la cercana cancha de Sierra de los Padres.